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El fin del ecocidio

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Tala de árboles en los últimos bosques vírgenes de Europa, situados en los Cárpatos Rumanos. La madera se utiliza para fabricar muebles o se convierte en virutas para quemar en chimeneas. Desde 1990 se han talado ilegalmente unas 366.000 hectáreas de bosques protegidos, casi la mitad del área metropolitana de Barcelona.

Hasta ahora, la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio tan solo ha obtenido alrededor de 100,000 firmas –una figura bastante inferior al mínimo necesario (1 millón) para qué la Comisión Europea la estudie formalmente. ¿Mirarán atrás las generaciones futuras de un planeta arruinado preguntándose por qué sólo un 0.02% de los europeos ejercieron su derecho democrático a detener el ecocidio? Nos merecemos algo mejor que eso.”

En este artículo, originalmente publicado en The Guardian, Charles Eisenstein analiza detenidamente las consecuencias económicas y legales de una ley anti-ecocidio. Es evidente que hay que proteger al planeta pero, si nuestros sistemas económicos y legales no son compatibles con una ley así, ¿no deberíamos plantearnos cambiarlos? Visitad este enlace para averiguar más sobre la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio.


En una reciente conferencia de prensa, la diseñadora Vivianne Westwood ha expresado su angustia y preocupación por el alarmante empeoramiento del estado del planeta. “La aceleración de la muerte y la destrucción es inimaginable,” dijo “y ocurre cada vez más rápido”.

Hablando en apoyo de la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio, sus palabras reflejan un sentimiento creciente de tener que hacer algo al respecto. Una opción sería consagrar la santidad de la biosfera por medio de una ley.

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Consecuencias de la fracturación hidráulica

Que el ecocidio –la destrucción de ecosistemas– ya sea un concepto establecido apunta a un enorme cambio en la relación entre la civilización industrial y el planeta. La capacidad de matar algo, en este caso la Tierra, presupone que ese algo está vivo. Hoy en día, empezamos a ver al planeta y a todos sus subsistemas como seres que merecen la vida, y no sólo como un catálogo de recursos o un vertedero. Al darnos cuenta de que somos parte de un planeta vivo e interdependiente, conceptos como los de “derechos de la naturaleza” o la “ley del ecocidio” acabarán siendo de sentido común.

Desgraciadamente, vivimos en un sistema económico y legal que contradice esa percepción. Las corporaciones, con plena impunidad legal y a cambio de grandes beneficios, arrasan con sus buldóceres, cortan, taladran, extraen hidráulicamente, minan a cielo abierto e incendian el planeta, provocando el ecocidio una y otra vez. Existe la tentación de atribuir estos horrores a la avaricia corporativa, pero ¿qué vamos a esperar de un sistema legal y económico que justifica y apremia tales actividades? Además, dentro de esta sociedad industrial, todos somos cómplices. Por eso necesitamos una ley contra el ecocidio: sería un símbolo concreto del consenso creciente sobre la necesidad de detenerlo.

En términos morales, el asunto está muy claro pero ¿qué pasa con los términos económicos? ¿Cuál es el sentido práctico de prohibir el ecocidio? ¿Podemos permitírnoslo? La objeción económica implica que: “Claro, deberíamos dejar de asesinar al planeta, pero no es el momento. Tenemos que esperar a que mejore la economía para poder permitírnoslo.” ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Que deberíamos acelerar nuestra extracción continua del capital natural hasta agotarlo para que, en un futuro imaginario, tengamos suficiente dinero para restaurarlo? ¿De verdad hay quien cree que sólo deberíamos conservar un planeta viviente siempre y cuando no suponga un impedimento al estatus quo?

La dura verdad del asunto —y una verdad que no será del gusto de muchos ecologistas— es que una ley en contra del ecocidio dañaría a la economía tal y como la conocemos. Una economía que depende de mayores niveles de consumo y un volumen creciente de bienes y servicios para que la demanda esté a la altura de las mejoras en productividad y lograr el pleno empleo. Hoy en día, esto supone arrebatar más minerales, madera, peces, petróleo, gas y demás recursos de la Tierra, con la pérdida inevitable de hábitats, especies y, en última instancia, la salud y viabilidad de toda la biosfera.

Charles-Eisenstein

Charles Eisenstein

Cambiarlo no es un asunto trivial. ¿Qué ocurre con esos estimados 500,000 puestos de trabajo que se crearán gracias a la extracción del alquitrán de las arenas bituminosas en Alberta, Canadá, por mucho que esta última suponga una catástrofe ecológica? Tenemos que cambiar nuestro sistema económico para que el empleo no siga dependiendo de la conversión de la naturaleza en productos. Tendremos que remunerar a la gente por desempeñar tareas que no generarán los bienes y servicios que conocemos hoy en día; tareas como replantar bosques, en vez de talarlos indiscriminadamente, o restaurar las marismas, en vez de construir sobre ellas. Todas las facetas de la vida moderna contribuyen al ecocidio; por tanto es de esperar que todas las facetas de la vida cambiarán en la era post-ecocida.

Sería más acertado decir que una ley contra el ecocidio transformaría la economía, en vez de dañarla. Forma parte de la transición a una economía con menos productos desechables y más objetos elaborados con cariño, más bicicletas y menos coches, más huertos y menos supermercados, más tiempo libre y menos producción, más reciclaje y menos vertederos, más compartir y menos propiedad.

¿Qué pasa con el argumento que afirma que Europa, si criminalizara el ecocidio, tendría una desventaja competitiva con los países que lo permitieran? Cierto es que la liquidación rápida del capital natural suele producir grandes beneficios a corto plazo.

¿Cómo va a competir la madera de cosecha sostenible de un lugar con la madera barata proveniente de la talas indiscriminadas de otro? No puede –a menos que la ley contra el ecocidio se incluya en los acuerdos de comercio internacional y las políticas de aranceles. Por desgracia, los acuerdos de comercio internacional que se negocian hoy en día, como el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP) y el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TPIP) amenazan con hacer justo lo contrario: las corporaciones podrían invalidar las leyes contra el ecocidio alegando que son un obstáculo al comercio.

Hay que darle la vuelta a este proceso. Una ley europea anti-ecocidio establecería las bases legales y morales de un consenso global para acabar con el ecocidio y preservar el planeta para generaciones futuras. Incluso si no se impusiera de inmediato, la iniciativa supondría una poderosa llamada de atención. Es inevitable que, tarde o temprano, se apruebe una ley de estas características y aquellas empresas con más visión de futuro, las que son capaces de anticipar los cambios que conlleve, se beneficiarán a la larga, aunque suponga transiciones muy duras a corto plazo.

Hasta ahora, la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio tan solo ha obtenido alrededor de 100,000 firmas –una figura bastante inferior al mínimo necesario (1 millón) para qué la Comisión Europea la estudie formalmente. ¿Mirarán atrás las generaciones futuras de un planeta arruinado preguntándose por qué sólo un 0.02% de los europeos ejercieron su derecho democrático a detener el ecocidio? Nos merecemos algo mejor que eso.

Traducido por Stacco Troncoso, editado por Miki Decrece – Guerrilla Translation


El cínico y el constructor de barcas

Charles Eisenstein

Traducido por Javier Hurtado, editado por Joan Quesada Navidad – Guerrilla Translation! Imágenes de Carlos A. Martínez

Hace unos días estaba en Estocolmo, paseando por la orilla, cuando se acercó un jovenzuelo irlandés y me llamó por mi nombre. No es algo que me pase a menudo —parece que el muchacho forma parte del pequeño grupo de la humanidad que ha leído mi libro Sacred Economics [Economía Sagrada]—, así que me tomé esta coincidencia como señal de que debía detenerme y conversar con él.

Resultó que estaba en Suecia para participar en un programa de dos años de construcción de barcas, aprendiendo técnicas tradicionales para construir pequeñas barcas artesanalmente. Su historia me inspiró de varias formas. En primer lugar, ahí estaba una persona joven e inteligente, comprometida con un trabajo que no ofrece posibilidad alguna de estatus social o riqueza. En segundo lugar, no sólo estaba profundamente entregado a su propia destreza, sino también a la idea de acercar su práctica a otros jóvenes irlandeses a través de una organización que él mismo había cofundado: La Asociación para la Construcción de Barcas Tradicionales Nórdico-Irlandesas. En tercer lugar, cuando me presentó al resto del equipo y me enseñó las barcas que estaban creando, quedé fascinado por el meticuloso trabajo artesanal y la vitalidad de las barcas, que ejemplificaban el «nuevo materialismo» que forma parte de la resacralización del mundo material.

 Cuando me marché 15 minutos más tarde, me sentía realmente esperanzado y optimista sobre el estado de la humanidad.

 ¿Qué me había hecho sentir de manera tan positiva?

¿Qué tiene de bueno que renazca la construcción tradicional de barcas en un contexto de cambio climático, fracking, residuos nucleares, destrucción de los bosques, neoliberalismo, estados obsesionados por la seguridad, hambruna infantil, tráfico de seres humanos, talleres de explotación laboral, encarcelamiento juvenil y el resto de horrores que se extienden por nuestro planeta?

¿Por qué sentía ese optimismo? Aquí va una teoría: el sentimiento me nubló la razón. En un momento de descuido, me dejé engatusar por una pequeña flor que brotaba del vasto vertedero tóxico de nuestra sociedad. Un destello de belleza me distrajo de la fealdad para proporcionarme una gratificante excursión emocional fuera de la lógica irrefutable de la desesperanza. Como sucede con cualquier buena noticia, aquel encuentro me dio falsas esperanzas al sugerir que las cosas no están tan mal después de todo. Y eso, en teoría, es peligroso, porque solo si somos sobriamente conscientes del atroz aprieto en que nos encontramos, seremos capaces de responder apropiadamente, en lugar de fingir despreocupadamente que todo va bien.

Pensemos ahora en una teoría alternativa: el constructor de barcas me dio esperanzas porque forma parte de un cambio masivo de valores que se está produciendo bajo de la superficie de la normalidad. No es una excepción; es más bien una persona aventajada dentro de un extenso movimiento. Aunque su vocación no supone un desafío directo al poder establecido, la redirección de su energía vital ayuda a crear una especie de camino o patrón para que otros hagan lo mismo. Su ejemplo anima a otras formas de no-participación. Cuando uno de nosotros conoce a otra persona que también rechaza las normas y valores dominantes, se siente menos loco por hacerlo. Cualquier acto de rebelión o de no-participación, aún a muy pequeña escala, es por lo tanto un acto político. Construir barcas artesanalmente es un acto político. Eso no quiere decir que el sector bancario, Monsanto, el complejo militar-industrial, etc. vayan a cambiar sus formas de operar como por arte de magia, solo porque fuéramos cada vez más los que nos dedicáramos a construir barcas. Quiere decir que la construcción de barcas y otras formas de provocar cambios provienen del mismo sitio.

El constructor de barcas no eligió ese camino porque pensara que así cambiaría el mundo. Si condicionamos las decisiones al poder práctico que estas poseen para cambiar el mundo, a menudo nos quedamos paralizados, porque los cambios que habría que hacer hoy mismo son tan enormes que no tenemos ni idea de cómo llevarlos a la práctica efectivamente. Todo plan es inviable y toda esperanza es ingenua.

El cínico se cree que es una persona práctica, y que el idealista no lo es. En realidad es al revés. El cinismo es paralizante, mientras que la gente inocente intenta llevar a cabo lo que el cínico dice ser imposible, y a veces lo logra.

Paradójicamente, el mundo cambiará gracias a esos miles de millones de actos inútiles. Debemos obedecer una lógica distinta de aquella que nos hace preguntar: «En el gran orden de cosas, ¿causará esto alguna diferencia?» En el gran orden, por ejemplo, del cambio climático, ni siquiera las acciones que se llevan a cabo para reducir las emisiones de CO2 nos llevarán a ningún lugar. Si vas en bici y reduces la contaminación, ¿de qué sirve eso cuando miles de millones de personas que «no entienden lo que está pasando» continúan sin cambiar de hábitos? Así pues, hay quien dice que, en lugar de montar en bici uno mismo, lo único que merece la pena es intentar convencer a millones de personas para que usen la bici, o presionar como lobby para cambiar las políticas gubernamentales. Sin embargo, por esta regla de tres, nadie empezaría a ir en bici. Necesitamos otra razón, una razón no-instrumental, para hacer cosas de esta manera. Lo que quiero decir es que necesitamos una razón que no dependa del resultado final previsto según la forma habitual de entender las relaciones causa-efecto.

Con esto no quiero decir que no debamos intentar cambiar mentes y sistemas. Es solo que con eso no basta, y tampoco está hecho para todo el mundo. Debemos ser conscientes también del poder de las pequeñas elecciones invisibles..

Mientras me alejaba del constructor de barcas, pensaba: «No puedo permitirme vivir en un mundo donde lo que esta persona hace no tiene ninguna importancia». En nuestra visión del mundo, casi todas nuestras pequeñas decisiones personales resultan intrascendentes. Pero, al tomarlas, no nos sentimos así . ¿Vamos a ignorar ese sentimiento de lo que es importante aquí y ahora, en favor de otros medios de tomar decisiones basados en un cálculo racional de los efectos finales?

Quizás esa mentalidad sea la raíz de nuestros problemas. Para empezar, es la mentalidad del dinero: en nombre de una cifra que representa un fin, desviamos tiempo y recursos de las cosas que nos importan de verdad. Los estudiantes lo hacen constantemente cuando eligen una carrera «práctica» en lugar de estudiar lo que realmente les importa (o dejar la escuela para dedicarse a lo que les apasiona). Es también por esa mentalidad por lo que procuramos volvernos insensibles y sacrificamos ese árbol, ese bosque, ese animal o ese ser humano que se interponen en la vía del progreso.

Cuando dejamos de hacerlo y nos fijamos en lo que tenemos ante nuestras narices, a veces nos parece irracional. ¿Cómo es eso conciliable con la importancia que atribuimos a nuestras pequeñas decisiones?

Optimism CynicLa aparente irracionalidad de esas pequeñas acciones llenas de belleza y de servicio a los demás proviene del hecho de hallarnos inmersos en una visión del mundo que define lo que es racional, práctico y lógico. Básicamente, esta da a entender que cada uno de nosotros es un yo separado en un universo externo y objetivo sometido a diversas fuerzas. Dada la relativa debilidad de nuestra propia fuerza, en ese universo externo, nada cuanto hagamos importa demasiado. Pero esa forma de ver el mundo está quedando obsoleta. Cuando, por el contrario, nos vemos a nosotros mismos como seres inseparablemente conectados con todo lo que es, cuando consideramos que nuestro yo y el mundo son espejos inseparables el uno del otro, entonces la sensación de que nuestros actos personales poseen un significado cósmico deja de ser irracional. Eso confiere cierta lógica a la creencia de que cuando algo cambia, todo cambia. Y eso confirma la idea de que el constructor de barcas está creando un camino, un patrón, para que otros también cambien.

 Aunque podría ofrecer muchos más ejemplos que sugieren que las acciones individuales inciden sobre el mundo de formas que suponen un desafío a la manera habitual de entender la causalidad, y aunque podría citar también algunos cambios de paradigmas científicos que parecen invalidar esa radical distinción entre el yo y los otros con que operamos, estos tampoco  ofrecen ninguna certeza ni existen pruebas al respecto. El cínico puede seguir argumentando que no tiene ninguna importancia ni va a servir de nada. Probablemente ya habrás tenido alguna discusión con cínicos así, con ese tipo de realistas que pretenden razonar la imposibilidad práctica de ciertas ideas. Quizás hayas discutido también con el propio cínico que llevas dentro, que te dice lo mismo sobre cualquier cambio que pretendas introducir en tu vida. Bien, todos esos cínicos tienen razón. Desde dentro de los límites de su explicación del mundo, es improbable que funcione. Tendría que ocurrir una especie de milagro, como por ejemplo; que la persona adecuada intervenga desinteresadamente para ayudar en el momento oportuno, o que alguien cambie de opinión y actúe en contra de su propio interés racional.

Si queremos que el planeta sea habitable dentro de 50 años, tendrán que pasar cosas así de forma masiva.

En ausencia de certezas o pruebas, ¿cómo podemos derrotar al cinismo (ya sea interior o exterior)? No podemos. Podemos, sin embargo, tratar la herida que genera. El cinismo protege la herida del idealismo frustrado y la esperanza traicionada. Cualquier cosa que vuelva a despertar esa ingenua creencia de que un mundo más bonito es posible genera, junto a un inspirador sentimiento de esperanza, grandes cantidades de miedo, pena y dolor. Tenemos miedo de sentirnos decepcionados de nuevo. Es más seguro no creer, más seguro desestimarlo como idealista, impráctico o imposible. De ese dolor proviene el escarnio que normalmente acompaña al escepticismo. Puede que ése sea el motivo por el que las teorías científicas heterodoxas, o los fenómenos que sugieren que hay orden, inteligencia y propósito en el universo más allá de nosotros mismos, atraen tantas críticas agresivas.

Vamos a hacer un pequeño experimento. Repite la frase “Eisenstein es un auténtico ingenuo” en tu cabeza varias veces, y déjate llevar por ese planteamiento crítico y sentencioso. ¿Cuál es la mezcla de sentimientos que le acompaña? Puede que sientas cierta gratificación. No hay quien te tome el pelo. Eres práctico, racional, inteligente. No te vas a dejar engatusar por emociones ingenuas para creer en algo. ¿Qué dolor cubren esos sentimientos y juicios? ¿Qué te duele?

Solo cuando nos enfrentemos y curemos esa herida que hay por debajo, podremos alzarnos en nuestra capacidad como agentes del cambio. Solo entonces seremos verdaderamente capaces de creer en aquello que queremos crear, y nos entregaremos por completo a la creación de ese mundo más bonito que nuestro corazón nos dice que es posible. El cinismo, la tristeza, la desesperación no son obstáculos a superar.


Esta traducción también ha aparecido en:

Introducción a “Sacred Economics”

sacred-economicsCharles Eisenstein

  • Cortometraje Dirigido por Ian MacKenzieProducido por Velcrow Ripper, Gregg Hill, Ian MacKenzie. Traducido por Luis Gómez. Sincronizado y editado por Stacco Troncoso -Guerrilla Translation Vídeo original 
  • Entrevista realizada por Xavi Pratt y Jordi Romero para Trash Icons. Traducida por Stacco Troncoso. Editada por Luis Gómez. – Guerrilla Translation. Entrevista original

Sacred Economics traza la historia del dinero, desde las ancestrales economías de la generosidad hasta el capitalismo moderno, mostrando cómo el sistema monetario ha contribuido a fomentar la alienación, la  competición y la escasez, a destruir la comunidad, y a depender del paradigma de crecimiento constante.

A día de hoy, estas tendencias han llegado a su extremo – pero tras su inevitable colapso, quizás hallemos la oportunidad de trascender hacia una forma de vida más conectada, ecológica y sostenible.

En el siguiente cortometraje y la entrevista que lo sigue, Eisenstein explica cuáles serían las características de un sistema económico acorde a los valores humanos, sociales y ecológicos.

Sacred Economics de Charles Eisenstein, un film de Ian MacKenzie

(Para activar la pista de subtítulos, pulsad el botón rectangular de la parte inferior derecha y elegir “Spanish – (Spain) -Guerrilla Translation!” Recomendamos ver el filme en calidad 720hd, alta-definición)

Cambiar la naturaleza del dinero. Trash Icons entrevista a Charles Eisenstein

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Durante siglos, el sistema monetario ha sido uno de los mayores factores contribuyentes a la alineación, competición y escasez que caracterizan al sistema financiero de nuestros tiempos. Entrevistando a Charles Eisenstein, autor de Sacred Economics y activista del decrecimiento, hemos averiguado que quizá haya luz al final del túnel.

1. Sostienes que el dinero precisa de una transformación profunda, capaz de regenerar un concepto tan profano para convertirlo en sagrado. ¿Qué hay detrás del concepto de Sacred Economics?

El libro comienza con la observación de que el dinero no es compatible con todo aquello que estamos empezando a percibir como “sagrado” como, por ejemplo, la restauración ecológica o la justicia social. Esta oposición, en el pasado, se daba por hecha. Asumíamos que la bondad, lo sagrado y todo eso eran conceptos ajenos al dinero, que las personas consagradas a buenos propósitos apenas tienen que ver con el dinero. Pero esto ya no es sostenible, dado que los comportamientos inducidos por el dinero están destruyendo el planeta. Tenemos que cambiar la naturaleza del dinero para que deje de ser el enemigo de la sostenibilidad, por no mencionar ya lo sagrado. El libro trata sobre cómo hemos llegado a este estado de crisis que nunca acaba de desaparecer por completo, y de cómo cambiar el sistema monetario y la economía que lo sostiene. Adicionalmente, explora la dimensión personal y comunitaria de dicha transición.

2. ¿Qué es la economía de la generosidad, y cómo puede favorecer el crecimiento y desarrollo de una comunidad?

La economía de la generosidad incluye la totalidad de las interacciones en que las personas cuidan de sus necesidades mutuas sin dinero de por medio. Por ejemplo, una madre que cocina para sus hijos está practicando la economía de la generosidad, dado que no cobra nada por hacerlo. Vecinos que ayudan a otros vecinos con sus proyectos, cuidando de los niños, ayudándose después de una catástrofe natural, todos estos son ejemplos de una economía de la generosidad o el regalo. Cosas como el couchsurfing, compartir cosas por Internet o el software de código abierto también forman parte de la economía de la generosidad.

La comunidad se forja a través de relaciones basadas en la generosidad. Si pagas por todas tus necesidades, difícilmente tendrás necesidad de quienes te rodean y no formarás parte de la comunidad. Pero, si vives entre personas que se ayudan entre sí para satisfacer sus necesidades, puedes mirar a tu alrededor y decir: “necesito a esta gente, nos necesitamos mutuamente”. Os habréis dado cuenta de que en épocas de crisis económica la gente forma comunidades más entrelazadas, ya que se ven obligados a depender los unos de los otros, llegado el momento en que no pueden seguir dependiendo del dinero.

3. ¿Cuáles son las características principales de la “economía de la separación” que tantos siglos lleva agobiando a la humanidad y nuestro planeta?

Las características principales son: la competición, la ansiedad, la escasez y el crecimiento infinito. Evidentemente, cierto grado de competición y escasez es inevitable, pero nuestro sistema crea mucho más de lo necesario. Pensemos, por ejemplo, en las actividades lúdicas. Desde los albores de la Revolución Industrial, los futuristas han estado prediciendo la inminente llegada de una “edad del ocio”, en la que la gente apenas tendría que trabajar para llevar una vida cómoda. Tan recientemente como en los ochenta, Alvin Toffler predecía una jornada laboral de 25 horas a la semana y 150 días de vacaciones. Pero, en vez de eso, siempre nos hemos decantado por consumir más en vez de trabajar menos y ésta ha sido una decisión forzada e impuesta por nuestro sistema económico. Y para empeorar las cosas, gran parte de ese consumo es ejercido por cada vez menos individuos. En gran parte, este consumismo no aporta nada al bienestar de la mayoría y/ni, desde luego, al bienestar del planeta. Uno de los temas centrales del libro es cuestionar el porqué de esta situación. La culpa no es de “la avaricia”. Puedes cabrear a la gente hablándoles de la codicia de los ricos, pero la realidad es que la avaricia es parte intrínseca del propio sistema. El “culpable” yace a un nivel más profundo, es un mal sistémico. No voy a repetir el argumento con pelos y señales pero, en esencia, un sistema monetario basado en la deuda sujeta a intereses, siempre necesita más crecimiento y, en ausencia del mismo, el sistema tenderá a concentrar la riqueza. Eso es lo que estamos viviendo hoy en día.

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4. En el libro hablas de la “economía del reencuentro”. ¿En qué se caracteriza?

Sus características principales son: la reclamación de los bienes comunes, una moneda con interés negativo, traspasar el cobro de impuestos por las ventas e ingresos sobre la contaminación y la extracción de recursos, una relocalización económica parcial, la economía entre iguales o p2p, una renta básica universal, y la economía de la generosidad. Ninguna de éstas se sostiene por sí misma, cada una actúa en sinergia con el resto.

5. Una de las temáticas centrales del libro es la transformación, que no abolición, del dinero. ¿Crees que puede haber un sistema monetario-económico que funcione? No tendría por qué ser una moneda física, podría ser una mezcla de varios formatos (moneda, digital, parcialmente basada en el regalo…). ¿Cómo lo llamarías?

Sí. No tiene por qué ser una moneda física ni un objeto en sí. Podría ser electrónico (como la práctica totalidad del dinero de hoy en día) o una mezcla. El dinero electrónico es la ola del futuro pero acarrea muchas cuestiones políticas, dado que permite que el gobierno monitorice todas las transacciones. Creo que es una tendencia inevitable pero, aún así, ni siquiera el dinero en efectivo es tan anónimo como les gustaría pensar a los libertarios, dado que cada vez se imprimen más billetes con chips RFID incorporados. En todo caso, creo que la pregunta clave es, ¿qué quieres decir con “un sistema monetario-económico que funcione?” ¿Que “funcione” en qué sentido? Para mí “que funcione” debe llevar implícito el no fomentar la degradación de la biosfera.

6. ¿Cuáles son los mayores inconvenientes de las economías de escasez, a largo plazo?

Son más que inconvenientes. Hay gente muriéndose de hambre en este planeta, aunque la producción global de alimentos podría dar de comer a todo el mundo. La comida está ahí; se están muriendo de hambre, porque hay escasez de dinero. En otros lugares, hay gente que dedica la totalidad de sus vidas a saldar su deuda.

7. ¿Qué fundamento hay detrás de la escasez artificial? ¿A quién le interesa potenciarla?

No creo que nadie haya decidido crear la escasez artificial de manera consciente. Es una cualidad intrínseca de nuestro sistema económico y, si profundizamos, también forma parte de nuestra visión básica del universo, la mitología de la civilización e incluso de nuestro concepto del “yo” o el ser. A nivel económico, la escasez es inherente a un sistema como el nuestro en el que siempre hay más deuda que dinero. Es algo que forma parte del proceso de creación de dinero. La escasez es, así mismo, fundamental para una visión de la vida que dice que somos individuos aislados en un universo “ajeno”. Separados así los unos de los otros, cuanto más tengas tú, menos tendré para mí mismo. Cuando nos vemos separados de la naturaleza, siempre nos encontraremos luchando contra ella e intentando extraer beneficios de este universo tan indiferente como hostil.

Es más, esta ideología de la separación nos amputa de nuestro ser verdadero, expandido y enriquecido mediante las relaciones íntimas que nos brinda la comunidad y la naturaleza. Al vernos amputados de semejante manera, cuando, por ejemplo, no reconocemos los rostros que nos rodean, no conocemos sus historias, no conocemos los nombres de los árboles, las colinas y las plantas que nos rodean… nos sentimos a solas en el mundo. Sentimos que no formamos parte. Esta es una manifestación muy primigenia de la escasez. El consumismo es una de las muchas respuestas a esa sensación de aislamiento.

8. ¿Puedes darnos algún ejemplo de mejoras en los índices de empleo o productividad ajenas a estas políticas de escasez?

Bueno, el mayor extremo de una política de escasez es lo que se ha dado por llamar “austeridad”. Mirando a Europa, es evidente que la austeridad crea más escasez, más desempleo y menos productividad. Podemos observar que los países que no han implementado políticas de austeridad tienen una situación económica mucho más favorable. Aún así, los tipos de estímulos monetarios y fiscales que se utilizan hoy en día sólo son un paso mínimo hacia una auténtica política de abundancia. Os podria dar unos cuantos ejemplos históricos, pero no hay muchos.

9. En el libro expones una serie de temas e ideas muy interesantes. ¿Podrías elaborar sobre ellas brevemente?

Monedas con interés negativo

Esto se implementaría mediante un impuesto de liquidez sobre las reservas bancarias. Básicamente, si el banco se queda con el dinero estancado en el BCE o la Reserva Federal, no sólo no se le aplicarán intereses sino que, además, deberá pagar un sobrecargo de, digamos, un 5%. Esto incentiva a dar préstamos a intereses muy bajos, quizás incluso a un interés del 0%. Permite que las personas y los países endeudados, refinancien sus deudas a un 0% de interes. También significa que, si tienes mucho dinero, no vas a poder contar con él para vivir de los intereses. La riqueza ya no sería cuestión de simplemente poseer mucho y seguir enriqueciéndose automáticamente.

Impulsar las monedas locales

Las monedas locales aíslan y protegen a las economías locales de las finanzas globales, siempre que haya una economía local de la que partir. Las monedas locales pueden ayudar a conectar recursos y necesidades en tiempos de escasez de la moneda nacional. Lo malo es que, hoy en día, muchas economías locales están devastadas y eso reduce el potencial de las monedas locales. Aun así, cuando todo se desmorona, las monedas locales brotan espontáneamente. Lo observamos en Argentina en el 2001-2002; y ocurrió constantemente a lo largo de la Gran Depresión.

Economía basada en los recursos

Se trata de un concepto del Movimiento Zeitgeist y, a decir verdad, no lo respaldo al 100%. La teoría es que deberíamos permitir que los ordenadores determinasen dónde y cómo distribuir los recursos, en vez de determinarlo a través de la demanda monetaria. Creo que, de implementarse, hallaríamos que la función interactiva de recolección de datos necesaria para distribuir los recursos acabaría siendo algo muy similar al dinero en sí.

La restauración de los bienes comunes

Los bienes comunes se refiere a aquello que debería ser propiedad pública, propiedad de todos y de ninguno. En un principio, por ejemplo, las tierras no estaban sujetas a la propiedad privada. A través de un proceso histórico que viene de largo, se han visto gradualmente divididas, saqueadas y privatizadas. A muchos pensadores esto les resulta injusto. Después de todo, nadie ha creado la tierra, ¿a razón de qué tiene alguien derecho exclusivo a la tierra y por por encima de cualquier otro? Lo mismo podemos decir de los bienes comunes, o el “procomún” cultural de las ideas, canciones, imágenes, inventos y demás. Aunque algunas son creaciones originales, siguen brotando de un entorno cultural y, por lo tanto, aún están endeudados con la labor creativa de cientos de generaciones.

Existe un cuerpo de teoría económica surgido a partir de esta perspectiva. Sostiene que no deberías lucrarte de la mera posesión de tierras, patentes, dinero etc, a menos que lo hagas de tal manera que también se beneficie el resto de la sociedad. Por tanto, la tierra y otros bienes rentables deberían estar sujetos a impuestos mediante un índice tasado con fin de contrarrestar aquella porción de las rentas que surgen de la mera posesión de un recurso escaso.

Activismo decrecentista

Es evidente que el crecimiento económico está destruyendo el planeta. Necesitamos un sistema que nos permita crecer en otras direcciones que no sean la cantidad de recursos que somos capaces de extraer y convertir en bienes y servicios. En el sistema actual, talar un bosque y excavar para extraer petróleo son contabilizados como crecimiento económico, mientras que preservar o restaurar estos bienes no lo es. Pero necesitamos más de lo último y menos de lo primero. Esto supone desarrollar un sistema económico que permita que las personas prosperen aún en ausencia de un crecimiento en la totalidad del consumo.

Hay mucha gente que cree que la palabra “prosperidad” o “abundancia” implica consumir cada vez más, pero existen otras visiones de la prosperidad. Por ejemplo, podríamos vivir en una sociedad donde hay más tiempo libre, con más objetos elaborados artesanalmente, casas menos opulentas pero más bellas, más bicis y menos coches, más compartir con los vecinos y menos trasteros llenos de chismes que no se utilizan. Todos estos cambios repercutirán negativamente sobre el PIB, pero enriquecerían las vidas de las personas en cada aspecto significativo. El decrecimiento no es sinónimo de estancamiento. Es un cambio de prioridades que se aleja de la idea de poseer más y más bienes y servicios cuantificables.

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10. En la sociedad actual, cada vez más conectada y con menos barreras informativas, ¿cómo difundirías los conceptos que has desarrollado en la última pregunta? ¿Quién crees que se beneficiaría al censurar ese mensaje?

La clave para difundir estas ideas reside en la disrupción de lo que yo llamo “la historia de la normalidad”. La gente cree que no hay alternativa, cree que nada va a cambiar, cree que la política y el dinero, tal y cómo los concebimos hoy en día, son inalterables. Pero, en un solo momento de empoderamiento de la humanidad, todo eso puede cambiar. Creo que una de las cosas más importantes que podemos hacer ahora mismo es prepararnos para ese momento. Cuando ese millón de personas que está en las calles tome conciencia de su poder, ¿qué va a hacer con él? De momento, aún cuando son capaces de derrocar un gobierno, siempre acaban instaurando un reemplazo que acaba implementando más o menos las mismas políticas.

11. ¿Qué opinas sobre el estado actual de la economía mundial? ¿Crees que ya ha llegado al límite o que las cosas pueden ir aún a peor?

Las cosas se van a poner mucho peor antes de que mejoren. El sistema político está ahí para garantizar que los endeudados sigan pagando y que los bancos y a los acreedores sigan cobrando cuanto más tiempo posible. Mientras haya bienes públicos o una riqueza social que vender al mejor postor, se seguirá vendiendo. Lo puedes observar ahora mismo en España. Para satisfacer a los acreedores lo están desmantelando todo: pensiones públicas, bienes naturales, servicios sociales… y el dinero va directo a los acreedores. Lo último que queda por subastar es a la juventud del país. Cuando ya no queden oportunidades para los jóvenes, se irán a Alemania o a cualquier otro lugar.

12. ¿Crees que ha habido alguna época en la que la humanidad haya disfrutado de un sistema económico mínimante justo para todos?

Sin duda. Las sociedades de cazadores-recolectores eran muy igualitarias. También hubo muchas sociedades campesinas matrifocales bastante egalitarias. Las sociedades del bienestar europeas tampoco eran terribles en cuanto a concentración de riqueza. Aún así no, para mí no hay precedentes que valgan a modo de ejemplo para una sociedad moderna.

Money & Life

Money & Life 2

Katie Teague/Stormcloud Media

Traducido y subtitulado por Stacco Troncoso, editado por Paka McDirham – Guerrilla Translation!

Money & Life es un ensayo-documental de larga duración narrado en torno a varias preguntas claves: ¿Qué es exactamente el dinero? ¿Qué tipo de relación tenemos con él? ¿Supone la crisis económica actual una oportunidad irrepetible para re-examinar nuestra relación con el dinero?

Con intervenciones de Bernard Lietaer, Thomas Greco, Charles Eisenstein, John Robbins, Vandana Shiva y muchos más, Money & Life traza los orígenes y evolución del sistema monetario hasta llegar a la crisis actual y los motivos que la han provocado. Tras cuestionar los preceptos básicos de esta tecnología que llamamos “dinero”, ofrece una serie de observaciones, alternativas y propuestas para rediseñar el sistema monetario.

Para activar los subtitulos, pulsar sobre el rectángulo la parte inferior derecha. Recomendamos ver el docu en HD 720p

Para más información sobre el documental y las alternativas que describen, visitad Money & Life.com

Agradecimientos a Miki Mestres, Luis Gómez y Antonio Beceiro por su labor como “Beta-watchers”.

Vivir sin crecimiento económico

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Charles Eisenstein / The Extraenviromentalist

Traducción: Luis Gómez. Edición y subtítulos: Stacco Troncoso – Guerrilla Translation! 
Video original

 Una producción de nuestros amigos de The Extraenviromentalist:

“Charles Eisenstein habla sobre la bajada en los índices de crecimiento a lo largo del planeta. Dado que el crecimiento económico se ha visto estancado en el 2012, ¿cabe la posibilidad de que el 2013 sea el año en el que aprendamos a vivir sin crecimiento? En este vídeo Charles recuenta sus observaciones tras viajar a lo largo de una Europa devastada por la austeridad y habla sobre la necesidad de separar nuestro concepto de progreso de los bienes materiales.”

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Permacultura y el mito de la escasez

Hippy in the GardenImagen de Irene Knightley

Charles Eisenstein

Traducido por Stacco Troncoso, editado por Inés Arias de Reyna – Guerrilla Translation!
Artículo original en charleseisenstein.net

Hace unas semanas, en una conferencia, un activista que desarrolla su labor en África recordó el encuentro que tuvo con el ministro de agricultura de cierto país africano. El ministro hablaba emocionadamente sobre los métodos de agricultura de alta tecnología que estaba impulsando en su país en asociación con grandes conglomerados agrícolas. El activista mencionó el tema de la agricultura orgánica y el ministro dijo: “Basta. No me está entendiendo, aquí no nos podemos permitir esos lujos. En mi país, la gente se está muriendo de hambre”.

Esto refleja una suposición muy común sobre la agricultura orgánica: que sacrifica la productividad para guardar los intereses del medioambiente y la salud. Es razonable pues, que al dejar de lado los pesticidas y los fertilizantes químicos, las cosechas se verán mermadas.

Pero esto, de hecho, es un mito. En Sacred Economics se citan estudios que muestran que, bien gestionados, los métodos de crecimiento orgánicos pueden producir cosechas dos o tres veces más productivas que las que se obtendrían a través de métodos convencionales. (Los estudios que demuestran lo contrario presentan muchas carencias. No hace falta decir que, si plantas un monocultivo en dos campos distintos, obtendrás menos productividad en aquel en el que no se han empleado pesticidas. Pero esto, en ningún caso, sería un simulacro real de la agricultura orgánica). La agricultura convencional no pretende maximizar la cosecha por hectárea; busca maximizar la cosecha por unidad de labor. Si un 10 % de la población se dedicará a la agricultura, en contraste al 1 % que se dedica a ella, hoy en día, podríamos alimentar al país con facilidad y sin necesidad de pesticidas o elementos petroquímicos.

Resulta, que mis estadísticas son demasiado conservadoras. Los últimos métodos de permacultura son capaces de rendir mucho más que el doble o el triple de producción que la agricultura convencional. Hace poco me encontré con este artículo de David Blume en el que hace un resumen de sus nueve años al frente de un proyecto de permacultura en California. Organizado entorno a una cooperativa agrícola para 300-450 personas y sobre dos acres de tierra, obtuvo cosechas ocho veces superiores a lo que el departamento de agricultura estima posible por metro cuadrado. Y tampoco lo hizo “minando la tierra” dado que la fertilidad de la tierra incrementó drásticamente durante la duración del proyecto.

Cada vez que alguien vaticina una inminente crisis alimentaria basada en el crecimiento de la población y la disminución de depósitos petrolíferos, los métodos agrícolas de hoy en día se quedan fuera de la discusión. Por tanto, aunque el periodo transicional pueda suponer carencias alimenticias temporales y auténtico sufrimiento, los métodos de permacultura podrían alimentar fácilmente a ese máximo de población mundial de diez a once mil millones de personas que quizás veamos a mediados de siglo.

Es indudable que los viejos métodos de agricultura basados en el control están llegando a la cúspide de su potencial productivo. Toda inversión encauzada hacia este tipo de tecnología está devolviendo retornos marginales disminuyentes. No hay más que observar la proliferación de hierbas resistentes al Roundup de Monsanto y la “necesidad” de nuevos herbicidas para poder subyugarlas. Esta situación es paralela a tantas otras en las que se emplean tecnologías basadas en el control, ya sea en medicina, educación o política… De veras creo que estamos llegando al final de una época.

Prueba de ello es que los viejos modelos ya ni siquiera funcionan financieramente. Puede que otrora los monocultivos fueran la manera más eficiente de producir alimentos, pero hoy en día, incluso los agricultores que siguen los métodos convencionales apenas pueden mantenerse a flote. Blume obtiene muchos mejores resultados, no solo en los aspectos ecológicos y de productividad, sino también en el de ingresos. Hacer una transición a la permaculturatambién supone hacer una transición dentro de nuestro pensamiento, nuestros hábitos y nuestras formas de organización económica. Es consecuencia natural del pensamiento ecológico, incorpora la tendencia de ser servicial con el prójimo y está de acuerdo con el teorema económico de pequeñas cooperativas independientes. Este es el motivo por el que no es fácilmente compatible con los métodos operacionales de las grandes corporaciones agrícolas. (Pero tengamos asimismo en cuenta que estas también se vuelven obsoletas dentro de su paradigma centralizado y jerárquico.)

La imagen definitoria de la agricultura del siglo XX es la de una cosechadora mecanizada monstruosa arando interminables campos de trigo. Me gustaría ofrecer una visión muy distinta para la agricultura del siglo XXI:

(1)   Permacultura de alta intensidad en torno a grandes centros urbanos para satisfacer el 80 % de sus necesidades alimentarias. Blume señala que en 1850 y, sin utilizar ninguna de las técnicas modernas de permacultura, la ciudad de Nueva York era capaz de suministrar todos los requisitos alimenticios de su más de un millón de habitantes dentro de un radio de siete millas.

(2)   Una abundancia de huertos reemplazando una parte significativa de la cosecha más abundante de América en estos momentos: el césped. Muchos suburbios podrían ser prácticamente autosuficientes en cuanto a comida.

(3)   La sanación de las tierras dañadas en el cinturón granjero y la restauración de los bosques y prados originales de esas zonas. Gracias a la producción local de alto rendimiento, muchas de las hectáreas plantadas con maíz, trigo,  y soja del medio oeste serán innecesarias dentro de la producción alimentaria. Esto no quiere decir que las cosechas para exportar a otras regiones desaparezcan por completo, sino que tan solo tendrán un papel menos relevante.

(4)   Un incremento en la producción de biocombustibles en parcelas más pequeñas. Mientras que la mayor parte del biocombustible de Estados Unidos se fabrica con maíz, Blume señala que otros cultivos pueden producir más de diez veces la misma cantidad de combustible por acre, y eso sin contar con las tecnologías de conversión de celulosa.

(5)   Tal y como presagia el resurgimiento de interés por la agricultura entre jóvenes, una parte mucho más voluminosa de la población se verá envuelta en las labores del campo y la jardinería se convertirá en una actividad prácticamente universal. Las zonas rurales deshabitadas volverán a poblarse y las economías de los pueblos pequeños proliferarán gracias a la producción y al consumo local.

En América, la transición hasta esta visión necesitará una ruptura dramática con nuestra forma de vivir actual. En otros países donde la gente aún practica una agricultura a pequeña escala muy parecida a la permacultura moderna, la transición puede ser mucho más suave. Podrían pasar de largo el XX y pasar directamente al XXI sin necesidad de repetir nuestros devastadores errores psicológicos y sociales. Personas de distinta proveniencia podrían adaptar los principios de la permacultura a sus propias circunstancias medioambientales y sociales. Esta no es una historia de filántropos blancos haciéndose los listos al inventarse un nuevo modelo para imponerlo a los demás. (De hecho, muchas de las técnicas de permacultura se han adoptado a partir de métodos de cultivo indígenas en todo el planeta.) Es una historia en la que todos aprendemos de todos, guiados por el ideal de unir la economía con la ecología y potenciar la autosuficiencia alimenticia regional.

Esta traducción también ha aparecido en:
La web de Charles Eisenstein