Tagged: Decrecimiento

La paradoja del capitalismo y la estrategia revolucionaria magnética

Magnetism

Este artículo publicado por Alex Knight en su blog The End of Capitalism propone una interesante teoría sobre cómo nos enfrentamos a la paradoja vital que, según él mismo, supone el sistema económico en que estamos actualmente inmersos, y cómo podríamos mejorar dicho enfoque para conseguir verdaderos cambios.


1. Existe una paradoja en el corazón de esta estructura de poder global en la que vivimos, conocida como capitalismo. Es el resultado de dos verdades contradictorias.

2A. La primera verdad es que el capitalismo está destruyendo nuestro planeta. Nos está matando a través del calentamiento global, la extinción de las especies, el empobrecimiento, el racismo, el sexismo, la homofobia, la propaganda, la guerra, el creciente Estado de la seguridad, el aislamiento computarizado y mucho más.

2B. La segunda verdad es que dependemos del capitalismo para nuestra supervivencia inmediata. Ya sea a través de los salarios, las pensiones o los servicios sociales, nuestra subsistencia depende de los ingresos que nos proporciona el mismo sistema que nos está matando.

3A. A la mayoría de nosotros nos gustaría dejar de tener que hacer frente a esta paradoja, así que nos escudamos en la apatía, el nihilismo y el cinismo. Aceptamos dejarnos llevar por la fantasía que nos ofrece el sistema y silenciamos nuestro conocimiento intrínseco de las profundas injusticias que impregnan el mundo real.

3B. Algunas almas valientes entre nosotros se enfrentan a la primera verdad y, por ello, hacen lo que pueden para evitar ser cómplices del engranaje de muerte y destrucción. Es posible que adopten una dieta ética, frenen sus hábitos de consumo, o incluso intenten vivir ‘desenchufados’ de los suministros urbanos (al menos en la medida en que se lo permita la estructura de poder global, cuyos tentáculos llegan a todos los rincones de la Tierra). Llevado hasta el extremo, esta es la ruta del escapismo. Su objetivo es la pureza moral, huir de la culpa, la satisfacción individual de saber que ya no formas parte del problema.

Aceptamos dejarnos llevar por la fantasía que nos ofrece el sistema y silenciamos nuestro conocimiento intrínseco de las profundas injusticias que impregnan el mundo real.”

El fallo del escapismo es que eludir la responsabilidad del problema también significa eludir la responsabilidad de la solución. Puede que encuentres tranquilidad en esa postura moral, pero, con o sin tu participación, el capitalismo continúa su marcha, destruyendo miles de millones de vidas.

3C. Un grupo diferente de personas está más concienciado con la segunda parte de la paradoja: el hecho de que estamos atrapados en este sistema, sea como sea de malo, y por tanto lo mejor que podemos hacer es mejorarlo o hacerlo más justo. Posiblemente luchen por cambios en la política a través de grupos de presión o incluso presentándose a las elecciones. En su forma pura, esta es la ruta del reformismo. El objetivo es trabajar “dentro del sistema”, influenciar a la gente en el poder y, tal vez, con el tiempo, convertirse en uno de ellos. En teoría, una vez en una posición de poder, podrían ser capaces de dirigir el barco en una nueva dirección.

El fallo del reformismo es que necesita que abandonemos nuestros ideales para derribar realmente el sistema o crear un mundo sin capitalismo. No hay nada malo en mejorar la vida dentro del sistema, pero cuando nos convertimos en parte del sistema nos traicionamos a nosotros mismos y ya hemos perdido.

4. Por sí mismos, ninguno de estos dos polos, escapismo o reformismo, nos ofrece esperanza alguna de abolir el capitalismo y salvar nuestro mundo. Sin embargo, ninguna otra manera de proceder puede existir sin ambos elementos. En vez de escapar de esta paradoja, si aceptamos lo absurdo de nuestra situación podemos aprovechar la energía de la contradicción para crear algo nuevo.

Imagina esos dos polos llevando corrientes eléctricas en direcciones opuestas –una es “negativa”, la otra “positiva”–. Si las ponemos cerca la una de la otra, se creará un campo magnético. Si un imán se colocara entre los dos polos, tendería a girar de tal forma que se alinearía con el campo magnético. Tesla descubrió que un campo magnético no necesita ser estático, con lo que el imán no tendría que permanecer inmóvil una vez alineado. Si las corrientes eléctricas generadas por el campo son corrientes alternas (AC), queriendo eso decir que su polaridad cambia de un lado a otro, el imán tendrá que mantenerse girando para adaptarse al campo magnético en movimiento permanente. La cadencia puede ser alineada de tal forma que el imán podrá girar a gran velocidad, aprovechando la energía de cada polo alterno a medida que supera el giro. Así es como funciona un motor eléctrico.

Como sucede en este ejemplo teórico, la revolución real debería ser posible si hacemos uso del campo magnético invisible entre los polos opuestos. Más que descartar entre escapismo o reforma debido a sus obvias deficiencias, habría que considerar la energía vital que gira alrededor de cada una. El ímpetu de confrontar y hacer cambios en el sistema nos puede empujar lejos del individualismo para acercarnos a las necesidades ecológicas y sociales. A la inversa, el deseo de escapar de la sujeción del sistema puede motivarnos a crear modos autónomos de supervivencia y reproducción que no sean dependientes del beneficio o de las subvenciones de las fundaciones.

¿Cómo podríamos orientar del mejor modo nuestra política para ganar impulso desde esas alas magnéticas sin llegar a estancarnos en una rutina estática que nunca genera energía? ¿Podemos tomar impulso tanto del escapismo como de la reforma, sin llegar a convertirnos ni en escapistas ni en reformistas?

 

Magg5. Creo que una política revolucionaria necesita una estrategia para abrir caminos con el fin de que millones de personas normales puedan movilizarse y empoderarse a sí mismas. Sin duda, esto no requiere que todo el mundo haga lo mismo, sino que cada cual nos empeñemos en liberar nuestro conocimiento del mundo y de nosotros mismos. Todos los que leen este ensayo probablemente ya están haciendo esto, creando proyectos que nos elevan de modo tangible aunque insuficiente, ya sea cuidando un jardín, organizando una campaña sobre un tema específico o escribiendo un blog.

Lo que falta es la alternancia de corrientes, o mejor dicho, la circulación de luchas. De nada nos sirve especializarnos en un campo revolucionario y convertirnos en expertos atrincherados en un rol inmóvil. El movimiento depende de la interrelación de fuerzas divergentes, y principalmente del fortalecimiento de relaciones a través de la diferencia. [1].

¿De qué forma nos desafiamos constantemente a aprender nuevos modos de producir cambios? ¿De qué manera socializamos nuestros proyectos para que no dependan únicamente de nuestros propios esfuerzos? ¿Cómo encaramos a aquellos que ven el mundo desde una perspectiva contraria a la nuestra y cómo los aceptamos en nuestras vidas? Y de forma similar a los imanes, ¿de qué manera estamos construyendo un impulso duradero a largo plazo a base de alternar la movilización tanto de energía negativa en forma de ira y rabia contra el sistema que nos domina, como de energía positiva en forma de reproducción comunal y de la supervivencia fuera del sistema?

6. En la práctica, dado el grado de abatimiento/contracción en que se encuentran los movimientos sociales en este país, debemos ser realistas en cuanto a los desafíos que supondrá el afrontar una estrategia bidireccional.

¿Cómo luchar contra un sistema basado en los beneficios económicos para garantizar nuestra supervivencia (y dejar de hacer tanto daño), por ejemplo a través de la asistencia sanitaria universal, al tiempo que construimos estructuras reproductivas comunales que proporcionen alimentos, vivienda, sanidad, cuidado de niños, información, apoyo a la salud mental, etc., fuera de la lógica del beneficio? ¿Todo ello mientras enajenamos nuestra mano de obra a nuestro día a día laboral simplemente para sobrevivir y mantener intactas nuestras familias? ¿De dónde sacaremos las energías?

“¿Podemos mantener nuestros corazones revolucionarios ardiendo con la esperanza de un futuro liberado cuando el sistema es tan competente a la hora de ignorar y asfixiar nuestros esfuerzos, e incluso cuando nuestros movimientos se autodestruyen por nuestros propios fallos y nuestra cobardía?”

¿Podemos evitar las trampas de una postura moralizante y aceptar que la gente tiene necesidades reales y percibidas que sólo pueden satisfacerse a través de la participación en el sistema? ¿Podemos implementar prácticas de justicia restaurativa para asumir nuestra responsabilidad por actitudes y comportamientos opresivos sin tener que depender del sistema penitenciario? ¿Podemos mantener nuestros corazones revolucionarios ardiendo con la esperanza de un futuro liberado cuando el sistema es tan competente a la hora de ignorar y asfixiar nuestros esfuerzos, e incluso cuando nuestros movimientos se autodestruyen por fallos y cobardía propia?

Yo creo que podemos, si aceptamos el reto de construir una estrategia magnética, auto-reproductiva y revolucionaria. Si continuamos reajustando nuestras prácticas para alinearnos mejor con las cambiantes necesidades ecológicas y sociales que nos rodean, creo que al final nos aportará más energía de la que demanda, en forma de nuevas relaciones, conocimientos nuevos y nueva auto-confianza. Si podemos orientar nuestros movimientos de modo que ofrezcan a la gente medios para una verdadera autonomía y auto-realización, si pueden descubrirse a ellos mismos y a una humanidad más profunda a través de la implicación en una lucha, entonces creo que el proceso atraerá a cada vez más gente y el verdadero poder empezará a fluir.

¿Qué queremos decir cuando hablamos de poder? No estamos intentando construir un nuevo sistema de ‘poder-sobre’ que pueda destruir el viejo capitalismo y crear una dominación más eficiente. Nuestro objetivo es la descentralización del poder en forma de ‘poder-con’ [2]Esto significa que mientras nuestros esfuerzos circulan y se combinan entre sí, deben hacerlo en modos no jerárquicos y probablemente no permanentes. El objetivo no es que algunos de nosotros lo resolvamos todo y salvemos el mundo en nombre de todos: el objetivo es que cada uno, cada persona, cada comunidad se empodere por sí misma en conexión con un proceso espiral y dinámico de auto-liberación.

7. Vivimos en un mundo paradójico; las verdades más importantes son las más difíciles de descubrir y el mundo entero está ahogándose en mentiras. ¿Cómo podemos esperar soluciones fáciles y unipolares a nuestro atolladero actual? Cuanto más simple y más mercantilizable es una idea, más vacía tiende a estar. La verdad vive en la complejidad y en la contradicción. Para liberar al mundo y a nosotros mismos, debemos ser capaces de sostener a la vez dos opuestos en nuestra mente, reconociendo que ninguno es suficiente y, sin embargo, ambos son necesarios.

Por alguna razón, los latinoamericanos parecen estar mejor equipados para manejar la paradoja que nosotros los norteamericanos, ensimismados en perseguir la pureza. Los zapatistas lo entienden bien: “Caminando, preguntamos”[a]“Lidera obedeciendo”, “Un mundo en el que caben muchos mundos”.

Y este ensayo ha sido inspirado por el poeta nicaragüense Rubén Darío, autor de estas hermosas palabras que describen perfectamente nuestro dilema:

“¡Si me lo quitas, me muero; si me lo dejas, me mata!”


Notas del artículo original

[1].  Audre Lorde describió una analogía muy similar en el ensayo “The Master’s Tools Will Never Dismantle the Master’s House” (literalmente Las herramientas del amo nunca desmantelarán la casa del amo”)

“La diferencia no debe ser meramente tolerada, sino que debe ser vista como un fondo de polaridades necesarias entre las cuales nuestra creatividad puede desatarse/prender como una dialéctica”.

[2].  Starhawk en su libro clásico “Dreaming the Dark” (literalmente Soñando la oscuridad) distinguía entre ‘poder-sobre’ y ‘poder-dentro’. Prefiero ‘poder-con’ porque quiero enfatizar el hecho de que nos empoderamos a través de nuestras conexiones a otras personas y a la naturaleza.

N. del T.

[a].  Esta sería la traducción correcta respetando las palabras del autor, aunque en realidad la frase zapatista dice “preguntando caminamos”.

Artículo traducido por Cristopher Morales y editado por Susana Oñate y Paulina Castellanos – Guerrilla Translation!
Imágenes: Dayna MasonWindell Oskay

Cómo el crecimiento económico se ha vuelto anti-vida

8545005940_b974375e26_o

Vandana Shiva es una científica, filósofa y escritora india. Gracias a su andadura de más de 40 años en pos del activismo, se ha convertido en una representante muy importante del ecofeminismo.

En 1982 creó la Fundación para la Investigación Científica, Tecnológica y Ecológica. Entre las variadas iniciativas que maneja (biodiversidad, compromiso de las mujeres con el movimiento ecologista, regeneración del sentimiento democrático, etc.) destaca el programa Navdanya. Su nombre significa “nueve cultivos” y es una organización revolucionaria constituida por ecologistas y agricultores indios cuya iniciativa principal es el impulso y difusión de la agricultura ecológica a través del apoyo a agricultores locales y el  rescate y conservación de los cultivos que están siendo empujados hacia la extinción.

Vandana_shiva_20070610Actualmente es líder del Foro Internacional sobre la Globalización, así como miembro destacado del movimiento antiglobalización, desde donde lucha activamente contra la política neoliberal de globalización y a favor de los derechos de los pueblos, denunciando que la codicia de las corporaciones usurpan los recursos naturales, como la tierra y el agua, y violan los derechos fundamentales de la gente. En su libro reciente Manifiesto por una democracia de la tierra, Vandana ha propuesto el concepto y la causa de la democracia de la tierra como alternativa al capitalismo.

Para desarrollar su tesis ecofeminista plantea varias ideas como la presentada en el siguiente artículo, originalmente publicado en The Guardian: el desarrollo de otro tipo de herramientas más allá del Producto Interior Bruto (PIB) que evidencien la mejora en el desarrollo de las poblaciones.


La obsesión por el crecimiento ha eclipsado nuestras  preocupaciones por la sostenibilidad, la justicia y la dignidad humana. Pero las personas no son desechables; el valor de la vida no radica en el desarrollo económico. El crecimiento económico oculta la pobreza que genera a través de la destrucción de la naturaleza, que a su vez desemboca en comunidades incapaces de autoabastecerse.”

El crecimiento ilimitado es la fantasía de economistas, empresas y políticos, quienes lo consideran una medida de progreso. Como consecuencia, el producto interior bruto (PIB) —que supuestamente mide la riqueza de las naciones— se ha convertido en la cifra más poderosa y en el concepto más dominante de nuestros tiempos. Sin embargo, el crecimiento económico oculta la pobreza que genera a través de la destrucción de la naturaleza, que a su vez desemboca en comunidades incapaces de autoabastecerse.

El concepto de crecimiento fue propuesto como medida para movilizar los recursos durante la Segunda Guerra Mundial. El PIB se basa en la creación de un límite artificial y ficticio, dando por hecho que producir lo que se consume no es producir. En efecto, el “crecimiento” mide la transformación de la naturaleza en dinero y del patrimonio común en mercancías.

De esta forma, los asombrosos ciclos naturales de renovación del agua y de los nutrientes se clasifican como no productivos. Los campesinos del mundo, que nos proporcionan el 72% de los alimentos, no producen. Las mujeres que cultivan el campo o hacen la mayoría de las tareas domésticas tampoco encajan en este paradigma de crecimiento. Un bosque vivo no contribuye al crecimiento, pero cuando se talan y se venden sus árboles como madera, entonces sí hay crecimiento. Las sociedades y comunidades saludables no contribuyen al crecimiento, pero la enfermedad origina crecimiento a través de la venta de medicamentos patentados, por ejemplo.

Si el agua estuviera disponible como bien común compartido libremente y protegido por todos, habría suficiente para todos. Sin embargo, eso no origina ningún crecimiento. Pero cuando Coca-Cola abre una planta industrial, extrae el agua y rellena botellas de plástico con ella, la economía crece, si bien este crecimiento se basa en la creación de pobreza, tanto para la naturaleza como para las comunidades locales. El agua que se extrae por encima de la capacidad de la naturaleza para renovarse y recargarse genera escasez de agua. Las mujeres se ven obligadas a andar distancias cada vez mayores en busca de agua potable. En la aldea de Plachimada, en Kerala, cuando la distancia que debían recorrer en busca de agua llegó a los 10 km, Mayilamma —una mujer de la comunidad tribal— dijo basta: “No podemos caminar más lejos: la planta de Coca-Cola debe cerrar”. Al final, el movimiento emprendido por las mujeres desembocó en el cierre de la planta industrial.

Del mismo modo, la evolución nos ha regalado la semilla. Los agricultores la han seleccionado, cultivado y diversificado; es la base de la producción alimentaria. Una semilla que se renueva a sí misma y se multiplica produce, además de alimentos, semillas para la próxima temporada Sin embargo, no se considera que las semillas cultivadas y cuidadas por los agricultores contribuyan al crecimiento. Originan y renuevan vida, pero no producen beneficios. El crecimiento empieza cuando las semillas se modifican, se entrecruzan genéticamente, lo que obliga a los agricultores a comprar más cada temporada.

La naturaleza se empobrece, la biodiversidad se deteriora y un recurso común y gratuito se transforma en una mercancía patentada. La compra anual de semillas supone el endeudamiento asegurado para los campesinos pobres de la India. Desde la instalación de los monopolios de semillas, la deuda de los agricultores ha aumentado. Más de 270.000 agricultores indios atrapados en la trampa de la deuda se han suicidado desde el año 1995.

El modelo dominante de desarrollo económico se ha vuelto anti-vida. Cuando las economías se miden exclusivamente en términos de flujo monetario, los ricos se hacen más ricos y los pobres, más pobres. Y aunque el rico sea rico a nivel monetario, es también pobre en el sentido más amplio de lo que significa ser humano.”

La pobreza también se extiende cuando los sistemas públicos se privatizan. La privatización del agua, la electricidad, la sanidad y la educación sí genera crecimiento mediante beneficios. Pero también origina pobreza al obligar a las personas a gastar grandes cantidades de dinero en bienes y servicios que estaban a su alcance a precios razonables como bien común. Cuando todos los aspectos de la vida se comercializan y mercantilizan, la vida se encarece y la gente se vuelve más pobre.

Tanto la ecología como la economía surgen de la misma raíz: “oikos”, palabra griega que significa casa. Cuando la economía se centraba en lo doméstico, reconocía y respetaba sus cimientos basados en los recursos naturales y los límites de la renovación ecológica. Se centraba en satisfacer las necesidades humanas básicas dentro de esos límites. La economía basada en el hogar también era gestionada por la mujer. Hoy en día, la economía es algo ajeno y opuesto a los procesos ecológicos y las necesidades humanas. Mientras la destrucción de la naturaleza se justifica en aras de la creación de crecimiento, aumentan la pobreza y la expropiación. Al mismo tiempo que insostenible, es también económicamente injusto.

El modelo dominante de desarrollo económico se ha vuelto anti-vida. Cuando las economías se miden exclusivamente en términos de flujo monetario, los ricos se hacen más ricos y los pobres, más pobres. Y aunque el rico sea rico a nivel monetario, es también pobre en el sentido más amplio de lo que significa ser humano.

Mientras tanto, las exigencias del actual modelo económico están derivando en guerras por recursos como el petróleo, el agua y la comida. El desarrollo insostenible implica tres niveles de violencia: el primero es la violencia contra la tierra, que se manifiesta como crisis ecológica; el segundo es la violencia contra las personas, que se refleja en pobreza, indigencia y desplazamientos; y el tercero es la violencia de las guerras y los conflictos, cuando los poderosos echan mano a recursos que se encuentran en otras comunidades y países para saciar sus apetitos ilimitados.

El aumento del flujo monetario en función del PIB se ha desvinculado del valor real, pero aquellos que acumulan recursos financieros pueden reclamar los recursos reales de la gente: sus tierras, su agua, sus bosques y sus semillas. Esta sed les lleva a  saquear la última gota de agua y el último centímetro de tierra del planeta. No se trata del fin de la pobreza. Es el fin de los derechos humanos y la justicia.

Los premios Nobel de economía Joseph Stiglitz y Amarty Sen han admitido que el PIB no refleja la condición humana e instado a la creación de diferentes herramientas que midan el bienestar de las naciones. Esa es la razón por la que países como Bután han adoptado el índice de felicidad nacional bruta en lugar del producto interior bruto para calcular el progreso. Necesitamos crear medidas más allá del PIB y economías más allá del supermercado global para revitalizar la riqueza real. Debemos recordar que la verdadera moneda de la vida es la vida misma.

Artículo traducido por Lara San Mamés y editado por Arianne Sved – Guerrilla Translation!

Imagen de Thierry Ehrmann.

El activismo profesional como impedimento a la liberación

Descolonización de las mentalidades y estrategias del movimiento ecologista establecido por Henia Belalia

Es desconcertante encontrar tan pocos rostros entre las figuras prominentes del movimiento medioambiental que realmente reflejen las realidades y la experiencia de quienes sufren la peor parte del colapso climático. Hay estudios que muestran que más del 90% de los desastres naturales acontecidos desde 1990 han ocurrido en países pobres y que globalmente las comunidades de color sufren los impactos de la contaminación del agua, la tierra y el aire de manera desproporcionada. Las cifras, asimismo, revelan que los hogares con bajos ingresos sufren las peores consecuencias de estos desastres debido a factores como la falta de infraestructura o la inestabilidad económica.

Aun así, las personas que toman las decisiones estratégicas siguen sentadas en salas de reunión climatizadas, esperando que sus conversaciones allanen el terreno para un cambio profundo y sistemático. En estas reuniones, la presencia de los más afectados por las adversidades socioeconómicas y la degradación medioambiental brilla por su ausencia. Esta desconexión produce un abismo inquietante. Quienes nos sentimos frustrados ante esta situación llevamos una década recurriendo a un análisis y a unos parámetros de acción más profundos, como son los de la Justicia Climática. La definición de Justicia Climática es una tarea continua. Honrarla e integrarla es una lucha de por vida.

Enfrentarnos a la raíz de las causas (léase, radical) de la crisis climática, supone admitir que la degradación medioambiental agrava las injusticias económicas, raciales y sociales ya existentes –una interconexión crítica para la definición de nuestro análisis y nuestras acciones. Para lograrlo de verdad, quienes defendemos la tierra y la justicia tenemos que denunciar los sistemas de opresión que componen esta estructura capitalista, y basar nuestra estrategia en las comunidades que más han sufrido el impacto de la colonización, el militarismo y la pobreza.

Esto supone construir movimientos que agrupen una variedad de conflictos, yendo más allá de las divisiones de raza, clase y género; a la par que se potencian las voces de los históricamente marginados: poblaciones indígenas, comunidades de color, la comunidad LGBT y los que están por debajo del umbral de la pobreza. Lograrlo requerirá una descolonización radical tanto de mentalidades como de instituciones profesionales.

En este país, para muchos, la resistencia no es una opción, y mucho menos una moda; sino la única manera de sobrevivir.

Caminar por las calles del norte de Filadelfia es descorazonador. Las calles devastadas de una ciudad olvidada, su carisma y sus gentes relegadas a nada por la negligencia por las élites corporativas y gubernamentales del Estado: solares vacíos, docenas de colegios cerrados, largas y desesperanzadoras listas de espera para acceder a una educación pública. Mientras, a través del abismo invisible y ajeno a todo, las luces siguen rutilando y se descorchan botellas de champán.

En el vecindario de Far Rockaway, en Queens, Nueva York, me topo con heridas aún sangrantes que yacen abiertas al viento; los recuerdos del huracán Sandy desperdigados sobre los escombros que cubren las aceras; los negocios cerrados y el asfalto desigual; el hospital de la zona está a punto de cerrar; la encarcelación masiva de nuestros hermanos, padres y amantes de color crea círculos viciosos de deuda, droga y violencia callejera, que conducen en línea recta desde un hogar empobrecido la celda gris de una prisión.

Los centros de detención no dan abasto, colmados de jóvenes aterrados y despojados de sus familias, muchos esperando a que les deporten a países que no han pisado desde la infancia. Pisoteamos la tierra de naciones indígenas y culturas que llevan sobreviviendo 500 años de genocidio étnico y cultural a través de internamientos, esterilizaciones involuntarias de sus mujeres y tratados rotos.

Son los rostros marginados de la resistencia. Los guerreros cuyas experiencias vitales y el mero hecho de su supervivencia no sólo deberían impulsar la trayectoria de nuestros movimientos, sino inevitablemente determinar el éxito de nuestra lucha por la liberación colectiva.

En cambio, dentro de la corriente cultural existente, la organización comunitaria se ha convertido en un modelo profesional, mientras que la lucha contra la opresión se pone de moda o, peor aún, se vuelve rentable. Hay quien empieza a expresarse en un lenguaje políticamente correcto, aprendido de puntillas en un curso, mientas que gran parte de la lucha en contra de la opresión no va más allá de lo superficial; vaciada de cualquier análisis verdadero de la confluencia entre raza, clase y género. Como resultado, las grandes organizaciones no gubernamentales contratan a unas pocas personas de color, encomendadas con una labor simbólica desempeñada bajo la expectativa silenciosa de que hablarán en nombre de otros hermanos y hermanas de su misma raza. Mientras tanto, las puertas del movimiento medioambiental y climático y las oportunidades que conllevan permanecen fuera del alcance de quien proviene dé hogares de bajos ingresos o carece de estudios universitarios.

Esto fue un despertar muy abrupto para alguien que se había dejado seducir por una carrera en el activismo social y su falsa promesa de liberación. Como mujer emigrante y de color, y a menudo etiquetada como “de los árabes buenos”, tendría que crear mi propio espacio antes de convertirme en una voz relevante dentro el movimiento, como ya hicieron muchas otras antes que yo. Esto también exigía el tomar responsabilidad por una serie de privilegios, tales como mi educación universitaria y el acceso a unos recursos que están fuera del alcance de, prácticamente, toda mi familia.

La especialización profesional del activismo ha creado un “Complejo Industrial sin Ánimo de Lucro” (CISADL) que, más que promocionar, hace peligrar los movimientos liberadores. En Power Shift 2011, una conferencia climática que reunió a miles de jóvenes, había una división física literal entre los talleres de los universitarios (casi todos blancos y de clase media) y las comunidades de a pie de calle (casi todos jóvenes de color y de hogares pobres). Dado que les asignaron talleres y programas distintos, sólo coincidieron durante las ponencias.

Este año, en la misma conferencia, se prometieron los fondos para la comida y el transporte a varias delegaciones de jóvenes marginados (Las juventudes Lakota de la reserva de Pine Ridge y los Dream Defenders de Florida). Los fondos o no llegaron, o sólo se entregaron parcialmente. Estas prácticas son contraproducentes para el cambio social, dado que perpetúan la misma opresión sistemática contra la que estamos luchando.

Mientras tanto, las ONGs compiten por sumar miembros y campañas victoriosas, apresurándose a obtener resultados cuantificables con los que demostrar ante sus contribuyentes que merecen recibir más dinero. En un período de nueve años, los grandes grupos ecológicos recibieron más de diez mil millones de dólares en fondos, con tan sólo un 15% de las becas (entre el 2007 y el 2009), destinadas a comunidades marginales. Esto es una discrepancia abominable, especialmente porque más dinero supone más gastos institucionales y de infraestructura, algo que a menudo conlleva compromisos y medias tintas. Esta infraestructura de financiación jerárquica ignora por completo la historia de la resistencia popular; que los cambios sociales a gran escala surgen de los movimientos de base y que el auténtico liderazgo nace de personas oprimidas con un interés personal en la lucha por la libertad.

Es difícil concebir un levantamiento popular surgido de la comodidad de una gente habituada a una nómina y a la estabilidad de una organización; estas voces no deberían dominar el discurso. A menudo contemplamos la imagen del activista profesional chillando a través de un megáfono y pidiendo un endurecimiento del conflicto para llevarlo a las calles. Se trata de una llamada que congrega adeptos, ahora que las economías se tambalean, los desastres naturales se multiplican y los países se ven desgarrados por las guerras.

¿Pero qué ocurre cuando una organización como MoveOn.org hace suyo el mensaje popular de Occupy para anunciar talleres de acción directa a lo largo y ancho del país; pero desaconseja que los monitores promuevan la desobediencia civil, debido a su política interna. O cuando el Natural Resources Defense Council (NRDC o Consejo para la defensa de los recursos naturales) y la World Wildlife Fund (WWF) trabajan codo con codo con la industria del combustible fósil (estos últimos satisfechos de comprar su silencio y, de paso, delimitar el campo de acción de la oposición).O cuando 350.org hace un llamamiento a intensificar la resistencia contra el oleoducto Keystone XL, y obtiene fondos gracias a las acciones de sus socios, pero que cuando estos activistas que lo han arriesgado todo se enfrentan con una posible acusación por delitos graves, les retira el apoyo debido a una falta de previsión organizativa y de infraestructura adecuada? Estos ejemplos ponen en evidencia la gravedad de la desconexión y la ineptitud para construir relaciones genuinas con los más afectados.

Con sus voces altisonantes y grandes presupuestos, el mensaje de los profesionales eclipsa la llamada de la acción de la calle. Puede que esta llamada no se amplifique a través de megáfonos o aparezca en las portadas de las páginas web, pero se escucha a través de vecindarios, centros de detención, prisiones, reservas indígenas, refugios para personas sin hogar y bloques de apartamentos destartalados.

La pregunta es, ¿cuál será la respuesta de la opinión pública cuando el grueso de las comunidades afectadas tome la calle? ¿Cuando las comunidades de color reclamemos nuestro poder y no cedamos más terreno? ¿Tendremos un movimiento preparado y dispuesto a demostrar solidaridad genuina y concienzuda?

Mientras que a todo el mundo se le llena la boca hablando de luchar contra la opresión y cómo superarla, no podemos olvidar que trabajar junto a víctimas de represión histórica no sirve para expiar culpas, alimentar los egos o promover una agenda personal.

Andrea Smith, en un artículo reciente, se refiere a esto como “…la creación de un ‘complejo de culpabilidad industrial’, creado en torno a la confesión profesional del privilegio de clase”. Esta práctica expiatoria perpetúa los desequilibrios del poder centrándose en las voces y en la experiencia de grupos históricamente privilegiados, elevándolos ahora al rol de confesores benévolos. Esta labor “anti opresora” de la que habla Smith no sirve para nada.

Desde Naomi Klein a Van Jones, desde los organizadores de las protestas contra la OMC en 1999 a las personas bloqueando el oleoducto Keystone XL en Texas, el mensaje es el mismo: el Complejo Industrial sin Ánimo de Lucro ha de profundizar en su análisis de clase, enfrentarse a la supremacía blanca dentro de sus propias instituciones, y relegar el síndrome de “redentor colonialista” al olvido. Los activistas profesionales tienen que cuestionar el privilegio institucionalizado y estructural de sus propias organizaciones en cuestiones tales como la difusión mediática, los recursos, su influencia y el espacio que ocupan.

¿Qué pueden hacer los activistas profesionales para descolonizar los movimientos establecidos? Poner sus recursos financieros en mano de las comunidades que más lo necesitan, en vez de alimentar las cuentas bancarias de organizaciones multimillonarias. Abrir espacios en el proceso de toma de decisiones para que los que luchan por la libertad a pie de calle, en vez invitarles a salir en la foto cuando ya se ha determinado la estrategia. Quitarse de en medio cuando hablan los que tienen una historia que contar, en vez de redactar estudios sobre su experiencia. Invertir tiempo en aprender y practicar alianzas verdaderas sin caer en esteticismos condescendientes.

Si queremos mantener la integridad, este proceso no puede inspirarse en un afán de reconocimiento personal o de organizaciones. Desafiar nuestros propios demonios es una lucha constante que puede durar toda una vida. Desde las junglas mexicanas, los Zapatistas nos recuerdan sabiamente que se trata de un proceso duradero: “…preguntando caminamos”.

A los que lucháis en primera línea, a los hermanos y hermanas de color arropados por nuestros ancestros, acarreando en el cuerpo los traumas históricos de un sistema diseñado para romper nuestros espíritus y exterminarnos, el mero hecho de que sigamos aquí, de que hayamos sobrevivido a través del tiempo, es prueba viviente de nuestra resiliencia. A los que se siguen preguntando cuándo llegará la hora del cambio radical, ha llegado ya. Nuestra realidad cotidiana no se volverá más aterradora algún día, en un futuro lejano. Se está librando una guerra en contra de nuestras comunidades y se está librando ahora.

En esta época de crisis climática y colapso económico, de los resquicios de la supremacía blanca y el patriarcado, la lucha tiene tanto que ver con la resistencia como con los programas de supervivencia comunitaria, tanto con desmantelar la industria de los combustibles fósiles, como con la descolonización de nuestras propias mentes. Ha llegado el momento de enfrentarnos al coste verdadero de estas acciones, cuáles serán las responsabilidades, y qué conlleva la solidaridad verdadera.

Si este movimiento verdaderamente quiere ganar y cambiar nuestro paradigma actual, tenemos que dejar de lado algunas comodidades y quitarnos de medio en el momento adecuado.


Guerrilla Translation/Relacionado:“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”Naomi KleinEl futuro ha de ser verde, rojo, negro y femenino/ Robert JensenCiencia P2P: El desafío del siglo es responder a Fukushima/ Layne Hartsell &Emanuel Pastreich

El futuro ha de ser verde, rojo, negro y femenino

grbf2Robert Jensen

La especie humana ha de reconocer que cualquier futuro que nos permita retener nuestra humanidad tendrá que prescindir del capitalismo, el patriarcado y la supremacía blanca —y basarse en una visión del mundo ecológica—.

(Estas líneas se prepararon para una conferencia privada sobre sostenibilidad en la que los ponentes criticaron la agricultura corporativa y la medicina industrializada. Todos coincidieron en la necesidad de acometer cambios fundamentales en nuestros sistemas económicos, sociales y políticos, pero sin llegar a un consenso sobre un análisis apropiado de estos sistemas y su interacción.)

El futuro de la especie humana si queremos que tenga futuro ha de ser radicalmente verde, rojo, negro y femenino.

Si nos tomamos esto en serio —es decir, el futuro de la humanidad; si realmente nos preocupa que la humanidad tenga un futuro o no— todo individuo que proclame su preocupación ha de estar dispuesto a someterse a un reto radical. La manera en la que pensamos, sentimos, actuamos… todo estará abierto a la crítica y nadie podrá escabullirse fácilmente, porque todos hemos fracasado. Individual y colectivamente, hemos fracasado en el intento de crear sociedades justas o una presencia humana sostenible en el planeta. Quizás haya sido un fracaso inevitable, puede que el ser humano y su gran cerebro sean un callejón evolutivo sin salida, pero el fracaso no deja de ser nuestro. Por tanto, enfrentémonos a él, individual y colectivamente.

Podemos empezar con un análisis honesto de la información pertinente sobre la salud de la atmósfera en el contexto de lo que sabemos sobre los sistemas económicos, políticos y sociales de la humanidad. Mi conclusión: no existen soluciones mágicas para resolver estos problemas fundamentales, el resultado de demasiadas personas consumiendo demasiado y produciendo demasiados desperdicios, bajo unas condiciones desmesuradas de desigualdad en cuanto a riqueza y poder.

Si hoy mismo, y en todos los lugares del planeta, todos se comprometieran a investigar y organizarse para disminuir el lastre que el proyecto humano impone sobre el ecosistema, quizás podríamos crear un plan con el que sostener una presencia humana en este planeta, acompañado de una reducción dramática en cuanto a consumo y una reducción gradual en población. Pero, si reflexionamos sobre nuestra historia como especie y la naturaleza de los sistemas que gobiernan nuestras vidas, la conclusión más sensata es que no se tomarán los pasos que necesitamos tomar, por lo menos dentro del marco temporal que nos queda para cometer cambios significativos.

Esto no es derrotismo. Esto no es cobardía. Esto no es autocomplacencia

Esto es la realidad y los planes sensatos tienen que estar basados en realidades.

Sin negar, evitar, evadir

Tengo una sugerencia para toda esa gente lógica y realista que gusta quejarse de una cultura contemporánea que niega, evita y evade problemas críticos; de los norteamericanos que corren un tupido velo sobre la ciencia cuando esa ciencia trae malas noticias; de tantísima gente que no se enfrentará a verdades dolorosas: exijámonos el mismo rigor que exigimos a los demás. No neguemos, evitemos o evadamos cualquier aspecto de la realidad.

Por decirlo de otra manera: recurrir al tópico de que “las cosas no pueden estar tan mal”, tan socorrido por el gran público a la hora de disimular duras realidades, es un callejón sin salida, pero también lo es el tópico de “tenemos que tener esperanza”, a menudo empleado para evitar las conclusiones lógicas de nuestro propio análisis.

La esperanza es para los vagos. Esta no es la hora de la esperanza. Dejemos la esperanza de lado para empezar la labor verdadera de comprender nuestro momento en la historia para que nuestras acciones estén basadas en la realidad.

Mi tesis: nuestra tarea hoy en día no es la de apresurarnos a salvaguardar el mundo que conocemos, sino la de centrarnos en cómo mantener nuestra humanidad según nos adentramos en una era totalmente distinta de la presencia humana en el planeta, una era que pondrá a prueba nuestra resolución y resistencia. Llamémoslo el colapso, o  el apocalipsis, o la Edad de Acuario, sea cual sea el nombre, no se asemejará a nada que conozcamos. No es solo la caída de un imperio, una plaga localizada o la pérdida de un ecosistema específico. El futuro estará definido por un declive continuo del capital ecológico del planeta, que irá mucho más allá de cualquier posibilidad de recuperación, y por un aumento en los niveles de toxicidad, acompañado del conflicto social resultante exacerbado por una rápida desestabilización climática que no podemos predecir con exactitud, pero que supondrá la destrucción del bienestar humano o, incluso quizás, de la propia humanidad.

La tesis, reafirmada: durante la mayor parte de mi vida, mis mayores me dijeron que el reto moral de mi generación era cómo alimentar a cinco, seis, siete —puede que algún día incluso a diez— mil millones de personas. Hoy en día, nuestro reto moral es cómo vivir en un planeta de cuatro, tres, dos mil millones de personas o incluso menos. ¿Cómo comprender y relacionarnos con nosotros mismos como seres humanos —como seres morales, el tipo de criaturas que siempre hemos dicho ser— en el contexto de una extinción humana a largo plazo y sin precedentes? ¿Qué significará ser humano cuando sabemos que, a lo largo de este mundo o quizás incluso en esta misma manzana, hay otros seres humanos —criaturas exactamente iguales a ti y a mí— muriendo en masa y no es por causas que estén más allá del control humano, sino por cosas que los humanos elegimos, y seguimos eligiendo hacer?

Si crees que esto es demasiado extremo, alarmista, histérico, te invito a concebir una historia distinta del futuro, una historia que no dependa de la magia, que no incluya alguna versión de “inventaremos paneles solares que nos darán una abundancia de energía limpia” o “hallaremos formas de cultivar cada vez más alimentos en cada vez menos tierra y a pesar del declive en la fertilidad de la misma” o, quizás, inventaremos una máquina de movimiento perpetuo”. Si me equivoco, explícame en qué me equivoco.

Pero, ante la inevitable contestación de que, aunque a día de hoy no podamos trazar una historia más esperanzadora, ¿no podemos confiar en que esa historia acabará surgiendo? ¿Acaso no es cierto que la necesidad aguza el ingenio? ¿Acaso no nos hemos enfrentado ya los humanos a grandes problemas para hallar soluciones con la razón, la creatividad la ciencia y la tecnología? ¿No es cierto que nuestros triunfos del pasado apuntan a que superaremos los problemas del presente y el futuro?

Es una respuesta comprensible, pero reminiscente del viejo chiste sobre aquel que se tira desde un edificio de 100 plantas y que, cuando ya lleva 90 plantas y le preguntan qué tal, dice: “Hasta ahora, genial”. La tecnología avanzada, basada en una abundancia de energía concentrada y barata, nos ha llevado por una época curiosa, pero no existe garantía de que esa tecnología avanzada vaya a resolver los problemas del futuro, especialmente cuando las fuentes de energía concentrada más accesibles no hacen sino menguar y las consecuencias mortales de quemar todo ese combustible ya son inevitables.

Historias con las que rechazar la realidad

Puede que la necesidad haya aguzado el ingenio y mucho, pero eso no supone que nuestro ingenio sea capaz de superar cualquier obstáculo. La narrativa del fundamentalismo tecnológico que alcanza la trascendencia mediante la invención continua no es más útil que la narrativa del fundamentalismo religioso que alcanza la trascendencia mediante la intervención divina. Las dos aproximaciones, por muy distintas que parezcan a nivel superficial, son populares por el mismo motivo: ambas nos permitan negar, evitar, evadir. Ambas son historias con las que rechazar la realidad.

Nuestras opciones para vivir en un futuro digno dependen parcialmente de nuestra habilidad de desarrollar tecnologías más sostenibles, basadas en lo mejor de nuestra ciencia, y nuestra habilidad de retomar la noción de una humanidad común que existe en el corazón de las tradiciones religiosas. La tecnología y la religión son importantes. Pero, en sus vertientes fundamentalistas, son impedimentos para un análisis honesto y para emprender acciones saludables.

Si estamos de acuerdo con todo lo expuesto hasta aquí, aún queda otra técnica de evasión recurrente: la afirmación que, tal y como señaló recientemente un investigador mediático, “los mensajes desastrosos desaniman a la gente”. Dado que la mayoría de las personas no disfrutan reflexionando sobre estos temas, es tentador razonar que no deberíamos discutir estas cuestiones de forma tan clara, no vaya a ser que algunas personas se desanimen por ello. No deberíamos rendirnos ante tal tentación.

En primer lugar, estas observaciones y conclusiones son un intento de enfrentarse a la realidad de buena fe. Desprestigiar estos temas alegando que los mensajes desastrosos no son del gusto de la mayoría es lo mismo que decir a las víctimas potenciales de un tornado que ignoren la previsión del tiempo, porque los mensajes desastrosos desaniman. Igual que no podemos prever con exactitud la trayectoria de un tornado, no podemos prever con exactitud la naturaleza y complejidad del colapso. Pero podemos tomar conciencia de que algo se aproxima y podemos prepararnos para ello de la mejor manera posible.

Segundo, evitemos la táctica fácil de desplazar nuestras debilidades intelectuales y morales hacia las mal llamadas “masas”, quienes supuestamente son incapaces de, o que directamente no quieren, enfrentarse a ello. Cuando alguien me dice: “Estoy de acuerdo con la inevitabilidad de un colapso sistemático, pero las masas no pueden soportar eso”, asumo que lo que realmente me están diciendo es: “Yo no puedo soportarlo”. Este intento de evasión es sinónimo de cobardía.

Una vez asumidos estos retos —una vez asumida la certeza de que la especie humana se enfrenta a una serie de problemas que probablemente no tengan remedio o, por lo menos, el tipo de remedios que nos permitan seguir viviendo de la misma manera—, dejaremos de estar lastrados por la resistencia de la cultura dominante. Nos esforzaremos por lograr cuanto podamos, en el lugar que vivimos, en el tiempo que nos queda. Y con esto llegamos al futuro: verde, rojo, negro y femenino.

Verde: el futuro humano, si queremos que haya un futuro, será verde; esto supone que la ecología jugará un papel determinante en toda discusión pertinente a los asuntos que afectan a la humanidad. Comenzaremos todas las conversaciones sobre todas las decisiones que podamos tomar sobre todas las facetas de la vida, reconociendo que somos una entre tantas especies dentro el entramado de ecosistemas complejos que componen la ecoesfera. Nos regiremos por las leyes de la física, la química y la biología, tal y como las entendemos a día de hoy, sabiendo que los ecosistemas de los que dependemos son mucho más complejos de lo que somos capaces de comprender. Como resultado de esta visión del mundo ecológica, actuaremos con verdadera humildad en cualquier intervención dentro de estos ecosistemas.

Rojo: el futuro humano, si queremos que haya un futuro, será rojo. Con esto quiero decir que tenemos que ser explícitamente anticapitalistas. Un sistema económico que potencia la avaricia humana y las estrategias a corto plazo, a la par que simula que no existen límites físicos para el consumo humano, es un culto a la muerte. Respaldar el capitalismo supone firmar un pacto suicida. No tenemos por qué invocar la existencia de un plan de reemplazo totalmente desarrollado que podamos coger de la estantería e implementar de inmediato; pero la ausencia de una alternativa detallada no justifica un sistema económico que no ha hecho más que intensificar el asalto de la humanidad sobre el mundo viviente que nos rodea. El capitalismo no es el sistema con el que crearemos un futuro sostenible.

Negro: el futuro humano, si queremos que haya futuro, será negro. Con esto quiero decir que hemos de rechazar la patología de supremacía blanca que, durante cinco siglos, ha moldeado el mundo en el que vivimos y sigue moldeando a quienes habitamos en él. Pero no confundamos esto con la superficialidad del “multiculturalismo”: no estoy sugiriendo que por celebrar la “diversidad” crearemos paz y armonía por arte de magia. Por contrario, hemos de reconocer que la distribución existente de riquezas es producto de un sistema de jerarquía racial patológicamente arraigado, concebido y perpetuado por la Europa blanca y sus sucedáneos (Estados Unidos, Australia, Sudáfrica).

Femenino: el futuro humano, si queremos que haya futuro, será femenino. Con esto quiero decir que hemos de rechazar la patología patriarcal que, durante varios miles de años, ha moldeado el mundo en el que vivimos y sigue moldeando a quienes habitamos en él. De nuevo, esto no ha de confundirse con las adaptaciones suavizadas y liberales de la “tercera ola” del feminismo asimiladas por la cultura dominante. Por contrario, hemos de adaptar un feminismo radical que rechace la jerarquía y la violencia de la que depende la dominancia masculina.

Mi reivindicación es la de enfrentarnos a todos estos sistemas de forma holística e integrada, que no podemos rechazar un sistema jerárquico sin rechazar todos los sistemas jerárquicos. Aferrarse a un sistema dependiente de un grupo que proclama su dominación sobre otro, menoscaba nuestra habilidad de construir un futuro digno. Hemos de desmantelar cualquier sistema basado en la lógica de la dominación.

Verde: nuestro afán por explotar el mundo viviente que nos rodea está basado en una suposición enraizada en creencias teológicas o laicas de que los humanos tenemos derecho a dominar, dada nuestra noción de que somos la especie suprema. Independientemente de que creamos que nuestros grandes cerebros provienen de Dios o del proceso evolutivo, no cabe duda de que, en términos cognitivos, somos los primeros entre todas las especies. Pero, pregúntate a ti mismo, ¿es “ser listo” lo único que valoramos dentro de la familia humana? ¿Acaso sólo nos clasificamos basándonos en nuestra habilidad cognitiva? Comprendemos que, dentro de nuestra especie, nadie tiene el derecho a dominar a otro basándose exclusivamente en el supuesto de ser más inteligente. Aun así, tratamos al mundo como si ese estatus de especie más inteligente es todo cuanto necesitamos para dominar sobre todo lo demás.

Rojo: si dejamos de lado las fantasías escritas sobre el capitalismo en los libros de economía y nos centramos en el mundo real, reconocemos que el capitalismo es un sistema de concentración de riqueza que permite a un número reducido de personas dominar no solo las decisiones económicas, sino también las políticas. Esta situación convierte nuestro supuesto compromiso con unos principios morales basados en la solidaridad, y unos principios políticos basados en la democracia, en objeto de burla. En el capitalismo, la dominación se justifica a sí misma: cuando permitimos acaparar riquezas a alguien, también le permitimos dominar a los demás sin mayor contemplación y por encima de cualquier otro valor.

Negro: por mucho que se hayan eliminado las peores prácticas legales y sociales que demarcaron y mantuvieron la supremacía blanca durante siglos, el mundo blanco jamás ha pagado su deuda con el mundo que no es blanco, prefiriendo agarrarse a su parte desproporcionada de las riquezas del planeta, extraídas a través de la violencia. Como resultado de este fracaso moral, la realidad material y el poder ideológico de la supremacía blanca sigue presente, modificado durante las décadas recientes para obsequiar ciertos privilegios a algunas de las poblaciones que otrora fueron perseguidas, siempre que la lógica dominadora del sistema no se ponga en entredicho. No nos hemos enfrentado a ello porque, para enfrentarnos honestamente, habríamos de emprender una redistribución masiva de la riqueza, tanto dentro de nuestras sociedades como a nivel global, junto a un cambio aún más dramático en la forma en la que las personas blancas se ven a sí mismas.

Femenino: no sorprende que aún no hayamos superado la jerarquía fundacional de la dominación masculina; admitir la existencia del patriarcado supone reconocer la propia dinámica de dominación y la subordinación del patriarcado. Esta dinámica, supuestamente rechazada por toda persona decente, permanece profundamente hilvanada dentro del tejido de nuestras vidas y en todas las esferas, incluyendo la sexualidad. Tomarse en serio la crítica feminista hace tambalear los cimientos de nuestras vidas cotidianas. De nuevo, la habilidad del sistema para permitir a un número limitado de mujeres dentro de los círculos de élite, siempre que acepten la lógica dominante, apenas hará mella en el patriarcado.

Este esbozo de políticas radicales no supone que cada persona tenga obligación de involucrarse en todos estos temas, eso sería imposible. Igualmente, este pequeño resumen de los sistemas de dominación/subordinación tampoco puede dar respuesta a todas las preguntas que surgen. Pero, para todo aquel que dice preocuparse por la justicia social y la sostenibilidad ecológica, quiero insistir en ciertas nociones básicas: nuestro análisis ha de tomar en cuenta todos estos aspectos de nuestras vidas; si tu análisis no lo hace, tu análisis está incompleto, y un análisis incompleto no puede ser la base de un cambio sustancial y significativo. ¿Por qué?.

Si la historia del futuro humano no es verde, entonces no habrá futuro. Si la historia no es roja, no puede ser verde. Si podemos reestructurar nuestra visión del mundo en torno a un nuevo concepto de ecología y economía, existe una oportunidad de que podamos rescatar algo. Pero no podremos continuar de la misma manera que antes; al reconfigurar nuestras expectativas, tenemos que abandonar esa noción tan arraigada sobre expansión continúa de nuestras riquezas.

Esto supone el comienzo de una narrativa en la que subsistimos con cantidades dramáticamente reducidas y en todos los sentidos. La narrativa verde y la narrativa roja describen un relato de limitaciones. Si aspiramos a mantener nuestra humanidad dentro de una época de contracción, esos límites han de ser aceptados por todos, el lastre compartido entre todos. Y esa narrativa solo funcionará si es negra y femenina. Sin un rechazo de la lógica dominadora de la explotación ecológica y el capitalismo, no tendremos futuro. Sin un rechazo de la lógica dominadora de la supremacía blanca y el patriarcado, no tendremos un futuro digno de vivir.

Cuando alguien dice: “Lo único que importa ahora mismo es la sostenibilidad ecológica” (reafirmando la primacía del verde), hemos de dejar bien claro que tal sostenibilidad es imposible dentro del capitalismo. Cuando alguien dice: “Lo único que importa es una economía de estado estacionario” (reafirmando la primacía del rojo), hemos de dejar bien claro que este estado estacionario es moralmente inaceptable dentro de la supremacía blanca y el patriarcado. Cuando alguien dice: “Tanto hablar de sostenibilidad no ayuda a las personas subordinadas que sufren hoy en día” (reafirmando la primacía del negro y lo femenino), hemos de dejar bien claro que cualquier logro de justicia social dentro de un sistema en declive rápido es una sentencia de muerte para las generaciones futuras.

Cada vez que alguien quiera reducir el alcance de nuestra investigación para aliviar un poco el día a día, hemos de dejar bien claro que el día a día no es el objetivo. La noción “del día a día” puede ser de gran utilidad para un individuo que esté recuperando una adicción, pero es un callejón sin salida para una especie al borde de cambios tan dramáticos como potencialmente irrevocables.

Cada vez que alguien quiera pensar a largo plazo pero reduciendo el alcance de nuestra investigación para facilitar el análisis de un problema específico, hemos de dejar bien claro que arreglar un problema específico no va servirnos de nada. La noción de “reparar los sistemas rotos, uno a uno” puede ser una estrategia política razonable a corto plazo en un mundo estable donde aún queda tiempo de acometer una trayectoria de cambio a largo plazo, pero es un callejón sin salida en el mundo inestable en el que vivimos.

Hablando claro: ninguna de estas observaciones pretende fomentar la parálisis o la pasividad. No argumento que no haya nada que hacer, nada que merezca la pena hacer, nada que no se pueda hacer para mejorar las cosas. Estoy diciendo que no se puede hacer nada para evitar un cambio dramático, un cambio de magnitud que solo puede ser descrito con la palabra “colapso”. Lo que podemos hacer solo merecerá la pena ser hecho si aceptamos esa realidad. En vez de preguntarnos cómo podemos salvar todo esto, deberíamos preguntarnos cómo podemos mantener nuestra humanidad en medio de estos cambios.

Una vez liberados de la obligación de conjurar soluciones mágicas, la vida se vuelve más sencilla, y es más fácil comprender nuestras opciones: aprender a vivir con menos; dejar de lado la retórica vacía sobre el “capitalismo con conciencia”; cruzar las fronteras de raza, etnia, clase y religión que normalmente mantienen apartadas a las personas; asegurar que tanto el espacio público como el privado esté libre de violencia masculina; reconocer que la construcción de redes locales e instituciones que potencien la resiliencia son parte fundamental de cualquier proyecto en el que decidamos formar parte.

Esto lo hemos hecho nosotros

Si todo esto parece más de lo que se puede soportar, es porque lo es. Da igual lo dañados que estemos como individuos, nadie ha hecho nada para merecer esto. No deberíamos por qué tener que soportarlo. Pero esto lo hemos hecho nosotros, los humanos, colectivamente. Y lo llevamos haciendo dese hace mucho tiempo, miles de años, desde que la invención de la agricultura amputó nuestra relación natural con el mundo viviente que nos rodea.

Las malas noticias: los efectos de nuestros fracasos se están acumulando y puede que esta vez no seamos capaces de escapar de la trampa, tal y como hemos hecho ya tantas veces en el pasado.

Las buenas noticias: no somos los primeros humanos que han mirado a la realidad honestamente para mantener la firmeza en el cometido de regresar a una relación apropiada.

La historia que tenemos que contar es una historia profética y tenemos una tradición profética en la que inspirarnos. Fijémonos en la lección de Jeremías en la Biblia hebrea, que no tuvo pudor al hablar de la profundidad de su tristeza: “Mi tristeza no tiene remedio, mi corazón desfallece en mí” (Jeremías 8:18). Tampoco tuvo miedo al hablar de lo severo del fracaso que incitó esa tristeza: “Quebrantado estoy por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo; entenebrecido estoy, espanto me ha arrebatado” (Jeremías 8:21).

Además de la tradición profética, tenemos que estar dispuestos a invocar la tradición apocalíptica, reconociendo que hemos perdido el camino, que no hay manera de regresar a una relación justa con los sistemas en los que vivimos. La voz profética advierte a las personas de nuestros fallos dentro de estos sistemas, y la tradición apocalíptica puede ser entendida como una llamada para abandonar cualquier esperanza de retener estos sistemas. Las historias que nos hemos contado sobre cómo retener nuestra humanidad en esos sistemas han de ser reemplazadas por historias sobre cómo retener nuestra humanidad en la búsqueda de nuevos sistemas.

Tenemos que rechazar narrativas sobre milagros de última hora, ya sean de origen divino o tecnológico. No hay nada provechoso en el pensamiento mágico. Las nuevas historias requerirán imaginación, pero una imaginación asentada sobre los límites físicos de la ecoesfera. Cuando contamos historias que nos hacen creer que lo irreal puede ser real, esas historias son frutos del delirio, no de la imaginación. No nos ayudan a comprendernos a nosotros mismos ni a nuestra situación, prefiriendo tan solo favorecer la comodidad ilusoria que acarrea la falsa esperanza.

Finalmente, otra pequeña buena noticia: si tu corazón está enfermo y tu tristeza está más allá de una cura, estate agradecido. Sentir esta tristeza supone habernos enfrentado a una verdad sobre nuestro mundo caído. No estamos salvados, y puede que no seamos capaces de salvarnos a nosotros mismos, pero cuando nos enfrentamos a aquello que ni siquiera somos capaces de soportar, reafirmamos nuestra humanidad. Cuando nos enfrentamos a la realidad dolorosa de que no queda esperanza, es el momento en el que nos ganamos el derecho a la esperanza.


Guerrilla Translation/Relacionado:

Sé apocalíptico: Por qué lo radical se ha vuelto normal/ Robert JensenGuía práctico-utópica del inminente colapso/ David Graeber“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”Naomi Klein

Cuatro pasos hacia un mundo post-crecimiento

En esta entrevista con Louisa Clarence-Smith, del colectivo Extraenviromentalist, Donnie Maclurcan, cofundador del Post Growth Institute, comparte su visión de futuro: un sistema sostenible basado en dinámicas cooperativas y entidades sin ánimo de lucro. Prestad especial atención a su visión de cómo sería un mundo post-crecimiento y las cinco estrategias clave para alcanzarlo.

Donnie Maclurcan es cofundador del Post Growth Institute, un grupo internacional que investiga nuevas estrategias hacia una prosperidad global que no dependan del crecimiento económico.

Hemos hablado con él sobre su último proyecto colaborativo, un libro llamado How on Earth? donde se presentarán estrategias para que las empresas sin ánimo de lucro se conviertan en el principal modelo de negocio, a nivel local, nacional e internacional de aquí al 2050.

A nivel personal, ¿Cuando comenzó tu campaña para hallar una alternativa al crecimiento económico?

La campaña surgió de mi posdoctorado, donde se concluía que teníamos que innovar sin crecimiento económico. Alrededor del 2006, empecé a lanzar esta idea y, durante un diálogo con el que más adelante sería el ministro australiano del medio ambiente [Peter Garrett], le planteé una pregunta desde el público: “¿Pero cómo vamos a lograr esto en un mundo con recursos limitados?”. Él ignoró mi pregunta por completo y eso me afectó bastante, dado que había sido el cantante del grupo Midnight Oil y el presidente de una de las organizaciones medioambientales más importantes de Australia, la Australian Conservation Foundation. Ahora que me lo planteo, ese fue el momento en el que comenzó todo

¿Hay algún movimiento fuerte buscando alternativas al crecimiento en Sidney, Australia?

En Sidney no tanto, pero en Australia si, no cabe duda. Vistos los resultados de los impuestos sobre las emisiones de carbono y con las crisis medioambientales a las que nos enfrentamos, cada vez hay más personas cuestionando la validez de los parches tecnológicos y dándose cuenta de que la política gubernamental jamás va a ser suficiente. Australia se ha convertido en uno de los líderes mundiales en consumo colaborativo y la trayectoria general apunta hacia la emergencia de distintos modelos de negocio: innovaciones sociales y empresas sociales –el gobierno sigue a la zaga con esto, pero hay mucha gente moviéndose en esta dirección.

La comunidad se ha movilizado mucho en estos últimos 10 años en torno a asuntos como al aumento de incendios, las inundaciones o las sequías. A través de las plataformas virtuales, vemos a muchas personas planteándose cómo construir una economía basada en bienes y valores — y en la que se utilicen recursos locales. Todo esto ha permitido concebir una economía diferente que no depende del crecimiento.

¿Por qué decidisteis crear How on Earth?

La mayor motivación fue ver todo lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Hemos documentado casi 5.000 cosas con las que capitalizar un futuro post-crecimiento y, visto en conjunto, nos dimos cuenta de que es una fórmula que apenas se ha propagado.

Utilizamos una estrategia inductiva que nos motiva mucho a la hora de hacer algo distinto. Tras asistir a un sinfín de conferencias sobre la “Nueva Economía”, sólo veíamos variaciones sobre la misma estrategia, que viene a decir: “a tal problema, tal solución”. O “¿Cuál es el problema? Vamos a analizarlo y ver cómo podemos responder….”. Eso, normalmente, lleva a respuestas regulatorias o a replantearse la división entre Estados y Mercados. Esto supone volver a políticas antiguas de la Guerra Fría que nunca llevan a nada porque se ven viciadas por la teoría política de la diferencia y el conflicto entre modelos de aparato estatal grandes o pequeños.

La motivación ha sido nuestro entusiasmo ante algo capaz de trascender las divisiones de izquierda y derecha para plantear una alternativa que podría reducir el tamaño del gobierno a la vez que incrementa la prestación de servicios sociales. Esto está más allá de la contraposición entre un sector público grande o pequeño, o los modelos progresistas o conservadores que normalmente se proponen al presentar alternativas económicas para el futuro.

Describe tu visión de un mundo post-crecimiento.

Lo mejor de todo es que no tenemos por qué exponer una visión ni una fórmula. El siglo XXI está caracterizado por el co-diseño. No consiste en decir “esto debería ser así”, aunque creo que algunos aspectos principales serían:

Relocalización: donde las personas utilizan Internet y herramientas digitales para relocalizar la producción, el intercambio y el comercio. Así sabrás qué tienen tus vecinos y, en base a ello, incrementar la prestación de servicios sociales y reducir las distancias asociadas con esos servicios.

Un sistema monetario mucho más basado en la realidad y no en la especulación, y que tenga incentivos para mantenerse así, para crear transacción coherentes.

Redistribución del modelo de negocio: Como aludimos en el libro, creemos que los modelos de negocio serán distintos, y que cada empresa incorporará un proceso de redistribución de beneficios para incrementar la riqueza general, en vez de conducir a la desigualdad que provoca el sobreconsumo.

Una estrategia participativa: lo más importante es lo que acabo de decir sobre reducir desigualdades; pero reducirlas para redefinir “riqueza” como sinónimo de conexiones verdaderas, no del consumismo desbocado.

¿Cuáles crees que son las causas principales de la insostenibilidad de nuestros sistemas humanos?

En el sentido práctico, la insostenibilidad está provocada por el sobreconsumo de recursos naturales estratégicos; que esto a su vez se ve alentado tanto por la apatía y falta de motivación de la clase adinerada, como por la necesidad — dada la escasez de alternativas, tanto reales como percibidas—  de aquellos a los que no les van bien las cosas. Todo está exacerbado tanto por una envidia y una codicia provocada que busca la riqueza material como por las desigualdades sociales que fabrica el propio sistema. Mientras tanto, la desigualdad financiera y los intereses particulares sólo sirven para acelerar el proceso. Todos estos son aspectos claves dentro de un sistema basado en la acumulación centralizada del dinero, de la riqueza, de los bienes y del poder.

La llamada a la revolución de Russell Brand

Dado que no veo la tele — porque no tengo tele—  y evito el famoseo a toda costa — porque me da la gana— la verdad es que no tengo ni idea de si Russell Brand es famoso en España o no.

En todo caso, la reciente entrevista cara a cara enfrentando a Brand con Jeremy Paxman, un presentador británico de la muy vieja escuela, está causando revuelo en la red y con buen motivo. Brand está bastante sembrao en el vídeo, expectorando perlas del calibre de “Votar supone ser cómplice tácito de ese sistema, y no puedo recomendarlo…” o  “Se está destruyendo el planeta, estamos creando una clase marginal, estamos explotando a los pobres del mundo entero mientras que los problemas genuinos y legítimos del pueblo ni siquiera son abordados por la clase política…” ante la  mirada estupefacta del apoltronadísimo Paxman. ¿Qué otros famosos “escandalosos” están diciendo algo así?

Subtitular el vídeo no ha resultado nada fácil. Brand desengrana vocablos cuan repartidor de panes y peces, apenas pausando entre intervenciones y atropellando verbalmente a su entrevistador (a quien, todo sea dicho, no le viene mal el escarmiento). Estos subtitulos son para lectores rápidos. Hemos intentado compactarlos lo máximo posible, pero sin perder el “salero” de Brand.

(Pulsad en la parte inferior derecha para activar subtítulos en Español)

Video traducido y subtitulado por Stacco Troncoso. Editado por Carolina y Amador.

Las críticas no se han hecho esperar, tanto desde los sectores conservadores como los más progresistas. De entre todas, la observación que más me ha llamado la atención proviene de Jerome Roos, editor de Reflections on a Revolution, una de las mejores publicaciones online del momento. En su reseña sobre la entrevista, Roos apunta:

“En el fondo, lo que me da esperanza no es Russell Brand. Aunque he disfrutado mucho con la entrevista, la verdad es que me da igual lo que este famoso le diga a la BBC o lo que escriba en  The New Statesman. Lo que me emociona de verdad es el hecho de que este anhelo revolucionario tan sincero siga resonando con millones de personas. No creo que la revolución vaya a arrancar en cualquier momento… pero eso es porque ya ha empezado.”

A mí también me han divertido mucho las intervenciones de Brand. Puedo estar en desacuerdo con algunos de sus comentarios —realmente no creo que necesitemos ningún “sistema administrativo centralizado” a estas alturas—  pero lo que me parece más destacable es que un “famoso” proveniente de la clase obrera refleje el cabreo generalizado que sentimos a lo largo del planeta. A veces, observando el movimiento global que ha surgido (o resurgido, dependiendo de tu perspectiva, no ofendamos a nadie…) en los últimos tres años, echo de menos la conexión revolución/cultura popular de finales de los sesenta o del apogeo del Punk. ¿Dónde están los MC5 de hoy en día? ¿El auge del black power ligado al Free Jazz, Albert Ayler y Archie Shepp? ¿Frank Zappa hablando de los disturbios de Watts? ¿The Clash? ¿Patti Smith? ¿Dónde está la banda sonora de esta revolución?

Personalmente, no veo nada comparable a la repercusión internacional que tuvo ese reflejo musical y artístico del espíritu revolucionario de los sesenta. Hablamos de un momento en el que la cultura popular y la política se entremezclaban como componentes indivisibles del mismo afán de cambio. A finales de los setenta vimos algo parecido con el Punk y su filosofía DIY. Puede argumentarse que en los noventa vivimos una revolución musical comparable pero, ¿qué ha pasado ahora? ¿Por qué no se reunieron Rage Against the Machine para tocar en Occupy? (Aunque tocaran en Wall Street diez años antes). ¿Veremos un nuevo movimiento musical que refleje, que no lidere, las características del 15M, Occupy, Turquía, Brasil y la Primavera Árabe? ¿Un resurgimiento Punk más acorde con el espíritu DIWO (DoItWithOthers) que el DIY (DoItYourself)?

No voy a comparar la calidad artística de Brand con los artistas que he mencionado (como bien señalaba el Inspector Callahan, “Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno.”) pero me parece importante tener en cuenta la repercusión que pueden tener sus acciones sobre la conciencia popular. ¿Cuántos otros famosos se están mojando tanto como él?

Brand me cae muy bien, y me parece muy gracioso. Tiene duende, está sembrado… Como bien dice en el vídeo: “Claro que va a haber una revolución. Va a ocurrir, no cabe duda. Es que no me cabe la menor duda. Esto es el final, ha llegado la hora de despertar…”

Fascismo poscrisis

En esta traducción de nuestros buenos amigos y Co-guerrilla translators de Adbusters en Español, Christian Parenti examina alguno de los posibles escenarios geopolíticos que pueden derivarse del cambio climático. Es una lectura dura y necesaria, no porque suponga una visión definitiva e inamovible de futuro, ni por lo dramático de algunas de sus conclusiones, sino —como recuenta Robert Jensen en esta otra traducción— es necesario “levantar el velo” y ver estos problemas como amenazas reales. Tener pleno conocimiento de qué le estamos haciendo al planeta y las consecuencias que conlleva es requisito esencial para poder enfrentarnos a estas amenazas.

Parenti es profesor invitado en el Centro de Cultura de Lugar y Política del Centro de Estudios de Posgrado de CUNY y fue recientemente nombrado profesor titular en la Escuela para la Formación Internacional, del Graduate Institute. El ensayo que se presenta a continuación es un extracto de su nuevo libro Tropic of Chaos: Climate Change and the New Geography of Violence [Trópico del caos: cambio climático y la nueva geografía de la violencia]. Podéis encontrar la versión original del artículo siguiendo este enlace.

Fascismo poscrisis

El cambio climático está ocurriendo con más rapidez de lo previsto y ya sentimos su impacto en forma de sucesos climáticos extremos: desertificación, acidificación oceánica, deshielo polar y aumento progresivo del nivel del mar.

Los científicos que construyen los modelos informáticos que analizan los datos sobre el cambio climático creen que, incluso si dejamos de emitir gases de efecto invernadero a la atmósfera, los niveles de CO2 son ya tan elevados que estamos abocados a que haya un incremento significativo en las temperaturas globales. El cambio climático perturbador constituye una certeza, incluso si hacemos la transición a una economía sin combustibles fósiles; el cambio incipiente ya está haciendo aparición en el mundo de la política.

El cambio climático llega en un mundo preñado de crisis. Los desequilibrios actuales e inminentes producidos por él se entrecruzan con las crisis de pobreza y de violencia ya existentes. He denominado a la colisión de crisis políticas, económicas y medioambientales la convergencia catastrófica. Por convergencia catastrófica no me refiero simplemente a que los diversos desastres ocurran a un mismo tiempo, acumulándose. Más bien, sostengo que los problemas se agravan y amplifican entre sí, expresándose cada uno de ellos a través de los otros.

Las sociedades, al igual que las personas, se enfrentan a los nuevos desafíos condicionadas por los traumas del pasado. Así pues, las sociedades dañadas, al igual que las personas dañadas, a menudo responden a las crisis de nueva aparición de forma irracional, miope y autodestructiva. En el caso del cambio climático, los traumas previos que predisponen a una mala adaptación, a una respuesta destructiva en el plano social, son el militarismo de la era de la Guerra Fría y las patologías económicas del capitalismo neoliberal. Durante los últimos 40 años, ambas fuerzas han distorsionado la relación del Estado con la sociedad al eliminar y socavar las funciones colectivista, reguladora y redistributiva del Estado mientras desarrollan sus capacidades represivas y militares de forma desmesurada. Esto, creo, inhibe la capacidad de la sociedad para evitar los desajustes violentos que se puedan dar a medida que el cambio climático entra en acción.

Prepararse para el apocalipsis

Son numerosos los informes gubernamentales que han debatido los problemas sociales y militares que plantea el cambio climático. En 2008, el Congreso [estadounidense] ordenó que la Revista cuatrienal de defensa del 2010 (el documento programático que establece los principios rectores de la estrategia y de la doctrina militar estadounidense) tomase en consideración el impacto que el cambio climático puede suponer para la seguridad nacional. La primera de estas investigaciones en ser noticia fue un estudio encargado por el Pentágono en 2004 titulado Un escenario de cambio climático abrupto y sus implicaciones para la seguridad nacional de los Estados Unidos, escrito por Peter Schwartz, un consultor de la CIA y exdirector de planificación de la Royal Dutch/Shell, y Doug Randall, de la Global Business Network con sede en California. El informe se realizó a instancias del octogenario teórico militar y adivino imperial Andrew Marshall. Conocido por sus seguidores como Yoda, en alusión a la arrugada marioneta con aspecto de enano de La guerra de las galaxias, Marshall comenzó su carrera en la RAND Corporation en 1949 como especialista en Armageddon nuclear y su supuesta capacidad de supervivencia (es interesante señalar la presencia de un físico de la era atómica de la Guerra Fría entre los negacionistas del cambio climático y los «adaptacionistas» militares). En su libro How to cool the planet [Cómo enfriar el Planeta] Jeff Goodell apuesta con similar entusiasmo por las soluciones de alta tecnología prometidas por la geoingeniería, concretamente del Laboratorio Lowell Wood de Lawrence Livemore, una discípula hippie de Edward Teller.

El informe de Schwartz y Randall trata con acierto el calentamiento global como un proceso potencialmente no lineal. Y pronostican la llegada de una nueva Edad Oscura.

Las naciones sin los recursos necesarios para ello podrían construir fortalezas virtuales en torno a sus países, preservando los recursos para sí mismos… A medida que la hambruna, la enfermedad y los desastres meteorológicos se desaten como consecuencia del cambio climático abrupto, las necesidades de muchos países excederán a su capacidad para soportarlas. Esto generará una sensación de desesperación, que conducirá a agresiones ofensivas para recuperar el equilibrio… Europa estará sumida en luchas internas, se agolparán en sus costas un gran número de refugiados y Asia sufrirá graves crisis por causa de la escasez de agua y de alimentos. El caos y el conflicto serán características endémicas de la vida. Una vez más, la guerra definiría la vida humana.

En 2007 aparecieron nuevos informes sobre el clima y la seguridad, como el de la CNA Corporation, asociada al Pentágono, que convocó un consejo asesor compuesto por exmilitares de alto rango para examinar dichas cuestiones —entre ellos el general Gordon Sullivan, exjefe de personal del Ejército de EE.UU., el almirante Donald Pilling, excomandante en jefe de la Marina de los EE.UU. y el general Anthony Zinni, marine jubilado y excomandante en jefe del Comando Central de los EEUU—. Este informe preveía una contrainsurgencia permanente a escala global. He aquí un extracto destacado:

El cambio climático actúa como una amenaza multiplicadora de la inestabilidad… A diferencia de la mayoría de amenazas convencionales para la seguridad, en las que un solo ente actúa de determinada manera en diferentes momentos del tiempo, el cambio climático puede ocasionar múltiples condiciones crónicas a nivel global y de forma simultánea. Las condiciones económicas y medioambientales en las áreas más debilitadas se degradarán a medida que la producción de alimentos disminuya, las enfermedades aumenten, el agua potable se haga cada vez más escasa y las poblaciones migren en busca de recursos. Los gobiernos debilitados o fallidos, con un estrecho margen de supervivencia, son caldo de cultivo para el conflicto interno, el extremismo y una tendencia hacia un mayor autoritarismo y hacia ideologías radicales. Los Estados Unidos se verán involucrados con mayor frecuencia en estas situaciones para proveer ayuda, rescate y apoyo logístico, o bien para estabilizar las condiciones antes de que el conflicto estalle.

En otra sección señala que:

Cuando un gobierno se muestra incapaz de rendir servicios a su pueblo, asegurar el orden público y proteger las fronteras contra invasiones foráneas, se presentan las condiciones justas para que los trastornos, el extremismo y el terrorismo llenen el vacío. La mayor preocupación llegará a ser el movimiento de refugiados y solicitantes de asilo que, por la destrucción ecológica, opten por emigrar.

Al cerrar el informe apunta que «los cambios climáticos abruptos pueden, en el futuro, dificultar la adaptación incluso para los países más desarrollados».

Otro informe del 2007, el más riguroso de todos desde el punto de vista científico, titulado The Age of Consequences: The Foreign Policy National Security Implications of Global Climate Change [La edad de las consecuencias: implicaciones sobre la seguridad nacional y la política extranjera derivados del cambio climático] fue escrito por el Centro de Estudios Estratégicos Internacionales y el Centro para la Nueva Seguridad Estadounidense. Entre sus destacados autores se incluyen Kurt Campbell, antiguo asistente adjunto del secretario de defensa, Leon Fuerth, antiguo consejero de seguridad nacional para el vicepresidente estadounidense Al Gore, Juan Podesta, antiguo jefe de Estado Mayor para el Presidente Bill Clinton y James Woolsey, antiguo director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

La edad de las consecuencias estableció tres situaciones hipotéticas para el cambio climático, cada una partiendo de diferentes cambios de temperatura media globales. Los autores se basaron en el Cuarto informe de evaluación del panel intergubernamental sobre el cambio climático (Fourth Assessment Report of the Intergovernmental Panel on Climate Change, 2007) pero señalaban que «las observaciones recientes indican que los pronósticos que se han hecho a partir de modelos climáticos han sido demasiado conservadores; los efectos del cambio climático actúan de manera más rápida y dramática de lo esperado». El informe concibe los problemas futuros, no en términos de guerras por los recursos entre los estados, sino como el colapso de los estados causado por «enfermedades, inmigración descontrolada y pérdida de cosechas que llegan a resultar excesivas para los instrumentos tradicionales de seguridad nacional, en especial para las fuerzas armadas y otros elementos de poder y de autoridad estatal». El exespía ambientalista James Woolsey escribió la sección final del informe en la que describió la situación más desfavorable posible a la que podríamos llegar. Escribe:

En un mundo donde se experimentase un aumento de dos metros en el nivel del mar, con previsiones de futuras inundaciones, se necesitaría un esfuerzo extraordinario para que los Estados Unidos, o cualquier país, pudieran ver más allá de su propia salvación. Todas las maneras en las que los seres humanos se han enfrentado a los desastres naturales en el pasado… podrían llegar a juntarse en una conflagración: rabia contra el gobierno por su incapacidad para resolver las crisis repentinas e impredecibles; fervor religioso, tal vez un aumento de cultos milenarios que anuncien el fin del mundo; hostilidad y violencia contra migrantes y grupos minoritarios en un momento de cambios demográficos y de creciente migración global; y conflictos internos y entre los estados por el acceso a los recursos naturales, en particular por la comida y el agua potable. El altruismo y la generosidad resultarían severamente mermados.

Occidente contra el resto

Otros estados desarrollados han llevado a cabo estudios similares, muchos de ellos confidenciales. Las Fuerzas Australianas de Defensa (ADF) elaboraron un informe sobre el conflicto climático en 2007, del cual se filtró un resumen dos años más tarde: «Las presiones ambientales causadas tanto por el cambio climático como por toda una gama de factores actuarán como multiplicadores de las amenazas para estados en situación de fragilidad en todo el mundo, aumentando así las probabilidades de aparición de estados fallidos. Esto posiblemente aumentaría la necesidad de recurrir en el futuro a la ADF para que lleve a cabo operaciones adicionales de estabilización, de reconstrucción posconflicto y de asistencia humanitaria».

Los poderes europeos también se están preparando para las amenazas a la seguridad que se darían en un mundo transformado por el cambio climático. El Consejo Europeo dio a conocer un informe de seguridad climática en 2008, señalando que «será difícil evitar un aumento de la temperatura de hasta 2° C sobre los niveles preindustriales… La inversión en mitigadores para prevenir tales situaciones, como la búsqueda de maneras de adaptarse a lo inevitable, deben ir acompañadas por la prevención de los peligros que el cambio climático supone para la seguridad internacional; ambas deben verse como parte de una política de seguridad preventiva».

Empleando un lenguaje familiar, el informe indica que «el cambio climático amenaza con saturar y poner en peligro a estados y a regiones ya frágiles y propensas al conflicto» lo que implicaría «riesgos tanto políticos como de seguridad que pueden afectar directamente a los intereses europeos». También señala la probabilidad de que haya conflicto por el acceso a los recursos naturales, dada la reducción del terreno cultivable y la escasez de agua, daños económicos en ciudades costeras y a la infraestructura esencial, en particular en las megaciudades del Tercer Mundo, migración causada por las condiciones medioambientales, radicalización, tanto religiosa como política, y tensiones por el acceso a las reservas de energía.

Los planificadores militares occidentales, cuando no los líderes políticos, reconocen los peligros de la convergencia del desorden político y el cambio climático. En vez de preocuparse por guerras convencionales por la comida y por el agua prevén una geografía emergente de guerra civil, con flujos de refugiados, progromos y rupturas sociales provocadas por el clima. En respuesta, ven un proyecto de contrainsurgencia abierta a nivel global.

La amenaza ecofascista

Las palabras clave en la discusión del clima son mitigación y adaptación: es decir, que necesitamos mitigar las causas del cambio climático al mismo tiempo que nos adaptamos a sus efectos.

Adaptación quiere decir prepararnos para vivir con los efectos de los cambios climáticos, algunos de los cuales ya están en marcha y son inevitables. La adaptación es un reto tanto técnico como político.

La adaptación técnica implica la transformación de nuestra relación con la naturaleza a medida que la naturaleza se va transformando. Tenemos que aprender a vivir con el daño que hemos causado construyendo muros marinos alrededor de las ciudades costeras vulnerables. Debemos devolverle terreno a los manglares y a los humedales para que puedan romper las oleadas repentinas que traen las grandes tormentas, abrir corredores migratorios para que las especies animales puedan desplazarse hacia el norte a medida que suban las temperaturas y debemos desarrollar formas sostenibles de agricultura que puedan funcionar a escala industrial, aun cuando los régimenes climáticos cambien de manera radical.

Adaptarse desde el punto de vista político quiere decir transformar las relaciones que la humanidad tiene consigo misma transformando las relaciones sociales entre personas. Una adaptación política al cambio climático que tenga éxito implicará el desarrollo de nuevas formas de contener, de impedir y de disminuir la violencia que el cambio climático alimenta. Esto requerirá un desarrollo económico y una redistribución de los recursos. También se hará necesaria una nueva diplomacia que logre instaurar la paz.

No obstante, otro tipo de adaptación política ya está en marcha, algo que se podría llamar la política del bote salvavidas armado que responde al cambio climático mediante el uso de las armas, aumentando el patrullaje, excluyendo y olvidando a ciertos grupos, cuando no reprimiéndolos y matándolos. Uno podría imaginarse el surgimiento de un autoritarismo ambientalista emergiendo en los países desarrollados a medida que la crisis climática empuja al Tercer Mundo hacia el caos. Mientras el cambio climático ya alimenta la violencia mediante crímenes, represión, disturbios sociales, guerra y colapso de los estados en el Sur global, el Norte responde con un nuevo autoritarismo. El Pentágono y sus aliados europeos están planificando de forma activa una adaptación militarizada que enfatiza la contención abierta de estados ya frágiles o en proceso de debilitamiento: una contrainsurgencia eterna.

Este tipo de «fascismo climático» con su política de exclusión, segregación y represión es horrible y está abocado al fracaso. Tiene que haber otro camino. Los estados precarios del Sur global no van a hundirse sin arrastrar consigo a las economías fuertes. Si se permite que el cambio climático destruya economías y estados enteros no habrá número de muros, armas, alambradas, drones, ni mercenarios desplegados de forma permanente que puedan salvar a una mitad del planeta de la otra.

El cínico y el constructor de barcas

Charles Eisenstein

Traducido por Javier Hurtado, editado por Joan Quesada Navidad – Guerrilla Translation! Imágenes de Carlos A. Martínez

Hace unos días estaba en Estocolmo, paseando por la orilla, cuando se acercó un jovenzuelo irlandés y me llamó por mi nombre. No es algo que me pase a menudo —parece que el muchacho forma parte del pequeño grupo de la humanidad que ha leído mi libro Sacred Economics [Economía Sagrada]—, así que me tomé esta coincidencia como señal de que debía detenerme y conversar con él.

Resultó que estaba en Suecia para participar en un programa de dos años de construcción de barcas, aprendiendo técnicas tradicionales para construir pequeñas barcas artesanalmente. Su historia me inspiró de varias formas. En primer lugar, ahí estaba una persona joven e inteligente, comprometida con un trabajo que no ofrece posibilidad alguna de estatus social o riqueza. En segundo lugar, no sólo estaba profundamente entregado a su propia destreza, sino también a la idea de acercar su práctica a otros jóvenes irlandeses a través de una organización que él mismo había cofundado: La Asociación para la Construcción de Barcas Tradicionales Nórdico-Irlandesas. En tercer lugar, cuando me presentó al resto del equipo y me enseñó las barcas que estaban creando, quedé fascinado por el meticuloso trabajo artesanal y la vitalidad de las barcas, que ejemplificaban el «nuevo materialismo» que forma parte de la resacralización del mundo material.

 Cuando me marché 15 minutos más tarde, me sentía realmente esperanzado y optimista sobre el estado de la humanidad.

 ¿Qué me había hecho sentir de manera tan positiva?

¿Qué tiene de bueno que renazca la construcción tradicional de barcas en un contexto de cambio climático, fracking, residuos nucleares, destrucción de los bosques, neoliberalismo, estados obsesionados por la seguridad, hambruna infantil, tráfico de seres humanos, talleres de explotación laboral, encarcelamiento juvenil y el resto de horrores que se extienden por nuestro planeta?

¿Por qué sentía ese optimismo? Aquí va una teoría: el sentimiento me nubló la razón. En un momento de descuido, me dejé engatusar por una pequeña flor que brotaba del vasto vertedero tóxico de nuestra sociedad. Un destello de belleza me distrajo de la fealdad para proporcionarme una gratificante excursión emocional fuera de la lógica irrefutable de la desesperanza. Como sucede con cualquier buena noticia, aquel encuentro me dio falsas esperanzas al sugerir que las cosas no están tan mal después de todo. Y eso, en teoría, es peligroso, porque solo si somos sobriamente conscientes del atroz aprieto en que nos encontramos, seremos capaces de responder apropiadamente, en lugar de fingir despreocupadamente que todo va bien.

Pensemos ahora en una teoría alternativa: el constructor de barcas me dio esperanzas porque forma parte de un cambio masivo de valores que se está produciendo bajo de la superficie de la normalidad. No es una excepción; es más bien una persona aventajada dentro de un extenso movimiento. Aunque su vocación no supone un desafío directo al poder establecido, la redirección de su energía vital ayuda a crear una especie de camino o patrón para que otros hagan lo mismo. Su ejemplo anima a otras formas de no-participación. Cuando uno de nosotros conoce a otra persona que también rechaza las normas y valores dominantes, se siente menos loco por hacerlo. Cualquier acto de rebelión o de no-participación, aún a muy pequeña escala, es por lo tanto un acto político. Construir barcas artesanalmente es un acto político. Eso no quiere decir que el sector bancario, Monsanto, el complejo militar-industrial, etc. vayan a cambiar sus formas de operar como por arte de magia, solo porque fuéramos cada vez más los que nos dedicáramos a construir barcas. Quiere decir que la construcción de barcas y otras formas de provocar cambios provienen del mismo sitio.

El constructor de barcas no eligió ese camino porque pensara que así cambiaría el mundo. Si condicionamos las decisiones al poder práctico que estas poseen para cambiar el mundo, a menudo nos quedamos paralizados, porque los cambios que habría que hacer hoy mismo son tan enormes que no tenemos ni idea de cómo llevarlos a la práctica efectivamente. Todo plan es inviable y toda esperanza es ingenua.

El cínico se cree que es una persona práctica, y que el idealista no lo es. En realidad es al revés. El cinismo es paralizante, mientras que la gente inocente intenta llevar a cabo lo que el cínico dice ser imposible, y a veces lo logra.

Paradójicamente, el mundo cambiará gracias a esos miles de millones de actos inútiles. Debemos obedecer una lógica distinta de aquella que nos hace preguntar: «En el gran orden de cosas, ¿causará esto alguna diferencia?» En el gran orden, por ejemplo, del cambio climático, ni siquiera las acciones que se llevan a cabo para reducir las emisiones de CO2 nos llevarán a ningún lugar. Si vas en bici y reduces la contaminación, ¿de qué sirve eso cuando miles de millones de personas que «no entienden lo que está pasando» continúan sin cambiar de hábitos? Así pues, hay quien dice que, en lugar de montar en bici uno mismo, lo único que merece la pena es intentar convencer a millones de personas para que usen la bici, o presionar como lobby para cambiar las políticas gubernamentales. Sin embargo, por esta regla de tres, nadie empezaría a ir en bici. Necesitamos otra razón, una razón no-instrumental, para hacer cosas de esta manera. Lo que quiero decir es que necesitamos una razón que no dependa del resultado final previsto según la forma habitual de entender las relaciones causa-efecto.

Con esto no quiero decir que no debamos intentar cambiar mentes y sistemas. Es solo que con eso no basta, y tampoco está hecho para todo el mundo. Debemos ser conscientes también del poder de las pequeñas elecciones invisibles..

Mientras me alejaba del constructor de barcas, pensaba: «No puedo permitirme vivir en un mundo donde lo que esta persona hace no tiene ninguna importancia». En nuestra visión del mundo, casi todas nuestras pequeñas decisiones personales resultan intrascendentes. Pero, al tomarlas, no nos sentimos así . ¿Vamos a ignorar ese sentimiento de lo que es importante aquí y ahora, en favor de otros medios de tomar decisiones basados en un cálculo racional de los efectos finales?

Quizás esa mentalidad sea la raíz de nuestros problemas. Para empezar, es la mentalidad del dinero: en nombre de una cifra que representa un fin, desviamos tiempo y recursos de las cosas que nos importan de verdad. Los estudiantes lo hacen constantemente cuando eligen una carrera «práctica» en lugar de estudiar lo que realmente les importa (o dejar la escuela para dedicarse a lo que les apasiona). Es también por esa mentalidad por lo que procuramos volvernos insensibles y sacrificamos ese árbol, ese bosque, ese animal o ese ser humano que se interponen en la vía del progreso.

Cuando dejamos de hacerlo y nos fijamos en lo que tenemos ante nuestras narices, a veces nos parece irracional. ¿Cómo es eso conciliable con la importancia que atribuimos a nuestras pequeñas decisiones?

Optimism CynicLa aparente irracionalidad de esas pequeñas acciones llenas de belleza y de servicio a los demás proviene del hecho de hallarnos inmersos en una visión del mundo que define lo que es racional, práctico y lógico. Básicamente, esta da a entender que cada uno de nosotros es un yo separado en un universo externo y objetivo sometido a diversas fuerzas. Dada la relativa debilidad de nuestra propia fuerza, en ese universo externo, nada cuanto hagamos importa demasiado. Pero esa forma de ver el mundo está quedando obsoleta. Cuando, por el contrario, nos vemos a nosotros mismos como seres inseparablemente conectados con todo lo que es, cuando consideramos que nuestro yo y el mundo son espejos inseparables el uno del otro, entonces la sensación de que nuestros actos personales poseen un significado cósmico deja de ser irracional. Eso confiere cierta lógica a la creencia de que cuando algo cambia, todo cambia. Y eso confirma la idea de que el constructor de barcas está creando un camino, un patrón, para que otros también cambien.

 Aunque podría ofrecer muchos más ejemplos que sugieren que las acciones individuales inciden sobre el mundo de formas que suponen un desafío a la manera habitual de entender la causalidad, y aunque podría citar también algunos cambios de paradigmas científicos que parecen invalidar esa radical distinción entre el yo y los otros con que operamos, estos tampoco  ofrecen ninguna certeza ni existen pruebas al respecto. El cínico puede seguir argumentando que no tiene ninguna importancia ni va a servir de nada. Probablemente ya habrás tenido alguna discusión con cínicos así, con ese tipo de realistas que pretenden razonar la imposibilidad práctica de ciertas ideas. Quizás hayas discutido también con el propio cínico que llevas dentro, que te dice lo mismo sobre cualquier cambio que pretendas introducir en tu vida. Bien, todos esos cínicos tienen razón. Desde dentro de los límites de su explicación del mundo, es improbable que funcione. Tendría que ocurrir una especie de milagro, como por ejemplo; que la persona adecuada intervenga desinteresadamente para ayudar en el momento oportuno, o que alguien cambie de opinión y actúe en contra de su propio interés racional.

Si queremos que el planeta sea habitable dentro de 50 años, tendrán que pasar cosas así de forma masiva.

En ausencia de certezas o pruebas, ¿cómo podemos derrotar al cinismo (ya sea interior o exterior)? No podemos. Podemos, sin embargo, tratar la herida que genera. El cinismo protege la herida del idealismo frustrado y la esperanza traicionada. Cualquier cosa que vuelva a despertar esa ingenua creencia de que un mundo más bonito es posible genera, junto a un inspirador sentimiento de esperanza, grandes cantidades de miedo, pena y dolor. Tenemos miedo de sentirnos decepcionados de nuevo. Es más seguro no creer, más seguro desestimarlo como idealista, impráctico o imposible. De ese dolor proviene el escarnio que normalmente acompaña al escepticismo. Puede que ése sea el motivo por el que las teorías científicas heterodoxas, o los fenómenos que sugieren que hay orden, inteligencia y propósito en el universo más allá de nosotros mismos, atraen tantas críticas agresivas.

Vamos a hacer un pequeño experimento. Repite la frase “Eisenstein es un auténtico ingenuo” en tu cabeza varias veces, y déjate llevar por ese planteamiento crítico y sentencioso. ¿Cuál es la mezcla de sentimientos que le acompaña? Puede que sientas cierta gratificación. No hay quien te tome el pelo. Eres práctico, racional, inteligente. No te vas a dejar engatusar por emociones ingenuas para creer en algo. ¿Qué dolor cubren esos sentimientos y juicios? ¿Qué te duele?

Solo cuando nos enfrentemos y curemos esa herida que hay por debajo, podremos alzarnos en nuestra capacidad como agentes del cambio. Solo entonces seremos verdaderamente capaces de creer en aquello que queremos crear, y nos entregaremos por completo a la creación de ese mundo más bonito que nuestro corazón nos dice que es posible. El cinismo, la tristeza, la desesperación no son obstáculos a superar.


Esta traducción también ha aparecido en:

Sé apocalíptico: Por qué lo radical se ha vuelto normal

ApocaloveRobert Jensen

Traducido por Stacco Troncoso, editado por Arianne Sved – Guerrilla Translation! Imagen de Daniel Proulx

Artículo original

¿Sientes ansiedad vital en esta sociedad destrozada, en este planeta saturado? No es de extrañar. La vida, tal y como la concebíamos, está a punto de desaparecer. Mientras que la cultura dominante impulsa la negación disfuncional −tómate una pastilla, vete de compras, encuentra la felicidad− existe una estrategia más sensata: acepta la ansiedad, asume la angustia profunda, y ponte apocalíptico.

Nos hallamos ante una cascada de múltiples crisis ecológicas. Lidiamos con instituciones políticas y económicas incapaces de asumir, y mucho menos solucionar, estas amenazas a la familia humana y al mundo natural en su conjunto. Estamos intensificando un asalto sobre los ecosistemas de los que dependemos, mermando la capacidad del mundo natural para sustentar una presencia humana a gran escala en el futuro. Cuando el mundo se oscurece, fijarse en el lado bueno deja de ser virtud para convertirse en señal de irracionalidad.

En semejantes circunstancias, la ansiedad se vuelve racional y la angustia sana. Ya no son señales de debilidad sino de valentía. El dolor profundo por lo que estamos perdiendo −y lo que ya hemos perdido, y quizá jamás recuperemos− es apropiado. En vez de reprimir estas emociones, podemos confrontarlas, no como individuos aislados sino colectivamente, y no sólo por el bien de nuestra salud mental, sino para incrementar la  eficacia de nuestra organización a favor de la justicia social y la sostenibilidad ecológica que aún esté a nuestro alcance. Una vez procesadas estas reacciones, podemos volvernos apocalípticos y empezar el trabajo de verdad.

Puede sonar extraño, dado que normalmente se nos recomienda superar nuestros miedos y no ceder a la desesperación. Defender el apocalipticismo puede resultar aún más raro, debido a su asociación con reaccionarios religiosos que se preparan para “el fin de los tiempos” o con pesimistas laicos obsesionados con la supervivencia. Las personas con sensibilidad crítica, los que nos preocupamos por la justicia y la sostenibilidad, nos vemos como realistas y menos propensos a caer en fantasías teológicas o de ciencia ficción.

Muchos asocian la “apocalipsis” con los delirios de rapto derivados de ciertas interpretaciones del Libro de las Revelaciones cristiano (o el Apocalipsis de Juan), pero conviene recordar que el significado original de la palabra no es “fin del mundo”. El significado tanto de “revelación”, del latín, como de “apocalipsis”, del griego, alude al levantamiento del velo, la divulgación de lo oculto y la llegada de la claridad. En este contexto, hablar apocalípticamente puede ahondar en nuestra comprensión de las crisis y ayudarnos a ver a través de la maraña de ilusiones tejida por las personas e instituciones del poder.

Pero hay un final que tenemos que afrontar. Una vez que nos hayamos enfrentado honestamente a las crisis, podremos ocuparnos de aquéllo que está acabando, que no es el mundo entero sino los sistemas que estructuran nuestras vidas en la actualidad. La vida tal y como la conocemos está, indudablemente, llegando a su final.

Empecemos con las ilusiones: Algunas de las historias que nos hemos contado −afirmaciones provenientes de personas blancas, hombres, o ciudadanos estadounidenses que ven la dominación como algo natural y apropiado− son relativamente fáciles de desmentir (aunque aún son muchos los que se aferran a ellas). Otras aseveraciones delirantes, como la aserción de que el capitalismo es compatible con los principios morales básicos, una democracia sólida y la sostenibilidad ecológica, son más difíciles de desmontar (tal vez porque no parece haber alternativa).

Pero quizás la más difícil de desbancar sea la creencia central de la economía extractiva del mundo industrial: que somos capaces de sostener una presencia humana a gran escala indefinidamente manteniendo los niveles actuales de consumo del Primer Mundo. El cometido de aquéllos con sensibilidad social no es sólo resistirse a normas sociales opresivas y a la autoridad ilegítima, sino proclamar una simple verdad que casi nadie quiere admitir: la vida de alta energía/alta tecnología de las sociedades pudientes supone un callejón sin salida. No podemos predecir con precisión los efectos de la competición por recursos o de la degradación ecológica en las décadas venideras, pero tratar al planeta como una mera mina de la que extraemos y un vertedero al que tirar después los desechos es puro ecocidio.

No podemos saber con certeza cuándo va a acabar la fiesta, pero la fiesta se ha acabado.

¿Parece histriónico? ¿Excesivamente alarmista? Fijémonos en cualquier indicador decisivo sobre la salud de la ecosfera que habitamos −agotamiento de aguas subterráneas, pérdida de suelo fértil, contaminación química, incremento de la toxicidad en nuestros propios cuerpos, la cantidad y extensión de “zonas muertas” en los océanos, la aceleración en la extinción de las especies y la reducción de la biodiversidad− y planteémonos una sencilla pregunta: ¿Hacia dónde nos dirigimos?

Tampoco olvidemos que vivimos en un mundo basado en el petróleo que está agotando rápidamente todo el petróleo barato y fácilmente accesible, lo cual significa que nos enfrentamos a una reconfiguración a gran escala de las infraestructuras que soportan nuestra vida cotidiana. Mientras tanto, la desesperación por evitar tal reconfiguración nos ha llevado a una era de “energía extrema” y a la utilización de tecnologías cada vez más peligrosas y destructivas (fracturación hidráulica, extracción en aguas profundas, minería de extracción de cimas de montaña, extracción en arenas de alquitrán).

Ah, ¿se me ha pasado mencionar la indiscutible progresión del calentamiento global/cambio climático/perturbación climática?

Vivimos en una época en la que los científicos hablan de momentos críticos y de fronteras planetarias, sobre cómo la actividad humana está lastrando la Tierra más allá de su capacidad. Hace poco, 22 científicos de prestigio advirtieron que es probable que los humanos estemos forzando una transición crítica y a escala planetaria “con el riesgo de una rápida e irreversible transformación de la Tierra hasta llegar a un estado desconocido en la experiencia humana”, y eso significa que “los recursos biológicos que ahora damos por sentados pueden verse sujetos a transformaciones rápidas e imprevisibles en cuestión de unas pocas generaciones humanas”.

Tal conclusión se deriva de la ciencia y del sentido común, no de creencias sobrenaturales ni de teorías conspiratorias. Las implicaciones sociopolíticas son evidentes: no habrá solución a nuestros problemas mientras insistamos en salvaguardar el estilo de vida de alta energía/alta tecnología predominante en gran parte del mundo industrializado (y que anhelan muchos de los que, en estos momentos, se ven privados del mismo). Hay mucha gente dura de pelar que, aun estando dispuesta a cuestionar otros sistemas opresivos, se agarra férreamente a esta forma de vivir. El crítico Frederic Jameson ha escrito: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”, pero eso sólo es parte del problema. Para algunos es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del aire acondicionado.

Es cierto, vivimos en una especie de fin de los tiempos. No es el fin del mundo −el planeta seguirá existiendo con o sin nosotros− sino el fin de los sistemas humanos que estructuran nuestra política, economía y vida social. “Apocalipsis” no tiene porqué implicar fantasías de rescate celestial ni el culto a la supervivencia del más fuerte; ser apocalíptico significa ver las cosas claras y comprometernos a recuperar los valores fundamentales.

En primer lugar, debemos reiterar el valor de nuestro trabajo en pro de la justicia y la sostenibilidad, aun sin la garantía de poder cambiar la trayectoria desastrosa de la sociedad contemporánea. Asumimos proyectos, incluso sabiendo que pueden fracasar, porque es lo correcto y, al asumirlos, creamos nuevas oportunidades tanto para nosotros mismos como para el mundo. Al igual que, aun siendo conscientes de que todos moriremos algún día, seguimos levantándonos cada mañana, una evaluación honesta de la realidad planetaria no tiene porqué paralizarnos.

Así pues, abandonemos tópicos tan sobados como: “El pueblo americano hará lo correcto si conoce la verdad” o “Los movimientos sociales del pasado demuestran que nada es imposible”.

No hay ninguna evidencia de que ser conscientes de una injusticia incite automáticamente a la ciudadanía estadounidense, o a cualquier otra, a corregirla. Cuando las personas creen que la injusticia es un mal necesario para mantener su comodidad material, algunas aceptan esas condiciones sin rechistar.

Los movimientos sociales centrados en temas raciales, de género y de orientación sexual han conseguido cambiar leyes y prácticas opresivas y, en menor grado, alterar creencias arraigadas. Pero los movimientos que celebramos más a menudo, como la lucha por los derechos civiles tras la Segunda Guerra Mundial, operaban dentro de una cultura que daba por garantizada la continuidad de la expansión económica. Ahora vivimos en una era de contracción permanente −cada vez habrá menos de todo, no más. Presionar a un grupo dominante a renunciar a ciertos privilegios cuando hay expectativas de abundancia ilimitada para todos es un proyecto muy distinto a hacerlo cuando hay una intensa competencia por acumular recursos. Esto no presupone que seamos incapaces de avanzar en nuestro afán de justicia y sostenibilidad, pero tampoco debemos caer en el simplismo de creer en su inevitabilidad.

Otro tópico a desechar: La necesidad es la madre de la invención. Durante la edad industrial, y gracias a la explotación de nuevos suministros de energía concentrada, la humanidad ha generado una cantidad inaudita de innovación tecnológica, y en poco tiempo. Pero esto no es garantía de que exista una solución tecnológica para cada uno de nuestros problemas; vivimos en un sistema con límites físicos y toda la evidencia apunta a que estamos muy cerca de esos límites. El fundamentalismo tecnológico −dícese de esa creencia cuasi-religiosa que mantiene que la aplicación de la tecnología más avanzada siempre es apropiada, y que todo problema provocado por cualquier consecuencia no intencionada se puede remediar mediante más tecnología− es una promesa tan vacía como cualquier otro fundamentalismo.

Si todo esto nos resulta inaguantable, es porque lo es. Nos enfrentamos a nuevos retos, cada vez más expansivos. En ningún momento de la historia de la humanidad nos habíamos enfrentado a tantas catástrofes potenciales a nivel global; jamás nos habíamos visto amenazados por tantas crisis sociales y ecológicas simultáneamente; jamás habíamos tenido tal abundancia de información sobre las amenazas que hemos de asimilar.

Es fácil huir de nuestra incapacidad de enfrentarnos a ello proyectándola sobre los demás. Cuando alguien me dice: “Estoy de acuerdo con tu evaluación pero la gente no puede asimilarlo”, entiendo que lo que esa persona me está diciendo en realidad es: “Yo no puedo asimilarlo.” Pero asimilarlo es, a fin de cuentas, la única opción sensata.

Los políticos establecidos continuarán protegiendo los sistemas de poder existentes, los directivos de empresas seguirán maximizando ganancias sin importarles nada más y la mayoría de la gente continuará evadiendo estos temas. La tarea de aquéllos con sensibilidad crítica −aquéllos que defienden continuamente la justicia y la sostenibilidad, incluso cuando resulta difícil− es no echarse atrás por el simple hecho de que el mundo se ha vuelto más ominoso.

La adopción de este esquema apocalíptico no supone separarse de la sociedad convencional ni dejar de lado proyectos que busquen un mundo más justo dentro de los sistemas existentes. Soy profesor en una universidad que no comparte ni mis valores ni mi análisis pero, aun así, sigo enseñando allí. En mi comunidad, formo parte de un grupo que ayuda a la gente a crear cooperativas que operarán dentro de un sistema capitalista que, a mi modo de ver, es un callejón sin salida. Pertenezco a una parroquia que lucha por radicalizar el Cristianismo sin dejar de formar parte de una confesión religiosa cautelosa y, a menudo, cobarde.

Soy apocalíptico, pero no me interesa una retórica vacía extraída de movimientos revolucionarios de antaño. Sí, necesitamos una revolución, muchas revoluciones, pero la estrategia aún no está clara. Por tanto, mientras trabajamos pacientemente en proyectos reformistas, podemos seguir ofreciendo un análisis radical y experimentando con nuevas formas de trabajar juntos. Podemos contribuir a reforzar las redes e instituciones que pueden servir de base para los cambios radicales que necesitamos sin dejar de implicarnos en la educación y el activismo a nivel local para obtener objetivos modestos e inmediatos. En estos espacios podemos articular, y vivir, a día de hoy los valores de solidaridad e igualdad que siempre serán esenciales.

Adoptar una visión apocalíptica no es abandonar la esperanza sino reafirmar la vida. Como dijo James Baldwin hace varias décadas, debemos recordar “que la vida es el único punto de referencia y que la vida es peligrosa y que, sin la alegre aceptación de tal peligro, nunca habrá seguridad para nadie, jamás y en ningún lugar”. Evitar la dura realidad de nuestro momento histórico no nos garantiza seguridad alguna, tan sólo sirve para erosionar el potencial de las luchas por la justicia y la sostenibilidad.

Tal y como dijo Baldwin de manera tan aguda en ese mismo ensayo de 1962: “No todo a lo que nos enfrentamos puede cambiarse, pero no podemos cambiar nada hasta que nos enfrentemos a ello”.

Es hora de ponernos apocalípticos, o quitarnos de en medio.


N. del T. Muchas de las ideas expuestas en este artículo están extraidas del libro de Jensen: We Are All Apocalyptic Now: On the Responsibilities of Teaching, Preaching, Reporting, Writing, and Speaking Out.

Agradecimientos espaciales a Nano Sancho, Joan Quesada Navidad y Miki Decrece por sus sugerencias en la traducción del artículo.


Guerrilla Translation/Relacionado:El futuro ha de ser verde, rojo, negro femenino/ Robert Jensen“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”Naomi KleinVivir sin crecimiento económico/ Charles Eisenstein

Vivir sin crecimiento económico

extraenvironmentalistepisode53art

Charles Eisenstein / The Extraenviromentalist

Traducción: Luis Gómez. Edición y subtítulos: Stacco Troncoso – Guerrilla Translation! 
Video original

 Una producción de nuestros amigos de The Extraenviromentalist:

“Charles Eisenstein habla sobre la bajada en los índices de crecimiento a lo largo del planeta. Dado que el crecimiento económico se ha visto estancado en el 2012, ¿cabe la posibilidad de que el 2013 sea el año en el que aprendamos a vivir sin crecimiento? En este vídeo Charles recuenta sus observaciones tras viajar a lo largo de una Europa devastada por la austeridad y habla sobre la necesidad de separar nuestro concepto de progreso de los bienes materiales.”

Para activar los subtitulos, pulsar sobre el rectángulo la parte inferior derecha