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La paradoja del capitalismo y la estrategia revolucionaria magnética

Magnetism

Este artículo publicado por Alex Knight en su blog The End of Capitalism propone una interesante teoría sobre cómo nos enfrentamos a la paradoja vital que, según él mismo, supone el sistema económico en que estamos actualmente inmersos, y cómo podríamos mejorar dicho enfoque para conseguir verdaderos cambios.


1. Existe una paradoja en el corazón de esta estructura de poder global en la que vivimos, conocida como capitalismo. Es el resultado de dos verdades contradictorias.

2A. La primera verdad es que el capitalismo está destruyendo nuestro planeta. Nos está matando a través del calentamiento global, la extinción de las especies, el empobrecimiento, el racismo, el sexismo, la homofobia, la propaganda, la guerra, el creciente Estado de la seguridad, el aislamiento computarizado y mucho más.

2B. La segunda verdad es que dependemos del capitalismo para nuestra supervivencia inmediata. Ya sea a través de los salarios, las pensiones o los servicios sociales, nuestra subsistencia depende de los ingresos que nos proporciona el mismo sistema que nos está matando.

3A. A la mayoría de nosotros nos gustaría dejar de tener que hacer frente a esta paradoja, así que nos escudamos en la apatía, el nihilismo y el cinismo. Aceptamos dejarnos llevar por la fantasía que nos ofrece el sistema y silenciamos nuestro conocimiento intrínseco de las profundas injusticias que impregnan el mundo real.

3B. Algunas almas valientes entre nosotros se enfrentan a la primera verdad y, por ello, hacen lo que pueden para evitar ser cómplices del engranaje de muerte y destrucción. Es posible que adopten una dieta ética, frenen sus hábitos de consumo, o incluso intenten vivir ‘desenchufados’ de los suministros urbanos (al menos en la medida en que se lo permita la estructura de poder global, cuyos tentáculos llegan a todos los rincones de la Tierra). Llevado hasta el extremo, esta es la ruta del escapismo. Su objetivo es la pureza moral, huir de la culpa, la satisfacción individual de saber que ya no formas parte del problema.

Aceptamos dejarnos llevar por la fantasía que nos ofrece el sistema y silenciamos nuestro conocimiento intrínseco de las profundas injusticias que impregnan el mundo real.”

El fallo del escapismo es que eludir la responsabilidad del problema también significa eludir la responsabilidad de la solución. Puede que encuentres tranquilidad en esa postura moral, pero, con o sin tu participación, el capitalismo continúa su marcha, destruyendo miles de millones de vidas.

3C. Un grupo diferente de personas está más concienciado con la segunda parte de la paradoja: el hecho de que estamos atrapados en este sistema, sea como sea de malo, y por tanto lo mejor que podemos hacer es mejorarlo o hacerlo más justo. Posiblemente luchen por cambios en la política a través de grupos de presión o incluso presentándose a las elecciones. En su forma pura, esta es la ruta del reformismo. El objetivo es trabajar “dentro del sistema”, influenciar a la gente en el poder y, tal vez, con el tiempo, convertirse en uno de ellos. En teoría, una vez en una posición de poder, podrían ser capaces de dirigir el barco en una nueva dirección.

El fallo del reformismo es que necesita que abandonemos nuestros ideales para derribar realmente el sistema o crear un mundo sin capitalismo. No hay nada malo en mejorar la vida dentro del sistema, pero cuando nos convertimos en parte del sistema nos traicionamos a nosotros mismos y ya hemos perdido.

4. Por sí mismos, ninguno de estos dos polos, escapismo o reformismo, nos ofrece esperanza alguna de abolir el capitalismo y salvar nuestro mundo. Sin embargo, ninguna otra manera de proceder puede existir sin ambos elementos. En vez de escapar de esta paradoja, si aceptamos lo absurdo de nuestra situación podemos aprovechar la energía de la contradicción para crear algo nuevo.

Imagina esos dos polos llevando corrientes eléctricas en direcciones opuestas –una es “negativa”, la otra “positiva”–. Si las ponemos cerca la una de la otra, se creará un campo magnético. Si un imán se colocara entre los dos polos, tendería a girar de tal forma que se alinearía con el campo magnético. Tesla descubrió que un campo magnético no necesita ser estático, con lo que el imán no tendría que permanecer inmóvil una vez alineado. Si las corrientes eléctricas generadas por el campo son corrientes alternas (AC), queriendo eso decir que su polaridad cambia de un lado a otro, el imán tendrá que mantenerse girando para adaptarse al campo magnético en movimiento permanente. La cadencia puede ser alineada de tal forma que el imán podrá girar a gran velocidad, aprovechando la energía de cada polo alterno a medida que supera el giro. Así es como funciona un motor eléctrico.

Como sucede en este ejemplo teórico, la revolución real debería ser posible si hacemos uso del campo magnético invisible entre los polos opuestos. Más que descartar entre escapismo o reforma debido a sus obvias deficiencias, habría que considerar la energía vital que gira alrededor de cada una. El ímpetu de confrontar y hacer cambios en el sistema nos puede empujar lejos del individualismo para acercarnos a las necesidades ecológicas y sociales. A la inversa, el deseo de escapar de la sujeción del sistema puede motivarnos a crear modos autónomos de supervivencia y reproducción que no sean dependientes del beneficio o de las subvenciones de las fundaciones.

¿Cómo podríamos orientar del mejor modo nuestra política para ganar impulso desde esas alas magnéticas sin llegar a estancarnos en una rutina estática que nunca genera energía? ¿Podemos tomar impulso tanto del escapismo como de la reforma, sin llegar a convertirnos ni en escapistas ni en reformistas?

 

Magg5. Creo que una política revolucionaria necesita una estrategia para abrir caminos con el fin de que millones de personas normales puedan movilizarse y empoderarse a sí mismas. Sin duda, esto no requiere que todo el mundo haga lo mismo, sino que cada cual nos empeñemos en liberar nuestro conocimiento del mundo y de nosotros mismos. Todos los que leen este ensayo probablemente ya están haciendo esto, creando proyectos que nos elevan de modo tangible aunque insuficiente, ya sea cuidando un jardín, organizando una campaña sobre un tema específico o escribiendo un blog.

Lo que falta es la alternancia de corrientes, o mejor dicho, la circulación de luchas. De nada nos sirve especializarnos en un campo revolucionario y convertirnos en expertos atrincherados en un rol inmóvil. El movimiento depende de la interrelación de fuerzas divergentes, y principalmente del fortalecimiento de relaciones a través de la diferencia. [1].

¿De qué forma nos desafiamos constantemente a aprender nuevos modos de producir cambios? ¿De qué manera socializamos nuestros proyectos para que no dependan únicamente de nuestros propios esfuerzos? ¿Cómo encaramos a aquellos que ven el mundo desde una perspectiva contraria a la nuestra y cómo los aceptamos en nuestras vidas? Y de forma similar a los imanes, ¿de qué manera estamos construyendo un impulso duradero a largo plazo a base de alternar la movilización tanto de energía negativa en forma de ira y rabia contra el sistema que nos domina, como de energía positiva en forma de reproducción comunal y de la supervivencia fuera del sistema?

6. En la práctica, dado el grado de abatimiento/contracción en que se encuentran los movimientos sociales en este país, debemos ser realistas en cuanto a los desafíos que supondrá el afrontar una estrategia bidireccional.

¿Cómo luchar contra un sistema basado en los beneficios económicos para garantizar nuestra supervivencia (y dejar de hacer tanto daño), por ejemplo a través de la asistencia sanitaria universal, al tiempo que construimos estructuras reproductivas comunales que proporcionen alimentos, vivienda, sanidad, cuidado de niños, información, apoyo a la salud mental, etc., fuera de la lógica del beneficio? ¿Todo ello mientras enajenamos nuestra mano de obra a nuestro día a día laboral simplemente para sobrevivir y mantener intactas nuestras familias? ¿De dónde sacaremos las energías?

“¿Podemos mantener nuestros corazones revolucionarios ardiendo con la esperanza de un futuro liberado cuando el sistema es tan competente a la hora de ignorar y asfixiar nuestros esfuerzos, e incluso cuando nuestros movimientos se autodestruyen por nuestros propios fallos y nuestra cobardía?”

¿Podemos evitar las trampas de una postura moralizante y aceptar que la gente tiene necesidades reales y percibidas que sólo pueden satisfacerse a través de la participación en el sistema? ¿Podemos implementar prácticas de justicia restaurativa para asumir nuestra responsabilidad por actitudes y comportamientos opresivos sin tener que depender del sistema penitenciario? ¿Podemos mantener nuestros corazones revolucionarios ardiendo con la esperanza de un futuro liberado cuando el sistema es tan competente a la hora de ignorar y asfixiar nuestros esfuerzos, e incluso cuando nuestros movimientos se autodestruyen por fallos y cobardía propia?

Yo creo que podemos, si aceptamos el reto de construir una estrategia magnética, auto-reproductiva y revolucionaria. Si continuamos reajustando nuestras prácticas para alinearnos mejor con las cambiantes necesidades ecológicas y sociales que nos rodean, creo que al final nos aportará más energía de la que demanda, en forma de nuevas relaciones, conocimientos nuevos y nueva auto-confianza. Si podemos orientar nuestros movimientos de modo que ofrezcan a la gente medios para una verdadera autonomía y auto-realización, si pueden descubrirse a ellos mismos y a una humanidad más profunda a través de la implicación en una lucha, entonces creo que el proceso atraerá a cada vez más gente y el verdadero poder empezará a fluir.

¿Qué queremos decir cuando hablamos de poder? No estamos intentando construir un nuevo sistema de ‘poder-sobre’ que pueda destruir el viejo capitalismo y crear una dominación más eficiente. Nuestro objetivo es la descentralización del poder en forma de ‘poder-con’ [2]Esto significa que mientras nuestros esfuerzos circulan y se combinan entre sí, deben hacerlo en modos no jerárquicos y probablemente no permanentes. El objetivo no es que algunos de nosotros lo resolvamos todo y salvemos el mundo en nombre de todos: el objetivo es que cada uno, cada persona, cada comunidad se empodere por sí misma en conexión con un proceso espiral y dinámico de auto-liberación.

7. Vivimos en un mundo paradójico; las verdades más importantes son las más difíciles de descubrir y el mundo entero está ahogándose en mentiras. ¿Cómo podemos esperar soluciones fáciles y unipolares a nuestro atolladero actual? Cuanto más simple y más mercantilizable es una idea, más vacía tiende a estar. La verdad vive en la complejidad y en la contradicción. Para liberar al mundo y a nosotros mismos, debemos ser capaces de sostener a la vez dos opuestos en nuestra mente, reconociendo que ninguno es suficiente y, sin embargo, ambos son necesarios.

Por alguna razón, los latinoamericanos parecen estar mejor equipados para manejar la paradoja que nosotros los norteamericanos, ensimismados en perseguir la pureza. Los zapatistas lo entienden bien: “Caminando, preguntamos”[a]“Lidera obedeciendo”, “Un mundo en el que caben muchos mundos”.

Y este ensayo ha sido inspirado por el poeta nicaragüense Rubén Darío, autor de estas hermosas palabras que describen perfectamente nuestro dilema:

“¡Si me lo quitas, me muero; si me lo dejas, me mata!”


Notas del artículo original

[1].  Audre Lorde describió una analogía muy similar en el ensayo “The Master’s Tools Will Never Dismantle the Master’s House” (literalmente Las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo”)

“La diferencia no debe ser meramente tolerada, sino que debe ser vista como un fondo de polaridades necesarias entre las cuales nuestra creatividad puede desatarse/prender como una dialéctica”.

[2].  Starhawk en su libro clásico “Dreaming the Dark” (literalmente Soñando la oscuridad) distinguía entre ‘poder-sobre’ y ‘poder-dentro’. Prefiero ‘poder-con’ porque quiero enfatizar el hecho de que nos empoderamos a través de nuestras conexiones a otras personas y a la naturaleza.

N. del T.

[a].  Esta sería la traducción correcta respetando las palabras del autor, aunque en realidad la frase zapatista dice “preguntando caminamos”.

Artículo traducido por Cristopher Morales y editado por Susana Oñate y Paulina Castellanos – Guerrilla Translation!
Imágenes: Dayna MasonWindell Oskay

El dinero que la banca crea de la nada

Burning Money
“La banca privada puede crear dinero de la nada”. En esencia, ese es el mensaje de unas declaraciones recientes del Banco de Inglaterra que tiran por los suelos los fundamentos teóricos de la austeridad. Aún así, y, como explica Susana Belmonte en su web “…no estamos ante nada nuevo. Numerosos pensadores independientes como la recién fallecida Margrit Kennedy, Bernard Lietaer, Ellen Brown o Thomas Greco llevan décadas denunciándolo.” En el siguiente artículo, firmado por David Graeber y originalmente publicado en The Guardian, Graeber hace un análisis tan breve como impactante sobre el significado de esta admisión.


Entender esto es lo que nos permite seguir hablando sobre el dinero como si fuera un recurso limitado como la bauxita o el petróleo; nos permite decir que “no hay suficiente dinero” para invertir en programas sociales, nos permite hablar de la inmortalidad de la deuda pública o decir que el gasto público “desplaza” al sector privado. Lo que ha admitido el Banco de Inglaterra esta semana es que nada de esto es cierto.”

Se dice que ya en los años 30 Henry Ford comentó que era bueno que la mayoría de los americanos no supiesen cómo funcionan realmente los bancos porque de saberlo “estallaría una revolución antes de mañana por la mañana”.

La semana pasada ocurrió algo excepcional. El Banco de Inglaterra destapó la liebre. En un artículo llamado “La creación de moneda en la economía moderna” tres economistas de la Dirección de Análisis Monetario del Banco Central declararon abiertamente que las suposiciones más comunes sobre cómo funcionan los bancos son sencillamente falsas. Y que las posturas heterodoxas y un tanto populistas como las asociadas por lo general a grupos como Occupy Wall Street están en lo cierto. De esta forma, tiraron por tierra todos los fundamentos teóricos en los que se basa la austeridad.

Para hacernos una idea de lo radical que es la nueva postura del Banco, tengamos en cuenta la visión común que continúa sirviendo de base a todo debate respetable sobre políticas públicas. La gente mete su dinero en bancos y los bancos prestan dicho dinero con intereses (tanto a clientes como a empresarios que quieran invertirlo en un negocio rentable). Es cierto que el sistema de reserva fraccionaria permite a los bancos prestar considerablemente más de lo que poseen como también es cierto que si los ahorros no son suficientes, los bancos privados pueden pedir más préstamos al Banco Central.

El Banco Central puede emitir tanta moneda como desee aunque se cuide de no hacerlo demasiado. De hecho, se nos suele decir que este es el motivo principal por el que los bancos centrales existen. Si los mismos gobiernos pudieran imprimir moneda, seguramente emitirían demasiada, lo que podría desembocar en una inflación que llevaría la economía al caos. Instituciones como el Banco de Inglaterra o la Reserva Federal de Estados Unidos se crearon para regular con cuidado la masa monetaria y evitar la inflación. Esta es la razón por la que tienen prohibido financiar directamente a los gobiernos, por ejemplo, comprando letras del tesoro, y sin embargo sí pueden financiar la actividad económica privada en la que el gobierno apenas aplica impuestos.

Entender esto es lo que nos permite seguir hablando sobre el dinero como si fuera un recurso limitado como la bauxita o el petróleo; nos permite decir que “no hay suficiente dinero” para invertir en programas sociales, nos permite hablar de la inmortalidad de la deuda pública o decir que el gasto público “desplaza” al sector privado. Lo que ha admitido el Banco de Inglaterra esta semana es que nada de esto es cierto. Por citar el resumen preliminar: «Más que recibir los depósitos que las familias ahorran y volver a prestarlos, los préstamos bancarios crean depósitos»…«Normalmente el Banco Central ni fija la cantidad de dinero que debe circular, ni su dinero se multiplica para crear más créditos o depósitos».

En otras palabras, lo que sabemos no solo es falso sino precisamente todo lo contrario. Cuando los bancos prestan créditos están creando dinero. Esto es porque el dinero es simplemente un pagaré. El papel del Banco Central es presidir un orden legal que garantiza de forma efectiva que los bancos tengan la exclusividad a la hora de emitir pagarés de determinado tipo. Dichos pagarés son los que el gobierno reconoce como oferta legal y acepta de buen gusto recibirlos de vuelta en forma de impuestos. En realidad, no hay ningún límite a la cantidad que un banco podría emitir mientras siga encontrando a alguien a quien darle un préstamo. Nunca se van a quedar cortos de dinero por la simple razón de que, por lo general, los prestatarios no cogen dicho dinero y lo meten debajo del colchón. En última instancia todo el dinero que un banco presta acabará de nuevo en otro banco. Por tanto, para el conjunto del sistema bancario, cada préstamo se convierte en otro depósito. Y lo que es más, en cuanto un banco necesita adquirir fondos del Banco Central, puede pedir prestados todos los que quiera ya que este último, en definitiva, no determina la cantidad de dinero sino el interés, el precio del dinero. Desde comienzos de la recesión, los bancos centrales de Estados Unidos e Inglaterra han reducido el coste a prácticamente cero. De hecho, con la “facilitación cuantitativa” lo que han estado haciendo es inyectar todo el dinero posible en los bancos sin producir efecto inflacionario alguno.

Lo que esto significa es que el límite real de moneda en circulación no está determinado por cuánto quiera prestar el Banco Central sino por cuánto quieran tomar prestado gobierno, empresas y ciudadanos de a pie. La clave de todo esto está en el gasto público (el artículo admite, si se lee atentamente, que el Banco Central financia al gobierno). Por tanto, no cabe lugar para decir que la inversión pública desplaza a la inversión privada. De hecho, es justamente al revés.

¿Por qué el Banco de Inglaterra ha admitido todo esto de pronto? Una razón es que se trata de una verdad muy obvia. El trabajo del Banco es precisamente el de dirigir este sistema y últimamente no ha funcionado demasiado bien. Es posible que el Banco haya decidido que seguir manteniendo la versión de cuento de hadas de la economía, que ha resultado muy conveniente para los ricos, se haya convertido en un lujo que ya no se puede permitir.

Sin embargo, esto supone un gran riesgo en términos políticos. Pensemos en qué pasaría si los titulares de hipotecas se dieran cuenta de que el dinero que el banco les ha prestado no es aquello que un pensionista ahorrador ha juntado durante toda su vida, sino algo que el banco inventó por arte de magia gracias al dinero que nosotros le entregamos.

Históricamente el Banco de Inglaterra ha tendido a ser líder en la apuesta de posturas, aparentemente radicales, que a la larga se convierten en las nuevas doctrinas. Si esto es lo que está pasando ahora, es posible que pronto sepamos si Henry Ford estaba en lo cierto o no.


Artículo traducido por Paloma Sánchez Criado, editado por Alsi Canales – Guerrilla Translation!

Imágenes de epSos. de 

Cómo curarse del capitalismo: Cooperativismo y democracia laboral

Richard D. Wolff

En este vídeo y el artículo corto que lo acompaña, el profesor Richard D. Wolff, experto en cooperativas y economista heterodoxo estadounidense explica los motivos por los que el crecimiento ha adquirido tal protagonismo en nuestros sistemas políticos. La desigualdad es consecuencia de la forma en la que están organizadas las empresas. Asumiendo que pasamos una parte significativa de nuestras vidas en el trabajo, ¿qué pasaría si extendiéramos nuestro afán democrático al entorno laboral? ¿en qué cambiaría la sociedad si todas las empresas fueran más democráticas? ¿cuáles serían las implicaciones sociales y políticas de un cambio como este?

(Para activar la pista de subtítulos, pulsad el botón rectangular de la parte inferior derecha y elegir “Spanish – (Spain) -Guerrilla Translation!”)

Prosperidad y democracia económica: La solución de las cooperativas de trabajadores

Las WSDE (Empresas autogestionadas por los trabajadores, por sus siglas en inglés) son una respuesta al fracaso del capitalismo a la hora de proporcionar prosperidad económica, y también al del socialismo en cuanto al establecimiento de una democracia económica.

Entre los factores que impiden la formación, en los EEUU, de una nueva izquierda organizada y políticamente eficaz, se encuentra la profunda frustración de los activistas interesados en hacer que eso suceda. El declive desde los años 70 (y particularmente desde 2008) de la habilidad del capitalismo de “cumplir con su cometido” hacia la mayor parte de la ciudadanía ha llevado a muchas personas a cuestionar, criticar y desafiar el sistema capitalista. El destacado sondeo llevado a cabo por el Pew Research Center en diciembre de 2011 evidenció que un alto porcentaje de americanos se mostraba favorable al socialismo. Muchos más estarían de acuerdo hoy día. No obstante, los activistas de izquierdas se ven cada vez más frustrados por la falta de una alternativa sistémica viable que pueda atraer a aquellos que están desencantados con el capitalismo.

Las izquierdas se ven doblemente frustradas porque las alternativas socialistas tradicionales ni logran inspirar al público ni consiguen mobilizarlos a ellos. Las implosiones del socialismo soviético y los socialismos de Europa del Este, en conjunción con grandes cambios en China y más allá, han alimentado esa frustración. La han avivado también, aunque de un modo diferente, la aceptación del neoliberalismo por parte de los partidos socialistas de Europa Occidental, desde los años 70, y sus políticas de austeridad, desde 2007-2008. El colapso del partido socialista griego, y de igual manera, la disminución importante en el apoyo electoral del partido socialista alemán y otros partidos socialistas, son un claro reflejo de las frustraciones que existen entre los socialismos tradicionales por los que éstos abogan.

Los programas socialistas tradicionales, basados en un gran nivel de intervención gubernamental en la economía (por medio de diversas regulaciones de mercado y empresa, de propiedad y gestión estatal de las empresas, planificación centralizada, etc.) ya no consiguen suscitar mucho apoyo. Cuando en ocasiones parecen conseguirlo (como fue el caso de las últimas elecciones presidenciales y legislativas francesas, por ejemplo), el socialismo tradicional demuestra ser meramente retórico y simbólico, por no haber definido ni perseguido una verdadera alternativa a un capitalismo profundamente impopular. El apoyo del gobierno francés se esfumó rápidamente.

Ante los enfoques socialistas tradicionales, el público responde, cada vez más, con una indiferencia escéptica que podría traducirse como “ya hemos pasado por eso”. Muchos se han formado la opinión de que los socialismos tradicionales, cuando han conseguido instaurarse, demostraron tener demasiadas deficiencias, fueron demasiado insostenibles, o ambas cosas. El creciente interés público que desde la crisis de 2008 se ha despertado hacia las alternativas al capitalismo ha chocado de frente con la pérdida paulatina de confianza en el socialismo tradicional.

La frustración de la izquierda, teniendo en cuenta que el atractivo del socialismo tradicional se ha agotado, surgió ante la falta de una alternativa atrayente y generalmente aceptada al capitalismo. La izquierda no podía proporcionar lo que anhelaban las masas, mientras éstas intensificaban sus críticas hacia el capitalismo en general, su caída a largo plazo y su crisis a corto plazo.

En este punto entra en escena el concepto de las cooperativas de producción o cooperativas de trabajo asociado, o aún mejor, el término poco adecuado pero más específico: empresas auto-dirigidas por los trabajadores (WSDE). Esta idea, que tiene siglos de antigüedad, ha sido reavivada, rediseñada y aplicada para que vaya mas allá del socialismo tradicional. El resultado es una nueva visión de un capitalismo alternativo que podría ayudar a movilizar a una nueva izquierda.

Al establecer la democracia en el seno de las empresas, las WSDE hacen que el gobierno asuma sus responsabilidades ante el pueblo, como trabajadores. La democracia política no es más que una formalidad cuando la dependencia directa de los gobiernos hacia las personas, como votantes, no va acompañada de una dependencia hacia las personas como trabajadores”

Las WSDE reemplazan las empresas capitalistas jerárquicas (organizadas de arriba hacia abajo y dirigidas por sus accionistas principales y las juntas directivas que éstas escogen) por empresas democráticas dirigidas por todos sus trabajadores. Éstas últimas toman colectiva y democráticamente todas las decisiones sobre qué, cómo y dónde se produce. Y lo que es más importante, deciden cómo usar los ingresos netos de la empresa.

La dependencia de los gobiernos (a nivel municipal, regional y nacional) del pago de impuestos por parte de las empresas se convierte, por lo tanto, en una dependencia hacia las personas, como trabajadores. Ya no se usarán los impuestos ni ninguna otra distribución de ingresos netos para moldear las políticas gubernamentales en beneficio de intereses no comunes (capitalistas dentro de las empresas) y en contra de los trabajadores o los ciudadanos.

La importancia de tales transformaciones, a pequeña escala, hacia el modelo WSDE, no puede sobrevalorarse. Por el hecho de situar poderes económicos claves en manos del estado (la regulación o propiedad de las empresas, la imposición de una planificación por encima o en lugar de los mercados), el socialismo tradicional normalmente acumulaba demasiado poder, o exclusivamente en el estado o bien entre el estado y las principales empresas capitalistas que éste “regulaba”. Demasiado poco poder compensatorio, real e institucionalizado residía dentro de las empresas, en manos de los trabajadores. Como resultado, no existían en la vida económica la transparencia, la responsabilidad, ni el tener que rendir cuentas, y por lo tanto, tampoco existía la democracia económica. Cosa que a su vez minaba la democracia en el ámbito político.

Las WSDE podrían solucionar ese problema. En las economías donde predominan las WSDE, los recursos financieros del estado (los impuestos cobrados a las empresas y/ o los préstamos recibidos de las mismas) están compuestos por las contribuciones de los ingresos netos hechos por los trabajadores de estas empresas. Del mismo modo, el uso de los ingresos netos de cualquier empresa para la financiación de partidos o personalidades políticas, esfuerzos de lobbying o centros de estudios, sería un reflejo de las decisiones democráticas de sus trabajadores. Siempre ha sido una característica estructural fundamental del capitalismo – la dictadura del capital dentro de las empresas – la que ha generado los incentivos y proporcionado los recursos para que los capitalistas pudieran doblegar el gobierno para ponerlo al servicio del capital y en contra de los trabajadores. Una economía basada en WSDE, en cambio, aboliría esa dictadura, y en consecuencia, sus efectos políticos.

Al establecer la democracia en el seno de las empresas, las WSDE hacen que el gobierno asuma sus responsabilidades ante el pueblo, como trabajadores. La democracia política no es más que una formalidad cuando la dependencia directa de los gobiernos hacia las personas, como votantes, no va acompañada de una dependencia hacia las personas como trabajadores (en gran proporción, las mismas personas). La democracia política verdadera requiere la intregración de una alianza con la democracia económica, tal y como se contempla en las economías donde predominan las WSDE. El énfasis excesivo del socialismo tradicional en sus diferencias a nivel general con respecto al capitalismo (la sustitución de la regulación/propiedad estatal por la propiedad privada y la planificación estatal por los intercambios comerciales) sería corregido de forma radical por las transformaciones, a pequeño nivel, en la organización empresarial, que pasaría de una organización capitalista a un modelo de WSDE.

Las empresas democratizadas, por supuesto, tendrían que compartir poderes, a todos los niveles (municipal, regional y nacional), con unas estructuras políticas democráticas vinculadas al lugar donde desarrollan su actividad dichas empresas. Las consecuencias politicas de las decisiones empresariales, igual que las consecuencias empresariales de las decisiones políticas, requerirían que la toma de decisiones en ambas áreas sociales (la empresa y la comunidad residente) fuera mutuamente respetuosa e interdependiente. La democracia basada en las empresas co-gestionaría, junto con la democracia basada en la comunidad residente, el espectro completo de las decisiones sociales, incluyendo las funciones y políticas de cualquier sistema político.

En este contexto, la transformación de las empresas capitalistas en WSDE cambiaría radicalmente los lugares de trabajo, las comunidades residenciales, y por consiguiente, la vida de prácticamente todo el mundo. Podría realizar el cambio sistémico que se proponían las socialismos tradicionales, pero que nunca lograron: una alternativa viable y atractiva que sea preferible al capitalismo. Ello ofrece a la izquierdas un medio para superar sus frustraciones y un epicentro alrededor del cual reagruparse y existir mientras construyen nuevos movimientos y organizaciones.


Guerrilla Translation/Relacionado:Hacia un procomún materialMichel Bauwens Dmytri Kleiner John RestakisRevolución integral Enric DuránStrip Capitalism works¡El capitalismo me funciona! Verdadero/FalsoSteve Lambert

Dmytri Kleiner y la financiación del procomún material

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Tercer y último extracto de nuestra traducción del diálogo a tres bandas entre Michel Bauwens, Dmytri Kleiner y John Restakis. Hoy, Dmytri Kleiner, comunista de riesgo y especialista en tecnologías de descomunicación, intenta dar respuesta a la siguiente pregunta: ¿Cómo vamos a crear empresas para beneficiar al procomún si no disponemos de capital para ponerlas en marcha?


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Dmytri Kleiner

Asimismo quise explicar en qué consistía el comunismo riesgo, mi propio proyecto que precede a la acuñación del término “producción entre iguales” pero que pueda aportarle muchos beneficios, dado que estamos hablando de lo mismo, aunque utilicemos términos distintos para describirlo. Como tecnólogo, siempre me he inspirado en las dinámicas de las redes entre iguales y en los proyectos de software libre. Todo esto influyó en la creación del  comunismo riesgo.  Dado que ya teníamos TCP/IP y demás para distribuir bienes inmateriales, me propuse crear un protocolo apto para la producción y distribución de bienes físicos. Internet es una plataforma muy eficaz para compartir, distribuir y crear riqueza inmaterial colectiva y para ayudarnos en nuestro afán de ser productores independientes basados en este procomún colectivo.

Henry George

Henry George

El objetivo del comunismo riesgo es seguir el mismo patrón con la riqueza material. Tiene influencia de muchas tradiciones, y no sólo de la tradición anarco-comunista. Uno es el ideal georgita de utilizar las rentas económicas como base fundamental de la distribución mutua de riquezas. En términos sencillos, esto significa que podemos distribuir las rentas pasivas. Bajo esto concepto, los trabajadores, además de obtener ingresos mediante la producción de bienes, agregan rentas por ser dueños de los medios de producción, por ser dueños de activos productivos.

Vivimos en una sociedad desigual porque tenemos una distribución desigual de activos productivos. Incluso si hablamos del movimiento cooperativo  —que siempre he admirado y que siempre he utilizado como ejemplo a seguir— es evidente que la distribución de activos productivos también es desigual. Lo mismo pasa en otros tipos de producción; si nos fijamos en la influencia social de los trabajadores del sector de la tecnología en contraposición a la de los trabajadores del sector agrícola, es evidente que el colectivo de trabajadores del sector tecnológico tiene mucho más peso e influencia que el de los trabajadores agrónomos. Hay desigualdad en el capital y en los recursos humanos de estas cooperativas. Este protocolo busca normalizar estas desigualdades sin necesidad de administración externa.

La reacción típica del comunismo de Estado ante el movimiento cooperativo es decir que las cooperativas se explotarían y se excluirían mutuamente. La solución pasa por crear cooperativas gigantes, como Mondragón, o Estados socialistas; pero entonces, como hemos visto a lo largo de la historia, surge algo llamado la clase administrativa, y esa clase administrativa que gobierna el conjunto de cooperativas de un Estado socialista se puede convertir en algo tan contraproducente y explotador como la propia clase capitalista. ¿Cómo creamos reciprocidad entre cooperativas y distribuimos sus ganancias sin engendrar una clase administrativa? Para esto me he inspirado en las teorías de Henry George y Silvio Gesell respecto a la idea de compartir las rentas.

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Silvio Gesell

El concepto es que las cooperativas seguirían siendo independientes, igual que las cooperativas de hoy en día. Serían productores independientes pero, en vez de ser dueños de sus propios bienes productivos, cada miembro de la cooperativa sería copropietario de estos bienes, junto a todos los demás miembros de todas las demás cooperativas enmarcadas dentro de Federación. Las cooperativas arrendan la propiedad de la comuna colectivamente. Esto se lleva a cabo a través de un protocolo, que no una estructura administrativa. Si la cooperativa requiere un activo como, por ejemplo, un tractor, la comuna central entra en funcionamiento como una especie de mercado de bonos. El planteamiento del bono sería: “Necesitamos un tractor y estamos dispuestos a pagar 200 dólares al mes por él en concepto de rentas”, y los demás miembros de la cooperativa pueden decir: “Sí, nos parece buena idea, es una buena distribución de estos bienes productivos y vamos a comprar estos bonos.” La comuna aprueba la venta de bonos, la cooperativa se lleva el tractor y el dinero generado por las rentas de éste se reinvierte en saldar los bonos.

Una vez recuperada la inversión, cualquier otro ingreso percibido por la renta del tractor, junto a todas las demás rentas acumuladas, se distribuye de manera equitativa entre todos los trabajadores, no sólo los trabajadores la cooperativa que lo ha pedido. Esto no se limita a tractores, podríamos decir lo mismo sobre edificios, tierras o cualquier otro activo productivo.

Esto supone que todos los ingresos pasivos, es decir aquella porción de ganancias derivada de la propiedad de bienes productivos, se distribuyen proporcionalmente entre todas las partes interesadas dentro de todas las cooperativas. Y ese es el protocolo básico del comunismo riesgo: pagas una renta sobre los activos productivos que utilizas, esa renta se divide equitativamente entre todos los miembros de la comuna, no entre las cooperativas independientes sino entre toda la comuna.

Esto supone que si utilizas la cantidad exacta per cápita de tu acción en estas propiedades, ni más ni menos, la cantidad que pagas en concepto de renta y lo que recibes como dividendo social será exactamente igual. Si eres un trabajador normal esto tendrá un funcionamiento previsible y constante pero, si ya no trabajas tanto —o bien por la edad o porque estás desempleado— utilizarás muchos menos bienes productivos que la persona media. En este último caso, recibirás mucho más en concepto de dividendos que lo que pagas por renta y, en ese sentido, sí es una especie de renta básica. Por el contrario, si eres un productor súper motivado y estás expandiendo tu capacidad productiva, entonces la cantidad que pagas por los activos productivos será mucho más alta de lo que recibes como dividendos, aunque, como has apuntado, también obtienes ingresos de la aplicación productiva de esa propiedad. El comunismo riesgo no busca controlar el producto de las cooperativas. El producto de las cooperativas es totalmente suyo para utilizar como quieran. No busca limitar el control o contabilizar o ni siquiera decirles cómo tienen que distribuir el producto o bajo qué condiciones. Lo que producen es totalmente suyo, se limita exclusivamente a la gestión colectiva del procomún de activos productivos.


Originamente traducido por Stacco Troncoso y editado por Mamen Martín y Rosana Fernández. La entrevista completa se puede leer aquí, y el extracto en el blog de la Fundación P2P está aquí.

El fin del ecocidio

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Tala de árboles en los últimos bosques vírgenes de Europa, situados en los Cárpatos Rumanos. La madera se utiliza para fabricar muebles o se convierte en virutas para quemar en chimeneas. Desde 1990 se han talado ilegalmente unas 366.000 hectáreas de bosques protegidos, casi la mitad del área metropolitana de Barcelona.

Hasta ahora, la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio tan solo ha obtenido alrededor de 100,000 firmas –una figura bastante inferior al mínimo necesario (1 millón) para qué la Comisión Europea la estudie formalmente. ¿Mirarán atrás las generaciones futuras de un planeta arruinado preguntándose por qué sólo un 0.02% de los europeos ejercieron su derecho democrático a detener el ecocidio? Nos merecemos algo mejor que eso.”

En este artículo, originalmente publicado en The Guardian, Charles Eisenstein analiza detenidamente las consecuencias económicas y legales de una ley anti-ecocidio. Es evidente que hay que proteger al planeta pero, si nuestros sistemas económicos y legales no son compatibles con una ley así, ¿no deberíamos plantearnos cambiarlos? Visitad este enlace para averiguar más sobre la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio.


En una reciente conferencia de prensa, la diseñadora Vivianne Westwood ha expresado su angustia y preocupación por el alarmante empeoramiento del estado del planeta. “La aceleración de la muerte y la destrucción es inimaginable,” dijo “y ocurre cada vez más rápido”.

Hablando en apoyo de la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio, sus palabras reflejan un sentimiento creciente de tener que hacer algo al respecto. Una opción sería consagrar la santidad de la biosfera por medio de una ley.

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Consecuencias de la fracturación hidráulica

Que el ecocidio –la destrucción de ecosistemas– ya sea un concepto establecido apunta a un enorme cambio en la relación entre la civilización industrial y el planeta. La capacidad de matar algo, en este caso la Tierra, presupone que ese algo está vivo. Hoy en día, empezamos a ver al planeta y a todos sus subsistemas como seres que merecen la vida, y no sólo como un catálogo de recursos o un vertedero. Al darnos cuenta de que somos parte de un planeta vivo e interdependiente, conceptos como los de “derechos de la naturaleza” o la “ley del ecocidio” acabarán siendo de sentido común.

Desgraciadamente, vivimos en un sistema económico y legal que contradice esa percepción. Las corporaciones, con plena impunidad legal y a cambio de grandes beneficios, arrasan con sus buldóceres, cortan, taladran, extraen hidráulicamente, minan a cielo abierto e incendian el planeta, provocando el ecocidio una y otra vez. Existe la tentación de atribuir estos horrores a la avaricia corporativa, pero ¿qué vamos a esperar de un sistema legal y económico que justifica y apremia tales actividades? Además, dentro de esta sociedad industrial, todos somos cómplices. Por eso necesitamos una ley contra el ecocidio: sería un símbolo concreto del consenso creciente sobre la necesidad de detenerlo.

En términos morales, el asunto está muy claro pero ¿qué pasa con los términos económicos? ¿Cuál es el sentido práctico de prohibir el ecocidio? ¿Podemos permitírnoslo? La objeción económica implica que: “Claro, deberíamos dejar de asesinar al planeta, pero no es el momento. Tenemos que esperar a que mejore la economía para poder permitírnoslo.” ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Que deberíamos acelerar nuestra extracción continua del capital natural hasta agotarlo para que, en un futuro imaginario, tengamos suficiente dinero para restaurarlo? ¿De verdad hay quien cree que sólo deberíamos conservar un planeta viviente siempre y cuando no suponga un impedimento al estatus quo?

La dura verdad del asunto —y una verdad que no será del gusto de muchos ecologistas— es que una ley en contra del ecocidio dañaría a la economía tal y como la conocemos. Una economía que depende de mayores niveles de consumo y un volumen creciente de bienes y servicios para que la demanda esté a la altura de las mejoras en productividad y lograr el pleno empleo. Hoy en día, esto supone arrebatar más minerales, madera, peces, petróleo, gas y demás recursos de la Tierra, con la pérdida inevitable de hábitats, especies y, en última instancia, la salud y viabilidad de toda la biosfera.

Charles-Eisenstein

Charles Eisenstein

Cambiarlo no es un asunto trivial. ¿Qué ocurre con esos estimados 500,000 puestos de trabajo que se crearán gracias a la extracción del alquitrán de las arenas bituminosas en Alberta, Canadá, por mucho que esta última suponga una catástrofe ecológica? Tenemos que cambiar nuestro sistema económico para que el empleo no siga dependiendo de la conversión de la naturaleza en productos. Tendremos que remunerar a la gente por desempeñar tareas que no generarán los bienes y servicios que conocemos hoy en día; tareas como replantar bosques, en vez de talarlos indiscriminadamente, o restaurar las marismas, en vez de construir sobre ellas. Todas las facetas de la vida moderna contribuyen al ecocidio; por tanto es de esperar que todas las facetas de la vida cambiarán en la era post-ecocida.

Sería más acertado decir que una ley contra el ecocidio transformaría la economía, en vez de dañarla. Forma parte de la transición a una economía con menos productos desechables y más objetos elaborados con cariño, más bicicletas y menos coches, más huertos y menos supermercados, más tiempo libre y menos producción, más reciclaje y menos vertederos, más compartir y menos propiedad.

¿Qué pasa con el argumento que afirma que Europa, si criminalizara el ecocidio, tendría una desventaja competitiva con los países que lo permitieran? Cierto es que la liquidación rápida del capital natural suele producir grandes beneficios a corto plazo.

¿Cómo va a competir la madera de cosecha sostenible de un lugar con la madera barata proveniente de la talas indiscriminadas de otro? No puede –a menos que la ley contra el ecocidio se incluya en los acuerdos de comercio internacional y las políticas de aranceles. Por desgracia, los acuerdos de comercio internacional que se negocian hoy en día, como el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP) y el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TPIP) amenazan con hacer justo lo contrario: las corporaciones podrían invalidar las leyes contra el ecocidio alegando que son un obstáculo al comercio.

Hay que darle la vuelta a este proceso. Una ley europea anti-ecocidio establecería las bases legales y morales de un consenso global para acabar con el ecocidio y preservar el planeta para generaciones futuras. Incluso si no se impusiera de inmediato, la iniciativa supondría una poderosa llamada de atención. Es inevitable que, tarde o temprano, se apruebe una ley de estas características y aquellas empresas con más visión de futuro, las que son capaces de anticipar los cambios que conlleve, se beneficiarán a la larga, aunque suponga transiciones muy duras a corto plazo.

Hasta ahora, la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio tan solo ha obtenido alrededor de 100,000 firmas –una figura bastante inferior al mínimo necesario (1 millón) para qué la Comisión Europea la estudie formalmente. ¿Mirarán atrás las generaciones futuras de un planeta arruinado preguntándose por qué sólo un 0.02% de los europeos ejercieron su derecho democrático a detener el ecocidio? Nos merecemos algo mejor que eso.

Traducido por Stacco Troncoso, editado por Miki Decrece – Guerrilla Translation


El activismo profesional como impedimento a la liberación

Descolonización de las mentalidades y estrategias del movimiento ecologista establecido por Henia Belalia

Es desconcertante encontrar tan pocos rostros entre las figuras prominentes del movimiento medioambiental que realmente reflejen las realidades y la experiencia de quienes sufren la peor parte del colapso climático. Hay estudios que muestran que más del 90% de los desastres naturales acontecidos desde 1990 han ocurrido en países pobres y que globalmente las comunidades de color sufren los impactos de la contaminación del agua, la tierra y el aire de manera desproporcionada. Las cifras, asimismo, revelan que los hogares con bajos ingresos sufren las peores consecuencias de estos desastres debido a factores como la falta de infraestructura o la inestabilidad económica.

Aun así, las personas que toman las decisiones estratégicas siguen sentadas en salas de reunión climatizadas, esperando que sus conversaciones allanen el terreno para un cambio profundo y sistemático. En estas reuniones, la presencia de los más afectados por las adversidades socioeconómicas y la degradación medioambiental brilla por su ausencia. Esta desconexión produce un abismo inquietante. Quienes nos sentimos frustrados ante esta situación llevamos una década recurriendo a un análisis y a unos parámetros de acción más profundos, como son los de la Justicia Climática. La definición de Justicia Climática es una tarea continua. Honrarla e integrarla es una lucha de por vida.

Enfrentarnos a la raíz de las causas (léase, radical) de la crisis climática, supone admitir que la degradación medioambiental agrava las injusticias económicas, raciales y sociales ya existentes –una interconexión crítica para la definición de nuestro análisis y nuestras acciones. Para lograrlo de verdad, quienes defendemos la tierra y la justicia tenemos que denunciar los sistemas de opresión que componen esta estructura capitalista, y basar nuestra estrategia en las comunidades que más han sufrido el impacto de la colonización, el militarismo y la pobreza.

Esto supone construir movimientos que agrupen una variedad de conflictos, yendo más allá de las divisiones de raza, clase y género; a la par que se potencian las voces de los históricamente marginados: poblaciones indígenas, comunidades de color, la comunidad LGBT y los que están por debajo del umbral de la pobreza. Lograrlo requerirá una descolonización radical tanto de mentalidades como de instituciones profesionales.

En este país, para muchos, la resistencia no es una opción, y mucho menos una moda; sino la única manera de sobrevivir.

Caminar por las calles del norte de Filadelfia es descorazonador. Las calles devastadas de una ciudad olvidada, su carisma y sus gentes relegadas a nada por la negligencia por las élites corporativas y gubernamentales del Estado: solares vacíos, docenas de colegios cerrados, largas y desesperanzadoras listas de espera para acceder a una educación pública. Mientras, a través del abismo invisible y ajeno a todo, las luces siguen rutilando y se descorchan botellas de champán.

En el vecindario de Far Rockaway, en Queens, Nueva York, me topo con heridas aún sangrantes que yacen abiertas al viento; los recuerdos del huracán Sandy desperdigados sobre los escombros que cubren las aceras; los negocios cerrados y el asfalto desigual; el hospital de la zona está a punto de cerrar; la encarcelación masiva de nuestros hermanos, padres y amantes de color crea círculos viciosos de deuda, droga y violencia callejera, que conducen en línea recta desde un hogar empobrecido la celda gris de una prisión.

Los centros de detención no dan abasto, colmados de jóvenes aterrados y despojados de sus familias, muchos esperando a que les deporten a países que no han pisado desde la infancia. Pisoteamos la tierra de naciones indígenas y culturas que llevan sobreviviendo 500 años de genocidio étnico y cultural a través de internamientos, esterilizaciones involuntarias de sus mujeres y tratados rotos.

Son los rostros marginados de la resistencia. Los guerreros cuyas experiencias vitales y el mero hecho de su supervivencia no sólo deberían impulsar la trayectoria de nuestros movimientos, sino inevitablemente determinar el éxito de nuestra lucha por la liberación colectiva.

En cambio, dentro de la corriente cultural existente, la organización comunitaria se ha convertido en un modelo profesional, mientras que la lucha contra la opresión se pone de moda o, peor aún, se vuelve rentable. Hay quien empieza a expresarse en un lenguaje políticamente correcto, aprendido de puntillas en un curso, mientas que gran parte de la lucha en contra de la opresión no va más allá de lo superficial; vaciada de cualquier análisis verdadero de la confluencia entre raza, clase y género. Como resultado, las grandes organizaciones no gubernamentales contratan a unas pocas personas de color, encomendadas con una labor simbólica desempeñada bajo la expectativa silenciosa de que hablarán en nombre de otros hermanos y hermanas de su misma raza. Mientras tanto, las puertas del movimiento medioambiental y climático y las oportunidades que conllevan permanecen fuera del alcance de quien proviene dé hogares de bajos ingresos o carece de estudios universitarios.

Esto fue un despertar muy abrupto para alguien que se había dejado seducir por una carrera en el activismo social y su falsa promesa de liberación. Como mujer emigrante y de color, y a menudo etiquetada como “de los árabes buenos”, tendría que crear mi propio espacio antes de convertirme en una voz relevante dentro el movimiento, como ya hicieron muchas otras antes que yo. Esto también exigía el tomar responsabilidad por una serie de privilegios, tales como mi educación universitaria y el acceso a unos recursos que están fuera del alcance de, prácticamente, toda mi familia.

La especialización profesional del activismo ha creado un “Complejo Industrial sin Ánimo de Lucro” (CISADL) que, más que promocionar, hace peligrar los movimientos liberadores. En Power Shift 2011, una conferencia climática que reunió a miles de jóvenes, había una división física literal entre los talleres de los universitarios (casi todos blancos y de clase media) y las comunidades de a pie de calle (casi todos jóvenes de color y de hogares pobres). Dado que les asignaron talleres y programas distintos, sólo coincidieron durante las ponencias.

Este año, en la misma conferencia, se prometieron los fondos para la comida y el transporte a varias delegaciones de jóvenes marginados (Las juventudes Lakota de la reserva de Pine Ridge y los Dream Defenders de Florida). Los fondos o no llegaron, o sólo se entregaron parcialmente. Estas prácticas son contraproducentes para el cambio social, dado que perpetúan la misma opresión sistemática contra la que estamos luchando.

Mientras tanto, las ONGs compiten por sumar miembros y campañas victoriosas, apresurándose a obtener resultados cuantificables con los que demostrar ante sus contribuyentes que merecen recibir más dinero. En un período de nueve años, los grandes grupos ecológicos recibieron más de diez mil millones de dólares en fondos, con tan sólo un 15% de las becas (entre el 2007 y el 2009), destinadas a comunidades marginales. Esto es una discrepancia abominable, especialmente porque más dinero supone más gastos institucionales y de infraestructura, algo que a menudo conlleva compromisos y medias tintas. Esta infraestructura de financiación jerárquica ignora por completo la historia de la resistencia popular; que los cambios sociales a gran escala surgen de los movimientos de base y que el auténtico liderazgo nace de personas oprimidas con un interés personal en la lucha por la libertad.

Es difícil concebir un levantamiento popular surgido de la comodidad de una gente habituada a una nómina y a la estabilidad de una organización; estas voces no deberían dominar el discurso. A menudo contemplamos la imagen del activista profesional chillando a través de un megáfono y pidiendo un endurecimiento del conflicto para llevarlo a las calles. Se trata de una llamada que congrega adeptos, ahora que las economías se tambalean, los desastres naturales se multiplican y los países se ven desgarrados por las guerras.

¿Pero qué ocurre cuando una organización como MoveOn.org hace suyo el mensaje popular de Occupy para anunciar talleres de acción directa a lo largo y ancho del país; pero desaconseja que los monitores promuevan la desobediencia civil, debido a su política interna. O cuando el Natural Resources Defense Council (NRDC o Consejo para la defensa de los recursos naturales) y la World Wildlife Fund (WWF) trabajan codo con codo con la industria del combustible fósil (estos últimos satisfechos de comprar su silencio y, de paso, delimitar el campo de acción de la oposición).O cuando 350.org hace un llamamiento a intensificar la resistencia contra el oleoducto Keystone XL, y obtiene fondos gracias a las acciones de sus socios, pero que cuando estos activistas que lo han arriesgado todo se enfrentan con una posible acusación por delitos graves, les retira el apoyo debido a una falta de previsión organizativa y de infraestructura adecuada? Estos ejemplos ponen en evidencia la gravedad de la desconexión y la ineptitud para construir relaciones genuinas con los más afectados.

Con sus voces altisonantes y grandes presupuestos, el mensaje de los profesionales eclipsa la llamada de la acción de la calle. Puede que esta llamada no se amplifique a través de megáfonos o aparezca en las portadas de las páginas web, pero se escucha a través de vecindarios, centros de detención, prisiones, reservas indígenas, refugios para personas sin hogar y bloques de apartamentos destartalados.

La pregunta es, ¿cuál será la respuesta de la opinión pública cuando el grueso de las comunidades afectadas tome la calle? ¿Cuando las comunidades de color reclamemos nuestro poder y no cedamos más terreno? ¿Tendremos un movimiento preparado y dispuesto a demostrar solidaridad genuina y concienzuda?

Mientras que a todo el mundo se le llena la boca hablando de luchar contra la opresión y cómo superarla, no podemos olvidar que trabajar junto a víctimas de represión histórica no sirve para expiar culpas, alimentar los egos o promover una agenda personal.

Andrea Smith, en un artículo reciente, se refiere a esto como “…la creación de un ‘complejo de culpabilidad industrial’, creado en torno a la confesión profesional del privilegio de clase”. Esta práctica expiatoria perpetúa los desequilibrios del poder centrándose en las voces y en la experiencia de grupos históricamente privilegiados, elevándolos ahora al rol de confesores benévolos. Esta labor “anti opresora” de la que habla Smith no sirve para nada.

Desde Naomi Klein a Van Jones, desde los organizadores de las protestas contra la OMC en 1999 a las personas bloqueando el oleoducto Keystone XL en Texas, el mensaje es el mismo: el Complejo Industrial sin Ánimo de Lucro ha de profundizar en su análisis de clase, enfrentarse a la supremacía blanca dentro de sus propias instituciones, y relegar el síndrome de “redentor colonialista” al olvido. Los activistas profesionales tienen que cuestionar el privilegio institucionalizado y estructural de sus propias organizaciones en cuestiones tales como la difusión mediática, los recursos, su influencia y el espacio que ocupan.

¿Qué pueden hacer los activistas profesionales para descolonizar los movimientos establecidos? Poner sus recursos financieros en mano de las comunidades que más lo necesitan, en vez de alimentar las cuentas bancarias de organizaciones multimillonarias. Abrir espacios en el proceso de toma de decisiones para que los que luchan por la libertad a pie de calle, en vez invitarles a salir en la foto cuando ya se ha determinado la estrategia. Quitarse de en medio cuando hablan los que tienen una historia que contar, en vez de redactar estudios sobre su experiencia. Invertir tiempo en aprender y practicar alianzas verdaderas sin caer en esteticismos condescendientes.

Si queremos mantener la integridad, este proceso no puede inspirarse en un afán de reconocimiento personal o de organizaciones. Desafiar nuestros propios demonios es una lucha constante que puede durar toda una vida. Desde las junglas mexicanas, los Zapatistas nos recuerdan sabiamente que se trata de un proceso duradero: “…preguntando caminamos”.

A los que lucháis en primera línea, a los hermanos y hermanas de color arropados por nuestros ancestros, acarreando en el cuerpo los traumas históricos de un sistema diseñado para romper nuestros espíritus y exterminarnos, el mero hecho de que sigamos aquí, de que hayamos sobrevivido a través del tiempo, es prueba viviente de nuestra resiliencia. A los que se siguen preguntando cuándo llegará la hora del cambio radical, ha llegado ya. Nuestra realidad cotidiana no se volverá más aterradora algún día, en un futuro lejano. Se está librando una guerra en contra de nuestras comunidades y se está librando ahora.

En esta época de crisis climática y colapso económico, de los resquicios de la supremacía blanca y el patriarcado, la lucha tiene tanto que ver con la resistencia como con los programas de supervivencia comunitaria, tanto con desmantelar la industria de los combustibles fósiles, como con la descolonización de nuestras propias mentes. Ha llegado el momento de enfrentarnos al coste verdadero de estas acciones, cuáles serán las responsabilidades, y qué conlleva la solidaridad verdadera.

Si este movimiento verdaderamente quiere ganar y cambiar nuestro paradigma actual, tenemos que dejar de lado algunas comodidades y quitarnos de medio en el momento adecuado.


Guerrilla Translation/Relacionado:“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”Naomi KleinEl futuro ha de ser verde, rojo, negro y femenino/ Robert JensenCiencia P2P: El desafío del siglo es responder a Fukushima/ Layne Hartsell &Emanuel Pastreich

El hombre que medita frente a Goldman Sachs

frontgroupmed2-0A veces una acción silenciosa y modesta encierra una visión del mundo transformadora, tanto por lo radicalmente distinta como por la coherencia que encierra…una historia que se explica por sí misma, una protesta que se sale de la dinámica de la acción-reacción para adelantarse, para crear realidades distintas. El viejo mundo sólido está colapsando, un gigante con pies de barro se derrumba… Un nuevo mundo líquido avanza imparable. Una protesta que no se enfrenta, sino que se infiltra. Una acción que utiliza la compasión y cambia el paradigma desde la base. Derriba por completo una versión de la realidad que genera conflicto para construir otra que aprovecha las sinergias que hay entre seres humanos que buscan la felicidad por caminos distintos, muchas veces equivocados.

En Guerrilla Translation nos hacemos eco de la entrevista realizada por Nathan Schneider y publicada en Waging Non-Violence. Hay historias que merece la pena contar… quizás por el cambio de perspectiva que producen, quizás porque ese cambio potencie la creatividad para generar alternativas constructivas y de cambio, o quizás no haya propósito. Después de todo, que algo no tenga propósito no significa que no sirva para nada. Y que algo tenga un propósito, no significa que no sirva a muchos otros. Con esta lógica nos sumergimos en una entrevista que no te dejará indiferente…


El hombre que medita frente a Goldman Sachs

Max Zhan, fundador de la página web Buddha on Strike (Buddha en huelga), está haciendo lo propio: Una huelga meditativa enfrente de Goldman Sachs. Le hice varias preguntas sobre su acción.

¿Qué estás haciendo y por qué lo haces?

He estado meditando durante 3 ó 4 horas cada día hábil delante de la entrada del cuartel general de Goldman Sachs. Mi intención es seguir aquí sentado y en silencio todos los días laborables de las próximas semanas y meses. Dentro de poco no seré el único, desde ayer estamos organizando meditaciones en grupo de una hora de duración, tres días a la semana.

Medito frente a Goldman porque quiero fomentar la compasión en sus empleados y demandar que hagan lo propio con los miles de millones de personas que se ven afectadas por las prácticas del banco por todo el mundo. Al meditar, estoy —literalmente— cultivando una técnica para potenciar la receptividad hacia estados emocionales como la compasión y la empatía. A otro nivel, quiero comunicar que vengo en son de paz; sé que los banqueros de Goldman Sachs son gente como tú y como yo. No son inherentemente malvados ni ruines. Son el resultado, tan bello como complejo, de una narrativa personal y social, igual que cualquier otra persona.

¿Supone eso darles carta blanca para acumular cantidades obscenas de dinero mientras exacerban la desigualdad global y las consecuencias de la misma? Por supuesto que no. Pero intervenimos de la misma forma que puede intervenir una familia cuando el hijo tiene adicción a las drogas. Ese es mi concepto de Goldman Sachs: adicción a la avaricia. Y la avaricia, en todas sus vertientes, es algo a lo que nos enfrentamos todos. Con Goldman Sachs la diferencia radica en que estos niveles desbordados de avaricia provocan un sufrimiento humano atroz. Tenemos que acabar con estas prácticas tan dañinas, pero con el amor y la benevolencia de la familia global.

¿Qué te ha llevado a comprometerte con esto?

La magnitud del sufrimiento humano que ocurre en el mundo y la sensación de andar encaminados a aún mayores niveles de sufrimiento. Eso, junto a la comprensión de que nuestros sistemas de gobernanza nacional y global sencillamente no están a la altura de prevenir este sufrimiento. He llegado a la conclusión de que cualquier cambio dramático para acabar con la desigualdad — por ejemplo, regular a Wall Street— sólo puede ocurrir mediante un movimiento masivo y no violento. Me veo a mí mismo como una parte pequeña y prolongada de ese esfuerzo

Me recuerda al “Standing Man” de Turquía. ¿Se te ha unido más gente, igual que se unieron a él? ¿Crees que pasará lo mismo?

Si, exacto. La resistencia pasiva del “Standing Man” me ha dado muchos ánimos. Transmitía muchísima dignidad en su afán de ser testigo de lo que estaba ocurriendo. Es como si dijera, “Quizá no sea capaz de arrebataros vuestras granadas de gas lacrimógeno, pero no os daré la satisfacción de dar la espalda”.

No se me ha unido nadie de la misma forma espontánea en la que se unieron al “Standing Man”, pero sí que me ha contactado gente después de que subiera fotos a Facebook y a Twitter. Desde el primer día sentí que la meditación frente a Goldman Sachs iría más allá de mi propia persona. Como antiguo organizador comunitario, sé que la unión hace la fuerza. En este caso, queremos reducir el alcance de una de las instituciones más poderosas del planeta de forma drástica, y para eso necesitamos muchas personas que hagan de contrapeso.

¿Cuáles son las reacciones de los empleados de Goldman Sachs? ¿Y de las demás personas?

A decir verdad, me es muy difícil saber cómo están reaccionando los empleados de Goldman Sachs. Medito con los ojos mirando hacia abajo a un ángulo de 45° y no puedo ver la reacción en sus expresiones faciales. Tampoco me han hablado ninguno de los empleados de Goldman… bueno, eso no es totalmente cierto. Después de los primeros días, los guardias de seguridad se volvieron bastante más simpáticos. Ahora, cuando llego, me preguntan qué tal me ha ido el día.

Hace poco, cuando un amigo vino a hacer unas fotos, le pararon para decirle que me pidiera permiso. Casi todos los demás que pasan por aquí me muestran su apoyo, me preguntan qué estoy haciendo y por qué y son muy respetuosos al hablar conmigo. Lo peor que me ha pasado hasta ahora fue un señor que me gritó: “¡búscate un trabajo!”. No sabe que trabajo a jornada completa en un restaurante mexicano en Crown Heights. Aún así, hay millones de norteamericanos que no tienen trabajo. ¿Acaso eso les descalifica a la hora de denunciar –o, en mi caso, sentarse ante– la injusticia? Creo que no.

¿Cuál sería el resultado ideal de todo esto?

El resultado ideal sería la formación de un movimiento masivo de protesta meditativa que ayudara a crear un espacio político para la reforma y la regulación drástica de la industria financiera –especialmente en lo que a mega bancos como Goldman Sachs y Morgan Stanley se refiere. Sé que es un objetivo muy idealista, pero es tremendamente importante. Me viene a la cabeza la imagen de un perímetro de meditadores rodeando la totalidad del gigantesco cuartel general de Goldman Sachs. ¿No sería increíble?

¿Estás realizando alguna labor complementaria para enmarcar tu acción dentro de una campaña más amplia y hacerla más efectiva? ¿O estás más enfocado en este acto de observación?

Sí, también estoy haciendo labores de apoyo. Como he dicho, vengo del entorno de la organización comunitaria; sé que el fortalecimiento de las coaliciones, la comunicación y las relaciones de confianza son aspectos esenciales. También sé que este tipo de organización es un proceso lento.

Tu pancarta dice “Comienza de nuevo con compasión”. ¿Por qué eso? ¿Realmente crees que lo que le falta a Goldman Sachs es compasión? ¿Crees que la compasión verdadera es siquiera posible dentro de estas instituciones hipercapitalistas?

La pancarta “Comienza de nuevo con compasión” va dirigida a los empleados de Goldman Sachs, no al banco en sí. No soy tan ingenuo como para creer que la compasión vaya a superar las fuerzas estructurales y los incentivos financieros que gobiernan las prácticas de Goldman. En ese sentido me parece totalmente válido preguntarse si “la compasión verdadera es siquiera posible” dentro de las limitaciones de un mega banco como Goldman.

Aún así, quiero añadir que las políticas de Goldman–igual que las políticas de cualquier institución– las promulgan las personas. Y son esas mismas personas las que toman decisiones sobre aplicar, o dejar de aplicar, una serie de consideraciones éticas hacia los afectados por sus decisiones. Es lo que vimos en 2012 con Greg Smith, el vicepresidente de Goldman Sachs. Se dio cuenta que sus acciones no eran éticas y decidió dimitir.

¿Que nos dices sobre la “calidad” de tu meditación, por decirlo de alguna manera? ¿Es mejor o peor que cuando estás en casa?

Para contestar esto tengo que describir un poco cómo medito. Mi práctica meditativa consiste en seguir la respiración, eso significa que me concentro en las sensaciones de una sola parte del cuerpo –normalmente la barriga– mientras que el aire entra y sale. El reto es que, cada vez que aparece un pensamiento, tomas nota de que estás pensando e inmediatamente vuelves a centrar tu atención sobre la respiración.

En Goldman me está siendo mucho más difícil poder concentrarme continuamente en la respiración. El ruido de esta esquina –sumado al significado político y personal de este lugar– provoca muchísimas distracciones. Por tanto, si concebimos la meditación como la práctica de la atención, entonces diría que las meditaciones son peores. Pero otro componente crucial de la meditación es la práctica de la aceptación. Cuanto más he meditado a lo largo de los años, más he sido capaz de tratarme a mí mismo con compasión cada vez que me distraigo. Y creo que, gracias a esta práctica de compasión –para mí mismo como un meditador en un entorno difícil y para los banqueros como seres humanos—  la calidad de mi meditación ha aumentado significativamente.

Traducción: Stacco Troncoso. Edición y texto de introducción: Miki Decrece

Las raíces internacionales del 99%

https://guerrillatranslation.files.wordpress.com/2014/01/las-raices-internacionales-del-99-3-e1389046033982.pngJeffrey Lawrence

El 19 de septiembre de 2011, dos días después del comienzo de la ocupación de Zucotti Park en Nueva York, dos de los españoles del 15-M que participaron en la organización de Occupy Wall Street estaban preocupados. Como los demás simpatizantes del 15-M que asistían a las reuniones preparatorias, Begonia Santa Cecilia y Luis Moreno-Caballud habían imaginado que el campamento en el corazón de Wall Street sería algo parecido a las acampadas que habían visto en España ese mismo año: espacios hospitalarios y abiertos en plazas públicas donde se congregaban grupos diversos de gente. Sin embargo, las cosas no eran así. El parque estaba rodeado de furgonetas de policía y los escasos y homogéneos manifestantes gritaban a los agentes y a los curiosos que pasaban por allí. Además, las propias asambleas se habían vuelto rápidamente conflictivas. Moreno-Caballud y Santa Cecilia decidieron proponer un cambio de táctica, enviando un email al grupo de trabajo de Extensión, que se ocupaba de comunicar el mensaje de Occupy al exterior.

El propósito de ese email era simple. Occupy tenía que enfatizar que no era una protesta más “contra el sistema”, sino un movimiento que estaba creando un espacio físico y conceptual en el que la gente podía encontrarse para hablar, escuchar y formular soluciones alternativas a la crisis económica y política global. Releyendo los emails organizativos y pensando retroactivamente sobre los debates de las asambleas preparatorias, los dos españoles decidieron revitalizar un slogan que había sido formulado a través de un proceso colectivo en los días previos a la ocupación: “Somos el 99%”. Enviaron un email con el asunto “#Occupy Wall Street sobrevive transformándose en #Somos el 99%”:

“Parece que #Occupy Wall Street necesita urgentemente una operación masiva de ampliación para sobrevivir. La clave para el éxito del movimiento es que sea inclusivo. Ahora mismo el movimiento es demasiado homogéneo, debido al imaginario y al lenguaje “activista” con que se identifica… Propongo que empecemos hoy una rápida y masiva campaña de extensión con esta idea: #SomosEl99% -Este es el plan: ponemos toda nuestra energía y recursos en anunciar el día de #SomosEl99%, que tendrá lugar el próximo sábado 23, en nuestro espacio en Zuccotti/Liberty Park.”

Dos días después, Justin Molito, otro miembro del grupo de Extensión, empezó a imprimir flyers. Para el fin de semana, la campaña del 99% estaba en marcha y #WeAreThe99% (“SomosEl99%”) era “trending topic” en Twitter. En dos semanas, aparecieron acampadas en más de cincuenta ciudades norteamericanas. Se coreaba “Somos el 99%” en todo el país, y después en todo el mundo. El movimiento del 99% se había hecho global.

Resulta útil pararse un momento a recordar lo profundamente que caló el slogan “Somos el 99%” en la conciencia nacional americana, a partir de los meses de octubre y noviembre de 2011. Quizás estamos todavía demasiado cerca de esos meses de Occupy para entender completamente cómo, en un país que se enorgullece de hablar en nombre de la clase media, la retórica del 99% y del 1% ha reconfigurado el vocabulario político. De hecho, parece probable que dentro de unos diez años esos meses sean vistos como el momento clave para las elecciones presidenciales de 2012: el momento en que un Obama muy tocado por los desastrosos resultados de las elecciones legislativas y por su fracaso en el conflicto del “techo de deuda” con los republicanos pudo por fin apuntarse un tanto populista, gracias al vocabulario introducido por Occupy. Pero, ¿cómo llego a suceder todo esto?

Hay muchas percepciones falsas sobre la historia del movimiento Occupy en EE.UU. Desde los primeros días de Occupy Wall Street, cuando la periodista del New York Times Gina Belafonte se refirió al campamento de Zucotti Park como “la protesta política convertida en espectáculo”, los medios masivos norteamericanos presentaron a Occupy como un hatajo de individuos insatisfechos y con dificultades para encontrar un propósito en sus vidas. Al mismo tiempo, los simpatizantes del movimiento a menudo han dado una versión sobre sus orígenes que gira en torno a las actividades de un grupo de organizadores americanos que consiguieron de alguna manera capturar la imaginación pública. Este texto propone una narrativa diferente: la historia de cómo un grupo de extranjeros que trajeron tácticas y experiencias de movimientos sociales recientes en otros países articularon algunas de las ideas más persuasivas y de las prácticas más duraderas que iban a surgir del movimiento Occupy.


I.  Los participantes internacionales de Occupy Wall Street

http://tropicsofmeta.files.wordpress.com/2013/05/we-are-the-99.pngDesde el 13 de agosto al 10 de septiembre de 2011, asistí a los encuentros de la Asamblea General de Nueva York (AGNY) en el parque de Tompkins Square, en Manhattan. En estas “asambleas generales” semanales, abiertas a cualquiera que quisiera participar, un grupo de unas cincuenta o sesenta personas planeó la acampada y la ocupación de Wall Street para el 17 de septiembre. Fui, por tanto, testigo de la prehistoria de Occupy Wall Street, aunque reconozco que fue más por curiosidad que por convicción. Hasta ese momento yo me hubiera calificado como miembro de la izquierda “distraída” −había dedicado tiempo y esfuerzo a varias iniciativas políticas y sociales sin sentirme totalmente responsable de esas causas (y sin que nadie me lo exigiera). Las asambleas previas a Occupy Wall Street me abrieron los ojos, pero como aún me resistía a intervenir en los debates y las deliberaciones tácticas, me limitaba a intercambiar opiniones con otros participantes antes y después de las asambleas. Gracias a mi tendencia a mantenerme al margen del reducido núcleo de estas reuniones, pude observar la dinámica asamblearia desde una perspectiva que la mayoría de los integrantes más activos no pudieron permitirse. Aunque he seguido participando en asambleas, grupos de trabajo y convocatorias de Occupy a lo largo de un año y medio, me he mantenido mayormente en la periferia del movimiento. Desde esa posición de participante a la vez que observador, he podido constatar lo poco que se sabe aún de los inicios de Occupy Wall Street.

La historia estándar de Occupy Wall Street en los Estados Unidos es que la izquierda americana fue capaz finalmente de promover un movimiento colectivo para combatir los abusos de las élites político-financieras, en la estela de la crisis económica de 2008. Incluso los artículos que han reconocido las conexiones internacionales de Occupy normalmente las han caracterizado en términos de inspiración indirecta de los movimientos sociales de 2011 en Egipto, Grecia, España y otros lugares.

Sin embargo, lo que yo vi en estos encuentros y lo que he sido capaz de reconstruir estudiando los primeros documentos de la Asamblea General de NYC, es que cerca de un 40 o 50% de los participantes en las asambleas de agosto y septiembre de 2011 provenían de lugares que no eran Estados Unidos: España, Brasil, Irán, Grecia, Armenia, Japón, India, Palestina, Argentina, Rusia e Italia, además de la nación Choctaw y Puerto Rico. Solamente un artículo aparecido en los medios durante el primer mes de Occupy Wall Street se enfocaba parcialmente en las raíces internacionales del movimiento, “Cómo empezó realmente Occupy Wall Street”, publicado por Andy Kroll en la revista Mother Jones el día 17 de octubre. Bajo mi punto de vista, su provocadora pero legítima afirmación de que los participantes extranjeros eran al menos tan importantes como los americanos en la organización de Occupy Wall Street, no fue tomada en serio en ningún otro lugar.

Lo más sorprendente, quizá, sea el modo en el que destacados intelectuales de la izquierda, y muchos del movimiento mismo, comenzaron a ensayar ese relato de la inspiración indirecta, y no la participación directa, una vez que Occupy se extendió por el mundo. Al contrario de lo que uno esperaría, los principales teóricos académicos de Occupy se han basado en gran medida en la versión mediática de los orígenes del movimiento, aunque hayan dado más relevancia al impulso internacional del movimiento, frente al nacional, e idealizado lo que la prensa ha tendido a demonizar. Me inquietó que el académico y teórico político norteamericano Michael Hardt hablase de las “continuidades invisibles” de los nuevos movimientos sociales durante una charla sobre “El derecho a los comunes” en la Universidad de Princeton en noviembre de 2012, como si Occupy solo se pudiera conectar con Madrid y Atenas mediante una analogía. En su ahora famosa “Declaración” de mayo del 2012, Hardt y Antonio Negri emplean un lenguaje metafórico casi idéntico al de los medios de comunicación masivos para describir los movimientos sociales de 2011: las acampadas “se inspiraron en” las revueltas, los ocupadores de Wall Street “tomaron el relevo” de los indignados europeos, y los manifestantes de todo el mundo “reconocieron la resonancia”. En su empeño por atribuir los movimientos alrededor del mundo a una “multitud” horizontal, sin rostro ni nombre, Hardt y Negri no parecen contemplar la posibilidad de que alguno de esos manifestantes hubieran tomado un avión. ¿Los historiadores materialistas no dan ninguna importancia al hecho de que la participación de extranjeros en estos movimientos no fue sólo virtual sino también presencial?

NingunPero mi objetivo aquí, en cualquier caso, no es simplemente recuperar la importancia de los participantes internacionales. Desde los primeros días de la Asamblea General de NYC y de la organización de Occupy Wall Street, existieron visiones distintas sobre los propósitos del movimiento. Paradójicamente, aunque la mayoría de las interpretaciones de Occupy han tendido a marginalizar a las voces extranjeras del movimiento, fueron éstas las que resonaron más profundamente tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo.  Al relatar la historia de los participantes internacionales, espero ofrecer algunas posibilidades futuras para la actual ola de movimientos sociales que están latentes en estos personajes olvidados de la historia de Occupy. Me centro concretamente en los españoles que contribuyeron a Occupy Wall Street porque creo que sus ideas y sus prácticas fueron absolutamente cruciales en las fases emergentes del movimiento ─el contingente español solía constituir entre el diez y el veinte por ciento de los asistentes a las pequeñas asambleas organizativas─ y porque presencié esas prácticas de cerca. Al igual que Moreno Caballud y Santa Cecilia, otros españoles acababan de retornar de España, donde habían participado en el movimiento 15-M, conocido también como el movimiento de los indignados, que estalló el 15 de mayo de 2011 con una manifestación a escala nacional contra la corrupción de las élites políticas y financieras del país y que desembocó en el levantamiento de numerosas acampadas en las principales plazas de ciudades de todo el estado. Para julio de 2011, el 15-M había conseguido el apoyo del 80% de los ciudadanos españoles y se estima que el movimiento ha llegado a atraer a entre seis y ocho millones de personas a las acampadas de Madrid, Barcelona y muchas otras ciudades. Además del entusiasmo y la convicción nacidos de haber sido testigos de ese movimiento verdaderamente popular, el contingente español de Occupy trajo también un principio que se había gestado en las acampadas españolas.

Este principio era lo que estos españoles comenzaron a llamar “la política de cualquiera”: la creencia en que los movimientos sociales deberían estar compuestos por cualquiera que quiera participar en ellos. Aunque “horizontalidad” se había convertido en un palabra clave en los movimientos autónomos y anti-globalización de los 80’s y 90’s para referirse al proceso de creación de consenso en las asambleas populares, la concepción de Occupy que tenían los españoles estaba menos orientada hacia esas actividades internas de las asambleas –grupos “autónomos” que practican la “acción directa”- que hacia la participación de la gente en general, estuvieran o no en las asambleas. Es decir, les preocupaba más la inclusividad que la horizontalidad del movimiento. Para ellos un movimiento “sin líderes” era importante no sólo porque estableciera un protocolo para asambleas no-jerárquicas, sino sobre todo porque desdibujaba los límites entre el “dentro” y el “fuera” del movimiento.

El contingente español a menudo repetía la frase: “nos importa menos el propio Occupy que lo que Occupy genera”. Les había impresionado la manera en que, durante el 15-M, los activistas habían cedido autoridad y agencia a cualquiera que llegaba para participar en las acampadas, y exigían que el lenguaje del movimiento fuera accesible para quienes no eran activistas ni académicos. Por todo ello, consideraban que la acampada en Wall Street no debía ser sólo un lugar para protestar contra los excesos de las instituciones financieras americanas, sino también, más fundamentalmente, un espacio para la construcción de una sociedad alternativa en la que la cooperación y la ayuda mutua sustituyera a la competición económica. En cierto sentido, esta idea concordaba con los principios anarquistas de auto-gestión que su compañero de asambleas, el antropólogo David Graeber, expuso en su ahora ya icónico artículo “Las raíces anarquistas de Occupy Wall Street”. Graeber, una de las caras más visibles del movimiento en la escena internacional, ha reconocido por lo demás en numerosas ocasiones la importancia de la contribución de los “indignados” españoles a la creación de Occupy Wall Street (por ejemplo, aquí). Pero a la mayoría de los españoles de Occupy les preocupaba que un énfasis exagerado en los procesos asamblearios pudiera crear un aislamiento de la comunidad “radical” en lugar de un movimiento inclusivo. El éxito de Occupy Wall Street, pensaban, no consistiría en “traer a gente al movimiento” para que escuchara su retórica, sino en expandir el movimiento –sus propósitos, su vocabulario y sus prácticas- para que cualquiera pudiera contribuir a su construcción.

Me resulta difícil explicar tales principios por escrito ya que la eficacia del contingente español de Occupy residía sobre todo en cómo decían lo que decían y cómo hacían lo que hacían. Recuerdo a un americano que hablaba en términos casi religiosos de la “fe inquebrantable” de los españoles, y a otro (algo menos entusiasta) que señaló que él era uno de los pocos asistentes a la AGNY que no hablaba español (estadounidenses incluídos). Sin duda, anécdotas personales como estas suelen dar una impresión distorsionada de los múltiples significados, fuentes e interpretaciones de un acontecimiento político. Estos puntos de vista tienen tanto de interpretación como de observación, como diría seguramente el antropólogo Clifford Geertz. Sin embargo, también soy consciente de que el tipo de teorización global sobre Occupy ofrecida por Hardt y Negri tiende a simplificar las complejas trayectorias y contingencias de los movimientos sociales. Cuando hablé con Hardt tras su ponencia en Princeton, me comentó que sabía de la presencia internacional en la prehistoria de Occupy pero tan sólo de manera “anecdótica”, una respuesta que me dejó un tanto insatisfecho. Una de las preocupaciones más acuciantes para cualquiera que desee comprender el movimiento Occupy es precisamente cómo relacionar la enorme escala de los nuevos movimientos sociales con la creciente sensación de que expresan las crisis que nos afectan en nuestro día a día. Es por eso, creo yo, que debemos estar abiertos a explorar alternativas tanto a la teorización abstracta como a las típicas reconstrucciones periodísticas del movimiento que tienden a elevar lo anecdótico al fijarse en el detalle pintoresco, la entrevista al “tío más siniestro de la acampada”, o el dramático tira y afloja de los debates entre militantes. Combinaré, por tanto, las observaciones personales con el análisis, reflejando así no sólo los conceptos centrales del movimiento sino también cómo y cuándo se pusieron en práctica (o no) estas ideas.


II.  Occupy ama al 15M

El tránsito de estas gentes, prácticas e ideas entre España y Estados Unidos en el verano de 2011 generó mucha de la energía que iba a impulsar los esfuerzos organizativos de Occupy en agosto y septiembre del mismo año. Por supuesto muchos tipos de protesta y tendencias políticas diferentes convergieron en la formación de Occupy Wall Street. El movimiento debe mucho a las campañas anti-globalización de Seattle y Argentina en el cambio de milenio, a las protestas pro-democracia de la primavera árabe cuya onda expansiva circulaba ya por Occidente y a la llamada a la propagación de acampadas de protesta americanas realizada por la revista canadiense Adbusters durante los calurosos días del verano de 2011. En julio, la coalición New Yorkers Against Budget Cuts (“Neoyorquinos contra los recortes de presupuesto”) probó la idea erigiendo unas pocas tiendas de campaña junto al City Hall: el campamento que llamaron “Bloombergville” (en referencia al alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg).

Pero incluso antes de estas iniciativas norteamericanas, el impulso para lo que se convertiría en el movimiento Occupy empezó en Nueva York con una manifestación en solidaridad con el movimiento 15-M en Washington Square, el día 21 de Mayo de 2011. Durante las seis semanas siguientes, un grupo de españoles reunidos bajo el nombre “Democracia Real Ya – NYC”, entre ellos algunos que llevaban bastante tiempo viviendo en Nueva York, se dieron cita semanalmente en el salón de actos de un bar español para solidarizarse con el 15-M y comentar la posibilidad de que un movimiento similar pudiera suceder en Estados Unidos. César Arenas-Mena y Moreno-Caballud comenzaron a asistir a las reuniones de New Yorkers Against Budget Cuts hacia mitad de julio, y el día 27 del mismo mes, tuvo lugar una charla informativa sobre el 15-M en la librería feminista de Manhattan Bluestockings. El momento clave de esta fase previa, sin embargo, lo constituyó un encuentro organizativo en el espacio de arte y activismo situado en el corazón de Wall Street 16Beaver, el día 31 de julio. El encuentro, llamado “For General Assemblies in Every Part of the World” (“Por asambleas generales en todas partes del mundo”) y organizado por Ayreen Anastas, Rene Gabri, Xavi Acarin y Moreno-Caballlud, entre otros, reunió a participantes en acampadas españolas con griegos que protestaban en la plaza Syntagma, además de activistas japoneses, palestinos y americanos (algunos organizadores de Bloombergville entre ellos). En esta reunión se anunció la primera asamblea de la Asamblea General de Nueva York (en aquel momento conocida como la Asamblea General Popular sobre los Recortes), que iba a tener lugar el 2 de agosto.

Durante los días siguientes, la frase más icónica y duradera de Occupy, “Somos el 99%”, fue acuñada por una serie de participantes de la Asamblea General de NY. El contingente español fue absolutamente crucial en esta articulación. El 4 de agosto, se inició un hilo de emails titulado “Una única demanda”, en la recién creada lista de correo “Septiembre 17”.  Uno de los aspectos más fascinantes de esta serie de correos es que desmonta la teoría de la ingenuidad del movimiento por rehuir la formulación de una “demanda oficial” porque deja constancia de la intensidad y la perceptividad con la que los integrantes del movimiento debatían la necesidad de presentar demandas en la fase inicial de Occupy Wall Street. También demuestra que la idea de Occupy Wall Street como movimiento del 99% no fue “inventada” por un solo manifestante sino que, de hecho, fue desarrollada pacientemente por varias voces a lo largo del tiempo. Así pues, al contar la historia de los orígenes de la frase, resisto la tentación de tratar de identificar a un “pionero” pero sí quisiera documentar las contribuciones concretas de un amplio conjunto de personas al concepto de un movimiento del 99%.

El americano Willie Osterweil, recién llegado de las acampadas en Barcelona, comenzó la discusión señalando que esta “única demanda” del movimiento debería ser lo suficientemente amplia para incluir a todo el mundo: “No queremos observadores, queremos participantes”. Lorenzo Serna, un miembro latino e hispanohablante del grupo de Extensión respondió diciendo que tal vez lo que necesitaba no era una única demanda sino un mensaje único, algo que pudiera ser “fácilmente transferible de mi a cualquiera”. Isham Christie entonces enfatizó la diferencia entre una “demanda”, “que se dirige al estado o a las élites económicas” y un “mensaje”, “que se dirige a la gente que intentamos traer al movimiento”. En definitiva, el consenso “online” al que se llegó fue que Occupy Wall Street debía definirse menos por el qué de su posición política que por el quién de sus participantes. Moreno-Caballud sugirió entonces que la identidad del movimiento se definiría según su capacidad de generar un mensaje que fuera fácil de entender y que combinara lo político con lo económico, como había hecho el 15-M con su “No somos mercancías en manos de políticos y banqueros”. Amin Husain añadió un eco populista de la constitución americana ofreciendo el slogan: “Nosotros, la gente, estamos tomando las calles porque el gobierno no nos escucha”. Finalmente, David Graeber, inspirado por un artículo del economista Joseph Stiglitz sobre “la política del 1%”, propuso la expresión que se convertiría en sinónimo de Occupy:

“¿Qué os parece “el movimiento del 99%”?”. Graeber continuó: “Los dos partidos políticos gobiernan en nombre del 1% de americanos que han recibido casi todos los beneficios del crecimiento económico, que son los únicos completamente recuperados de la recesión de 2008, que controlan el sistema político y la casi totalidad de la riqueza económica. Así que si los dos partidos representan al 1%, nosotros representamos a ese 99% cuyas vidas han quedado esencialmente fuera de la ecuación”.

Al día siguiente Santa-Cecilia y Moreno-Caballud imprimieron un flyer, añadiendo el pronombre “nosotros” al 99%, creando así una “identidad colectiva” para el “todos” y el “cualquiera” que formaría parte del movimiento: “Nosotros, el 99% llamamos a una asamblea general el 9 de agosto a las 7:30 en el Potato Famine Memorial”. El concepto del 99% empezó a circular por las calles de Nueva York. Más tarde, el activista y bloggero Chris lo transformó en su forma final: “Somos el 99%”, que dio nombre a una página de Tumblr. Estas fueron las palabras y el concepto que Santa-Cecilia y Moreno-Caballud recuperaron en su email de septiembre, durante la primera semana de la acampada.

  ser    Aunque el “mensaje” único del 99% fue una de las constantes que unió a los participantes de la AGNY desde dicho email del 4 de agosto hasta la ocupación del 17 de septiembre, los distintos contingentes de la asamblea variaban en su manera de ponerla en práctica. No es casualidad que la presencia española fuera la más fuerte en el grupo de trabajo de difusión Occupy Outreach, encargado de desarrollar el mensaje de la asamblea para llevarlo a otras comunidades fuera del movimiento. De los aproximadamente diez integrantes del grupo de Difusión en agosto y principios de septiembre, tres eran españoles. Además de Moreno Caballud y Santa Cecilia, Lauren Dapena Frais también participó activamente en el grupo. He de reconocer que cuando Moreno Caballud y Santa Cecilia, que no son ciudadanos estadounidenses, me hablaron en agosto de su plan de distribuir folletos en las salidas del metro de Brooklyn, me preocupé por su seguridad. ¿Cómo iban a reaccionar los neoyorquinos ante dos personas con acento marcadamente español instándoles a asistir a reuniones para la ocupación de Wall Street? No obstante, el contingente español persistió en sus esfuerzos más que nada porque, fieles al espíritu del 15-M, creían que el movimiento debería identificarse no sólo con los asamblearios, los manifestantes o los acampados sino, ante todo, con el conjunto de la población que es sometida a la manipulación de la élite político-financiera. Durante las asambleas de Tompkins Square Park, mientras gran parte del debate se centraba en cuestiones tácticas y logísticas de la ocupación, a Santa Cecilia se le veía, a menudo, repartiendo folletos a transeúntes curiosos que pasaban por el parque, hablándoles de las razones de Occupy. La idea era que la asamblea debía mantenerse abierta al 99% de la población, considerada la protagonista del movimiento. De hecho, aunque Moreno Caballud y Santa Cecilia acabaron uniéndose a las manifestaciones y la acampada del 17 de septiembre, albergaban serias dudas sobre las connotaciones imperialistas del nombre “Occupy” así como sobre la idea de levantar la acampada en “territorio enemigo”. Como habían pasado gran parte de su tiempo en España asistiendo a las asambleas más pequeñas que se extendieron en distintas localidades tras el desalojo de las acampadas masivas de Barcelona y Madrid, Santa Cecilia y Moreno Caballud siguieron propugnando el lema del 99% y propusieron esfuerzos por crear y apoyar asambleas locales más allá del distrito financiero de Nueva York.

            No me parece del todo casual que el grupo que más se preocupó de la inclusividad del movimiento, y más se esforzó por ella, haya sido excluído, en efecto, de los principales relatos sobre los orígenes de Occupy. ¿Por qué es así? En primer lugar, el 15-M fue más drástico que otros movimientos de 2011 en su creencia en un movimiento sin líderes hasta el nivel orgánico; al ser entrevistados, los acampados españoles solían negarse a dar sus apellidos, una práctica que fue replicada inicialmente por el contingente español de Occupy.  Especialmente en los primeros días del campamento de Zuccoti, esta táctica de despersonalización fue habitualmente recibida con confusión, hostilidad y, sobre todo, indiferencia por una sociedad americana fuertemente afectada por el culto a la celebridad. La falta de auto-promoción por parte del contingente español de Occupy supuso la progresiva disminución de su visibilidad y su influencia en el movimiento. Para el momento en que Occupy Wall Street había capturado la imaginación popular, en los últimos días de septiembre, los españoles ya no tenían una presencia decisiva en los principales órganos del movimiento, ni en Zucotti Park ni fuera del parque. Este giro confirmó, en parte, la efectividad de su concepto de un movimiento del 99%. Pero, por otro lado, el hecho de que fueran menos visibles que otros participante hizo que los medios globales –y en consecuencia, los activistas y académicos que, a pesar de toda nuestra retórica, continuamos estando fuertemente atados a esos canales estrechos de información- básicamente ignoraran las continuidades entre el 15-M y Occupy.

En el primero de mayo de 2012, durante una marcha a través de las calles de Manhattan, un grupo de participantes de Occupy intentaron reconstruir los puentes entre los dos movimientos. Preocupados por el hecho de que la gente tanto en Estados Unidos como en España siguieran viendo a Occupy como un movimiento local enfocado en el sistema político americano, llevaron una pancarta que decía: “Occupy Loves 15-M (Spain)”. Tengo fotos del contingente español llevando esa pancarta desde Union Square por todo Broadway hasta Zucotti, pero no creo que mucha otra gente reparara en ellos. La pancarta era una especie de testimonio de cierta derrota. Siendo cierto que muchos en Occupy “amaban” al 15-M, se había vuelto ya casi imposible afirmar una verdad mucho más profunda: que el 15-M era, o al menos era una parte fundamental, de Occupy Wall Street.


III.  Activistas, académicos, y cualquiera

Una de las principales características que distinguen al contingente español de los demás participantes de la AGNY es que la mayoría de los españoles del movimiento nunca habían sido activistas antes de los acontecimientos de 2011. Como muchos otros españoles en casa y en el extranjero, el 15-M les atrajo precisamente porque el lenguaje de las acampadas se había despojado del tradicional discurso de la izquierda. Casi todos los miembros españoles de la AGNY tenían estudios de posgrado —Santa-Cecilia, Moreno-Caballud, Lauren Dapena Fraiz, Ángel Luis Lara, Maleni Romero, Lucia Rey, Vicente Rubio, Manuel Levin, Xavi Acarrín, y Nikki Schiller— y sin embargo, todos se sentían cautivados por los lemas e ideas que salieron de las acampadas del 15-M. Al igual que los demás participantes de la AGNY, los españoles estaban imbuidos de la tradición de la política radical, habiendo leído desde  Marx hasta Franz Fanon, Gilles Deleuze y Felix Guattari, desde Gayatri Spivak y Jacques Rancières hasta Hardt y Negri. La diferencia fundamental, a mi modo de ver, era la forma en la cual los participantes se identificaban con esos teóricos políticos. Mientras que la mayoría de los activistas empleaban una retórica anti-capitalista en prácticamente cada frase que pronunciaban, había otro grupo, representado en el email de la “Demanda Única” por Lorenzo Serna, Isham Christie y Moreno Caballud, al cual le preocupaba más cómo se podrían modificar, reformular y traducir dichas ideas en lemas “fácilmente comprensibles”. Dentro del contingente español, este deseo de hablar un lenguaje cotidiano solía manifestarse en un rechazo deliberado a identificarse como intelectuales, activistas o académicos, a pesar de que varios de los españoles desempeñaban profesiones académica.

Aunque sería fácil calificar ese rechazo de hipócrita y engañoso, la precariedad de su situación era muy real en esos momentos. En los primeros días del movimiento Occupy existía el temor legítimo de una represión del gobierno, en especial hacia quienes no poseyeran la ciudadanía estadounidense. Y lo que es aún más importante quizá, el 15-M ya se hallaba en vías de reconfigurar la relación entre académicos, activistas y el resto de la población. Los debates acerca del papel del intelectual en los movimientos sociales se remontan a La Nueva Izquierda británica y norteamericana, pasando por Gramsci, Lenin y más allá, pero han adquirido una urgencia mayor en el mundo de habla hispana a raíz de las guerrillas de los años 60 y 70, la insurrección Zapatista de los 90 y los recientes movimientos populistas en Latinoamérica. Grupos como el Colectivo Situaciones de Buenos Aires, que empezó a combinar los esfuerzos organizativos y la militancia política con iniciativas de investigación tras la crisis financiera argentina de 2001, han atacado tanto a la izquierda ortodoxa como al establishment académico debido a su desinterés por interactuar con las personas sobre las que escriben. Siguiendo la pauta de estos movimientos en el mundo hispanoparlante, el 15-M fue notable por el papel secundario que asumieron los activistas y académicos del movimiento al ceder el paso a los indignados que llegaban a las acampadas y rechazando intencionadamente el tradicional concepto izquierdista de una vanguardia revolucionaria.

            Esta nueva forma de pensar y actuar de los españoles respecto a los movimientos sociales ha tenido, no obstante, sus teóricos. El más importante, con diferencia, para el contingente español de Occupy era Amador Fernández-Savater, un escritor y editor independiente de Madrid que publicó una serie de apuntes en su blog en mayo y junio de 2011 titulados “Apuntes de acampada sol”. Aunque Fernández-Savater cuenta con una larga trayectoria como activista, su modo de pensar, escribir y participar en acciones políticas cambió radicalmente tras varios años de colaboración con las víctimas del atentado de la estación ferroviaria de Atocha, Madrid, en 2004. Los apuntes de Fernández-Savater consistían a menudo en breves frases que había oído al pasear por las acampadas (“Sin vivienda, no hay viviendo” o “Somos personas”) seguidas de una explicación sobre cómo estos pronunciamientos en lenguaje cotidiano expresaban un sentido común alternativo en el movimiento. Solía autodenominarse “recogedor de citas”, un oyente que recopilaba y glosaba lo que otros expresaban en las plazas. En la primera anotación de su blog, Fernández-Savater reflexionaba sobre el significado de recoger estas palabras y expresiones encontradas:

“Discusión con un amigo militante. Me dice que le chirría el lenguaje que se emplea. Lo encuentra muy pobre: “democracia”, “ciudadanía”, etc. Se lo discuto: desde el “no a la guerra” son precisamente ese tipo de enunciados “planos” los que abren espacios donde todos cabemos y que mueven las cosas. Es verdad que me parece más potente “no vas a tener casa en la puta vida” que “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros”. Pero me parece que hoy está claro que las palabras tienen fuerza no tanto por lo que dicen, sino por quién las dice y desde dónde las dice.”

Este intento de encontrar un lenguaje en el que “cabe todo el mundo” fue un distintivo del contingente español de Occupy.

            Se podría decir que el énfasis del contingente español sobre el lenguaje cotidiano y la gente común no era nada nuevo ya que las corrientes teóricas más significativas de los últimos veinte años han luchado por el poder colectivo de los grupos marginados que no hablan el idioma de la élite culta y que a menudo son excluidos de las historias de los “grandes hombres”. El énfasis sobre el anonimato y la marginación, fortalecido por el renovado interés por el marxismo tras la crisis financiera mundial de finales de 2007, puede verse en el concepto de Hardt y Negri sobre la “multitud”, los estudios poscoloniales sobre lo “subalterno” y en las teorías de Henry Lefevre y Michael de Certeau sobre las prácticas de la vida cotidiana. Todos los españoles conocían estas corrientes, y sus palabras y escritos reflejaban el lenguaje de esos autores. De hecho, se podría decir que el proyecto de Fernández-Savater en “Apuntes de Acampada Sol” fue articulado en constante diálogo con la creencia de Jacques Rancières en la “igualdad intelectual” de todas las personas y la insistencia de Michael de Certeau en “llevar las prácticas y el lenguaje científicos de vuelta a su tierra natal, la vida cotidiana”. Sin embargo, sería un error interpretar el discurso español como una simple aplicación de esos principios teóricos, porque el logro del 15-M fue, de hecho, invertir lo que Rancière y de Certeau se propusieron hacer. En lugar de formular una teoría sobre la vida cotidiana y el lenguaje común, llevaron dichas teorías académicas a la práctica en el mundo real. Además de traducir los sentimientos populares de las acampadas en España, el contingente español de Occupy fue también capaz de traducir las contribuciones intelectuales de una generación de teóricos ─muchos de los cuales respondían a los movimientos sociales de 1968─ al idioma cotidiano de los movimientos de 2011.

            Quizá la mayor lección que Fernández-Savater aprendió a su paso por las acampadas fue que el anonimato y la despersonalización no eran los únicos medios para combatir el culto a la individualidad de la sociedad contemporánea. En su introducción al libro Las voces del 15-M, publicado en su blog el 6 de junio de 2011, Fernández-Savater ofreció una alternativa a lo que denominó la práctica del “anonimato radical”. Refiriéndose a la larga serie de experimentos literarios y académicos con “la disolución del yo en procesos y tramas colectivas”, Fernández-Savater escribe:

“Conozco, comparto, he practicado y practico esa modalidad de anonimato. Pero hoy también me pregunto si es la única vía posible para escapar de la maldición del “autor individual y propietario”, si es la única articulación interesante y liberadora entre yo y nosotros, lo común y la singularidad. Veo que en las redes sociales y los blogs hay un uso de la primera persona, con la potencia que tiene ese tipo de enunciación muy encarnada, pero como un nombre propio más, como uno cualquiera; y además conectado a un flujo de conversación colectivo, aportando a un gran relato coral (blogosfera, hashtags, etc.). Quizá podamos pensar hoy también lo colectivo como un sistema de resonancias entre puntos singulares y no sólo como un mural dibujado a muchas manos.”

Mani NYSegún Fernández-Savater, las nuevas tecnologías sociales ofrecen un buen modelo para comprender la relación entre lo individual y lo colectivo en los recientes movimientos. Estas tecnologías le permiten a uno situarse junto a otros, convertirse en un nombre propio más “como cualquier otro” más que perseguir una especie de fusión definitiva de la energía humana en la que nadie puede determinar quién es quién. Su referencia a los hashtags es reveladora; el retuit de Twitter funciona simultáneamente como afirmación del nombre propio y expresión de una opinión común. Aunque se podría argumentar que el “sistema de resonancias” del que habla Fernández-Savater no es más que un nuevo envoltorio para la industria de la cultura denunciada por Max Horkheimer y Theodor Adorno, el análisis de los medios masivos como engaño masivo que realizaron estos autores se desmorona cuando nos fijamos en los casos concretos del 15-M y Occupy. De hecho, el “sistema de resonancias” no tardó en literalizarse en Zuccotti Park mediante el llamado “micrófono popular”, una creación improvisada de las primeras horas de la ocupación para sortear la prohibición oficial de altavoces en espacios públicos. Los participantes se levantaban y expresaban sus opiniones y propuestas, haciendo una pausa tras cada pocas palabras para que la muchedumbre o la asamblea las repitiera, transmitiendo así el mensaje a un círculo de personas cada vez más amplio a modo de eco. Aunque el “micrófono popular” estaba sujeto a diversas formas de manipulación, fuera por el temperamento de la asamblea, la elocuencia de la persona que hablaba o una simple interferencia de sonido, su característica más innovadora, quizá, fue que apartó a los medios casi por completo de la mediación entre lo personal y lo colectivo. Moreno Caballud escribió posteriormente que fue esa misma modulación de la voluntad de la asamblea la que actuaba de conducto para el mensaje del movimiento: “Lo interesante del micrófono popular es que funciona como el movimiento: no se trata simplemente de unos individuos moldeados a un grupo claramente identificado e identificable, sino que articula una composición colectiva variable que crece en proporción directa a cuántas personas suscriben lo que se propone —en voz más alta, mayor acuerdo— o por el contrario, disminuye cuando una propuesta es inviable u objetable —en voz más baja, menos acuerdo—.”  Yo añadiría que este mecanismo de “comprobación” que suponía el micro popular es precisamente lo que media entre la voluntad individual y la colectiva, un pensamiento expresado por un individuo que, a continuación, se incorpora (o no se incorpora) al discurso de la asamblea.

El acento sobre el lenguaje de la calle, la idea de que las formulaciones del movimiento tendrían que ser lo suficientemente amplias como para que “todos quepamos” y la política de lo que Fernández-Savater denominaría “el anonimato en primera persona” eran los principios de funcionamiento del contingente español de Occupy Wall Street. Todos estos principios eran congruentes con la creencia de que el mensaje del movimiento sería determinado no sólo por lo que se decía sino también por quién lo decía. La tremenda importancia que el comité de Difusión confirió a la cuestión de convertir el lema del 99% en un 99% real demuestra el compromiso de los españoles por ir más allá de la acampada para expandir la geografía del movimiento al vecindario, la ciudad y el país entero. En su email del 19 de septiembre, cuando el lema del 99% no se había popularizado aún, Moreno Caballud advirtió del riesgo de excluir al 99% si se seguía empleando una retórica primordialmente académica y activista. El siguiente correo me sigue pareciendo la expresión más emotiva de las ideas centrales de Occupy, una afirmación que sintetiza tanto los peligros como el dinamismo del movimiento y un reconocimiento de su necesaria temporalidad: “Hemos atraído mucha atención en internet e incluso en los principales medios de comunicación. ¡Aprovechemos esto ahora, antes de que pase! Construyamos un movimiento masivo y realmente inclusivo.”

¿Qué habría sucedido si Moreno Caballud no hubiera enviado ese email? Quizá no habría cambiado nada. Como hemos visto una y otra vez durante los últimos años, en pleno fervor de la agitación social, los acontecimientos e historias más improbables pueden surtir los efectos globales más profundos. La contingencia, sin embargo, no es lo mismo que la casualidad. La recuperación por parte de Moreno Caballud del lema del 99% en aquel momento pone de manifiesto su creencia de que deshacerse de la identidad cismática del “ocupador” como activista y académico no se podía anunciar sin más; había que repetirlo en voz alta y ponerlo en práctica en el entorno del movimiento mismo. El éxito de dicho email se puede atribuir no solo al “acontecimiento” de la formulación del lema, sino también a la pura tenacidad de repetir el lema del 99% por encima de la retórica activista que se había instalado inicialmente en la acampada. Se pueden decir muchas cosas acerca del legado de Occupy, pero lo que es innegable es que en esa semana de septiembre se hizo un llamamiento a un movimiento “masivo”. Otra cuestión distinta es si la transformación de las “identidades tradicionales” del activista y el académico sucederá o no. Eso, aún está por verse.


 IV. Problemas y progreso

Demonstration on May 1st 2012Aunque las iniciativas comunitarias creadas por Occupy a finales de 2011, como Occupy Sandy (para ayudar a las víctimas del huracán) o Strike Debt (Elimina la deuda), infundieron nueva energía al movimiento y obligaron tanto a los medios como a los académicos a replantearse su descripción de Occupy como un proyecto fracasado, no cabe duda de que las aspiraciones de plena inclusión que motivaron el mensaje del 99% se han topado con serios obstáculos. Ya en el primer mes de la ocupación de Zuccotti Park, muchos participantes y comentaristas observaron  el reducido porcentaje de personas de color en el movimiento, sobre todo de afroamericanos. En una columna de opinión del Washington Post titulada “Por qué los afroamericanos no se están sumando a Occupy Wall Street”, Stacy Patton señaló que, mientras que la población negra de EE.UU. constituye el 12,6%, las encuestas mostraban que representaba tan sólo el 1,6% del movimiento Occupy. Tras sugerir que muchos afroamericanos desdeñaban Occupy Wall Street por considerarlo un “movimiento blanco” que comenzó cuando los blancos empezaron a sufrir algunas de las dificultades económicas que los negros llevaban ya años padeciendo, Patton concluye que “si el movimiento Occupy no cree en la solidaridad con otros colectivos de personas explotadas y oprimidas, y si la América negra no concibe nuevas estrategias de liderazgo para abordar los problemas de hoy, la sabiduría de Frederick Douglass seguirá siendo cierta: la poderosa corriente de raza y clase subyacente en la sociedad estadounidense impedirá que tanto negros como blancos sean libres.”

Ahora los comentarios de Patton sobre la distancia entre el movimiento Occupy y la comunidad afroamericana me parecen acertados en gran parte; mis propias observaciones durante los primeros días del movimiento coinciden bastante con esa impresión. Recuerdo que en las reuniones de agosto en Tompkins Square Park hubo varias propuestas de trasladar las asambleas generales de la ciudad de Nueva York a otros barrios fuera de Manhattan basadas en un supuesto que sigo considerando correcto: los participantes variarían mucho según el lugar donde se celebrasen las asambleas. La inercia general de la AGNY respecto a estos temas confirmó algunas de las acusaciones de las que posteriormente fue objeto el movimiento. La idea de que “los afroamericanos se sumarán al movimiento cuando vean lo que estamos haciendo” siempre me pareció reductiva, y lo sucedido en los días iniciales del movimiento demostraron que esa creencia no se cumplió. De hecho, incluso me atrevería a argumentar que la presencia española en Occupy Wall Street pudo haber exacerbado el problema debido a que el discurso del 99% el “todos” y “cualquiera”— sonaba demasiado al lenguaje de los derechos universales que frecuentemente han sido traicionados en la práctica, aunque no por principio. Resulta significativo que la ahora extendida norma asamblearia de “step up, step back” (da un paso adelante, da un paso atrás) en el que a los participantes varones de raza blanca se les pedía que cedieran el turno para que se pudieran oír otras voces, no se implementó hasta mucho después de las asambleas de Tompkins Square Park.

Pero las apariencias engañan a veces. Cualquier persona que haya pasado tiempo en las asambleas de estudiantes reconocerá lo crucial que han sido los afroamericanos en la expansión de los grupos de educación y de deuda del movimiento y, como señala Graeber, los líderes del histórico sindicato negro Transit Workers Union of New York fueron “algunos de los primeros patrocinadores y entusiastas de la ocupación, con un ávido apoyo de sus bases”. Asimismo conviene recordar que el artista de hip hop Lupe Fiasco fue una de las pocas celebridades que ofrecieron apoyo ideológico y táctico a Occupy Wall Street antes del 17 de septiembre. Por último, un momento destacado de la infancia de la acampada de Zuccotti fue la convergencia de los manifestante de Occupy con la protesta del 20 de septiembre en Union Square contra la ejecución de Troy Davis, un afroamericano acusado de matar a tiros a un agente de policía de Georgia en 1989 y cuya inocencia defendían muchos activistas, grupos de derechos humanos y gran parte de la población negra. Muchos participantes del movimiento Occupy recuerdan la increíble energía que se desató cuando, tras recibir folletos repartidos por integrantes de Occupy, un amplio grupo de los manifestantes contra la ejecución de Troy Davis decidieron seguir su marcha hacia Zuccotti Park. Unos días más tarde, los integrantes de Occupy les correspondieron sumándose a una convocatoria a favor de Troy Davis. Dado que ese intercambio tuvo lugar en la calle, lejos del puesto de los reporteros, los medios de comunicación lo obviaron casi por completo.

Otro argumento discutible que Patton presenta en su artículo es que la relación entre Occupy y los afroamericanos ha sido un reflejo de las clásicas divisiones de la sociedad estadounidense. Su tesis de que el movimiento se originó en, y representó a, “la América blanca” fue, como ya he mencionado, inventada de forma retroactiva, en parte por algunos integrantes del movimiento y en parte por los principales medios de comunicación. Un ejemplo perfecto de la insidiosa fusión entre los relatos de Occupy y los de los medios se encuentra en el libro Occupying Wall Street: The Inside Story of an Action that Changed America (Ocupando Wall Street: La historia desde dentro de una acción que cambió América). Aunque el libro es “anónimo”, escrito supuestamente por los “Autores del 99%”, la contraportada contiene una nota de Johathan Lethem, un abanderado de la cultura vanguardista de la América blanca, que describe el libro como “Un relato de primera mano esencial e incitante sobre cómo el oxígeno volvió a fluir repentina y milagrosamente al cerebro americano”.  Los capítulos sobre los orígenes de Occupy titulados “Los comienzos” y “Ha nacido una ocupación” no sólo alimentan la extendida creencia de que los movimientos internacionales de principios de 2011 sirvieron sólo de “patrón” para AGNY, Bloombergsville y Occupy, sino que idealizan el papel de los conectores de la cultura blanca de Estados Unidos que lograron transformar las protestas extranjeras en un mensaje capaz de llegar directamente al cerebro norteamericano. Según cuenta el libro, el protagonista de la prehistoria del movimiento es el anteriormente citado Willie Osterweil, el manifestante estadounidense que había pasado varios meses en las acampadas de España. Los autores del libro citan a Osterweil: “En España resurgió mi urgencia y reconocí realmente (no intelectualmente) la naturaleza del momento histórico y las posibilidades que teníamos a nuestro alcance en EE.UU.” Aunque ya he aludido al papel crucial que desempeñó Osterweil en la formulación del lema del 99%, el libro no hace ninguna referencia a los participantes españoles y latinos que realmente (no solo intelectualmente) estaban presentes en la AGNY junto a Osterweil. La transfusión de oxígeno entre estadounidenses blancos y estadounidenses blancos se completa en el primer párrafo de “Ha nacido una ocupación”, en el que los autores hablan del “nacimiento” de la ocupación gracias a los esfuerzos de “un reducido grupo de hombre y mujeres mayoritariamente jóvenes y blancos, que hicieron planes de última hora para el sábado 17 de septiembre”. Es decir, al ocupar Wall Street, el movimiento se auto-blanquea.

Estas versiones de los orígenes de Occupy no las considero como indicativas de la perspectiva histórica de todos los miembros del movimiento sino más bien como el relato que a una facción del movimiento le gusta contarse. De hecho, el estallido de popularidad que Occupy experimentó entre finales de septiembre y octubre de 2011 coincidió con el creciente interés de autores como Lethem y otros exponentes de la vertiente “cool” de la cultura blanca estadounidense plasmada en ciertos medios como la revista neoyorquina N +1 o la revista McSweeney’s de San Francisco. Estas publicaciones literarias y culturales tendían a reproducir las impresiones de la “segunda ola” de ocupadores, mayoritariamente blancos, cuyo compromiso con el movimiento comenzó cuando Zuccotti Park ya estaba convirtiéndose en un circo mediático, un momento en el que a todos (me incluyo) nos resultaba difícil distinguir entre la forma y el contenido de la acampada. No quiero decir que esos participantes no estuvieran comprometidos con las causas del movimiento sino que representan a uno de los muchos sectores demográficos del movimiento y su relato es uno entre los muchos que se podrían contar sobre la trayectoria del movimiento. Los medios de comunicación que informaron sobre las primeras semanas de Occupy Wall Street padecieron, en general, de la necesidad de confirmar sus ideas preconcebidas; se dirigían a Zuccotti Park para retratar a un colectivo de manifestantes blancos, modernos, sobre-privilegiados e infra-informados y buscaban exclusivamente a personas que se ajustaran a ese perfil.

Si volvemos a fijarnos en los participantes de la AGNY que contribuyeron al hilo de emails sobre la Demanda Única, queda claro que los “ocupadores originales” distaban mucho de tipificar la América blanca. Isham Christie es un Choctaw (aborigen norteamericano) de Dakota del Norte, Amin Hussain es estadounidense de origen palestino, Lorenzo Serna es latino e indio americano, Moreno Caballud es español. Graeber y Osterweil son los únicos que se aproximan al perfil estereotipado de Occupy Wall Street. Por otra parte, la narrativa generalizada en EE.UU. ha pasado por alto los estrechos vínculos entre Occupy y la comunidad latina, creados sobre todo como consecuencia del empeño que los primeros integrantes españoles y latinoamericanos pusieron en llegar a los barrios de habla hispana por considerarlo crucial para la supervivencia del movimiento. Ya desde los comienzos, Santa Cecilia y el puertorriqueño Pablo Benson ayudaron a organizar el grupo de trabajo de Occupy en español, en el que participantes de Puerto Rico, México, Argentina, Uruguay, España y otros países (así como estadounidenses de habla hispana) celebraban asambleas, concedían entrevistas a medios hispanoparlantes y debatían sobre cómo crear redes con organizaciones y movimientos sociales latinoamericanos fuera de EE.UU.

Uno de los grandes éxitos del movimiento Occupy de Nueva York ha sido su capacidad de conectar con establecidas organizaciones latinas y de inmigrantes, entre ellas, los colectivos sociales La Indignación, La Unión de Brooklyn y El Centro de Staten Island. Durante el pasado año, el grupo 16 Beaver Street ha celebrado reuniones abiertas con miembros de la cooperativa de tratamiento de agua de Cochabamba, Bolivia (), y del Colectivo Situaciones de Buenos Aires. La gran corriente subterránea de Occupy sigue siendo la comunidad hispana, que a partir de unos pocos españoles y latinoamericanos involucrados inicialmente en el movimiento se ha extendido a inmigrantes sin papeles, agrupaciones políticas locales y participantes de acampadas fuera de EE.UU. entre otros. Más recientemente, el contingente hispano de Occupy ha dedicado gran parte de su tiempo y esfuerzos al foro pro-commons Making Worlds, que ha reunido a escritores y teóricos como Silvia Federici, George Caffentzis y James Quilligan junto con miembros de la sociedad, artistas, docentes y académicos. Este giro hacia los “commons”, sistemas de intercambio regulados por el usuario (como por ejemplo, Wikipedia) considerados como una alternativa tanto al estado como al mercado, refleja un intento consciente de desarrollar las ideas y las prácticas solidarias de Zuccotti Park  — la cocina comunitaria, la asistencia médica, y demás servicios gratuitos— más allá de la retórica reinvindicativa de Occupy.

      Lo que muestran los párrafos anteriores es que muchas de las cuestiones de “relaciones públicas” a las que se ha enfrentado el movimiento Occupy no sólo tienen relación con las prácticas y creencias del movimiento mismo sino también con las historias que se han contado dentro y acerca del movimiento. Estas historias influyen en la opinión pública sobre Occupy y, de un modo mucho más encubierto, en las teorías sobre Occupy que circulan entre académicos y activistas. ¿Cuál es, entonces, el papel del académico respecto a Occupy Wall Street? Recuerdo una frase que Moreno Caballud me repitió en numerosas ocasiones durante los primeros días de la acampada: “Más que nuevas teorías, necesitamos nuevas narrativas”. Mi crónica sobre el contingente español de Occupy es, o al menos pretende ser, una de esas narrativas, pero hay otros cientos de historias que se podrían contar. No sólo historias sobre los orígenes de Occupy, sino también relatos acerca de la repercusión que los múltiples movimientos, acciones y teorías del pasado han tenido en los movimientos sociales del presente. Quizá no hablemos el mismo idioma hay claras diferencias metodológicas y disciplinares que condicionan nuestras formas de escribir acerca de estos movimientos— pero quienes nos consideramos estudiantes y profesionales de la cultura tenemos la especial responsabilidad de trasladar estas narrativas de forma comprensible a personas ajenas a los círculos académicos y activistas. Nuestra formación y nuestra trayectoria nos permite analizar de forma seria, y crítica, los movimientos sociales que están transformando nuestro mundo. Los académicos no podemos ver todo lo que sucede sobre el terreno, claro está, pero sí podemos reconocer los límites de lo que vemos y tratar de ampliar nuestra visión en lo posible. Esto no nos hace héroes de la revolución, pero al menos nos permite ser partícipes de nuevas narrativas sobre la sociedad en la que vivimos, sea a nivel local o global, y sobre las complejidades de la transformación que está experimentando.   


Guerrilla Translation/Relacionado:Occupy, la deuda y los límites históricos del capitalismo/David GraeberStrip: Rushkoff in Real Life“El objetivo del juego no es tener un juego con objetivo”/ Douglas RushkoffStrip Capitalism works¡El capitalismo me funciona!  Verdadero/Falso/ Steve Lambert

1. [El artículo publicado en Tropics of Meta es una versión condensada de este texto completo. Partes de esta traducción se publicaron hace unos meses en El Diario.es. ]

Occupy, la deuda y los límites históricos del capitalismo

Arthur de Grave y Benjamin Tincq entrevistan a David Graeber

Es ineludible pagar las deudas contraídas… ¿no es así? David Graeber, antropólogo y figura destacada dentro del movimiento Occupy, cree que es hora de cuestionar la validez de este planteamiento moral. Graeber propone una nueva perspectiva sobre la deuda y recupera el concepto del jubileo de la deuda.

Conocido –a su pesar– como “antropólogo anarquista”, David Graeber fue uno de los primeros partícipes de Occupy Wall Street, donde creó el proyecto de Strike Debt (Tacha la Deuda), descrito por la revista Shareable como “el primer rescate financiero P2P”. Desde entonces se ha unido a la facultad de antropología de la London School of Economics. ¿Has oído hablar de los “curros inútiles”? Graeber acuñó el término en un artículo que se ha vuelto viral en las últimas semanas, y que se ha traducido a más de 14 idiomas.

En su libro “En deuda: Una historia alternativa de la economía”, Graeber analiza los fundamentos básicos del sistema económico actual, basado en la deuda y el crédito, y presenta un análisis tan perturbador como influyente en la red. Al igual que Charles Eisenstein, Graeber está redefiniendo nuestras nociones sobre el capitalismo, la deuda y el dinero, y proponiendo alternativas para un sistema mejor.

La mayoría de los economistas creen que los sistemas económicos de la antigüedad se basaban en el trueque. Tú, sin embargo, argumentas lo contrario.

¡Exactamente! Todo el mundo conoce el relato del trueque primitivo. La primera persona en divulgarlo fue Adam Smith. Tampoco le podemos echar la culpa, dado que por aquella época no contaba con ningún tipo de información etnográfica fiable sobre las dinámicas sociales y monetarias de estas sociedades. Sus teorías sobre el trueque y el intercambio directo estaban basadas en sus propias deducciones: la gente llamaba la puerta del vecino y decía: “Te voy a dar veinte gallinas a cambio de esa vaca, diez cabezas de flecha por ese arado…”. Evidentemente, en una economía como la que describe Smith, no tardarías en toparte con un gran problema: ¿qué pasa si nadie quiere tus gallinas? Así, transacción tras transacción, el dinero emergió gradualmente para resolver ese problema de falta de liquidez.

Es un cuento muy bonito pero tiene un problema: ¡es totalmente falso! Asume que las comunidades tienden a comerciar con lo que los economistas han dado en llamar “transacciones inmediatas” y entre desconocidos. No hay ningún tipo de crédito. Al examinarlo detenidamente veremos que es absurdo: digamos que tu vecino tiene una vaca que necesitas para un festín mientras que tú no tienes nada que ofrecerle… en ese momento. Pero bueno, dado que es tu vecino, lo más lógico es que tarde o temprano tengas algo que le sea de utilidad. Ahora todos sabemos que le debes algo, y puede que regrese un año más tarde para reclamarte una vaca, o incluso pedirte que tu hija se case con su hijo. De hecho, te podría pedir cualquier cosa y existen muchos motivos por los que al vecino le conviene que estés endeudado con él. Lo que encontramos en estas comunidades pequeñas son series de deudas informales. Distintos tipos de deuda y jerarquías de favores. Lo único que no vas a encontrar es un equivalente matemático exacto y esto último es lo que caracteriza al dinero.

 El trueque normalmente surge cuando se agota el dinero en comunidades acostumbradas a utilizar dinero en metálico.

Graeber

David Graeber

En conclusión, el problema no tiene que ver con que el dinero proceda del trueque, dado que el trueque normalmente tiene lugar entre personas que jamás volverán a verse. El quid de la cuestión es: ¿por qué tipo de proceso se empiezan a cuantificar estas series de deudas informales? ¿En qué contexto empiezan las personas a realizar cálculos matemáticos para obtener equivalencias perfectas? En situaciones potencialmente violentas. Imagínate una pelea de bar donde le cortan la oreja a alguien. Los códigos de conducta de las sociedades pre-estatales a menudo contaban con plazos y condiciones muy detalladas para el pago de multas por haber roto una nariz, cortado una oreja, herido una pierna, etc. En estos casos las multas impiden que se cometan otros actos violentos. Es un contexto en el que la gente exige exactamente lo que se le debe. Si alguien mata a tu hermano y no tienes muchas ganas de perdonarle, el código legal dice que te debe veinticinco vacas, pero puede darse el caso de que no tenga suficientes vacas para pagarte. Llegados aquí, vas a exigir un equivalente exacto con el que empezar a hacer cálculos.

Históricamente hablando, así es como creemos que emergió el dinero. El mito tradicional es falso: de hecho, en los primeros recuentos históricos sobre sistemas monetarios complejos de la antigua Mesopotamia, lo que hallamos es un sistema de crédito. Los sumerios no tenían balanzas lo suficientemente precisas como para pesar pequeñas cantidades de dinero; nadie llegaba al mercado con pepitas de metal. El crédito era lo más habitual dentro de las transacciones normales. El trueque normalmente surge cuando se agota el dinero en comunidades acostumbradas a utilizar dinero en metálico. La Rusia de los años noventa es buen ejemplo de ello.

En tu libro también dices que todas las revoluciones y movimientos sociales de la historia surgen a raíz de la deuda. Lo primero que hacían era destruir cualquier registro sobre la deuda. ¿Crees que estamos en una situación similar ahora mismo?

La verdad es que sí. Moses Finley dice que, desde la antigüedad, hay una demanda revolucionaria que es constante: cancelar la deuda y redistribuir las tierras. La página de We are the 99% llevó a cabo un estudio y esas eran las demandas más generalizadas. Ya no se trata tanto de exigencias radicales de autogestión o dignidad laboral, sino de la cancelación de las deudas y la devolución de los mecanismos básicos de sustento. Es como si la deuda hiciera las veces de foco moral para una rebelión, un foco con implicaciones radicales y capaz de movilizar coaliciones que no existirían en otras circunstancias.

Por un lado, la ideología de la deuda es una de las herramientas más poderosas jamás creadas para justificar situaciones de desigualdad exorbitante y, no sólo se les da un tamiz moralmente aceptable, sino que además hacen creer que la víctima tiene la culpa. Pero cuando todo estalle, estallará a lo grande. Ha ocurrido una y otra vez en la historia de la humanidad, y creo que este es uno de los aspectos más extraordinarios de Occupy Wall Street.

Por un lado, la ideología de la deuda es una de las herramientas más poderosas jamás creadas para justificar situaciones de desigualdad exorbitante y, no sólo se les da un tamiz moralmente aceptable, sino que además hacen creer que la víctima tiene la culpa.

Los estudiantes son uno de los colectivos más grandes dentro del movimiento y lo que vienen a decir es: “somos los niños buenos, pedimos un préstamo y estudiamos mucho para entrar en la universidad. Hemos seguido las reglas. Y aquí estamos. Pero  a nosotros no nos han rescatado. Por el contrario, los banqueros –los que nos han traicionado y mentido, además de destruir la economía mundial– se han beneficiado de un rescate gubernamental, mientras que nosotros vamos a pasar el resto nuestras vidas escuchando que somos una banda de vagos irresponsables porque les debemos dinero. ¡Eso no tiene ningún sentido!”

Más interesante aún es que hace 40 años ni un obrero ni un funcionario del transporte público se hubiesen hecho eco de los problemas de un estudiante universitario endeudado. Pero hace dos años comprobamos que la clase obrera apoyó a Occupy de forma masiva. Eso sólo se puede comprender entendiendo el poder que ejerce la deuda y el tipo de indignación que es capaz de suscitar. Facilita alianzas de clase que no habrían existido de otra manera. Tras el 2008, los ciudadanos estadounidenses se esforzaron al máximo por dejar atrás la deuda, pero hay dos categorías de deudas inextricables: los préstamos estudiantiles y las hipotecas basura. Tanto los estudiantes como los pobres de la clase obrera se encontraron en una situación relativamente parecida, y por eso formaron estos lazos de unión dentro del movimiento. ¡Así de poderosa es la deuda!

En la antigüedad, si no podías devolver una deuda podían forzarte a vender a tus hijos e hijas como esclavos. ¿Está esto relacionado con tu artículo sobre los “curros inútiles”?

Si alguien te contratara para lanzar una piedra por encima de un muro para, acto seguido, ir al lado contrario para tirarla de vuelta, y así durante todo el día, nos parecería absurdo. Pues resulta que casi todos nuestros trabajos son igual de inútiles. Cuando escribí el artículo sobre los “curros inútiles” estaba hablando hipotéticamente. Yo no trabajo en el sector corporativo pero cuando hablo con gente de ese sector les veo muy agobiados y de forma muy específica. ¡Pregúntale a cualquier abogado corporativo sobre su contribución a la sociedad! Parece que hay un tipo de trauma moral muy específico como consecuencia de tener un empleo que, en el fondo, sabes que ni siquiera debería existir. Hay millones y millones de personas atrapadas en esta situación. Curiosamente, me recuerda un poco al tipo de trabajos obligatorios e inútiles que se inventaban en la Unión Soviética –justo lo que, en teoría, jamás debería ocurrir en el capitalismo. Pero, aun así, se han inventado todos esos trabajos que ni siquiera deberían existir y la gente que los desempeña es plenamente consciente de ello.

En The Economist se ha criticado tu hipótesis.  Según ellos, estos trabajos sólo existen para gestionar la creciente complejidad de la economía global. ¿Cómo respondes a eso?

Mi respuesta es muy sencilla. Hay un ejemplo perfecto para contradecir su argumento: las universidades. Están añadiendo cada vez más cargos administrativos. Más decanos asistentes, más asesores de publicidad, etcétera. Si lo comparamos con cómo estaban las cosas hace 40 años, ahora tenemos cuatro veces esa cantidad de puestos administrativos. ¿Acaso la enseñanza es cuatro veces más complicada que antes? La producción no se ha vuelto más complicada, solamente hemos añadido más capas para repartir el botín. Estos trabajos inútiles son, en esencia, un tipo de renta: distribuimos parte de los beneficios de la extracción financiera a un grupo social que recibe un salario a cambio de aparentar que anda muy ocupado.

Una de las soluciones que propones es la organización de un jubileo de la deuda. ¿Cómo lograrlo en términos prácticos? ¿Cómo construir un nuevo sistema sin caer en los mismos errores?  

DebtCuando hablo de un jubileo de la deuda, lo veo más bien como una limpieza conceptual, no una solución práctica. Si nos damos cuenta de que el dinero no es más que un acuerdo social, podemos hacerlo desaparecer o volver a crearlo, hacer lo que nos dé la gana con él. Evidentemente, nadie elimina completamente todas las deudas. Siempre hay mecanismos que deben permanecer activos. Pero no me cabe la menor duda de que hay economistas profesionales capaces de proponer estrategias factibles: gente como Michael Hudson y Steve Keen ya han propuesto modelos concretos.

Evidentemente, tendríamos que mantener las pensiones. Uno de los aspectos más pérfidos del neoliberalismo es que coacciona a la gente a ser cómplice del sistema debido a la privatización de los fondos de pensiones. Tenemos que regresar al sistema de pensiones públicas. Pero eso son detalles técnicos que creo que podemos solventar si tenemos a la gente apropiada trabajando en ello. Los problemas económicos no son tan difíciles de resolver, aunque no se puede decir lo mismo de los políticos.

Si hablas con gente sincera de la clase dominante, verás que saben perfectamente que tarde o temprano habrá algún tipo de cancelación de la deuda. No hay manera de evitarlo.

Si hablas con gente sincera de la clase dominante, verás que saben perfectamente que tarde o temprano habrá algún tipo de cancelación de la deuda. No hay manera de evitarlo. La pregunta es: ¿cómo se va a realizar? ¿Será de forma honesta, donde los gobernantes admiten que van a cancelar las deudas, o van a encontrar alguna forma de ingeniárselas para volver a engañarnos? A lo largo de la historia hemos visto ejemplos de ambos. En la antigua Mesopotamia las cancelaciones de la deuda se empleaban a menudo para evitar estallidos sociales y preservar las estructuras básicas de la autoridad. Pero no olvidemos que la democracia griega y la República romana también fueron resultado de la quita de deudas. Es crucial que, en vez de discutir sobre si va a haber una cancelación de la deuda o no, hablemos sobre cómo va a llevarse a cabo.

En mi opinión, no hay manera de mantener el sistema financiero existente sin socavar los principios básicos del capitalismo. Creo que el capitalismo ha llegado a los límites de su potencial histórico. Lo único que me preocupa es que el siguiente sistema sea aún peor.

¿Crees que la descentralización del proceso de creación de dinero sería un buen punto de partida?

Ya hay mucha gente experimentando con monedas sociales y complementarias y veo en ello mucho potencial. Está claro que no es la única solución, pero me parece un elemento esencial dentro de cualquier solución. Antes de descartar el dinero por completo, creo que habría que experimentar con nuevos tipos de dinero. Jamás nos libraremos de él por completo. Pero si el dinero, en esencia, no es más que un cupón de racionamiento, creo que es preferible racionar lo menos posible y, como poco, eliminar el dinero en ciertos aspectos de la vida.

Pero el dinero está tan enraizado en nuestros cerebros…

La gente adopta distintas formas de dinero cuando no les queda otra: si el sistema monetario existente colapsa, hay que hacer algo. En épocas de quiebra económica puede pasar cualquier cosa.

A todo esto, ¿qué te parece la idea de una renta básica universal e incondicional para toda la ciudadanía?

La idea esencial detrás de la renta básica es que, dado que todos estamos produciendo valor constantemente, se vuelve necesario desligar el concepto de productividad del lugar de trabajo. Si proporcionas una renta básica emites un mensaje muy poderoso: nadie se quiere quedar ahí sentado sin dar palo al agua; confiamos en que busques una actividad provechosa. Este concepto del trabajo como algo moralmente intocable es una de las herramientas más detestables que ostenta el poder, y no hace sino agravar el fenómeno de los curros inútiles.

La verdad, es que el capitalismo ya ni siquiera se justifica a sí mismo. Se supone que es un sistema que mejora la calidad de vida de los pobres, haciendo que las desigualdades sean aceptables. Pero ya no es así. Se supone que produce más seguridad. Pero tampoco es así. Se supone que fomenta la democracia. Pero esto ya no ocurre. Todas las justificaciones positivas clásicas ya no son pertinentes. Ya sólo quedan los argumentos morales: que trabajar es bueno y que las deudas hay que pagarlas, no hay alternativa. Hemos llegado a un punto en el que estos argumentos sólo conducen a la autodestrucción del sistema. El barco se está hundiendo por sobrecarga de trabajo y de deuda.

Has estado muy activo en Occupy Wall Street desde sus principios. En su reciente libro ‘Swarmwise’, Rick Falkvinge compara el Partido Pirata [sueco] a Occupy. Una de las mayores diferencias que señala es que no tenéis ni líderes ni demandas específicas. ¿Cómo obtener resultados sustanciales con un liderazgo totalmente descentralizado?

Pero si en Occupy teníamos muchísimos líderes: ¡más de 100.000! La verdad es que todo depende de la estrategia. Tenemos una estrategia a largo plazo: estamos intentando transformar la cultura política. Para lograrlo, hay que crear nuevas instituciones, nuevos hábitos y nuevas sensibilidades. Esto es un objetivo ya ambicioso de por sí. Pero también supone dejar de centrarse en resultados concretos e inmediatos (aunque esto no excluye que no los alcancemos por el camino). De hecho, apostamos por una estrategia basada en deslegitimizar.

Me gusta utilizar la analogía de Argentina: lo que acabó con el reino del FMI en Latinoamérica fue el impago argentino. Antes de que el gobierno de Kirchner llegara al poder, se sucedieron tres gobiernos distintos, cada uno de ellos derrocados por levantamientos populares. El propio Kirchner tampoco era un radical, sino un socialdemócrata bastante apaciguado. Pero tuvo que hacer algo radical porque el movimiento social deslegitimizó por completo a toda la clase política. La gente empezó a organizarse y a crear su propia economía alternativa. Es un ejemplo perfecto de no necesitar la clase política para nada pero, aun así, seguir obteniendo resultados políticos.

Llegó un punto en el que los políticos eran tan odiados por todos que ni siquiera podían ir a un restaurante. Tenían que ir disfrazados o la gente les tiraba comida. Llegados aquí, la clase política no tuvo otra opción sino enfrentarse a la mismísima idea de que las instituciones políticas ya no tenían relevancia alguna en la vida del pueblo. Tuvieron que tomar una decisión radical que no hubieran tomado bajo otras circunstancias. Esta es la estrategia básica que estamos siguiendo con Occupy: en vez de impulsar candidatos y hacer reivindicaciones, estamos creando un sistema político propio capaz de funcionar sin políticos y que los políticos nos demuestren que aún tienen algún tipo de utilidad.

En vez de impulsar candidatos y hacer reivindicaciones, estamos creando un sistema político propio capaz de funcionar sin políticos y que los políticos nos demuestren que aún tienen algún tipo de utilidad

Norteamérica ha llegado a un punto de inflexión con Occupy. En Estados Unidos tenemos un largo historial de represión de movimientos sociales pero, históricamente, los movimientos que se han reprimido más violentamente han sido los de la clase obrera o los de personas de color, no los de blancos de clase media… O no sin provocar algún tipo de escándalo por parte de la izquierda moderada y la progresista (pensemos en la época de McCarthy, las protestas estudiantiles de los 60 etc.). Está claro que Occupy fue un movimiento muy diverso, pero también había muchos blancos de clase media y se llevaron sus palizas como todos los demás.

Pero esta vez parece que no le importaba nadie: las alianzas regionales entre los liberales y los radicales están rotas. Por otra parte, creo que hemos logrado más en dos años que cualquier otro movimiento social que se me ocurra en la misma cantidad de tiempo: la idea de clase social y del poder basado en clases ha vuelto a la agenda –a esto se refiere el eslogan “Somos el 99%”– y hemos denunciado la corrupción inherente al sistema político estadounidense. Hemos cambiado el ámbito político: recordemos que, al planear su campaña, Mitt Romney veía su trayectoria financiera de Wall Street como algo positivo… En Nueva York ya estamos empezando a ver las consecuencias políticas: Bill de Blasio, quien tiene toda probabilidad de ser el próximo alcalde, apoya a Occupy. Parece que nuestra estrategia está funcionando después de todo.


Guerrilla Translation/Relacionado:https://guerrillatranslation.files.wordpress.com/2013/10/factory-e1383171595590.jpgEl desempleo es la cura de todos los malesPaul B. Hartzoghttps://guerrillatranslation.files.wordpress.com/2013/11/strip-curros-inc3batiles-e1383341047312.jpgEl fenómeno de los curros inútilesDavid GraeberGuía práctico-utópica del inminente colapso/ David Graeber


Esta entrevista también se ha publicado en:

El futuro ha de ser verde, rojo, negro y femenino

grbf2Robert Jensen

La especie humana ha de reconocer que cualquier futuro que nos permita retener nuestra humanidad tendrá que prescindir del capitalismo, el patriarcado y la supremacía blanca —y basarse en una visión del mundo ecológica—.

(Estas líneas se prepararon para una conferencia privada sobre sostenibilidad en la que los ponentes criticaron la agricultura corporativa y la medicina industrializada. Todos coincidieron en la necesidad de acometer cambios fundamentales en nuestros sistemas económicos, sociales y políticos, pero sin llegar a un consenso sobre un análisis apropiado de estos sistemas y su interacción.)

El futuro de la especie humana si queremos que tenga futuro ha de ser radicalmente verde, rojo, negro y femenino.

Si nos tomamos esto en serio —es decir, el futuro de la humanidad; si realmente nos preocupa que la humanidad tenga un futuro o no— todo individuo que proclame su preocupación ha de estar dispuesto a someterse a un reto radical. La manera en la que pensamos, sentimos, actuamos… todo estará abierto a la crítica y nadie podrá escabullirse fácilmente, porque todos hemos fracasado. Individual y colectivamente, hemos fracasado en el intento de crear sociedades justas o una presencia humana sostenible en el planeta. Quizás haya sido un fracaso inevitable, puede que el ser humano y su gran cerebro sean un callejón evolutivo sin salida, pero el fracaso no deja de ser nuestro. Por tanto, enfrentémonos a él, individual y colectivamente.

Podemos empezar con un análisis honesto de la información pertinente sobre la salud de la atmósfera en el contexto de lo que sabemos sobre los sistemas económicos, políticos y sociales de la humanidad. Mi conclusión: no existen soluciones mágicas para resolver estos problemas fundamentales, el resultado de demasiadas personas consumiendo demasiado y produciendo demasiados desperdicios, bajo unas condiciones desmesuradas de desigualdad en cuanto a riqueza y poder.

Si hoy mismo, y en todos los lugares del planeta, todos se comprometieran a investigar y organizarse para disminuir el lastre que el proyecto humano impone sobre el ecosistema, quizás podríamos crear un plan con el que sostener una presencia humana en este planeta, acompañado de una reducción dramática en cuanto a consumo y una reducción gradual en población. Pero, si reflexionamos sobre nuestra historia como especie y la naturaleza de los sistemas que gobiernan nuestras vidas, la conclusión más sensata es que no se tomarán los pasos que necesitamos tomar, por lo menos dentro del marco temporal que nos queda para cometer cambios significativos.

Esto no es derrotismo. Esto no es cobardía. Esto no es autocomplacencia

Esto es la realidad y los planes sensatos tienen que estar basados en realidades.

Sin negar, evitar, evadir

Tengo una sugerencia para toda esa gente lógica y realista que gusta quejarse de una cultura contemporánea que niega, evita y evade problemas críticos; de los norteamericanos que corren un tupido velo sobre la ciencia cuando esa ciencia trae malas noticias; de tantísima gente que no se enfrentará a verdades dolorosas: exijámonos el mismo rigor que exigimos a los demás. No neguemos, evitemos o evadamos cualquier aspecto de la realidad.

Por decirlo de otra manera: recurrir al tópico de que “las cosas no pueden estar tan mal”, tan socorrido por el gran público a la hora de disimular duras realidades, es un callejón sin salida, pero también lo es el tópico de “tenemos que tener esperanza”, a menudo empleado para evitar las conclusiones lógicas de nuestro propio análisis.

La esperanza es para los vagos. Esta no es la hora de la esperanza. Dejemos la esperanza de lado para empezar la labor verdadera de comprender nuestro momento en la historia para que nuestras acciones estén basadas en la realidad.

Mi tesis: nuestra tarea hoy en día no es la de apresurarnos a salvaguardar el mundo que conocemos, sino la de centrarnos en cómo mantener nuestra humanidad según nos adentramos en una era totalmente distinta de la presencia humana en el planeta, una era que pondrá a prueba nuestra resolución y resistencia. Llamémoslo el colapso, o  el apocalipsis, o la Edad de Acuario, sea cual sea el nombre, no se asemejará a nada que conozcamos. No es solo la caída de un imperio, una plaga localizada o la pérdida de un ecosistema específico. El futuro estará definido por un declive continuo del capital ecológico del planeta, que irá mucho más allá de cualquier posibilidad de recuperación, y por un aumento en los niveles de toxicidad, acompañado del conflicto social resultante exacerbado por una rápida desestabilización climática que no podemos predecir con exactitud, pero que supondrá la destrucción del bienestar humano o, incluso quizás, de la propia humanidad.

La tesis, reafirmada: durante la mayor parte de mi vida, mis mayores me dijeron que el reto moral de mi generación era cómo alimentar a cinco, seis, siete —puede que algún día incluso a diez— mil millones de personas. Hoy en día, nuestro reto moral es cómo vivir en un planeta de cuatro, tres, dos mil millones de personas o incluso menos. ¿Cómo comprender y relacionarnos con nosotros mismos como seres humanos —como seres morales, el tipo de criaturas que siempre hemos dicho ser— en el contexto de una extinción humana a largo plazo y sin precedentes? ¿Qué significará ser humano cuando sabemos que, a lo largo de este mundo o quizás incluso en esta misma manzana, hay otros seres humanos —criaturas exactamente iguales a ti y a mí— muriendo en masa y no es por causas que estén más allá del control humano, sino por cosas que los humanos elegimos, y seguimos eligiendo hacer?

Si crees que esto es demasiado extremo, alarmista, histérico, te invito a concebir una historia distinta del futuro, una historia que no dependa de la magia, que no incluya alguna versión de “inventaremos paneles solares que nos darán una abundancia de energía limpia” o “hallaremos formas de cultivar cada vez más alimentos en cada vez menos tierra y a pesar del declive en la fertilidad de la misma” o, quizás, inventaremos una máquina de movimiento perpetuo”. Si me equivoco, explícame en qué me equivoco.

Pero, ante la inevitable contestación de que, aunque a día de hoy no podamos trazar una historia más esperanzadora, ¿no podemos confiar en que esa historia acabará surgiendo? ¿Acaso no es cierto que la necesidad aguza el ingenio? ¿Acaso no nos hemos enfrentado ya los humanos a grandes problemas para hallar soluciones con la razón, la creatividad la ciencia y la tecnología? ¿No es cierto que nuestros triunfos del pasado apuntan a que superaremos los problemas del presente y el futuro?

Es una respuesta comprensible, pero reminiscente del viejo chiste sobre aquel que se tira desde un edificio de 100 plantas y que, cuando ya lleva 90 plantas y le preguntan qué tal, dice: “Hasta ahora, genial”. La tecnología avanzada, basada en una abundancia de energía concentrada y barata, nos ha llevado por una época curiosa, pero no existe garantía de que esa tecnología avanzada vaya a resolver los problemas del futuro, especialmente cuando las fuentes de energía concentrada más accesibles no hacen sino menguar y las consecuencias mortales de quemar todo ese combustible ya son inevitables.

Historias con las que rechazar la realidad

Puede que la necesidad haya aguzado el ingenio y mucho, pero eso no supone que nuestro ingenio sea capaz de superar cualquier obstáculo. La narrativa del fundamentalismo tecnológico que alcanza la trascendencia mediante la invención continua no es más útil que la narrativa del fundamentalismo religioso que alcanza la trascendencia mediante la intervención divina. Las dos aproximaciones, por muy distintas que parezcan a nivel superficial, son populares por el mismo motivo: ambas nos permitan negar, evitar, evadir. Ambas son historias con las que rechazar la realidad.

Nuestras opciones para vivir en un futuro digno dependen parcialmente de nuestra habilidad de desarrollar tecnologías más sostenibles, basadas en lo mejor de nuestra ciencia, y nuestra habilidad de retomar la noción de una humanidad común que existe en el corazón de las tradiciones religiosas. La tecnología y la religión son importantes. Pero, en sus vertientes fundamentalistas, son impedimentos para un análisis honesto y para emprender acciones saludables.

Si estamos de acuerdo con todo lo expuesto hasta aquí, aún queda otra técnica de evasión recurrente: la afirmación que, tal y como señaló recientemente un investigador mediático, “los mensajes desastrosos desaniman a la gente”. Dado que la mayoría de las personas no disfrutan reflexionando sobre estos temas, es tentador razonar que no deberíamos discutir estas cuestiones de forma tan clara, no vaya a ser que algunas personas se desanimen por ello. No deberíamos rendirnos ante tal tentación.

En primer lugar, estas observaciones y conclusiones son un intento de enfrentarse a la realidad de buena fe. Desprestigiar estos temas alegando que los mensajes desastrosos no son del gusto de la mayoría es lo mismo que decir a las víctimas potenciales de un tornado que ignoren la previsión del tiempo, porque los mensajes desastrosos desaniman. Igual que no podemos prever con exactitud la trayectoria de un tornado, no podemos prever con exactitud la naturaleza y complejidad del colapso. Pero podemos tomar conciencia de que algo se aproxima y podemos prepararnos para ello de la mejor manera posible.

Segundo, evitemos la táctica fácil de desplazar nuestras debilidades intelectuales y morales hacia las mal llamadas “masas”, quienes supuestamente son incapaces de, o que directamente no quieren, enfrentarse a ello. Cuando alguien me dice: “Estoy de acuerdo con la inevitabilidad de un colapso sistemático, pero las masas no pueden soportar eso”, asumo que lo que realmente me están diciendo es: “Yo no puedo soportarlo”. Este intento de evasión es sinónimo de cobardía.

Una vez asumidos estos retos —una vez asumida la certeza de que la especie humana se enfrenta a una serie de problemas que probablemente no tengan remedio o, por lo menos, el tipo de remedios que nos permitan seguir viviendo de la misma manera—, dejaremos de estar lastrados por la resistencia de la cultura dominante. Nos esforzaremos por lograr cuanto podamos, en el lugar que vivimos, en el tiempo que nos queda. Y con esto llegamos al futuro: verde, rojo, negro y femenino.

Verde: el futuro humano, si queremos que haya un futuro, será verde; esto supone que la ecología jugará un papel determinante en toda discusión pertinente a los asuntos que afectan a la humanidad. Comenzaremos todas las conversaciones sobre todas las decisiones que podamos tomar sobre todas las facetas de la vida, reconociendo que somos una entre tantas especies dentro el entramado de ecosistemas complejos que componen la ecoesfera. Nos regiremos por las leyes de la física, la química y la biología, tal y como las entendemos a día de hoy, sabiendo que los ecosistemas de los que dependemos son mucho más complejos de lo que somos capaces de comprender. Como resultado de esta visión del mundo ecológica, actuaremos con verdadera humildad en cualquier intervención dentro de estos ecosistemas.

Rojo: el futuro humano, si queremos que haya un futuro, será rojo. Con esto quiero decir que tenemos que ser explícitamente anticapitalistas. Un sistema económico que potencia la avaricia humana y las estrategias a corto plazo, a la par que simula que no existen límites físicos para el consumo humano, es un culto a la muerte. Respaldar el capitalismo supone firmar un pacto suicida. No tenemos por qué invocar la existencia de un plan de reemplazo totalmente desarrollado que podamos coger de la estantería e implementar de inmediato; pero la ausencia de una alternativa detallada no justifica un sistema económico que no ha hecho más que intensificar el asalto de la humanidad sobre el mundo viviente que nos rodea. El capitalismo no es el sistema con el que crearemos un futuro sostenible.

Negro: el futuro humano, si queremos que haya futuro, será negro. Con esto quiero decir que hemos de rechazar la patología de supremacía blanca que, durante cinco siglos, ha moldeado el mundo en el que vivimos y sigue moldeando a quienes habitamos en él. Pero no confundamos esto con la superficialidad del “multiculturalismo”: no estoy sugiriendo que por celebrar la “diversidad” crearemos paz y armonía por arte de magia. Por contrario, hemos de reconocer que la distribución existente de riquezas es producto de un sistema de jerarquía racial patológicamente arraigado, concebido y perpetuado por la Europa blanca y sus sucedáneos (Estados Unidos, Australia, Sudáfrica).

Femenino: el futuro humano, si queremos que haya futuro, será femenino. Con esto quiero decir que hemos de rechazar la patología patriarcal que, durante varios miles de años, ha moldeado el mundo en el que vivimos y sigue moldeando a quienes habitamos en él. De nuevo, esto no ha de confundirse con las adaptaciones suavizadas y liberales de la “tercera ola” del feminismo asimiladas por la cultura dominante. Por contrario, hemos de adaptar un feminismo radical que rechace la jerarquía y la violencia de la que depende la dominancia masculina.

Mi reivindicación es la de enfrentarnos a todos estos sistemas de forma holística e integrada, que no podemos rechazar un sistema jerárquico sin rechazar todos los sistemas jerárquicos. Aferrarse a un sistema dependiente de un grupo que proclama su dominación sobre otro, menoscaba nuestra habilidad de construir un futuro digno. Hemos de desmantelar cualquier sistema basado en la lógica de la dominación.

Verde: nuestro afán por explotar el mundo viviente que nos rodea está basado en una suposición enraizada en creencias teológicas o laicas de que los humanos tenemos derecho a dominar, dada nuestra noción de que somos la especie suprema. Independientemente de que creamos que nuestros grandes cerebros provienen de Dios o del proceso evolutivo, no cabe duda de que, en términos cognitivos, somos los primeros entre todas las especies. Pero, pregúntate a ti mismo, ¿es “ser listo” lo único que valoramos dentro de la familia humana? ¿Acaso sólo nos clasificamos basándonos en nuestra habilidad cognitiva? Comprendemos que, dentro de nuestra especie, nadie tiene el derecho a dominar a otro basándose exclusivamente en el supuesto de ser más inteligente. Aun así, tratamos al mundo como si ese estatus de especie más inteligente es todo cuanto necesitamos para dominar sobre todo lo demás.

Rojo: si dejamos de lado las fantasías escritas sobre el capitalismo en los libros de economía y nos centramos en el mundo real, reconocemos que el capitalismo es un sistema de concentración de riqueza que permite a un número reducido de personas dominar no solo las decisiones económicas, sino también las políticas. Esta situación convierte nuestro supuesto compromiso con unos principios morales basados en la solidaridad, y unos principios políticos basados en la democracia, en objeto de burla. En el capitalismo, la dominación se justifica a sí misma: cuando permitimos acaparar riquezas a alguien, también le permitimos dominar a los demás sin mayor contemplación y por encima de cualquier otro valor.

Negro: por mucho que se hayan eliminado las peores prácticas legales y sociales que demarcaron y mantuvieron la supremacía blanca durante siglos, el mundo blanco jamás ha pagado su deuda con el mundo que no es blanco, prefiriendo agarrarse a su parte desproporcionada de las riquezas del planeta, extraídas a través de la violencia. Como resultado de este fracaso moral, la realidad material y el poder ideológico de la supremacía blanca sigue presente, modificado durante las décadas recientes para obsequiar ciertos privilegios a algunas de las poblaciones que otrora fueron perseguidas, siempre que la lógica dominadora del sistema no se ponga en entredicho. No nos hemos enfrentado a ello porque, para enfrentarnos honestamente, habríamos de emprender una redistribución masiva de la riqueza, tanto dentro de nuestras sociedades como a nivel global, junto a un cambio aún más dramático en la forma en la que las personas blancas se ven a sí mismas.

Femenino: no sorprende que aún no hayamos superado la jerarquía fundacional de la dominación masculina; admitir la existencia del patriarcado supone reconocer la propia dinámica de dominación y la subordinación del patriarcado. Esta dinámica, supuestamente rechazada por toda persona decente, permanece profundamente hilvanada dentro del tejido de nuestras vidas y en todas las esferas, incluyendo la sexualidad. Tomarse en serio la crítica feminista hace tambalear los cimientos de nuestras vidas cotidianas. De nuevo, la habilidad del sistema para permitir a un número limitado de mujeres dentro de los círculos de élite, siempre que acepten la lógica dominante, apenas hará mella en el patriarcado.

Este esbozo de políticas radicales no supone que cada persona tenga obligación de involucrarse en todos estos temas, eso sería imposible. Igualmente, este pequeño resumen de los sistemas de dominación/subordinación tampoco puede dar respuesta a todas las preguntas que surgen. Pero, para todo aquel que dice preocuparse por la justicia social y la sostenibilidad ecológica, quiero insistir en ciertas nociones básicas: nuestro análisis ha de tomar en cuenta todos estos aspectos de nuestras vidas; si tu análisis no lo hace, tu análisis está incompleto, y un análisis incompleto no puede ser la base de un cambio sustancial y significativo. ¿Por qué?.

Si la historia del futuro humano no es verde, entonces no habrá futuro. Si la historia no es roja, no puede ser verde. Si podemos reestructurar nuestra visión del mundo en torno a un nuevo concepto de ecología y economía, existe una oportunidad de que podamos rescatar algo. Pero no podremos continuar de la misma manera que antes; al reconfigurar nuestras expectativas, tenemos que abandonar esa noción tan arraigada sobre expansión continúa de nuestras riquezas.

Esto supone el comienzo de una narrativa en la que subsistimos con cantidades dramáticamente reducidas y en todos los sentidos. La narrativa verde y la narrativa roja describen un relato de limitaciones. Si aspiramos a mantener nuestra humanidad dentro de una época de contracción, esos límites han de ser aceptados por todos, el lastre compartido entre todos. Y esa narrativa solo funcionará si es negra y femenina. Sin un rechazo de la lógica dominadora de la explotación ecológica y el capitalismo, no tendremos futuro. Sin un rechazo de la lógica dominadora de la supremacía blanca y el patriarcado, no tendremos un futuro digno de vivir.

Cuando alguien dice: “Lo único que importa ahora mismo es la sostenibilidad ecológica” (reafirmando la primacía del verde), hemos de dejar bien claro que tal sostenibilidad es imposible dentro del capitalismo. Cuando alguien dice: “Lo único que importa es una economía de estado estacionario” (reafirmando la primacía del rojo), hemos de dejar bien claro que este estado estacionario es moralmente inaceptable dentro de la supremacía blanca y el patriarcado. Cuando alguien dice: “Tanto hablar de sostenibilidad no ayuda a las personas subordinadas que sufren hoy en día” (reafirmando la primacía del negro y lo femenino), hemos de dejar bien claro que cualquier logro de justicia social dentro de un sistema en declive rápido es una sentencia de muerte para las generaciones futuras.

Cada vez que alguien quiera reducir el alcance de nuestra investigación para aliviar un poco el día a día, hemos de dejar bien claro que el día a día no es el objetivo. La noción “del día a día” puede ser de gran utilidad para un individuo que esté recuperando una adicción, pero es un callejón sin salida para una especie al borde de cambios tan dramáticos como potencialmente irrevocables.

Cada vez que alguien quiera pensar a largo plazo pero reduciendo el alcance de nuestra investigación para facilitar el análisis de un problema específico, hemos de dejar bien claro que arreglar un problema específico no va servirnos de nada. La noción de “reparar los sistemas rotos, uno a uno” puede ser una estrategia política razonable a corto plazo en un mundo estable donde aún queda tiempo de acometer una trayectoria de cambio a largo plazo, pero es un callejón sin salida en el mundo inestable en el que vivimos.

Hablando claro: ninguna de estas observaciones pretende fomentar la parálisis o la pasividad. No argumento que no haya nada que hacer, nada que merezca la pena hacer, nada que no se pueda hacer para mejorar las cosas. Estoy diciendo que no se puede hacer nada para evitar un cambio dramático, un cambio de magnitud que solo puede ser descrito con la palabra “colapso”. Lo que podemos hacer solo merecerá la pena ser hecho si aceptamos esa realidad. En vez de preguntarnos cómo podemos salvar todo esto, deberíamos preguntarnos cómo podemos mantener nuestra humanidad en medio de estos cambios.

Una vez liberados de la obligación de conjurar soluciones mágicas, la vida se vuelve más sencilla, y es más fácil comprender nuestras opciones: aprender a vivir con menos; dejar de lado la retórica vacía sobre el “capitalismo con conciencia”; cruzar las fronteras de raza, etnia, clase y religión que normalmente mantienen apartadas a las personas; asegurar que tanto el espacio público como el privado esté libre de violencia masculina; reconocer que la construcción de redes locales e instituciones que potencien la resiliencia son parte fundamental de cualquier proyecto en el que decidamos formar parte.

Esto lo hemos hecho nosotros

Si todo esto parece más de lo que se puede soportar, es porque lo es. Da igual lo dañados que estemos como individuos, nadie ha hecho nada para merecer esto. No deberíamos por qué tener que soportarlo. Pero esto lo hemos hecho nosotros, los humanos, colectivamente. Y lo llevamos haciendo dese hace mucho tiempo, miles de años, desde que la invención de la agricultura amputó nuestra relación natural con el mundo viviente que nos rodea.

Las malas noticias: los efectos de nuestros fracasos se están acumulando y puede que esta vez no seamos capaces de escapar de la trampa, tal y como hemos hecho ya tantas veces en el pasado.

Las buenas noticias: no somos los primeros humanos que han mirado a la realidad honestamente para mantener la firmeza en el cometido de regresar a una relación apropiada.

La historia que tenemos que contar es una historia profética y tenemos una tradición profética en la que inspirarnos. Fijémonos en la lección de Jeremías en la Biblia hebrea, que no tuvo pudor al hablar de la profundidad de su tristeza: “Mi tristeza no tiene remedio, mi corazón desfallece en mí” (Jeremías 8:18). Tampoco tuvo miedo al hablar de lo severo del fracaso que incitó esa tristeza: “Quebrantado estoy por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo; entenebrecido estoy, espanto me ha arrebatado” (Jeremías 8:21).

Además de la tradición profética, tenemos que estar dispuestos a invocar la tradición apocalíptica, reconociendo que hemos perdido el camino, que no hay manera de regresar a una relación justa con los sistemas en los que vivimos. La voz profética advierte a las personas de nuestros fallos dentro de estos sistemas, y la tradición apocalíptica puede ser entendida como una llamada para abandonar cualquier esperanza de retener estos sistemas. Las historias que nos hemos contado sobre cómo retener nuestra humanidad en esos sistemas han de ser reemplazadas por historias sobre cómo retener nuestra humanidad en la búsqueda de nuevos sistemas.

Tenemos que rechazar narrativas sobre milagros de última hora, ya sean de origen divino o tecnológico. No hay nada provechoso en el pensamiento mágico. Las nuevas historias requerirán imaginación, pero una imaginación asentada sobre los límites físicos de la ecoesfera. Cuando contamos historias que nos hacen creer que lo irreal puede ser real, esas historias son frutos del delirio, no de la imaginación. No nos ayudan a comprendernos a nosotros mismos ni a nuestra situación, prefiriendo tan solo favorecer la comodidad ilusoria que acarrea la falsa esperanza.

Finalmente, otra pequeña buena noticia: si tu corazón está enfermo y tu tristeza está más allá de una cura, estate agradecido. Sentir esta tristeza supone habernos enfrentado a una verdad sobre nuestro mundo caído. No estamos salvados, y puede que no seamos capaces de salvarnos a nosotros mismos, pero cuando nos enfrentamos a aquello que ni siquiera somos capaces de soportar, reafirmamos nuestra humanidad. Cuando nos enfrentamos a la realidad dolorosa de que no queda esperanza, es el momento en el que nos ganamos el derecho a la esperanza.


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