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El principio de autoridad

AMAZING viewKarol Olesiak de Soldiers for the Cause entrevista a Scott Noble

Scott Noble es el director de varios documentales exitosos y con una importante carga política. Entre ellos destacan títulos como Psywar (Guerra psicológica), Human Resources (Recursos humanos) and Lifting the Veil (Levantando el velo).  Su documental sobre Occupy Wall Street, Rise Like Lions, acabó en primer lugar en la lista de los diez mejores documentales sobre Occupy de la página Films for Action. Su última obra, The Power Principle (El principio de autoridad), trata sobre el Imperio americano haciendo hincapié en la Guerra Fría. Le hemos enviado unas preguntas y, a continuación, reproducimos sus respuestas.

Tu documental Rise Like Lions traza la historia del movimiento Occupy Wall Street. ¿Qué te atrajo de Occupy?

Bueno, creo que debería empezar diciendo que mis opiniones probablemente resulten más “radicales” que las de muchos de vuestros lectores. Occupy está compuesto de gente muy diversa, desde “liberales” y “libertarios” que preferirían una reforma del sistema manteniendo la mayoría de sus instituciones intactas, a “radicales” que quieren transformar por completo las instituciones en sí. Yo soy de los últimos.

Ken Knabb, autor de The Joy of Revolution (El placer de la revolución), ha dicho que Occupy es “el cambio más significativo y radical visto en América desde los años 60”. Ojalá esté en lo cierto. Lo importante es que la gente se está empezando a unir a nivel internacional en búsqueda de una nueva sociedad. Que estos movimientos se sigan agrupando bajo el nombre de “Occupy” en el futuro o no, tampoco tiene tanta importancia. La mecha está prendida.

La respuesta por parte de las “autoridades” ha sido bastante reveladora. Rebecca Solnit de Tom Dispatch ha caracterizado los desalojos de los campamentos de Occupy como “Fuerza casi-letal en su máxima expresión y dirigida hacia gente durmiendo en tiendas, madres con hijos, peatones desarmados, mujeres jóvenes que ya estaban acorraladas, estudiantes sentados que no ofrecían resistencia, poetas, profesores, embarazadas, activistas en sillas de ruedas y octogenarios. Ha sido la mayor campaña continua de brutalidad policial perpetrada en los últimos 40 años, desde Wall Street al Estado de Washington.”

Existe la tentación de ver a la clase dominante como una panda de sádicos. Pero, en lo que a la respuesta histérica ante Occupy se refiere, creo que se han comportado así por puro pánico. Es como la fábula del animal salvaje que te teme más a ti de lo que tú le temes a él. Las élites temen la igualdad, temen la democracia real y temen la justicia. No creo que el cabreo justificado del pueblo se vaya disipar en un futuro próximo. Todos los indicadores apuntan a que, en vez de dirigirnos hacia la “recuperación”, viviremos una serie de eventos catastróficos –sociales, financieros, medioambientales– o incluso una posible Tercera Guerra Mundial. Dar palos puede que funcione a corto plazo, pero no apagará el fuego. Lo único que hacen “los chicos de azul” es dispersar un poco las chispas.

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La siguiente pregunta es si este fuego va ser iluminador o meramente destructor. En El espíritu de rebelión, el gran filósofo anarquista Piotr Kropotkin escribió: “La dirección de esta revolución dependerá, no cabe duda, de la suma total de todas las circunstancias que determinen la llegada del cataclismo. Pero se puede predecir con antelación según el vigor de la acción revolucionaria evidenciada en el período preparatorio por los distintos actores progresistas.”

Ahora mismo estamos en ese período preparatorio, aunque pocos se den cuenta. Obama firmó el NDAA 1 en la nochevieja del 2011, cuando todo el mundo estaba borracho. Es una metáfora muy apropiada. Estamos viendo la introducción de nuevas armas “menos letales”, tecnologías de vigilancia, leyes fascistoides, apropiación de recursos y demás; mientras tanto, una pequeña parte de la población intenta establecer un amago de vigor (r)evolucionario.

A mi modo de ver, el objetivo es la participación directa del pueblo en la gestión de nuestras vidas, incluyendo el ámbito laboral. Es decir, democracia real y participativa.

Tenemos, como poco, a un tercio de la población viviendo en la tierra de los sueños. Una de dos: o ignoran por completo la magnitud del problema, o han proyectado su furia sobre chivos expiatorios irrelevantes. Éste último grupo está formado por personas que se postran ante el poder mientras que dirigen su furia hacia todo aquel que ocupa un escalafón “más bajo” en la jerarquía social. El neofascismo está en auge tanto en Europa como en Norteamérica.

También tenemos un porcentaje alto de la población consumido por la desesperación y otros mecanismos de defensa.

Pero también tenemos Occupy y otros movimientos relacionados en otros países. Parece que la clase gobernante transnacional está haciendo un esfuerzo coordinado para implementar una especie de sociedad neofeudal a lo largo del planeta. Incluso en Canadá –el país con los mayores depósitos de recursos naturales del mundo, se están aplicando políticas de “austeridad”. Se trata de una lucha de clases a escala global.

Si esperamos que nuestros “líderes” resuelvan todos estos problemas, estamos condenados. En “Breve historia del progreso” 2, Ronald Wright examina la respuesta de las élites a los colapsos sistemáticos del pasado: la Isla de Pascua, Roma, Sumeria, los Mayas y demás. Cuando estas sociedades empezaron a implosionar, las élites no quisieron admitir sus errores y cambiar de rumbo — aunque no les faltaran oportunidades para hacerlo y, por el contrario, permanecieron inamovibles; acelerando un nivel de consumo extravagante, declarando más guerras, y aumentando la represión de las poblaciones domésticas.

Si confiamos en la clase gobernante, lo más probable es que la especie humana quede extinta en un futuro cercano. No creo que esa frase sea una hipérbole. Puedes fijarte en cualquier indicador. Por ejemplo, en estos últimos 60 años un 40% de todo el fitoplancton ha muerto. El fitoplancton es una parte absolutamente esencial de nuestros sistemas de soporte vital planetario. En términos simples, la clase gobernante parasitaria está matando a su huésped –nosotros– junto a prácticamente todas las demás formas de vida que hay en la Tierra.”

Si confiamos en la clase gobernante, lo más probable es que la especie humana quede extinta en un futuro cercano. No creo que esa frase sea una hipérbole. Puedes fijarte en cualquier indicador. Por ejemplo, en estos últimos 60 años un 40% de todo el fitoplancton ha muerto. El fitoplancton es una parte absolutamente esencial de nuestros sistemas de soporte vital planetario. En términos simples, la clase gobernante parasitaria está matando a su huésped –nosotros– junto a prácticamente todas las demás formas de vida que hay en la Tierra.

Esto no es un sistema de soporte de la vida;  es un sistema de soporte de la muerte. Eric Fromm utilizaba el término “necrófilo”: “Atracción apasionada por todo aquello que esté muerto, degenerado, podrido, enfermo… la pasión por transformar aquello que vive en algo muerto… destruir por el hecho de destruir… un interés exclusivo por todo lo puramente mecánico.”

No son unas pocas manzanas podridas en Goldman Sachs. En “La colonia penitenciaria” Franz Kafka compara el sistema de gobierno moderno a una máquina en la que todos, incluyendo los gestores de la colonia, deben sacrificarse.

Nadie sale beneficiado de este sistema, ni siquiera la clase gobernante; están condenando a sus nietos a un destino espeluznante.

Mientras tanto, la gente “normal” se desespera cada vez más. Hubo una época en la que los trabajadores se referían a la mano de obra como una “esclavitud asalariada”, mientras que vender nuestro trabajo a un “jefe” para pasar el día acatando sus órdenes nos parecería un insulto a la dignidad. Ahora nos sentimos agradecidos solo por tener trabajo.

Nos enfrentamos a una tarea sobrecogedora. Pero quizás no sea tan desesperada como aparenta.

En muchos sentidos, la estructura estadounidense del poder –como todas las estructuras jerárquicas– es un tigre de papel. Depende en gran parte en lo que Etienne de la Boetie llamaba “servidumbre voluntaria”.

No quiero exagerar esta observación. En Estados Unidos, específicamente, pronto tendremos a miles de drones patrullando la “patria”; mientras que miles de seres humanos que se comportan como drones trabajan diligentemente para el FBI, la seguridad nacional y agencias similares. El presidente norteamericano actual es poco más que un drone supremo. La biométrica y otras tecnologías de vigilancia se extienden a lo largo del país y, por desgracia, no parece que este imperio vaya a renunciar el poder tal y como hizo la Unión Soviética durante el Glasnost y la Perestroika.

En todo caso, jamás debemos olvidar que realmente nos enfrentamos a un porcentaje mínimo de la población. Aun incluyendo a sus esbirros en el aparato de seguridad, sigue siendo menos que un 1%. La Stasi en Alemania Oriental era el aparato de seguridad más temido del mundo; contaban con más de medio millón de informadores; aun así se les derrocó en cuestión de días. En el fondo, los autoritarios son unos cobardes.”

En todo caso, jamás debemos olvidar que realmente nos enfrentamos a un porcentaje mínimo de la población. Aun incluyendo a sus esbirros en el aparato de seguridad, sigue siendo menos que un 1%. La Stasi en Alemania Oriental era el aparato de seguridad más temido del mundo; contaban con más de medio millón de informadores; aun así se les derrocó en cuestión de días. En el fondo, los autoritarios son unos cobardes.

Si surge, y cuando surja, un grupo lo suficientemente grande de gente que decida que el juego se ha acabado, el juego se habrá acabado.

Puede que sea un baño de sangre, puede que sea un despertar masivo, puede que sea ambas cosas. Pase lo que pase, Occupy tiene el potencial de educar al pueblo antes de que sea demasiado tarde.

¿Qué opinas sobre las próximas elecciones americanas 3 y qué papel crees que jugará el movimiento Occupy?

No soy estadounidense y no voy a opinar sobre cómo deben votar los estadounidenses. Es cierto que las corporaciones americanas se han adueñado de una tercera parte de Canadá, convirtiendo al país en una colonia de facto del imperio pero, técnicamente, aún somos dos países distintos. Lo que sí diré es que el concepto de “el mal menor” es una estrategia fallida. Peor aún, creer que una persona aupada a una posición de poder –incluso a la presidencia– vaya a ser capaz de afrontar las crisis que nos amenazan es una noción utópica.

IROQUESES

Confederación Iroquesa

La masa continental  conocida hoy en día como Estados Unidos no ha disfrutado de una democracia a gran escala desde la Confederación Iroquesa 4. Es más, no hay virtualmente ningún país en el mundo, independientemente de las etiquetas políticas que se utilicen, donde el pueblo realmente ostente el poder, ni por asomo. Suiza es bastante democrática; pero incluso en países como Suiza existen jerarquías institucionales muy asentadas, además de una adherencia notable a los sistemas de mercado.

Dentro de la “democracia representativa” de Estados Unidos y de prácticamente todos los demás países del mundo –especialmente después del surgimiento de la televisión, el voto se ha convertido en poco más que un ejercicio simbólico. Las elecciones son, por encima de todo, pugnas entre distintas empresas de relaciones públicas y especialistas en fraude electoral. Con esto no quiero decir que votar no pueda producir resultados positivos, pero tenemos que ser realistas.

En general, el público no entiende muy bien el significado de la palabra “anarquismo”, pero básicamente se trata de una filosofía que aboga por la descentralización y los sistemas de democracia directa. Por ejemplo, en vez de permitir que los políticos tomen todas las decisiones importantes “en nuestro nombre”, una sociedad anarquista contaría con delegados que —en el supuesto de tomar decisiones importantes sin el consentimiento de la mayoría— podrían revocarse y reemplazarse. De hecho, es la manera en la que los humanos nos hemos organizado durante la mayor parte de nuestra existencia en el planeta Tierra.”

Otra forma de ver las campañas políticas es que suponen un despilfarro tremendo de energía que podría emplearse en otras cosas. Esta es la opinión tradicional de los anarquistas. La anarquista norteamericana Lily Gair Wilkinson escribió: “La llamada a los votos jamás puede ser una llamada a la libertad porque, ¿qué es votar? Votar es registrar consentimiento a someterse al mandato de un tipo de legislador u otro.”

En general, el público no entiende muy bien el significado de la palabra “anarquismo”, pero básicamente se trata de una filosofía que aboga por la descentralización y los sistemas de democracia directa. Por ejemplo, en vez de permitir que los políticos tomen todas las decisiones importantes “en nuestro nombre”, una sociedad anarquista contaría con delegados que —en el supuesto de tomar decisiones importantes sin el consentimiento de la mayoría— podrían revocarse y reemplazarse. De hecho, es la manera en la que los humanos nos hemos organizado durante la mayor parte de nuestra existencia en el planeta Tierra.

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Marcha conmemorativa Kanien’kehá:ka Montreal.

Aquí tenemos la descripción de Kahentinetha Horn del proceso de toma de decisiones consensual de los Kanien’kehá:ka:

“Nadie puede imponer su voluntad ni tomar decisiones en nombre de otro, todos tenemos que entender el punto de vista y estar de acuerdo por voluntad propia. El objetivo no es el consenso total, sino la comprensión total… el individuo tiene el deber de involucrarse directamente y de aportar sus ideas a la discusión dentro de su clan. La decisión final será totalmente satisfactoria para algunos, satisfactoria para otros y relativamente satisfactoria para el resto, y reflejará elementos de todos estos grupos. Se trata de un procedimiento lento y cuidadoso que requiere comprensión absoluta por parte de cada individuo y no una decisión tomada por ‘un líder’. La persona que explica la decisión es un portavoz.”

En cuanto a Occupy, no estoy de acuerdo al 100% con el modelo de consenso adoptado por las asambleas de ciertas localidades; hay demasiado riesgo de sabotaje por parte de infiltrados; pero opino que su estructura de democracia directa es la más apropiada.

En cuanto al movimiento Occupy y las elecciones, creo que lo más importante es seguir siendo independiente del partido Republidemócrata 5 o cualquier otro que pretenda cooptar el movimiento. Dejemos que Occupy construya alternativas reales. En mi documental “Lifting the Veil” la historiadora Sharon Smith describe al Partido Demócrata como “el cementerio de los movimientos sociales”. Es algo que hay tener en cuenta. 

Dentro de la “democracia representativa” de Estados Unidos y de prácticamente todos los demás países del mundo –especialmente después del surgimiento de la televisión, el voto se ha convertido en poco más que un ejercicio simbólico. Las elecciones son, por encima de todo, pugnas entre distintas empresas de relaciones públicas y especialistas en fraude electoral. Con esto no quiero decir que votar no pueda producir resultados positivos, pero tenemos que ser realistas.”

¿Cómo ves la trayectoria de Occupy y a dónde crees que se dirigirá de cara al futuro?

Creo que esta pregunta merece una respuesta detallada, porque hay una gran variedad de resultados potenciales.

En estos momentos, Occupy está evolucionando de distintas maneras. Esto es muy saludable. Hay ocupaciones de casas desahuciadas, actos de solidaridad con los presos, boicots, la gente está cambiando de bancos a uniones de crédito y demás.

El movimiento ya ha tenido éxito en el sentido que ha afectado al discurso dominante. Toda la idea del 1% en contra del 99% es meme muy poderoso. En mi opinión, lo más importante es que Occupy está construyendo redes de ayuda mutua. EEUU es una sociedad tremendamente atomizada y el primer paso para provocar un cambio real es derribar esos muros diseñados para que las personas permanezcan aisladas entre sí.

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Quebec, 2012

Según escribo estas palabras, la insurrección más importante relacionada con Occupy en Norteamérica está ocurriendo en Quebec. Los estudiantes se niegan a aceptar la subida de las matrículas y desafían abiertamente las draconianas leyes de “emergencia” que impulsa el Estado. Lo más impactante de estas asambleas estudiantiles es que insisten en organizarse mediante la democracia directa y rechazan los viejos modelos jerárquicos. Se han inspirado en los estudiantes chilenos, que a su vez se han inspirado en los estudiantes griegos y españoles, que a su vez también han tomado inspiración de los eventos en Egipto y demás. La juventud, en particular, está empezando a darse cuenta de que la democracia “representativa” es una dinámica de organización social anticuada.

Con el paso del tiempo, Occupy y otros movimientos relacionados se volverán más militantes. Estoy bastante seguro de ello. No estoy hablando de una insurrección armada contra el gobierno, aunque es un escenario concebible si la gente llega a un extremo de desesperación; estoy hablando más bien de un nivel más avanzado de conciencia de clase, sacrificio, solidaridad, organización, participación y una voluntad de sobrepasar, circunvalar y superar las instituciones tradicionales.

Es probable que veamos un aumento de la violencia perpetrada por el Estado. La autodefensa, o incluso la autodefensa armada, es otra posibilidad.

El poder utiliza varias técnicas previsibles para aniquilar cualquier movimiento que proponga cambios positivos. Uno es la propaganda. Otro es la fuerza bruta. Otro es la cooptación por parte del establishment. Otra es la contrainteligencia, incluyendo “trucos sucios”. Todos estos están entrelazados y se alimentan mutuamente.

El primer objetivo es dividir y conquistar al movimiento. Ya vemos señales de esto en Occupy y, especialmente, ahora que nos aproximamos a las elecciones. Escribiendo en The American Prospect 6, Sally Kohn sugiere que Occupy no tardará en verse dividido en facciones: los “radicales” y “anarquistas” quedarán marginalizados (aunque los que empezaron el movimiento eran “radicales” y “anarquistas”) mientras que el resto se adaptará a la “corriente principal”. Creo que a Kohn le parece una gran idea. Pero examinémosla más de cerca.

La filosofía de Gandhi era anárquica (“El Estado no-violento ideal sería una anarquía ordenada”) y, de hecho, gran parte de su filosofía estaba basada en la no-violencia de dos filósofos anarquistas (Kropotkin y Tolstoy). También dijo que la política era un mal necesario, llamándolo “un pulso con la serpiente”. Puede que ahora, y gracias a las nuevas tecnologías, podamos tomar un camino distinto: en vez de librar un pulso con la serpiente, quizás podamos engañarla. Echar pulsos con serpientes no es la manera más inteligente de conseguir un objetivo.”

PR Watch 7 publicó un comunicado fascinante firmado por Ron Duchin, antiguo presidente de Mongoven, Biscoe & Duchin (MDB), una agencia de asuntos públicos basada en Washington D.C. especializada en “la gestión de conflictos y la motivación que impulsa a los movimientos activistas”.

power_principle_filmDuchin se graduó del US Army War College 8 y fue asistente especial del secretario de defensa. Su nombre aparece listado en la Asociación de Antiguos Oficiales de Inteligencia.

“En 1991 dio un discurso ante la Asociación Nacional de Ganaderos Estadounidenses, describiendo las estrategias empleadas por MBD para dividir y conquistar movimientos activistas. Duchin afirma que los activistas se dividen en cuatro categorías: radicales, oportunistas, idealistas y realistas y que, para derribarlos, se necesita una estrategia en tres pasos.

“Primero, aíslas a los radicales –los que quieren cambiar el sistema y promover la justicia social. Segundo, “cultivas” cuidadosamente a los idealistas: los que son altruistas, no pretenden sacar provecho de su activismo y no son tan extremos en sus métodos y objetivos como los radicales. Esto se logra convenciéndoles poco a poco de que su activismo tiene consecuencias negativas para algunos grupos, para finalmente convertirles en realistas”

“Finalmente, coaccionas a los realistas (los progresistas pragmáticos dispuestos a trabajar dentro del sistema) para llegar a un acuerdo”

Una de las estrategias más utilizadas para aislar a los “radicales” es la provocación.

Tanto Gandhi como Martin Luther King estarían horrorizados al comprobar que, hoy en día, mucha gente cree que una ventana de Starbucks goza de más “derechos” que un grupo de manifestantes pacíficos. Es más, ninguno de estos dos señores condenó a los revolucionarios violentos; responsabilizaron a los verdaderos culpables –los arquitectos del sistema.

En lo que a violencia se refiere, podemos aprender muchas lecciones del programa de contrainteligencia del FBI para enfrentarse a la “nueva izquierda” en la época de los derechos civiles. Aquí tenemos un ejemplo típico protagonizado por un agente provocador:

“Tommy el viajero”, haciéndose pasar por organizador del SDS  9, ofrecía bombas, armas de fuego y talleres sobre tácticas de guerrilla a los estudiantes de varias universidades neoyorquinas. Dos de los estudiantes a los que había enseñado hacer cócteles molotov quemaron el edificio del  ROTC de la facultad y fueron arrestados de inmediato (New York Times, 7 y 19 de junio, 1970).

En su estudio, On an Overlooked Category of Social Movement Participant: the Agent Provocateur and the Informant (“Las categorías ignoradas de los partícipes en movimientos sociales: el agente provocador y el informador”) el sociólogo Gary T. Marx resume el objetivo de estas operaciones: “Reunir evidencias para utilizar en un juicio, promover la paranoia y la discordia interna, y/o dañar la imagen pública de un grupo”.

Dado que estas triquiñuelas son prácticamente imposibles de prevenir, y teniendo en cuenta que pueden fomentar la paranoia y la desmoralización dentro de grupos disidentes (siendo este uno de sus objetivos), hay muchos intelectuales y activistas que pasan este tema por alto. Me parece un error.

Primero, si estudiamos la historia de las operaciones clandestinas, podemos aprender cómo minimizar la amenaza que suponen estos trastornos de la mejor manera posible. He aquí una lección importante: jugar a “pillar al chivato” es un juego peligroso.

En un memorándum de 1970, “…se ordenó a los agentes del FBI a plantar documentos falsos –impreso con material de oficina del FBI– en manos de las Panteras Negras para provocar sospechas de la presencia de informadores policiales dentro del grupo.”. Otra directiva del FBI ordena a los agentes a cuestionar constantemente las motivaciones de los componentes de la nueva izquierda: “Aumentará el nivel de paranoia inherente a estos círculos, y propagará la noción de que hay un agente del FBI escondido detrás de cada buzón”.

En conclusión: es mejor debatir tácticas que estar acusándose mutuamente de ser “agentes”. Los colectivos deberían expulsar a los agitadores reincidentes cuando sea necesario, pero es más importante desalentar el faccionalismo excesivo.

Otro motivo por el que hay que prestar atención a las operaciones clandestinas y ser capaces de discutir sobre ellas: educando al público sobre la existencia de estos “trucos sucios” podemos minimizar su valor propagandístico. Esto es especialmente pertinente en lo que a agentes provocadores se refiere.

El subtítulo de mi documental Psywar es: “El verdadero campo de batalla es la mente”. Es comprensible que el público reaccione con repugnancia ante actos de destrucción de propiedad o de terrorismo insensato –siempre y cuando no provengan de la policía o de soldados, en tales casos nos han adoctrinado a aceptar, o incluso vitorear, la violencia.

En respuesta a la destrucción de la Comuna de París, Karl Marx escribió: “La burguesía… que contempla plácidamente la masacre después de la batalla, se ve sobrecogida y horrorizada ante la profanación de los ladrillos y el hormigón”

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Barricada en la Comuna de Paris. 1871

No se trata de un problema nuevo, como tampoco lo es el debate sobre la violencia dentro de los movimientos activistas.

En lo que a la brutalidad policial se refiere, uno de los conceptos que tenemos que meter dentro de la cabeza de nuestros amigos y vecinos es que el castigo colectivo por parte del Estado jamás está justificado. Jamás. Si un joven furioso o un provocador arroja un objeto a la policía, eso no le da a la policía el derecho de cargar contra los otros 500 manifestantes que están las inmediaciones. Pero esto sigue ocurriendo. Repetidamente. Me parece increíble que incuso tengamos que hablar sobre ello.

Puede que esta confusión surja de nuestra cultura del “daño colateral”, donde aceptamos que mueran decenas de civiles por cada “militante” eliminado en oriente medio.

Sin dejar de lado las atrocidades cometidas por la Unión Soviética, merece la pena recalcar que la cantidad de muertes causadas por el capitalismo es tan sumamente alta que roza lo incalificable. Millones de niños mueren todos los años debido a la violencia sistemática perpetrada por el “libre mercado”. Estas prácticas no son parcela exclusiva del capital norteamericano, evidentemente; son anteriores al capitalismo norteamericano y, de hecho, se implementan en países que tienen niveles aceptables de igualdad y cohesión doméstica. Canadá es buen ejemplo de ello. Las corporaciones mineras canadienses matan a muchísimas más personas que las balas canadienses.

Los medios corporativos normalmente describen los abusos policiales perpetrados sobre manifestantes alegando: “Los manifestantes chocaron con la policía”. Otra variante muy arraigada es: “Los manifestantes arrojaron botellas y otros objetos a la policía”, seguido por “…la policía respondió con gas lacrimógeno”.

En un artículo reciente sobre este tema, David Graeber señaló que cualquier intento de atraer a los “medios masivos tradicionales” apelando a un ideal imaginario del “protocolo del buen manifestante” está condenado al fracaso. En cuanto a Occupy, la firme resolución de no emplear la violencia no impidió cargas contra los manifestantes, ni engendró ningún tipo de cobertura positiva en los medios.

Hay activistas que invierten mucho tiempo redactando misivas enfurecidas a la CNN y ABC etc. Yo les sugeriría que invirtieran su tiempo convenciendo a sus amigos y familiares de cancelar sus suscripciones a estos canales. Los medios corporativos son el megáfono del 1%.

Volviendo a mi comentario inicial, creo que la insistencia de Occupy en la no-violencia ha sido y es la mejor opción. En el siguiente escrito, Arundhati Roy cita uno de los muchos motivos por los que las revoluciones pacíficas son preferibles.

“Pero recordad que si la lucha recurre a la violencia perderá su visión, belleza e imaginación. Y más peligroso aún, marginalizará y, eventualmente, victimizará a las mujeres. Y la lucha política que no tiene en su corazón mismo a las mujeres, ni por encima, ni por debajo, ni en su interior, no es una lucha verdadera.”

Dicho todo esto, tampoco deberíamos transformar el concepto de la no-violencia en una especie de religión o reducirlo hasta lo absurdo.

Es alarmante que la defensa propia en contra de la violencia perpetrada por el Estado se denomine cada vez más a menudo como algo “radical” o incluso inmoral.

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Scott Olsen. Oakland, 2011

Algunos liberales vilipendiaron a los manifestantes de Occupy por aparecer en una ocupación con cascos y escudos –todo esto después de que Scott Olsen, un veterano de la Guerra de Irak, recibiera el impacto de un bote de gas lacrimógeno en el cráneo.

Tanto Gandhi como Martin Luther King estarían horrorizados al comprobar que, hoy en día, mucha gente cree que una ventana de Starbucks goza de más “derechos” que un grupo de manifestantes pacíficos. Es más, ninguno de estos dos señores condenó a los revolucionarios violentos; responsabilizaron a los verdaderos culpables –los arquitectos del sistema.

A menudo nos topamos con una opción falsa: o nos levantamos contra el Estado a través de una insurrección armada, o nos ponemos a resolver conflictos a través de los “canales oficiales” mientras que aceptamos la violencia policial con pasividad. Pero contamos con una gran cantidad de tácticas potenciales y entre ellas hay opciones ilegales que siguen siendo tan justificables como eficaces.

Por ejemplo, los pacifistas a menudo destruyen equipo militar. Puede que estén salvando vidas al hacerlo. Las ocupaciones también puede ser ilegales, pero son efectivas. De hecho encontramos referencia a ello en este texto del Programa de Contrainteligencia del FBI:

“Un estudiante, contratado por un comité de investigación del congreso para recopilar información sobre estudiantes radicales, ha revelado cómo estableció una sede local de los Estudiantes por una Sociedad Democrática (SDS) en su universidad para tener controlada a la izquierda y “prevenir” la toma estudiantil de las facultades (Meinhausen 1969)”.

También hay que preguntarse si estos tipos de ocupaciones –ya sean de un edificio gubernamental, una casa desahuciada o una fábrica– deberían defenderse con la fuerza. Esto no es un ejercicio intelectual, sino algo que ha ocurrido en repetidas ocasiones a lo largo de la historia norteamericana. Creo que, en términos morales, estas medidas defensivas están totalmente justificadas.

Un “radical” de la talla de Thomas Jefferson escribió: “En cualquier nación, allá donde encontremos tierra sin cultivar y pobres sin empleo, es evidente que las leyes de propiedad se han extendido hasta el punto en el que violan el derecho natural”. Decir que algo esté justificado moralmente no es lo mismo que decir que sea un curso de acción ideal. Estamos intentando crear una sociedad menos violenta, no morir por ser fieles a un principio.

La filosofía de Gandhi era anárquica (“El Estado no-violento ideal sería una anarquía ordenada”) y, de hecho, gran parte de su filosofía estaba basada en la no-violencia de dos filósofos anarquistas (Kropotkin y Tolstoy). También dijo que la política era un mal necesario, llamándolo “un pulso con la serpiente”.

Puede que ahora, y gracias a las nuevas tecnologías, podamos tomar un camino distinto: en vez de librar un pulso con la serpiente, quizás podamos engañarla. Echar pulsos con serpientes no es la manera más inteligente de conseguir un objetivo.

La Realpolitik a la Henry Kissinger normalmente se percibe como una visión del mundo “fría y racional”. De hecho, es tan irracional que roza el delirio. La raza humana no ha sobrevivido gracias a la competición entre especies; por contrario, aquellos valores que a menudo se denominan como “suaves” o “inocentes” por parte de estos supuestos “realistas” –cooperación, ayuda mutua, igualdad– son los mecanismos esenciales que nos permiten sobrevivir como especie.”

Dentro del pensamiento anarquista libertario encontramos la tradición mutualista. No se trata de capturar el Estado sino de reemplazarlo –construir la nueva sociedad sobre el esqueleto de la antigua. Gar Alperovitz, escribiendo sobre las cooperativas de trabajadores en la revista YES!, ha descrito este proceso como “una reconstrucción evolucionaria”.

R. Buckminster Fuller dijo: “Jamás cambiarás nada luchando contra la realidad existente. Para cambiar algo, construye un nuevo modelo que haga que antiguo se vuelva obsoleto.”

Si nos coordinamos a nivel internacional, puede que venzamos a los amos tan solo por el poder de nuestro número  En realidad, esa es nuestra mayor ventaja, aparte de la legitimidad de nuestra causa. De ahí viene el eslogan del 99%.

Si queremos que la (R)evolución tenga éxito, tiene que ser global. Me sorprendió el hecho de que el departamento de policía de Nueva York se tomara la molestia de hacer una redada en el estudio de Globalrevolution TV en pleno auge de Occupy. Se trataba de un canal que emitía imágenes, no sólo de los eventos de Nueva York, sino de levantamientos similares a lo largo del planeta y los enlazaba entre sí de manera explícita. Las autoridades alegaron que la página de GRTV “albergaba materiales inminentemente peligrosos para la vida”, una justificación irrisoria. Creo que el término “revolución global” siembra el terror en los corazones de los plutócratas de todo el mundo. Están acostumbrados a vivir en un mundo transnacional, mientras que nosotros, el pueblo, seguimos atrapados dentro de sus fronteras.

Las nuevas tecnologías posibilitan un nivel de comunicación y coordinación internacional sin precedentes. Llegado el momento, si es que llega,  en el que todos estemos unidos y a una escala suficiente, empezaremos a ser muchísimo más eficaces. Este es el motivo por el que, de todas las propuestas que han salido de Occupy, mi preferida es la idea de promover delegados electos que representen a cada ciudad y municipio a lo largo de la nación; actividades que después  se pueden coordinar a nivel nacional y, eventualmente, internacional.

Puede que la revolución digital nos permita crear la primera internacional verdadera de la historia.

También me parece importante recalcar que, si el movimiento permanece descentralizado y sigue practicando la democracia directa, cualquier incremento en nuestro número no tiene por qué automáticamente resultar en estructuras de poder jerárquicas.

Puede que la emergencia de cooperativas de trabajo independientes y organizadas en torno a principios de igualdad sea el factor clave para determinar nuestro éxito. La mayoría de la gente no se une a un movimiento porque sea la opción más correcta; y mucho menos si cree que el único “beneficio” que va a obtener a cambio es una paliza de la policía. Pero si ofreces una alternativa verdadera, donde las personas reciben un trato digno de seres humanos, como iguales, donde pueden ser parte del cambio y no se les obliga a trabajar sin parar sólo para subsistir, se unirán.

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Cartel de los Wobblies

Me ha sorprendido aprender que hay más de mil millones de personas trabajando en cooperativas a lo largo del planeta. Es cierto que no todas estas cooperativas son iguales; existen varios grados de adherencia a las jerarquías del capitalismo y del estatismo; pero la propia naturaleza del modelo cooperativo favorece la sostenibilidad, la igualdad y la libertad del individuo.

Estas unidades descentralizadas tienen un potencial inimaginable. Quizás ha llegado la hora de retomar el espíritu de los Wobblies 10 y su idea de “un gran sindicato”.

Una organización de estas características no tiene por qué demandar la conformidad inamovible de sus miembros. Cada grupo debería ser libre de adoptar ciertas medidas y rechazar otras. Lo que funciona en un lugar puede que no funcione en otro. De nuevo, creo que los anarquistas ya están muy avanzados en este sentido. Como escribió George Barrett, la economía anarquista “empieza desde abajo, no desde arriba. Igual que un organismo, esta sociedad libre crece y se genera de la unidad más básica hasta llegar a una estructura compleja.”

Es esencial comprender que la clase gobernante no tiene el mismo afecto por las fronteras que la gente de a pie de calle. La cultivación obsesiva del nacionalismo de masas es una estratagema para dividir y conquistar. Mientras tanto, las élites expresan su solidaridad mediante su clase. Son transnacionales. Y nosotros también tenemos que serlo.

O, como argumentaba Tom Brown, el “modo de organización sindicalista es de lo más elástico, ahí yace su fuerza primaria, y las confederaciones regionales se pueden formar, modificar, añadir o verse reformadas según las condiciones locales y las circunstancias cambiantes.” [Syndicalism, p. 58]

El matemático cibernético John B. McEwan, escribiendo sobre la influencia del anarquismo en la cibernética, alega: “Los socialistas libertarios seguidores del anarquismo no individualista, especialmente Kropotkin y Landauer, mostraron un entendimiento adelantado de las redes complejas de relaciones cambiantes, involucrando muchas estructuras de actividad correlacionada y ayuda mutua independientes de la coacción autoritaria. Sobre este trasfondo desarrollaron sus teorías de organización social…”.

“Estos vínculos autogobernados serán lo suficientemente flexibles como para ajustar sus diferencias, corregir y aprender de sus errores, experimentar con nuevas vertientes de vida en sociedad más creativas y, de esta manera, lograr una auténtica armonía en un plano humanista más elevado. Puede que aquellos errores y conflictos que se restrinjan a la jurisdicción limitada de grupos con propósitos concretos tengan repercusiones negativas limitadas. Pero los errores de cálculo y las decisiones criminales perpetradas por el Estado y otras organizaciones autocráticamente centralizadas pueden afectar a naciones enteras, e incluso a la totalidad del planeta.”

John Stauber, 11 del Center for Media and Democracy, te ha descrito como un “pionero de los nuevos medios audiovisuales”. ¿Cómo crees que Internet ha cambiado el género documental?

Internet ha revolucionado el género documental.

Tradicionalmente, los documentalistas tenían que seguir un camino muy tortuoso para mostrar su obra. A menos que disfrutaran de medios propios, tenían que conseguir financiación de fuentes secundarias y eso, a menudo, suponía comprometer su visión; dependían de la crítica burguesa, de los festivales de cine y de las productoras; y acceder al material de archivo era un proceso difícil y laborioso. Internet ha resuelto todos estos problemas.

Aunque claro, el nuevo género documental sólo es una pequeña parte de la gran revolución de Internet.

Recuerdo ver un programa en A&E sobre “las personas más influyentes de la historia” o algo así. Johann Gutenberg, el inventor de la imprenta mecánica con caracteres móviles, encabezaba la lista. El programa decía que la imprenta había sido la fuerza más democratizadora de la historia moderna. Se puede argumentar que, algún día, Internet se valorará de forma similar. Si es que sobrevive. 

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Imagen de AC3 Monitor

Tu último documental explora la Guerra Fría. ¿Cómo ha sido tu aproximación a este tema?

El último documental se llama The Power Principle — ‘Corporate empire and the rise of the national security state’. (El principio de autoridad —El imperio corporativo y el auge del estado de seguridad nacional). El título está inspirado en una cita del filósofo anarquista Mikhail Bakunin– “Si la historia tiene un diablo, es el principio de autoridad”. A grandes rasgos, se trata de la historia del imperio americano, con un énfasis especial en el periodo de la Guerra Fría.

Hay muy pocos documentales que traten sobre la Guerra Fría de forma honesta. La serie de 20 horas de la CNN dedica la mayor parte de su metraje a las intrigas políticas entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Cuando habla de atrocidades, se centra en la represión soviética en Europa del Este. Sólo hay un episodio en el que se habla de las atrocidades perpetradas en Latinoamérica.

Mi primer objetivo era hilvanar varias perspectivas históricas “alternativas” sobre el imperio americano. A continuación, empecé a analizar cuestiones que, a mí modo de ver, habían sido o bien ignoradas o minimizadas.

Para dar énfasis, querría enumerar algunas de mis conclusiones: 

1: La Guerra Fría no fue sólo una lucha entre la Unión Soviética y los Estados Unidos; el auténtico conflicto se libró entre las corporaciones norteamericanas y el tercer mundo. 

2: Los planificadores políticos estadounidenses de alto nivel, junto con los de otras naciones occidentales, eran perfectamente conscientes de que la Unión Soviética tenía una política exterior muy conservadora. Es algo patente en varios documentos desclasificados. Aun así, el gobierno norteamericano se involucró en lo que sólo puede ser descrito como una campaña terrorista en contra del pueblo americano, repleta de invocaciones constantes a la “amenaza soviética” para justificar el gasto militar y la guerra. 

3: Estados Unidos no goza de una prensa libre.

No utilizo el término “prensa libre” en el sentido legal, es decir, “libre de la opresión del estado” (aunque esto ocurre ocasionalmente en Estados Unidos), sino en el sentido descrito por Orwell. En el prefacio de Rebelión en la granja”, escribió– “El hecho más lamentable en relación con la censura literaria en nuestro país ha sido principalmente de carácter voluntario… Pues bien, estas mismas noticias son eludidas por la prensa británica, no porque el gobierno las prohíba, sino porque existe un acuerdo general y tácito sobre ciertos hechos que ‘no deben’ mencionarse.”.

Peter Phillips de Project Censored 12 argumenta que la mayor diferencia entre los medios corporativos estadounidenses y los medios estatales de la Unión Soviética es que, en lo que a los segundos se refiere, el público era plenamente consciente de la función propagandística de estos. Muchísimos americanos siguen presos del delirio de que la programación de la CNN o la ABC o la PBS o incluso de la Fox guarda algún tipo de relación con el periodismo de verdad.

Hubo una época en la que Estados Unidos tuvo una prensa obrera muy dinámica e influyente. Durante la Guerra Fría, la histeria anticomunista y la represión gubernamental marginalizó a las voces disidentes de manera exagerada, allanando el camino para la contrarrevolución neoliberal. Después de la destrucción de la “nueva izquierda”, los “medios alternativos” se convirtieron en algo similar al samizdat  Soviético; excepto que, en lugar de prohibir por completo este tipo de medios, se les enterró bajo una montaña de mierda. Es decir, las ondas estaban saturadas de “entretenimiento” insípido, deshumanizador y embrutecedor.

En el documental también hablo de la Operación Mockingbird. Era una operación encubierta de la CIA para comprar influencia en los medios masivos y ahora se ha convertido en un término generalizado para describir la infiltración mediática por parte de agencias de inteligencia. Lo más interesante de Mockingbird es que se lo tomaran como algo necesario. De hecho, el término “infiltración” no es verdaderamente preciso. Lo que vemos tras la Segunda Guerra Mundial es un clan, o una red, de expertos en operaciones psicológicas, espías y barones mediáticos; en resumen, una gran familia feliz. 

4: El pentágono es un mecanismo keynesiano.

Una de sus funciones menos conocidas –aunque es crucial– es la transferencia de fondos públicos a industrias privadas en nombre del “presupuesto de defensa”. Es incomparablemente irónico, especialmente al tener en cuenta la justificación ideológica de la Guerra Fría. América atacó continuamente (y sigue atacando) a toda nación que rechazara la ortodoxia del libre mercado, pero el propio Pentágono es un ejemplo distorsionado de intervencionismo keynesiano. 

5: El gobierno norteamericano cometió genocidio durante la Guerra Fría.

El término “genocidio” tiene una historia interesante. En 1946 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución retroactiva, definiendo “actos de genocidio” como  “la destrucción, completa o parcial, de grupos raciales, religiosos, políticos y demás.” Por motivos evidentes, Stalin protestó ante la inclusión de la palabra “política” y se quedó fuera.

Aun así, incluso si adoptamos la definición estandarizada, el gobierno de los Estados Unidos fue responsable de genocidio durante esta época. Amnistía Internacional, por ejemplo, describió las matanzas masivas en Timor del Este y Guatemala, como genocidio. Cierto es que estamos hablando de genocidio por mediación de terceros, pero no habría ocurrido de no ser por el armamento, el entrenamiento y el apoyo facilitado por el gobierno estadounidense.

john stockwell

John Stockwell

La cifra exacta de personas asesinadas por Estados Unidos y/o sus “delegados” durante la Guerra Fría sigue siendo motivo de controversia. John Stockwell, un antiguo oficial de la CIA, da una estimación conservadora de unos 6 millones de individuos, sobre todo campesinos sin tierras. La mayoría de estas bajas provienen del holocausto en el sudeste asiático.

A menudo escuchamos el contrargumento de que la Unión Soviética fue responsable de más muertes, pero eso no es particularmente relevante. Nadie está intentando rescatar al estalinismo del cubo de basura de la historia. En concreto, sólo una pequeña fracción de aquellos gobiernos que entraron en el punto de mira estadounidense durante la Guerra Fría podrían verdaderamente describirse como “estalinistas”,  “maoístas” o incluso “socialistas”. Sería más correcto describirlos como regímenes “progresistas”, “moderados” o, sencillamente, “nacionalistas”.

Sin dejar de lado las atrocidades cometidas por la Unión Soviética, merece la pena recalcar que la cantidad de muertes causadas por el capitalismo es tan sumamente alta que roza lo incalificable. Millones de niños mueren todos los años debido a la violencia sistemática perpetrada por el “libre mercado”. Estas prácticas no son parcela exclusiva del capital norteamericano, evidentemente; son anteriores al capitalismo norteamericano y, de hecho, se implementan en países que tienen niveles aceptables de igualdad y cohesión doméstica. Canadá es buen ejemplo de ello. Las corporaciones mineras canadienses matan a muchísimas más personas que las balas canadienses. 

6: El imperio se asemeja mucho a la mafia

Igual que nos parece ridículo que la policía norteamericana disuelva las pequeñas acampadas de Occupy con tácticas del SWAT, resulta extraño que Estados Unidos se moleste en atacar países como Chile o Granada. En el caso de Chile, un informe del Departamento de Estado recalcó que Estados Unidos no tenía “intereses nacionales vitales” en esa nación. Aun así, se determinó que el derrocamiento de Salvador Allende era un asunto de importancia vital.

Hablemos de Granada. El documental muestra un clip de Ronald Reagan en el que dice, literalmente, “esto no es sólo por la nuez moscada… es por la seguridad nacional”. Reagan puede que se tragara todo esto, pero la gente del Pentágono y de la Corporación Rand sabía que no era así.

Entonces, ¿para qué se molestan?. La respuesta es el peligro de un buen ejemplo. En el documental Noam Chomsky lo llama “la doctrina de la mafia”.

Si un tendero no puede pagar el dinero de la protección, al mafioso el dinero le puede dar lo mismo, pero no le da igual que sirva de ejemplo. Sus acciones pueden inspirar a otros tenderos a dejar de pagar al “don”.

De la misma manera, permitir el auge de un experimento democrático viable –ya sea en un campamento de Occupy en Nueva York o en un país minúsculo como Granada– puede suponer un antecedente positivo (aunque para ellos sea negativo) para colectivos más grandes. 

7: Los intereses corporativos están inextricablemente entrelazados con la política militar.

Esto es bastante evidente. Lo más notable es que muchos de los autodenominados “progres” tienen una habilidad sorprendente para separar –dentro de sus mentes– la relación existente entre las agresiones militares y la explotación económica.

Uno de los ejemplos más notables sería la reciente campaña de “Haz que pobreza pase a la historia” capitaneada por Bono y Bob Geldof. Fue un espectáculo mediático celebrado por todo lo alto que contó con la presencia de gente como Madonna y Bill Gates.

En el programa de David Letterman, Bono dijo que “El presidente Bush, a quien todos conocéis y con quien tendréis vuestras diferencias a varios niveles, ha sido parte integral de esto y tenemos que reconocérselo” Esta entrevista se emitió en pleno baño de sangre iraquí (el cual, como saben vuestros lectores, continúa hoy en día).

Antes del concierto, retransmitido a nivel mundial, “Bob Geldof mandó una orden por correo electrónico a todos y cada uno de los artistas de Live 8, prohibiéndoles mencionar la guerra de Irak o decir cualquier cosa que ‘avergonzase’ a Tony Blair”.

Estamos hablando de una desconexión absoluta. Los famosos aparecen en televisión a menudo, incitando a los telespectadores a donar dinero a países del “tercer mundo”, especialmente después de un desastre natural. Por muy buenas que sean sus intenciones, estos ejercicios autocomplacientes sólo sirven para ofuscar los verdaderos motivos por los que estas personas siguen sumidas en la pobreza.

La pobreza del “tercer mundo” no es una especie de “condición natural”; es consecuencia de siglos de explotación colonial y corporativa ejecutada mediante la violencia. En el documental utilizo Haití como el mejor ejemplo de este legado de horror. Lo último que necesitan los haitianos es más “ayuda” o más “rescates” por parte de los norteamericanos, los franceses o los españoles. Lo que necesitan son desagravios y que les dejen en paz de una vez por todas. 

8: El imperialismo norteamericano no es un fenómeno reciente.

Mucha gente cree que el imperialismo norteamericano no comenzó de verdad hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Sería más exacto decir que el imperio americano no se extendió a nivel global hasta después de la Segunda Guerra Mundial.

Podemos ver ejemplos distintos para justificar el imperialismo norteamericano a lo largo de la historia de los Estados Unidos: “civilizar a los salvajes”, “el destino manifiesto”, “hacer del mundo un lugar más seguro para la democracia”, “vencer la amenaza comunista”, “erradicar el mal de las drogas”, “hacer frente al terrorismo” y demás… Pero la naturaleza fundamental de la política exterior estadounidense es muy consistente; los cambios generalmente se derivan de alteraciones en la configuración del poder. Esto es aplicable a todos los estados-nación. Como escribió Bakunin, “la debilidad es la mayor virtud de los estados pequeños”.

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Nafeez Ahmed

En el documental, Nafeez Ahmed habla de la “Gran estrategia” de 1945,  “(….) ideada por los estrategas políticos del Departamento de Estado norteamericano en conjunción con los expertos del Consejo de Relaciones Extranjeras en Washington D.C.”. Este es el momento en el que la antorcha imperial pasa de manos británicas a manos estadounidenses.

La “Gran estrategia” garantizó que la política estadounidense consistiría en “limitar cualquier ejercicio de soberanía por parte de países extranjeros que supongan una amenaza” a esta zona del planeta. Pero esta política sólo podría adoptarse bajo una “política integrada para lograr la supremacía militar y económica de Estados Unidos”.

Por eso, tuvieron que llevar el concepto de “intereses de seguridad” mucho más allá de los conceptos tradicionales de integridad territorial e incorporar la dominación de estas regiones “estratégicamente necesarias para el control mundial”. 

9. Las élites no sólo engañan al público, también se engañan a sí mismas.

En el documental, Christopher Simpson (autor de “The Science of Coercion”) dice que la propaganda puede tener un efecto “inverso”. Es decir, los legisladores pueden empezar a creer en su propia propaganda.

Es imposible medir hasta qué punto los legisladores políticos son sencillamente cínicos o si creen poder justificar sus acciones mediante una serie de principios imaginarios. Sospecho que se trata de ambas cosas.

Independientemente de que estas personas crean defender ideales nobles o no, la realidad es que sus acciones no son más sofisticadas que las de un chimpancé grande golpeando a un chimpancé pequeño en la cabeza con un palo. 

La Realpolitik a la Henry Kissinger normalmente se percibe como una visión del mundo “fría y racional”. De hecho, es tan irracional que roza el delirio. La raza humana no ha sobrevivido gracias a la competición entre especies; por contrario, aquellos valores que a menudo se denominan como “suaves” o “inocentes” por parte de estos supuestos “realistas” –cooperación, ayuda mutua, igualdad– son los mecanismos esenciales que nos permiten sobrevivir como especie. 

10. Estados Unidos no es una excepción. Se comporta prácticamente de la misma manera que otros imperios a lo largo de la historia.

No me cabe duda de que ciertos reaccionarios dirán que mi documental es “antiamericano”, pero la mera noción del “antiamericanismo” es totalmente absurda. Arundhati Roy resumió la estupidez del término cuando dijo: “¿eso significa que soy anti-Gran Cañón?”.

arundhati roy

Arundhati Roy

El “anti-americanismo” es un concepto totalitario; supone equipar al ciudadano medio con las operaciones del estado, en esencia fusionando ambas cosas, a pesar de que sólo hay un grupo (el 1%) que toma todas las decisiones importantes en nombre del resto (el 99%).

La premisa del anti-americanismo no surgió realmente hasta la Primera Guerra Mundial, cuando George Creel, el cabecilla de la incipiente industria propagandística, se propuso eliminar “las distinciones de clase” para crear lo que él llamaba “un instinto masivo ardiente”. Los “buenos americanos” marcharon a la guerra y dejaron de unirse a los sindicatos. Los “malos” americanos acabaron en la cárcel o deportados. Todo esto aparece mi documental Psywar.

El desmantelamiento del Imperio Americano no nos va a librar de las guerras. La única manera de detener, o como poco mitigar, estos conflictos cada vez más suicidas es ampliar el poder de toma de decisión de la gran mayoría del pueblo.

11. Las élites occidentales apoyaron al fascismo antes de, durante y después de la Segunda Guerra Mundial.

The Power Principle probablemente es el primer documental que examina detenidamente la historia oculta del fascismo y el mito de la Segunda Guerra Mundial como la “guerra buena”.

El fascismo normalmente queda retratado como un brote irracional de histeria masiva primordialmente causado por “grandes figuras” como Hitler o Mussolini. Adam Curtis perpetúa esta falacia en su documental El siglo del individualismo.

Por contrario, el fascismo fue (y sigue siendo) totalmente racional. Recibió todo el apoyo de las élites occidentales, desde Rockefeller hasta el propio Winston Churchill, y, aparentemente, sólo se le opuso cuando los fascistas empezaron a amenazar los intereses comerciales angloamericanos.

En el documental cito tres ejemplos –España, Grecia e Italia– para demostrar que los gobiernos norteamericanos y británicos brindaron todo su apoyo al fascismo antes de, durante y después de la guerra. También examino el papel que jugaron los bancos y las corporaciones americanas a la hora de financiar el movimiento fascista.

El mito de “la buena guerra” ha sido uno de los mecanismos de propaganda más devastadores de la modernidad. En vez de contemplar el conflicto como una tragedia monumental pero totalmente evitable y consecuencia de las acciones de la clase gobernante mundial, se nos vende como una victoria heroica en la que América “salvó al mundo”. Es una percepción constantemente reforzada por Hollywood.

Es esencial comprender que la clase gobernante no tiene el mismo afecto por las fronteras que la gente de a pie de calle. La cultivación obsesiva del nacionalismo de masas es una estratagema para dividir y conquistar. Mientras tanto, las élites expresan su solidaridad mediante su clase. Son transnacionales. Y nosotros también tenemos que serlo. 

12. Un escenario de Tercera Guerra Mundial es prácticamente inevitable, a menos que el pueblo norteamericano despierte – y rápidamente.

Las tres mayores “situaciones de alto riesgo” (conocidas) que casi provocaron un intercambio nuclear ni siquiera fueron reveladas al público hasta después de la caída de la Unión Soviética. Las examino en mi documental.

La primera ocurrió durante la Crisis de los Misiles en Cuba. En pleno conflicto, un grupo de destructores de la marina estadounidense comenzó a lanzar cargas de profundidad hacia un submarino estacionado cerca de Cuba. Fue una decisión totalmente desquiciada, se cree que el objetivo era forzar al submarino a salir a la superficie. Los comandantes soviéticos creían que había comenzado la Tercera Guerra Mundial.

Vasili Arkhipov

El protocolo militar soviético dictaba que los comandantes tenían permiso previo para lanzar misiles siempre que tres de los que estuvieran presentes llegaran a un consenso; dos dijeron que sí, uno dijo que no. Entonces “los tres comandantes se pelearon entre sí, y solo Vasili Arkhipov se opuso al lanzamiento.” A Arkhipov se le conoce como “el hombre que salvó al planeta”.

La segunda instancia más grave ocurrió en 1983. Un error informático en un centro de aviso nuclear cercano a Moscú indicó erróneamente que Estados Unidos había lanzado un ataque nuclear. El indicador de probabilidad estaba en el nivel uno, el más alto de todos.

La persona que estaba de guardia, Stanislav Petrov, no tenía autoridad para lanzar un contrataque. Pero, de haber comunicado esa información a sus superiores, los líderes soviéticos sólo habrían tenido varios minutos para decidir si lanzar un contraataque o no. Petrov rompió el protocolo militar y se quedó a la espera.

La tercera instancia más grave tuvo lugar ese mismo año, cuando la OTAN comenzó un ejercicio de guerra: un simulacro de un ataque nuclear masivo conocido como “Operación Able Archer” (Arquero capaz).

Cuando Hitler invadió Rusia durante la Segunda Guerra Mundial, lo hizo bajo la guisa de un juego de guerra. Las facciones más veteranas e intransigentes del Kremlin creían que la historia estaba a punto de repetirse.

En preparación para el ejercicio, los soviéticos movilizaron en secreto todos los componentes clave de sus fuerzas militares, incluyendo los submarinos nucleares. Un error por parte de cualquiera de las dos facciones hubiera provocado un holocausto.

Hay otros ejemplos, aunque ninguno es tan escalofriante. Un informe de la Nuclear Age Peace Foundation enumera más de 20 “situaciones de riesgo” durante el trascurso de la Guerra Fría. Lo más probable es que la mayoría habrían evitado gracias los mecanismos de prevención, pero no lo podemos saber con certeza.

En estos momentos estamos al borde de un incidente, o una serie de incidentes, muy similar: un asalto potencial en contra de Irán. En el epílogo de The Power Principle reproduzco varias citas de oficiales rusos y chinos indicando que Irán podría convertirse en su “línea en la arena”. No hay evidencia tangible de que Irán esté construyendo armas nucleares –aunque sería comprensible, dado su proximidad a Israel. Puede que la cúpula israelí esté incluso más desequilibrada y sea más peligrosa que la estadounidense.

Según la Carta de Nuremberg, las guerras de agresión no provocadas constituyen el peor de todos los crímenes posibles dentro de la legislación internacional. Pero estas guerras se han convertido en algo rutinario para el mayor superpoder del mundo. Como decía Martin Luther King, “esta locura ha de acabar”.

Cualquier militar que reciba la orden de atacar Irán –desde el “soldado raso” hasta los “altos cargos”– está obligado por ley, no solo a rechazar la orden, sino a detener a la parte o partes culpables hasta que se les pueda llevar ante la justicia. Y habrá justicia, de alguna manera u otra.

Más allá de la propia ley –y vuestros lectores son plenamente conscientes de esto– los soldados tienen que seguir los dictámenes de su conciencia. Una guerra contra Irán podría fácilmente provocar una reacción en cadena que acabaría en un conflicto nuclear. Francamente, los hombres que gobiernan el mundo son unos lunáticos. Deberían encerrarles de inmediato en un psiquiátrico, tanto por su propia seguridad como para la del resto.

Soldiers for the Cause

Soldiers for the Cause

Por eso le tengo tanto respeto a los hombres y mujeres de Soldiers for the Cause. Hacen lo que debería estar haciendo cada veterano, u oficial militar en activo: intentar defender a la ciudadanía estadounidense. El 99% del personal militar estadounidense en activo hace justo lo contrario –pone en riesgo al pueblo americano mediante asesinatos para aumentar márgenes corporativos y eso solo sirve para incitar a la venganza.

Mientras tanto, se comenten abusos brutales en contra de ciudadanos normales tan solo por ejercer el “derecho” a libre expresión y reunión. De nuevo, este fenómeno no se limita a Estados Unidos. Si los soldados se tomasen sus juramentos en serio dejarían de buscar enemigos potenciales en países como Afganistán o Irak o Irán. El enemigo está dentro. 

¿Crees que tus documentales están teniendo un efecto positivo?

Sí… pero no es que vayan a cambiar el rumbo de la historia. Soy un compañero más.


Guerrilla Translation/Relacionado:Las raíces internacionales del 99%/ Jeff LawrenceGuía práctico-utópica del inminente colapso/ David Graeber


Notas del equipo de traducción

1. [NDDA: National Defense Authorization Act o “Ley de Autorización para la Defensa Nacional”. Permite, entre otras cosas, la detención indefinida de cualquier “disidente” sin necesidad de juicio. Más detalles aquí.]

2. [“Breve historia del progreso. ¿Hemos aprendido por fin las lecciones del pasado?]

3. [La entrevista original data del Mayo del 2012, varios meses antes de las elecciones generales Estadounidenses.]

4. [La Confederación Iroquesa fue una liga de tribus indígenas del noreste de Estados Unidos y el sureste de Canadá creada a mediados del siglo XII. Más detalles aquí ]

5. [“Republocat” en el original. Juego de palabras entre el partido Demócrata (Democrat) y el Republicano (Republican). El equivalente al “PPSOE” español.]

6. [The American Prospect es una revista bimensual liberal sobre política y cultura. Recordemos que “liberal” no significa lo mismo en el contexto político Estadounidense que en Europa. Esta es su web.]

7. [PR Watch es una organización no gubernamental sin ánimo de lucro dedicada al periodismo de investigación sobre la industria de relaciones públicas. Esta es su web.]

8. [El US Army War College es uno de los centros de formación estratégica más influyentes del ejercito estadounidense.]

9. [El SDS (Students for a Democratic Society o “Estudiantes para una sociedad democrática”) fue un movimiento de activismo estudiantil norteamericano en los años sesenta. Más información aquí.]

10. [El sindicato de Trabajadores Industriales del Mundo— (IWW o los Wobblies) surgió a principios del siglo XX en Estados Unidos. Promovían la teoría sindicalista revolucionaria (democracia laboral y autogestión obrera). A pesar de la represión que sufrieron, siguen en activo. Más información aquí.]

11. [The Center for Media and Democracy (Centro para los medios y la democracia) es un organismo estadounidense fundado por ciudadanos y ONG’s dedicado a investigar y reportar las relaciones públicas de la industria mediática. El centro ofrece a ciudadanos, periodistas e investigadores información para examinar el comportamiento de los medios ante la sociedad. Esta es su web.]

12. [Project Censored (o “Proyecto censurado”) es una organización sin ánimo de lucro que se dedica a analizar y publicar noticias censuradas u omitidas en los medios tradicionales. Más información aquí.]

El futuro ha de ser verde, rojo, negro y femenino

grbf2Robert Jensen

La especie humana ha de reconocer que cualquier futuro que nos permita retener nuestra humanidad tendrá que prescindir del capitalismo, el patriarcado y la supremacía blanca —y basarse en una visión del mundo ecológica—.

(Estas líneas se prepararon para una conferencia privada sobre sostenibilidad en la que los ponentes criticaron la agricultura corporativa y la medicina industrializada. Todos coincidieron en la necesidad de acometer cambios fundamentales en nuestros sistemas económicos, sociales y políticos, pero sin llegar a un consenso sobre un análisis apropiado de estos sistemas y su interacción.)

El futuro de la especie humana si queremos que tenga futuro ha de ser radicalmente verde, rojo, negro y femenino.

Si nos tomamos esto en serio —es decir, el futuro de la humanidad; si realmente nos preocupa que la humanidad tenga un futuro o no— todo individuo que proclame su preocupación ha de estar dispuesto a someterse a un reto radical. La manera en la que pensamos, sentimos, actuamos… todo estará abierto a la crítica y nadie podrá escabullirse fácilmente, porque todos hemos fracasado. Individual y colectivamente, hemos fracasado en el intento de crear sociedades justas o una presencia humana sostenible en el planeta. Quizás haya sido un fracaso inevitable, puede que el ser humano y su gran cerebro sean un callejón evolutivo sin salida, pero el fracaso no deja de ser nuestro. Por tanto, enfrentémonos a él, individual y colectivamente.

Podemos empezar con un análisis honesto de la información pertinente sobre la salud de la atmósfera en el contexto de lo que sabemos sobre los sistemas económicos, políticos y sociales de la humanidad. Mi conclusión: no existen soluciones mágicas para resolver estos problemas fundamentales, el resultado de demasiadas personas consumiendo demasiado y produciendo demasiados desperdicios, bajo unas condiciones desmesuradas de desigualdad en cuanto a riqueza y poder.

Si hoy mismo, y en todos los lugares del planeta, todos se comprometieran a investigar y organizarse para disminuir el lastre que el proyecto humano impone sobre el ecosistema, quizás podríamos crear un plan con el que sostener una presencia humana en este planeta, acompañado de una reducción dramática en cuanto a consumo y una reducción gradual en población. Pero, si reflexionamos sobre nuestra historia como especie y la naturaleza de los sistemas que gobiernan nuestras vidas, la conclusión más sensata es que no se tomarán los pasos que necesitamos tomar, por lo menos dentro del marco temporal que nos queda para cometer cambios significativos.

Esto no es derrotismo. Esto no es cobardía. Esto no es autocomplacencia

Esto es la realidad y los planes sensatos tienen que estar basados en realidades.

Sin negar, evitar, evadir

Tengo una sugerencia para toda esa gente lógica y realista que gusta quejarse de una cultura contemporánea que niega, evita y evade problemas críticos; de los norteamericanos que corren un tupido velo sobre la ciencia cuando esa ciencia trae malas noticias; de tantísima gente que no se enfrentará a verdades dolorosas: exijámonos el mismo rigor que exigimos a los demás. No neguemos, evitemos o evadamos cualquier aspecto de la realidad.

Por decirlo de otra manera: recurrir al tópico de que “las cosas no pueden estar tan mal”, tan socorrido por el gran público a la hora de disimular duras realidades, es un callejón sin salida, pero también lo es el tópico de “tenemos que tener esperanza”, a menudo empleado para evitar las conclusiones lógicas de nuestro propio análisis.

La esperanza es para los vagos. Esta no es la hora de la esperanza. Dejemos la esperanza de lado para empezar la labor verdadera de comprender nuestro momento en la historia para que nuestras acciones estén basadas en la realidad.

Mi tesis: nuestra tarea hoy en día no es la de apresurarnos a salvaguardar el mundo que conocemos, sino la de centrarnos en cómo mantener nuestra humanidad según nos adentramos en una era totalmente distinta de la presencia humana en el planeta, una era que pondrá a prueba nuestra resolución y resistencia. Llamémoslo el colapso, o  el apocalipsis, o la Edad de Acuario, sea cual sea el nombre, no se asemejará a nada que conozcamos. No es solo la caída de un imperio, una plaga localizada o la pérdida de un ecosistema específico. El futuro estará definido por un declive continuo del capital ecológico del planeta, que irá mucho más allá de cualquier posibilidad de recuperación, y por un aumento en los niveles de toxicidad, acompañado del conflicto social resultante exacerbado por una rápida desestabilización climática que no podemos predecir con exactitud, pero que supondrá la destrucción del bienestar humano o, incluso quizás, de la propia humanidad.

La tesis, reafirmada: durante la mayor parte de mi vida, mis mayores me dijeron que el reto moral de mi generación era cómo alimentar a cinco, seis, siete —puede que algún día incluso a diez— mil millones de personas. Hoy en día, nuestro reto moral es cómo vivir en un planeta de cuatro, tres, dos mil millones de personas o incluso menos. ¿Cómo comprender y relacionarnos con nosotros mismos como seres humanos —como seres morales, el tipo de criaturas que siempre hemos dicho ser— en el contexto de una extinción humana a largo plazo y sin precedentes? ¿Qué significará ser humano cuando sabemos que, a lo largo de este mundo o quizás incluso en esta misma manzana, hay otros seres humanos —criaturas exactamente iguales a ti y a mí— muriendo en masa y no es por causas que estén más allá del control humano, sino por cosas que los humanos elegimos, y seguimos eligiendo hacer?

Si crees que esto es demasiado extremo, alarmista, histérico, te invito a concebir una historia distinta del futuro, una historia que no dependa de la magia, que no incluya alguna versión de “inventaremos paneles solares que nos darán una abundancia de energía limpia” o “hallaremos formas de cultivar cada vez más alimentos en cada vez menos tierra y a pesar del declive en la fertilidad de la misma” o, quizás, inventaremos una máquina de movimiento perpetuo”. Si me equivoco, explícame en qué me equivoco.

Pero, ante la inevitable contestación de que, aunque a día de hoy no podamos trazar una historia más esperanzadora, ¿no podemos confiar en que esa historia acabará surgiendo? ¿Acaso no es cierto que la necesidad aguza el ingenio? ¿Acaso no nos hemos enfrentado ya los humanos a grandes problemas para hallar soluciones con la razón, la creatividad la ciencia y la tecnología? ¿No es cierto que nuestros triunfos del pasado apuntan a que superaremos los problemas del presente y el futuro?

Es una respuesta comprensible, pero reminiscente del viejo chiste sobre aquel que se tira desde un edificio de 100 plantas y que, cuando ya lleva 90 plantas y le preguntan qué tal, dice: “Hasta ahora, genial”. La tecnología avanzada, basada en una abundancia de energía concentrada y barata, nos ha llevado por una época curiosa, pero no existe garantía de que esa tecnología avanzada vaya a resolver los problemas del futuro, especialmente cuando las fuentes de energía concentrada más accesibles no hacen sino menguar y las consecuencias mortales de quemar todo ese combustible ya son inevitables.

Historias con las que rechazar la realidad

Puede que la necesidad haya aguzado el ingenio y mucho, pero eso no supone que nuestro ingenio sea capaz de superar cualquier obstáculo. La narrativa del fundamentalismo tecnológico que alcanza la trascendencia mediante la invención continua no es más útil que la narrativa del fundamentalismo religioso que alcanza la trascendencia mediante la intervención divina. Las dos aproximaciones, por muy distintas que parezcan a nivel superficial, son populares por el mismo motivo: ambas nos permitan negar, evitar, evadir. Ambas son historias con las que rechazar la realidad.

Nuestras opciones para vivir en un futuro digno dependen parcialmente de nuestra habilidad de desarrollar tecnologías más sostenibles, basadas en lo mejor de nuestra ciencia, y nuestra habilidad de retomar la noción de una humanidad común que existe en el corazón de las tradiciones religiosas. La tecnología y la religión son importantes. Pero, en sus vertientes fundamentalistas, son impedimentos para un análisis honesto y para emprender acciones saludables.

Si estamos de acuerdo con todo lo expuesto hasta aquí, aún queda otra técnica de evasión recurrente: la afirmación que, tal y como señaló recientemente un investigador mediático, “los mensajes desastrosos desaniman a la gente”. Dado que la mayoría de las personas no disfrutan reflexionando sobre estos temas, es tentador razonar que no deberíamos discutir estas cuestiones de forma tan clara, no vaya a ser que algunas personas se desanimen por ello. No deberíamos rendirnos ante tal tentación.

En primer lugar, estas observaciones y conclusiones son un intento de enfrentarse a la realidad de buena fe. Desprestigiar estos temas alegando que los mensajes desastrosos no son del gusto de la mayoría es lo mismo que decir a las víctimas potenciales de un tornado que ignoren la previsión del tiempo, porque los mensajes desastrosos desaniman. Igual que no podemos prever con exactitud la trayectoria de un tornado, no podemos prever con exactitud la naturaleza y complejidad del colapso. Pero podemos tomar conciencia de que algo se aproxima y podemos prepararnos para ello de la mejor manera posible.

Segundo, evitemos la táctica fácil de desplazar nuestras debilidades intelectuales y morales hacia las mal llamadas “masas”, quienes supuestamente son incapaces de, o que directamente no quieren, enfrentarse a ello. Cuando alguien me dice: “Estoy de acuerdo con la inevitabilidad de un colapso sistemático, pero las masas no pueden soportar eso”, asumo que lo que realmente me están diciendo es: “Yo no puedo soportarlo”. Este intento de evasión es sinónimo de cobardía.

Una vez asumidos estos retos —una vez asumida la certeza de que la especie humana se enfrenta a una serie de problemas que probablemente no tengan remedio o, por lo menos, el tipo de remedios que nos permitan seguir viviendo de la misma manera—, dejaremos de estar lastrados por la resistencia de la cultura dominante. Nos esforzaremos por lograr cuanto podamos, en el lugar que vivimos, en el tiempo que nos queda. Y con esto llegamos al futuro: verde, rojo, negro y femenino.

Verde: el futuro humano, si queremos que haya un futuro, será verde; esto supone que la ecología jugará un papel determinante en toda discusión pertinente a los asuntos que afectan a la humanidad. Comenzaremos todas las conversaciones sobre todas las decisiones que podamos tomar sobre todas las facetas de la vida, reconociendo que somos una entre tantas especies dentro el entramado de ecosistemas complejos que componen la ecoesfera. Nos regiremos por las leyes de la física, la química y la biología, tal y como las entendemos a día de hoy, sabiendo que los ecosistemas de los que dependemos son mucho más complejos de lo que somos capaces de comprender. Como resultado de esta visión del mundo ecológica, actuaremos con verdadera humildad en cualquier intervención dentro de estos ecosistemas.

Rojo: el futuro humano, si queremos que haya un futuro, será rojo. Con esto quiero decir que tenemos que ser explícitamente anticapitalistas. Un sistema económico que potencia la avaricia humana y las estrategias a corto plazo, a la par que simula que no existen límites físicos para el consumo humano, es un culto a la muerte. Respaldar el capitalismo supone firmar un pacto suicida. No tenemos por qué invocar la existencia de un plan de reemplazo totalmente desarrollado que podamos coger de la estantería e implementar de inmediato; pero la ausencia de una alternativa detallada no justifica un sistema económico que no ha hecho más que intensificar el asalto de la humanidad sobre el mundo viviente que nos rodea. El capitalismo no es el sistema con el que crearemos un futuro sostenible.

Negro: el futuro humano, si queremos que haya futuro, será negro. Con esto quiero decir que hemos de rechazar la patología de supremacía blanca que, durante cinco siglos, ha moldeado el mundo en el que vivimos y sigue moldeando a quienes habitamos en él. Pero no confundamos esto con la superficialidad del “multiculturalismo”: no estoy sugiriendo que por celebrar la “diversidad” crearemos paz y armonía por arte de magia. Por contrario, hemos de reconocer que la distribución existente de riquezas es producto de un sistema de jerarquía racial patológicamente arraigado, concebido y perpetuado por la Europa blanca y sus sucedáneos (Estados Unidos, Australia, Sudáfrica).

Femenino: el futuro humano, si queremos que haya futuro, será femenino. Con esto quiero decir que hemos de rechazar la patología patriarcal que, durante varios miles de años, ha moldeado el mundo en el que vivimos y sigue moldeando a quienes habitamos en él. De nuevo, esto no ha de confundirse con las adaptaciones suavizadas y liberales de la “tercera ola” del feminismo asimiladas por la cultura dominante. Por contrario, hemos de adaptar un feminismo radical que rechace la jerarquía y la violencia de la que depende la dominancia masculina.

Mi reivindicación es la de enfrentarnos a todos estos sistemas de forma holística e integrada, que no podemos rechazar un sistema jerárquico sin rechazar todos los sistemas jerárquicos. Aferrarse a un sistema dependiente de un grupo que proclama su dominación sobre otro, menoscaba nuestra habilidad de construir un futuro digno. Hemos de desmantelar cualquier sistema basado en la lógica de la dominación.

Verde: nuestro afán por explotar el mundo viviente que nos rodea está basado en una suposición enraizada en creencias teológicas o laicas de que los humanos tenemos derecho a dominar, dada nuestra noción de que somos la especie suprema. Independientemente de que creamos que nuestros grandes cerebros provienen de Dios o del proceso evolutivo, no cabe duda de que, en términos cognitivos, somos los primeros entre todas las especies. Pero, pregúntate a ti mismo, ¿es “ser listo” lo único que valoramos dentro de la familia humana? ¿Acaso sólo nos clasificamos basándonos en nuestra habilidad cognitiva? Comprendemos que, dentro de nuestra especie, nadie tiene el derecho a dominar a otro basándose exclusivamente en el supuesto de ser más inteligente. Aun así, tratamos al mundo como si ese estatus de especie más inteligente es todo cuanto necesitamos para dominar sobre todo lo demás.

Rojo: si dejamos de lado las fantasías escritas sobre el capitalismo en los libros de economía y nos centramos en el mundo real, reconocemos que el capitalismo es un sistema de concentración de riqueza que permite a un número reducido de personas dominar no solo las decisiones económicas, sino también las políticas. Esta situación convierte nuestro supuesto compromiso con unos principios morales basados en la solidaridad, y unos principios políticos basados en la democracia, en objeto de burla. En el capitalismo, la dominación se justifica a sí misma: cuando permitimos acaparar riquezas a alguien, también le permitimos dominar a los demás sin mayor contemplación y por encima de cualquier otro valor.

Negro: por mucho que se hayan eliminado las peores prácticas legales y sociales que demarcaron y mantuvieron la supremacía blanca durante siglos, el mundo blanco jamás ha pagado su deuda con el mundo que no es blanco, prefiriendo agarrarse a su parte desproporcionada de las riquezas del planeta, extraídas a través de la violencia. Como resultado de este fracaso moral, la realidad material y el poder ideológico de la supremacía blanca sigue presente, modificado durante las décadas recientes para obsequiar ciertos privilegios a algunas de las poblaciones que otrora fueron perseguidas, siempre que la lógica dominadora del sistema no se ponga en entredicho. No nos hemos enfrentado a ello porque, para enfrentarnos honestamente, habríamos de emprender una redistribución masiva de la riqueza, tanto dentro de nuestras sociedades como a nivel global, junto a un cambio aún más dramático en la forma en la que las personas blancas se ven a sí mismas.

Femenino: no sorprende que aún no hayamos superado la jerarquía fundacional de la dominación masculina; admitir la existencia del patriarcado supone reconocer la propia dinámica de dominación y la subordinación del patriarcado. Esta dinámica, supuestamente rechazada por toda persona decente, permanece profundamente hilvanada dentro del tejido de nuestras vidas y en todas las esferas, incluyendo la sexualidad. Tomarse en serio la crítica feminista hace tambalear los cimientos de nuestras vidas cotidianas. De nuevo, la habilidad del sistema para permitir a un número limitado de mujeres dentro de los círculos de élite, siempre que acepten la lógica dominante, apenas hará mella en el patriarcado.

Este esbozo de políticas radicales no supone que cada persona tenga obligación de involucrarse en todos estos temas, eso sería imposible. Igualmente, este pequeño resumen de los sistemas de dominación/subordinación tampoco puede dar respuesta a todas las preguntas que surgen. Pero, para todo aquel que dice preocuparse por la justicia social y la sostenibilidad ecológica, quiero insistir en ciertas nociones básicas: nuestro análisis ha de tomar en cuenta todos estos aspectos de nuestras vidas; si tu análisis no lo hace, tu análisis está incompleto, y un análisis incompleto no puede ser la base de un cambio sustancial y significativo. ¿Por qué?.

Si la historia del futuro humano no es verde, entonces no habrá futuro. Si la historia no es roja, no puede ser verde. Si podemos reestructurar nuestra visión del mundo en torno a un nuevo concepto de ecología y economía, existe una oportunidad de que podamos rescatar algo. Pero no podremos continuar de la misma manera que antes; al reconfigurar nuestras expectativas, tenemos que abandonar esa noción tan arraigada sobre expansión continúa de nuestras riquezas.

Esto supone el comienzo de una narrativa en la que subsistimos con cantidades dramáticamente reducidas y en todos los sentidos. La narrativa verde y la narrativa roja describen un relato de limitaciones. Si aspiramos a mantener nuestra humanidad dentro de una época de contracción, esos límites han de ser aceptados por todos, el lastre compartido entre todos. Y esa narrativa solo funcionará si es negra y femenina. Sin un rechazo de la lógica dominadora de la explotación ecológica y el capitalismo, no tendremos futuro. Sin un rechazo de la lógica dominadora de la supremacía blanca y el patriarcado, no tendremos un futuro digno de vivir.

Cuando alguien dice: “Lo único que importa ahora mismo es la sostenibilidad ecológica” (reafirmando la primacía del verde), hemos de dejar bien claro que tal sostenibilidad es imposible dentro del capitalismo. Cuando alguien dice: “Lo único que importa es una economía de estado estacionario” (reafirmando la primacía del rojo), hemos de dejar bien claro que este estado estacionario es moralmente inaceptable dentro de la supremacía blanca y el patriarcado. Cuando alguien dice: “Tanto hablar de sostenibilidad no ayuda a las personas subordinadas que sufren hoy en día” (reafirmando la primacía del negro y lo femenino), hemos de dejar bien claro que cualquier logro de justicia social dentro de un sistema en declive rápido es una sentencia de muerte para las generaciones futuras.

Cada vez que alguien quiera reducir el alcance de nuestra investigación para aliviar un poco el día a día, hemos de dejar bien claro que el día a día no es el objetivo. La noción “del día a día” puede ser de gran utilidad para un individuo que esté recuperando una adicción, pero es un callejón sin salida para una especie al borde de cambios tan dramáticos como potencialmente irrevocables.

Cada vez que alguien quiera pensar a largo plazo pero reduciendo el alcance de nuestra investigación para facilitar el análisis de un problema específico, hemos de dejar bien claro que arreglar un problema específico no va servirnos de nada. La noción de “reparar los sistemas rotos, uno a uno” puede ser una estrategia política razonable a corto plazo en un mundo estable donde aún queda tiempo de acometer una trayectoria de cambio a largo plazo, pero es un callejón sin salida en el mundo inestable en el que vivimos.

Hablando claro: ninguna de estas observaciones pretende fomentar la parálisis o la pasividad. No argumento que no haya nada que hacer, nada que merezca la pena hacer, nada que no se pueda hacer para mejorar las cosas. Estoy diciendo que no se puede hacer nada para evitar un cambio dramático, un cambio de magnitud que solo puede ser descrito con la palabra “colapso”. Lo que podemos hacer solo merecerá la pena ser hecho si aceptamos esa realidad. En vez de preguntarnos cómo podemos salvar todo esto, deberíamos preguntarnos cómo podemos mantener nuestra humanidad en medio de estos cambios.

Una vez liberados de la obligación de conjurar soluciones mágicas, la vida se vuelve más sencilla, y es más fácil comprender nuestras opciones: aprender a vivir con menos; dejar de lado la retórica vacía sobre el “capitalismo con conciencia”; cruzar las fronteras de raza, etnia, clase y religión que normalmente mantienen apartadas a las personas; asegurar que tanto el espacio público como el privado esté libre de violencia masculina; reconocer que la construcción de redes locales e instituciones que potencien la resiliencia son parte fundamental de cualquier proyecto en el que decidamos formar parte.

Esto lo hemos hecho nosotros

Si todo esto parece más de lo que se puede soportar, es porque lo es. Da igual lo dañados que estemos como individuos, nadie ha hecho nada para merecer esto. No deberíamos por qué tener que soportarlo. Pero esto lo hemos hecho nosotros, los humanos, colectivamente. Y lo llevamos haciendo dese hace mucho tiempo, miles de años, desde que la invención de la agricultura amputó nuestra relación natural con el mundo viviente que nos rodea.

Las malas noticias: los efectos de nuestros fracasos se están acumulando y puede que esta vez no seamos capaces de escapar de la trampa, tal y como hemos hecho ya tantas veces en el pasado.

Las buenas noticias: no somos los primeros humanos que han mirado a la realidad honestamente para mantener la firmeza en el cometido de regresar a una relación apropiada.

La historia que tenemos que contar es una historia profética y tenemos una tradición profética en la que inspirarnos. Fijémonos en la lección de Jeremías en la Biblia hebrea, que no tuvo pudor al hablar de la profundidad de su tristeza: “Mi tristeza no tiene remedio, mi corazón desfallece en mí” (Jeremías 8:18). Tampoco tuvo miedo al hablar de lo severo del fracaso que incitó esa tristeza: “Quebrantado estoy por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo; entenebrecido estoy, espanto me ha arrebatado” (Jeremías 8:21).

Además de la tradición profética, tenemos que estar dispuestos a invocar la tradición apocalíptica, reconociendo que hemos perdido el camino, que no hay manera de regresar a una relación justa con los sistemas en los que vivimos. La voz profética advierte a las personas de nuestros fallos dentro de estos sistemas, y la tradición apocalíptica puede ser entendida como una llamada para abandonar cualquier esperanza de retener estos sistemas. Las historias que nos hemos contado sobre cómo retener nuestra humanidad en esos sistemas han de ser reemplazadas por historias sobre cómo retener nuestra humanidad en la búsqueda de nuevos sistemas.

Tenemos que rechazar narrativas sobre milagros de última hora, ya sean de origen divino o tecnológico. No hay nada provechoso en el pensamiento mágico. Las nuevas historias requerirán imaginación, pero una imaginación asentada sobre los límites físicos de la ecoesfera. Cuando contamos historias que nos hacen creer que lo irreal puede ser real, esas historias son frutos del delirio, no de la imaginación. No nos ayudan a comprendernos a nosotros mismos ni a nuestra situación, prefiriendo tan solo favorecer la comodidad ilusoria que acarrea la falsa esperanza.

Finalmente, otra pequeña buena noticia: si tu corazón está enfermo y tu tristeza está más allá de una cura, estate agradecido. Sentir esta tristeza supone habernos enfrentado a una verdad sobre nuestro mundo caído. No estamos salvados, y puede que no seamos capaces de salvarnos a nosotros mismos, pero cuando nos enfrentamos a aquello que ni siquiera somos capaces de soportar, reafirmamos nuestra humanidad. Cuando nos enfrentamos a la realidad dolorosa de que no queda esperanza, es el momento en el que nos ganamos el derecho a la esperanza.


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Sé apocalíptico: Por qué lo radical se ha vuelto normal/ Robert JensenGuía práctico-utópica del inminente colapso/ David Graeber“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”Naomi Klein

¿Qué es el P2P?

3001983021_b4308c52aa_oJulie Tran de MakeChangeTV entrevista a Michel Bauwens

“No podemos seguir con un sistema que crea riqueza pero que también está destruyendo el planeta y creando semejante desigualdad social. Creo que, tras 400 años de esto, ya sabemos que no funciona. Necesitamos un nuevo sistema que recupere todos estos valores comunales.”

¿Cómo sería una economía post-capitalista? En esta entrevista con Michel Bauwens, Julie Tran de Makechange TV indaga en las peculiaridades de la filosofía P2P o “entre iguales”. Bauwens responde de manera clara y directa a preguntas como: ¿Qué es la economía P2P? ¿En qué se diferencia del capitalismo y el comunismo? ¿Es lo mismo que el consumo colaborativo o el crowdsourcing? ¿Se convertirá en la tendencia principal del futuro?

Como material adicional incluimos dos esquemas escritos por Bauwens para Flok Society, un nuevo proyecto ecuatoriano para propagar la filosofía del buen conocimiento y el buen vivir. Los esquemas desglosan tres escenarios para la filosofía P2P, junto a los pasos necesarios para hacer la transición hacia una verdadera sociedad post capitalista.

(Para activar la pista de subtítulos, pulsad el botón rectangular de la parte inferior derecha y elegir “Spanish – (Spain) -Guerrilla Translation!”) 

Tres modelos de creación de valor, redistribución y desarrollo económico

Contexto

Esta pieza ha sido escrita como un marco de referencia para el proyecto FLOKSociety.org en Ecuador, para describir una transición hacia una sociedad basada en el conocimiento abierto y compartido.

Será mejorada continuamente entorno a la siguiente estructura:

    1. Modelos de extracción de valor, tanto materiales como inmateriales
    2. Estructura de clase dominante
    3. Lógicas de conocimiento
    4. Modelos de solidaridad
    5. Movimientos sociales y el equilibrio de poder
    6. El modelo dominante del capitalismo / alternativas dominantes
    7. Formas de democracia / participación

La idea clave es distinguir la condición de las prácticas en torno a compartir/p2p/procomún bajo el predominio del capitalismo cognitivo financiarizado y un modelo cívico/ético más genuino centrado en los bienes comunes

Análisis de los tres modelos

1: Bajo las condiciones del capitalismo propietario

  • Los trabajadores crean valor a título privado como proveedores de mano de obra
  • Desprofesionalización de la producción de conocimiento de los trabajadores; creación de capas de gestión y de ingeniería que gestionan la producción colectiva en nombre de los propietarios del capital
  • El conocimiento codificado es de propiedad exclusiva y el valor se captura como alquiler de propiedad intelectual
  • Los dueños del capital capturan y toman posesión del valor de mercado; redistribución parcial en la forma de salarios
  • En condiciones de equilibrio entre capital y trabajo, el Estado redistribuye la riqueza a los trabajadores como consumidores y ciudadanos
  • En las condiciones contemporáneas de debilidad del trabajo, el Estado redistribuye la riqueza al sector financiero, y crea condiciones de dependencia de la deuda a la mayoría de la población

2: Bajo las condiciones de una producción entre iguales emergente bajo la dominación del capitalismo financiero

  • Contribuciones ciudadanas voluntarias, trabajo pagado y empresarios independientes crean valor codificado en repositorios comunes de conocimiento, código y diseño

  • Los dueños del capital capturan y toman posesión tanto de los contribuyentes como del trabajo; las redes propietarias y las plataformas de colaboración capturan y toman posesión del valor de la atención de los participantes/contribuyentes

  • Los dueños del capital obtienen ganancias de los beneficios del trabajo distribuido desagregado (crowdsourcing)

  • El capital se co-crea a través de la financiación del trabajo y de las plataformas; crece la acumulación continua de repositorios comunes de conocimiento, código y diseño; en condiciones de precariedad para los contribuyentes voluntarios y emprendedores orientados sin apoyo al procomún

  • Los bienes comunes son administrados por instituciones con fines de beneficencia que reflejan el equilibrio de influencia entre los contribuyentes, los trabajadores y los propietarios de capital, pero continuan expandiendo los repositorios comunes; el sector de bienes comunes carece de mecanismos de solidaridad para hacer frente a la precariedad, la sociedad civil está aún siendo derivada hacia el mercado y sectores estatales

  • El Estado debilita su función pública y las funciones de solidaridad, en favor de funciones represivas y subvenciona al capital financiero; el Estado co-crea las condiciones mínimas para la producción entre pares orientadas al procomún y la redistribución hacia el capital financiero continúa.

3: En condiciones de producción entre iguales robusta, bajo dominio ciudadano

  • Los contribuyentes voluntarios y el trabajo autónomo cooperativo crean valor codificado a través de repositorios comunes; la recalificación ciudadana y del trabajo se produce a través de la fabricación distribuida orientada al procomún que sitúa a los creadores de valor en el timón de la fabricación distribuida y otras formas de creación de valor

  • Los contribuyentes del procomún crean entidades mercantiles cooperativas orientadas al procomún que las sostienen, así como a las comunidades de contribuyentes

  • Las cooperativas y otras entidades mercantiles afines al procomún, co-crean repositorios comunes y se dedican a la acumulación cooperativa en nombre de sus miembros; las contribuciones al procomún están codificadas en sus estructuras legales y de gobernanza; las coaliciones empresariales y filés (empresas estructuradas en red que trabajan en torno a unos grupos comunes para mantener comunidades productoras de bienes comunes).

  • La coordinación social mutua de producción a través de cadenas abiertas de aprovisionamiento dirige las actividades del mercado

  • Los bienes comunes permiten que las instituciones benéficas se conviertan en una formación ciudadana central para la gobernanza de los repositorios comunes; las entidades del mercado asociadas crean mecanismos de solidaridad y de ingresos para los productores y procomuneros con el apoyo del Estado asociado.

  • El Estado, dominado por los sectores ciudadanos/del procomún se vuelve un Estado Socio, que crea y sostiene la infraestructura ciudadana necesaria para permitir y empoderar la producción social autónoma

  • El mercado se vuelve una economía moral y ética, orientada en torno al producción procomún y a la coordinación mutua, apoyada por las funciones del Estado Socio

  • El sector mercantil está dominado por cooperativas, leyes, formas de gobierno y propiedad orientadas al procomún; las entidades restantes que maximizan los beneficios se reforman para respetar las externalidades ambientales y sociales, incluyendo la redistribución de la extracción de ‘beneficios-procomunes’.

  • Los mecanismos de gobernanza se reforman hacia modelos de gobernanza multisectoriales con orientación al procomún, los modelos de propiedad se reforman desde la extracción hacia modelos generativos

  • El modelo de Estado Socio renueva la prestación de servicios públicos, los mecanismos de solidaridad y asistencia social a través de la comunalización de los servicios públicos y asociaciones públicas-procomún

  • La redistribución social tiene lugar a través de provisiones de salario básico y mediante la reducción de la participación laboral, necesaria para crear condiciones de participación ciudadana y una economía contributiva


Propuestas de transición

Describiendo el rol de: 1) El estado 2) La economía ética 3) El sector del procomún

1:El Estado

  • El Estado se convierte en un Estado asociado, cuyo objetivo es facilitar y potenciar la producción social autónoma, que regula también en el contexto del bien común

  • El Estado se esfuerza por brindar apertura y transparencia máximas

  • El Estado sistematiza la participación, la deliberación y la consulta en tiempo real con los ciudadanos

  • La lógica social se mueve de estar centradada en la propiedad a estar centrada en la ciudadanía

  • El Estado desburocratiza a través de la procomunización de los servicios públicos y las asociaciones público-procomún

  • Los puestos de trabajo de servicio público son considerados como un recurso de repositorios del procomún y la participación se extiende a toda la población

  • La democracia representativa se extiende a través de mecanismos participativos (legislación participativa, elaboración de presupuestos participativa, etc.)

  • La democracia representativa se extiende a través de mecanismos de deliberación tanto tradicionales como en redes digitales.

  • La democracia representativa se extiende a través de votación directa y/o líquida (consultas y procedimientos democráticos en tiempo real, junto con los mecanismos de delegación de voto)

  • La tributación del trabajo productivo, el espíritu empresarial y la inversión ética se reducen al mínimo; la imposición de la producción de bienes sociales y ambientales se reduce al mínimo; la tributación de las inversiones especulativas improductivas se ve aumentada, los impuestos sobre los ingresos por alquiler improductivo aumentan; la fiscalidad de las externalidades sociales y ambientales negativas se ve aumentada

  • El Estado sostiene infraestructuras ciudadanas orientadas al procomún y agentes del mercado éticos orientados al procomún

  • El Estado reforma el sector empresarial tradicional para minimizar las externalidades sociales y ambientales

  • El Estado se dedica a la creación monetaria pública libre de deuda y apoya una estructura de monedas complementarias especializadas

2: La Economía Ética

  • Creación de una economía social/ética/ciudadana/solidaria orientada al procomún y al bien común

  • Los agentes del mercado ético se fusionan en torno al procomún del conocimiento productivo. Con el tiempo utilizan licencias orientadas al procomún y de producción entre iguales para apoyar al sector socio-económico

  • Los agentes del mercado ético integran requerimientos del bien común y de varios sectores impulsados por usuarios y trabajadores en su modelo de gobierno

  • Los agentes del mercado ético se desplazan de formas de propiedad extractivas a modelos de propiedad generativos; se privilegian formatos de compañías abiertas, éticas, orientadas al procomún

  • Los agentes del mercado ético practican contabilidad abierta y cadenas de suministro abiertas para aumentar la coordinación de mercado de la producción

  • Los agentes del mercado ético crean una red territorial y sectorial de asociaciones de la Cámara del Procomún para definir sus necesidades y metas comunes e interactuar con la sociedad civil, los comuneros y el estado socio

  • Con ayuda del Estado Socio, los agentes del mercado ético crean estructuras de soporte para una comercialización abierta, que mantenga y dé soporte al procomún

  • Los agentes del mercado ético se interconectan con comunidades productivas globales del procomún (comunidades de diseño abierto) y con asociaciones globales de producción (filés) que proyectan poder de mercado ético a nivel mundial

  • Los agentes del mercado ético adoptan un diferencial de salarios 1-8 y se establecen los niveles de salario mínimo y máximo

  • El sector comercial principal es reformado para minimizar las externalidades sociales y ambientales negativas; se proveen incentivos que buscan una convergencia entre las economías corporativa y solidaria

  • Con miras a obtener dicha convergencia, se alientan formas de economía híbrida, como el comercio justo, el emprendimiento social o las corporaciones de beneficencia

  • Se crean y apoyan microfábricas distribuidas para fabricación (g)localizada bajo demanda con el objetivo de satisfacer las necesidades locales de los bienes básicos y maquinaria

  • Se crean institutos para el apoyo del conocimiento productivo sobre una base territorial y sectorial

  • La educación está alineada a la co-creación de conocimiento productivo en apoyo a la economía social y el procomún abierto de conocimiento productivo

3: El sector del procomún

  • Creación de infraestructuras del procomún tanto inmaterial como de los bienes materiales. La sociedad es vista como un conjunto de bienes comunes entrelazados, que son compatibles con una economía de mercado ético y un Estado asociado que protege el bien común y crea infraestructuras ciudadanas de apoyo

  • Los procomunes locales y sectoriales crean alianzas civiles para interactuar con la Cámara del Procomún y el Estado Socio

  • La conexión de asociaciones con ánimo de lucro (Fundaciones del Conocimiento Común y Abierto) permite y protege los diversos bienes comunes

  • Cooperativas de Solidaridad forman asociaciones público-procomún en alianza con el Estado Socio y el sector de economía ética es representado por la Cámara de los Comunes

  • Los comunes naturales son gestionados por asociaciones público-procomún y se basan en la pertenencia ciudadana en Fideicomisos del Procomún


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Cuatro pasos hacia un mundo post-crecimiento

En esta entrevista con Louisa Clarence-Smith, del colectivo Extraenviromentalist, Donnie Maclurcan, cofundador del Post Growth Institute, comparte su visión de futuro: un sistema sostenible basado en dinámicas cooperativas y entidades sin ánimo de lucro. Prestad especial atención a su visión de cómo sería un mundo post-crecimiento y las cinco estrategias clave para alcanzarlo.

Donnie Maclurcan es cofundador del Post Growth Institute, un grupo internacional que investiga nuevas estrategias hacia una prosperidad global que no dependan del crecimiento económico.

Hemos hablado con él sobre su último proyecto colaborativo, un libro llamado How on Earth? donde se presentarán estrategias para que las empresas sin ánimo de lucro se conviertan en el principal modelo de negocio, a nivel local, nacional e internacional de aquí al 2050.

A nivel personal, ¿Cuando comenzó tu campaña para hallar una alternativa al crecimiento económico?

La campaña surgió de mi posdoctorado, donde se concluía que teníamos que innovar sin crecimiento económico. Alrededor del 2006, empecé a lanzar esta idea y, durante un diálogo con el que más adelante sería el ministro australiano del medio ambiente [Peter Garrett], le planteé una pregunta desde el público: “¿Pero cómo vamos a lograr esto en un mundo con recursos limitados?”. Él ignoró mi pregunta por completo y eso me afectó bastante, dado que había sido el cantante del grupo Midnight Oil y el presidente de una de las organizaciones medioambientales más importantes de Australia, la Australian Conservation Foundation. Ahora que me lo planteo, ese fue el momento en el que comenzó todo

¿Hay algún movimiento fuerte buscando alternativas al crecimiento en Sidney, Australia?

En Sidney no tanto, pero en Australia si, no cabe duda. Vistos los resultados de los impuestos sobre las emisiones de carbono y con las crisis medioambientales a las que nos enfrentamos, cada vez hay más personas cuestionando la validez de los parches tecnológicos y dándose cuenta de que la política gubernamental jamás va a ser suficiente. Australia se ha convertido en uno de los líderes mundiales en consumo colaborativo y la trayectoria general apunta hacia la emergencia de distintos modelos de negocio: innovaciones sociales y empresas sociales –el gobierno sigue a la zaga con esto, pero hay mucha gente moviéndose en esta dirección.

La comunidad se ha movilizado mucho en estos últimos 10 años en torno a asuntos como al aumento de incendios, las inundaciones o las sequías. A través de las plataformas virtuales, vemos a muchas personas planteándose cómo construir una economía basada en bienes y valores — y en la que se utilicen recursos locales. Todo esto ha permitido concebir una economía diferente que no depende del crecimiento.

¿Por qué decidisteis crear How on Earth?

La mayor motivación fue ver todo lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Hemos documentado casi 5.000 cosas con las que capitalizar un futuro post-crecimiento y, visto en conjunto, nos dimos cuenta de que es una fórmula que apenas se ha propagado.

Utilizamos una estrategia inductiva que nos motiva mucho a la hora de hacer algo distinto. Tras asistir a un sinfín de conferencias sobre la “Nueva Economía”, sólo veíamos variaciones sobre la misma estrategia, que viene a decir: “a tal problema, tal solución”. O “¿Cuál es el problema? Vamos a analizarlo y ver cómo podemos responder….”. Eso, normalmente, lleva a respuestas regulatorias o a replantearse la división entre Estados y Mercados. Esto supone volver a políticas antiguas de la Guerra Fría que nunca llevan a nada porque se ven viciadas por la teoría política de la diferencia y el conflicto entre modelos de aparato estatal grandes o pequeños.

La motivación ha sido nuestro entusiasmo ante algo capaz de trascender las divisiones de izquierda y derecha para plantear una alternativa que podría reducir el tamaño del gobierno a la vez que incrementa la prestación de servicios sociales. Esto está más allá de la contraposición entre un sector público grande o pequeño, o los modelos progresistas o conservadores que normalmente se proponen al presentar alternativas económicas para el futuro.

Describe tu visión de un mundo post-crecimiento.

Lo mejor de todo es que no tenemos por qué exponer una visión ni una fórmula. El siglo XXI está caracterizado por el co-diseño. No consiste en decir “esto debería ser así”, aunque creo que algunos aspectos principales serían:

Relocalización: donde las personas utilizan Internet y herramientas digitales para relocalizar la producción, el intercambio y el comercio. Así sabrás qué tienen tus vecinos y, en base a ello, incrementar la prestación de servicios sociales y reducir las distancias asociadas con esos servicios.

Un sistema monetario mucho más basado en la realidad y no en la especulación, y que tenga incentivos para mantenerse así, para crear transacción coherentes.

Redistribución del modelo de negocio: Como aludimos en el libro, creemos que los modelos de negocio serán distintos, y que cada empresa incorporará un proceso de redistribución de beneficios para incrementar la riqueza general, en vez de conducir a la desigualdad que provoca el sobreconsumo.

Una estrategia participativa: lo más importante es lo que acabo de decir sobre reducir desigualdades; pero reducirlas para redefinir “riqueza” como sinónimo de conexiones verdaderas, no del consumismo desbocado.

¿Cuáles crees que son las causas principales de la insostenibilidad de nuestros sistemas humanos?

En el sentido práctico, la insostenibilidad está provocada por el sobreconsumo de recursos naturales estratégicos; que esto a su vez se ve alentado tanto por la apatía y falta de motivación de la clase adinerada, como por la necesidad — dada la escasez de alternativas, tanto reales como percibidas—  de aquellos a los que no les van bien las cosas. Todo está exacerbado tanto por una envidia y una codicia provocada que busca la riqueza material como por las desigualdades sociales que fabrica el propio sistema. Mientras tanto, la desigualdad financiera y los intereses particulares sólo sirven para acelerar el proceso. Todos estos son aspectos claves dentro de un sistema basado en la acumulación centralizada del dinero, de la riqueza, de los bienes y del poder.

La llamada a la revolución de Russell Brand

Dado que no veo la tele — porque no tengo tele—  y evito el famoseo a toda costa — porque me da la gana— la verdad es que no tengo ni idea de si Russell Brand es famoso en España o no.

En todo caso, la reciente entrevista cara a cara enfrentando a Brand con Jeremy Paxman, un presentador británico de la muy vieja escuela, está causando revuelo en la red y con buen motivo. Brand está bastante sembrao en el vídeo, expectorando perlas del calibre de “Votar supone ser cómplice tácito de ese sistema, y no puedo recomendarlo…” o  “Se está destruyendo el planeta, estamos creando una clase marginal, estamos explotando a los pobres del mundo entero mientras que los problemas genuinos y legítimos del pueblo ni siquiera son abordados por la clase política…” ante la  mirada estupefacta del apoltronadísimo Paxman. ¿Qué otros famosos “escandalosos” están diciendo algo así?

Subtitular el vídeo no ha resultado nada fácil. Brand desengrana vocablos cuan repartidor de panes y peces, apenas pausando entre intervenciones y atropellando verbalmente a su entrevistador (a quien, todo sea dicho, no le viene mal el escarmiento). Estos subtitulos son para lectores rápidos. Hemos intentado compactarlos lo máximo posible, pero sin perder el “salero” de Brand.

(Pulsad en la parte inferior derecha para activar subtítulos en Español)

Video traducido y subtitulado por Stacco Troncoso. Editado por Carolina y Amador.

Las críticas no se han hecho esperar, tanto desde los sectores conservadores como los más progresistas. De entre todas, la observación que más me ha llamado la atención proviene de Jerome Roos, editor de Reflections on a Revolution, una de las mejores publicaciones online del momento. En su reseña sobre la entrevista, Roos apunta:

“En el fondo, lo que me da esperanza no es Russell Brand. Aunque he disfrutado mucho con la entrevista, la verdad es que me da igual lo que este famoso le diga a la BBC o lo que escriba en  The New Statesman. Lo que me emociona de verdad es el hecho de que este anhelo revolucionario tan sincero siga resonando con millones de personas. No creo que la revolución vaya a arrancar en cualquier momento… pero eso es porque ya ha empezado.”

A mí también me han divertido mucho las intervenciones de Brand. Puedo estar en desacuerdo con algunos de sus comentarios —realmente no creo que necesitemos ningún “sistema administrativo centralizado” a estas alturas—  pero lo que me parece más destacable es que un “famoso” proveniente de la clase obrera refleje el cabreo generalizado que sentimos a lo largo del planeta. A veces, observando el movimiento global que ha surgido (o resurgido, dependiendo de tu perspectiva, no ofendamos a nadie…) en los últimos tres años, echo de menos la conexión revolución/cultura popular de finales de los sesenta o del apogeo del Punk. ¿Dónde están los MC5 de hoy en día? ¿El auge del black power ligado al Free Jazz, Albert Ayler y Archie Shepp? ¿Frank Zappa hablando de los disturbios de Watts? ¿The Clash? ¿Patti Smith? ¿Dónde está la banda sonora de esta revolución?

Personalmente, no veo nada comparable a la repercusión internacional que tuvo ese reflejo musical y artístico del espíritu revolucionario de los sesenta. Hablamos de un momento en el que la cultura popular y la política se entremezclaban como componentes indivisibles del mismo afán de cambio. A finales de los setenta vimos algo parecido con el Punk y su filosofía DIY. Puede argumentarse que en los noventa vivimos una revolución musical comparable pero, ¿qué ha pasado ahora? ¿Por qué no se reunieron Rage Against the Machine para tocar en Occupy? (Aunque tocaran en Wall Street diez años antes). ¿Veremos un nuevo movimiento musical que refleje, que no lidere, las características del 15M, Occupy, Turquía, Brasil y la Primavera Árabe? ¿Un resurgimiento Punk más acorde con el espíritu DIWO (DoItWithOthers) que el DIY (DoItYourself)?

No voy a comparar la calidad artística de Brand con los artistas que he mencionado (como bien señalaba el Inspector Callahan, “Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene uno.”) pero me parece importante tener en cuenta la repercusión que pueden tener sus acciones sobre la conciencia popular. ¿Cuántos otros famosos se están mojando tanto como él?

Brand me cae muy bien, y me parece muy gracioso. Tiene duende, está sembrado… Como bien dice en el vídeo: “Claro que va a haber una revolución. Va a ocurrir, no cabe duda. Es que no me cabe la menor duda. Esto es el final, ha llegado la hora de despertar…”

“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”

https://guerrillatranslation.files.wordpress.com/2013/10/idnomocv.jpgJason Mark de Earth Island Journal entrevista a Naomi Klein

La autora canadiense Naomi Klein es bien conocida por sus agudas observaciones críticas, tanto que es fácil olvidar que, por encima de todo, es una periodista de primera categoría. Durante esta entrevista, Klein dejó entrever cuáles son sus prioridades, aunque también confesó estar preocupada por algunas de sus respuestas dado que podrían costarle la oportunidad de entrevistar al presidente de uno de los grupos ecologistas más prominentes (al leer la entrevista veréis por qué). A Klein le interesaba más perseguir el reportaje que protagonizarlo, anteponiendo su periodismo a sus opiniones personales.

Ese rigor caracteriza la carrera de Klein, quien prefiere mantenerse al margen de la cháchara mediática sobre temas de actualidad. Trabaja con constancia, esmero y discreción. Puede resultar sorprendente recordar que la enorme influencia internacional del trabajo de Klein se basa en una obra relativamente escueta; ha publicado tres libros, uno de ellos una antología de artículos de prensa.

“No logo: el poder de las marcas”, el primer libro de Klein, investigaba la manera en la que las marcas manipulan los deseos del público al tiempo que explotan a las personas que fabrican sus productos. El libro salió a la venta pocas semanas después de las protestas contra la Organización Mundial del Comercio en Seattle y se convirtió en bestseller internacional. Su siguiente obra importante, “La doctrina del shock”, argumenta que los impulsores del libre comercio a menudo se aprovechan de las crisis –ya sean naturales o fabricadas– para imponer políticas desreguladoras. En su último libro, aún sin titular, Klein centra su atención en el cambio climático. El libro saldrá a la venta en 2014 y será adaptado como documental a manos de Avi Lewis, el esposo y compañero creativo de Klein.

Los libros y artículos de Klein buscan articular una contra-narrativa al avance de la globalización corporativa y la austeridad impuesta por los gobiernos. Klein cree que el cambio climático puede suponer una nueva oportunidad para desarrollar esta contra-narrativa. “El libro que estoy escribiendo argumenta que nuestras respuestas ante el cambio climático podrán reconstruir la esfera pública, fortalecer nuestras comunidades, y crear trabajos dignos”.

Pero antes tiene que acabar su investigación. Hablando de la respuesta del activismo de base al caos climático, Klein me dijo: “Ahora mismo está pasando desapercibido, pero lo estoy siguiendo con mucha atención.”

—Jason Mark

A lo largo de tu trayectoria profesional has escrito sobre el poder de las marcas comerciales, los movimientos populistas de todo el mundo y el fundamentalismo del mercado libre. ¿Qué te ha llevado a hacer ahora un libro y una película sobre el cambio climático?

Bueno, mi último libro, La doctrina del shock, termina hablando del cambio climático. Concluye con una visión de un futuro distópico donde veremos una infraestructura débil chocando de frente con unas condiciones meteorológicas extremas, algo que ya hemos visto con el huracán Katrina. Pero, en vez de esforzarnos por reducir las emisiones para prevenir desastres futuros, vemos numerosos intentos de sacar provecho de esa crisis. Por aquel entonces ya creía que el cambio climático iba a suponer una barra libre sin precedentes para el capitalismo del desastre. Me pareció una progresión lógica pasar de escribir sobre el capitalismo del desastre en La doctrina del shock a escribir sobre el cambio climático. Mientras escribía La doctrina del shock, también estaba cubriendo la guerra de Irak y el negocio de la guerra, y empecé a darme cuenta de que esos mismos patrones se repiten después de desastres naturales como el tsunami asiático o el huracán Katrina. En ese libro hay capítulos que hablan sobre ambos acontecimientos. Más tarde, me di cuenta de que el cambio climático podría suponer una especie “shock del pueblo”, una respuesta a la doctrina del shock –que, en vez de otra coyuntura para que el capitalismo del desastre se alimente de la miseria de la gente, sea una oportunidad para que las fuerzas progresivas ahonden en la democracia y realmente mejoren la calidad de vida de todo el mundo. Después, al escribir un artículo sobre las reparaciones de guerra para la revista Harper’s, me topé con el concepto de la “deuda climática”. Me reuní con la embajadora boliviana ante organismos internacionales –se llama Angélica Navarro– y me dijo que el cambio climático podría brindarnos la oportunidad de implementar un Plan Marshall ecológico a nivel global, en el que el norte pagaría su “deuda climática” mediante un proyecto de desarrollo medioambiental a gran escala.

Tras el huracán Sandy, escribiste sobre el potencial del “shock del pueblo”. ¿Crees que ya está ocurriendo? ¿Estamos viendo una respuesta del activismo global ante las condiciones meteorológicas extremas que padecemos hoy en día?

Veo que el shock del pueblo ya está bastante extendido, con diversos colectivos actuando en muchos frentes distintos. Gente que, por ejemplo, ha estado luchando por la agricultura sostenible durante muchos, muchos años, y que ahora se da cuenta de que también es una solución para el problema del clima. Se están reformulando muchas cuestiones –y no de manera oportunista, sino para profundizar en nuestro entendimiento. Aquí en Canadá, la gente que más se está oponiendo a la extracción en arenas de alquitrán son las comunidades indígenas que viven río abajo de los yacimientos. Su oposición no se debe al cambio climático sino a que el alquitrán envenena sus cuerpos. Pero el hecho de que también esté destruyendo el planeta le añade otra capa de urgencia. Creo que sobreponer el cambio climático a otros problemas que sufrimos tiene un potencial enorme.

En cuanto al huracán Sandy, he observado algunas respuestas ciudadanas muy esperanzadoras, particularmente en las montañas de Rockaway, donde la gente estuvo muy organizada desde el principio, donde Occupy Sandy cosechó una cooperación muy fuerte y donde surgieron nuevas redes. La primera fase sólo consiste en la recuperación y, ante la llegada de un proceso de reconstrucción impulsado por empresas privadas, estas comunidades están organizadas para responder, atender las reuniones, enfrentarse con las inmobiliarias y hablar sobre una visión de la vivienda pública muchísima más adecuada que la que hemos visto hasta ahora. O sea que sí, es algo que ya está ocurriendo sin duda. Ahora pasa desapercibido, pero lo estoy siguiendo con mucha atención.

En un artículo que escribiste para The Nation en noviembre de 2011, señalaste que, en lo que al cambio climático se refiere, existe una doble negación: los conservadores niegan la evidencia científica, mientras que algunos sectores de la izquierda niegan las implicaciones políticas de esa evidencia. ¿Por qué crees que algunos ecologistas se resisten a enfrentarse a todo lo que el cambio climático supondrá para el mercado y la economía?

Creo que dentro del movimiento medioambiental de las grandes organizaciones ecologistas existe un profundo estado de negación. A decir verdad, creo que ha sido mucho más dañino que el negacionismo de la derecha debido a todo el terreno que hemos perdido. Porque nos ha llevado en una dirección que ha dado muy malos resultados. Basta con fijarnos en la trayectoria del protocolo de Kyoto, del mecanismo de desarrollo limpio de las Naciones Unidas o del tratado de emisiones de la Unión Europea. Ya hemos tenido casi una década para evaluar los resultados de estos planes y los datos son desastrosos. No sólo han aumentado las emisiones sino que además hemos visto innumerables casos de fraude, que sólo han servido para alimentar las críticas de la derecha. La derecha se ha opuesto a la fijación de límites máximos e intercambio de los derechos de emisión alegando que nos iban a llevar a la bancarrota, que era un regalo para las corporaciones y que, por cierto, no iba a funcionar. Y tenían razón en todos los sentidos. En lo de la bancarrota, no, pero tenían razón al decir que era un regalo enorme para las corporaciones y que ni siquiera nos iba a acercar a lo que, según los científicos, tendríamos que estar haciendo para bajar el nivel de emisiones. Así que me parece muy importante preguntarse por qué los grupos ecologistas han sido tan reticentes a seguir las indicaciones de la ciencia hasta sus conclusiones lógicas. Creo que científicos como Kevin Anderson, y su colega Alice Bows del Tyndall Centre, han sido los más valientes a la hora de enfrentarse en este sentido, porque no sólo se enfrentan a los grupos verdes, sino que también critican a sus colegas científicos por la manera en la que la ortodoxia de la economía neoliberal ha infiltrado el mundo de la ciencia. Es una lectura aterradora porque llevan más de una década diciendo que el nivel de reducción de emisiones que necesitamos en el mundo desarrollado es incompatible con el crecimiento económico.

Lo que sí sabemos es que el movimiento medioambiental obtuvo una serie de victorias espectaculares a finales de los 60 y en los 70, cuando se redactó todo el marco legal para responder a la contaminación y proteger a las especies animales. Fue una victoria tras otra y tras otra. Y esto se convirtió en lo que después se denominarían las leyes de “Imposición y control”, que decían: “No podéis hacer eso. Esa sustancia está prohibida o estrictamente regulada”. Era una estrategia de regulación por parte del gobierno. Pero se detuvo en seco con la llegada al poder de Reagan. Reagan, básicamente, le declaró la guerra al movimiento medioambiental, y de manera muy abierta. Ahí es cuando empezamos a oír algunas de las expresiones empleadas habitualmente por los negadores –equiparar la defensa del medio ambiente con el comunismo y ese tipo de cosas. Con la desaparición gradual de la Guerra Fría, la defensa del medio ambiente se convirtió en el siguiente blanco, el siguiente comunismo. En ese momento el movimiento tuvo la opción de responder de dos maneras posibles: podía luchar y defender sus valores para intentar resistir la apisonadora del neoliberalismo incipiente, o podía adaptarse a esa nueva realidad adecuándose al auge del gobierno corporativista. Eligió lo segundo, y de manera muy consciente, como queda patente en lo que decía por esa época Fred Kupp, el presidente de la Enviromental Defense Fund (Fundación de defensa medioambiental).

Había que aceptarlo o, al menos, tolerarlo.

Exacto. Ahora sabemos que todo gira en torno a convenios corporativos. Ya no es cuestión de “vamos a demandar a estos cabrones”, sino de “vamos a colaborar con estos cabrones a través de convenios corporativos”. Ya no existe un enemigo.

Es más, las grandes empresas se presentan como “la solución”, desempeñan el papel de participantes voluntarios y parte de la solución. Ese es el modelo que ha perdurado hasta nuestros días.

Incluso me remito a casos como la lucha contra NAFTA, el tratado norteamericano de libre comercio. Los grandes grupos medioambientales, con muy pocas excepciones, brindaron su apoyo a NAFTA, a pesar de la sublevación entre sus miembros, y vendieron el tratado al público de forma muy agresiva. Ese es el modelo que se ha globalizado a través de la Organización Mundial del Comercio y que, en muchos sentidos, ha sido responsable de la vertiginosa subida de los niveles de emisiones. Hemos globalizado un modelo económico basado en un hiper-consumismo totalmente insostenible que se está extendiendo con éxito por todo el mundo, y que nos está matando.

Los grupos medioambientales no fueron espectadores pasivos de este proceso. Fueron colaboradores, partícipes voluntarios. No estoy hablando de todos los grupos. No es el caso de Greenpeace, ni de Friends of the Earth ni, en términos generales, del Sierra Club. Tampoco estoy hablando de 350.org, porque aún no existía. Pero creo que se remonta a las raíces elitistas del movimiento y al hecho de que, cuando se crearon muchos de estos grupos conservacionistas, la conservación se entendía como una especie de deber burgués. Se fraguó cuando las élites se juntaban para hacer senderismo y después decidían que tenían que salvar la naturaleza. Pero las élites cambiaron. Llegados a ese momento, si el movimiento medioambiental iba tomar la decisión de luchar, tendría que haber renunciado a ese estatus de élite, pero no estaban dispuestos a hacerlo. Creo que es uno de los mayores motivos por los que los niveles de emisiones están donde están hoy en día.

En la cultura norteamericana, siempre hay un afán de obtener soluciones en las que todos salen ganando. Pero si realmente queremos ver una reducción del 80% en emisiones de dióxido de carbono, alguien va a salir perdiendo. Y entiendo que estás diciendo que a los líderes de los grupos medioambientales le resulta muy difícil mirar a los ojos a sus socios para decirles: “vais a salir perdiendo”.

Exacto. Es meterte con el poder. Su estrategia de “todos salimos ganando” ha fracasado. En esa idea se basaba el programa de fijación de límites e intercambio de los derechos de emisión. Y ha resultado ser una estrategia fallida y desastrosa. Los grupos verdes no son tan listos como se creen, les han timado a una escala espectacular. Muchos de sus socios tenían un pie en US CAP [Coalición de EE.UU. para la Acción Climática] y el otro en la Cámara de Comercio Estadounidense. Estaban haciendo sus apuestas y, cuando vieron que se podían salir con la suya sin necesidad de legislación alguna, se deshicieron por completo de US CAP.

La expresión “todos salimos ganando” es curiosa, porque hay muchos perdedores en esta estrategia. Se sacrifica a mucha gente bajo el lema “todos salimos ganando”. En Estados Unidos nos hemos limitado a la lucha por regular los derechos de emisiones y sé que todo el mundo está harto de esa lucha. Creo que sobran las pruebas de que no hemos aprendido las lecciones clave de ese fracaso.

¿Y cuáles crees que son esas lecciones clave?

Una de ellas es que estaban dispuestos a sacrificar a las comunidades que vivían en los perímetros de las zonas contaminadas, solo por conseguir ese “todos salimos ganando” con los grandes contaminadores que forman parte de esa coalición. Había comunidades en Richmond, California, por ejemplo, que pensarían: “Si luchamos contra el cambio climático, nuestros hijos padecerán menos de asma”. En esa situación no ganaron todos porque llegaron a un acuerdo que decía: “Vale, podéis seguir contaminando, pero vais a tener que comprar compensaciones de emisión en otra parte del planeta”. El beneficio local desaparece, se sacrifica.

A mí me encantaría que todos saliéramos ganando. El libro que estoy escribiendo argumenta que nuestras respuestas ante el cambio climático pueden reconstruir la esfera pública, fortalecer nuestras comunidades y crear empleo digno para todos. Podemos abordar la crisis financiera y la crisis ecológica al mismo tiempo. Lo creo de verdad. Pero considero que solo podremos salir ganando todos mediante coaliciones con las personas, no con las corporaciones. He observado una predisposición a sacrificar los principios básicos de la solidaridad, ya sea en esa comunidad a las afueras de Richmond, California, o en una comunidad indígena en Brasil a la que, como sabemos, obligan a abandonar su territorio porque su jungla se ha convertido en un sumidero de carbón o la han incluído en el programa de compensaciones. Ya no tienen acceso a la jungla que les permitía vivir de manera sostenible, porque está vigilada y porque un grupo conservacionista ha decidido intercambiarla por otra cosa. Estos son los sacrificios que se hacen. En este modelo hay muchos perdedores y ningún ganador, que yo vea.

Has hablado sobre el Mecanismo de Desarrollo Limpio como una especie de capitalismo del desastre. ¿No crees que la geoingeniería es la máxima expresión del capitalismo del desastre?

De lo que no me cabe duda es de que es la máxima expresión del afán de evitar todo el trabajo duro que supondría reducir las emisiones, y creo que ahí reside su atractivo. Creo que cuanto más imposible resulte negar la existencia del cambio climático, más estrategias como ésta veremos. Mucha gente querrá dar el salto directo a la geoingeniería. El atractivo de la geoingeniería es que no amenaza nuestra visión del mundo. Nos deja en una posición dominante. Nos dice que hay una escotilla de emergencia. Por eso veremos un aumento del tipo de discursos que nos han llevado hasta este punto, en los que nos auto-adulamos por el poder que tenemos.

Nuestra manera de responder ante el cambio climático implica la voluntad de sacrificar a grandes números de personas –ya estamos mostrando una brutalidad frente al cambio climático que me parece espeluznante. Creo que ni siquiera existe el lenguaje apropiado para describir la geoingeniería, porque sabemos perfectamente que esas decisiones permitirán la extinción de culturas y pueblos. Tenemos la capacidad de pararlo y elegimos no hacerlo. Por eso creo que la inmoralidad tan profunda y la violencia que hay detrás de esa decisión no se ve reflejada en el lenguaje que empleamos. Se puede ver en esos congresos sobre el clima, donde los delegados africanos utilizan palabras como “genocidio” y los delegados europeos y norteamericanos se muestran muy molestos, muy a la defensiva. Pero lo cierto es que la definición de genocidio de las Naciones Unidas es: el acto deliberado para hacer desaparecer o desplazar a las personas. Lo que están diciendo los delegados que representan el Norte es: “No lo hacemos porque queramos que desaparezcáis, lo hacemos porque, en el fondo, no nos importáis. Mientras podamos continuar con nuestro negocio, nos da igual si desaparecéis o no. Es un efecto secundario de los daños colaterales”. Pero a la gente que se enfrenta a esta desaparición le da igual si se hace con malicia o no porque todavía podríamos impedirlo. Y estamos eligiendo no impedirlo. Creo que una de las crisis que tenemos es una crisis lingüística. No estamos hablando de esto con el lenguaje de urgencia y mortalidad que merece el tema.

Dices que el discurso progresista es insuficiente. ¿Cuál sería un discurso alternativo para darle la vuelta a la situación?

Bueno creo que el discurso que nos ha llevado a esta situación –y este es, en parte, el motivo por el que vemos un negacionismo tan fuerte sobre el cambio climático en Norteamérica y Australia– tiene bastante que ver con la mentalidad de frontera. Está muy ligado a la idea de que siempre habrá más, de que vivimos en tierras que eran supuestamente inocentes, tierras “que descubrimos” y donde la naturaleza era abundante. Nadie podía imaginarse que se agotarían. Son mitos fundacionales.

Por eso me ha dado muchísima esperanza el surgimiento del movimiento Idle No More, porque me parece que los líderes indígenas están mostrando un espíritu de tremenda generosidad en su afán de educarnos en una narrativa distinta. Acabo de participar en una mesa redonda de Idle No More y yo era la única ponente no indígena. Todos los demás ponentes decían que querían adoptar un rol de liderazgo. Han tardado bastante en llegar a este punto. Estas comunidades han sido víctimas de muchísimos abusos y están muy enfadadas –con razón– con la gente que les robó las tierras. Es la primera vez que he visto esta apertura, una voluntad palpable de aportar algo, de liderar, de modelar otra forma de relacionarse con la tierra. Eso es lo que me está dando muchísima esperanza ahora mismo.

https://guerrillatranslation.files.wordpress.com/2013/10/idlenomo.jpgLa gente no ha entendido los efectos de Idle No More todavía. Mi marido está filmando un documental que acompañará al libro y, en estos momentos, está rodando en Montana. También hemos estado filmando mucho en la reserva norte de los Cheyenne, porque hay ahí un depósito enorme de carbón, y ya llevan muchos años debatiendo sobre si se extrae el carbón o no. Parecía que al final lo iban a extraer, lo cual va en contra de sus profecías, y les resultaba muy doloroso. Pero ahora hay una generación de jóvenes en la reserva que están empeñados en dejar el carbón en el suelo, y se están formando a sí mismos para subsistir con energía eólica y solar. Todos hablan del movimiento Idle No More. Creo que está pasando algo muy potente. En Canadá tiene una importancia tremenda, como la tiene en toda Norteamérica, debido a las enormes cantidades de energía sin explotar, energía hidrocarburífera que se encuentra en tierras indígenas. Lo mismo podemos decir del petróleo del ártico y, sin duda, de las arenas de alquitrán. Es aplicable a todos los sitios en los que se quieren construir oleoductos. Es aplicable a las explotaciones de gas natural. Es aplicable a los grandes depósitos de carbón en Estados Unidos. Creo que en Canadá nos tomamos los derechos indígenas con más seriedad que en Estados Unidos. Espero que eso cambie.

Es interesante porque, mientras que algunos de los grupos ecologistas establecidos están encandilados con ideas como los servicios de ecosistema o el capital natural, existe este contradiscurso que viene del Sur global y de las comunidades indígenas. Es como una especie de dialéctica.

Sí, es el contradiscurso, esas son las formas alternativas de ver el mundo que están emergiendo ahora mismo. Hay otra cosa que está pasando –no sé cómo llamarla. Es quizá un movimiento reformista, una rebelión de base. Algo está pasando en el movimiento medioambiental en Estados Unidos y Canadá y, sin lugar a dudas, en el Reino Unido. Tiene que ver con lo que yo llamo “la visión del mundo del astronauta” –es decir, observar La Tierra desde el espacio– que se ha impuesto entre los grandes grupos del movimiento medioambiental durante mucho tiempo. Creo que ha llegado la hora de dejar atrás la iconografía del planeta azul porque nos sitúa por encima de todo y nos lleva a ver la naturaleza de una manera muy abstracta, como un gran tablero de ajedrez donde vamos moviendo fichas. Nos ha hecho perder la conexión con la Tierra; la vemos como “el planeta” en vez de “la Tierra”.

Creo que esto se ha hecho especialmente patente con el fracking, o fractura hidráulica. Todos los directivos del Sierra Club, del NRDC y del EDF decidieron que esto sería un “combustible de transición”. “Hemos hecho los cálculos y vamos a dar nuestro apoyo a esta técnica”, dijeron. Entonces se enfrentaron al rechazo generalizado de sus miembros, sobre todo los del Sierra Club. Y eso les ha llevado a modificar ligeramente su postura. Ha sido porque las bases dijeron: “Un momento, ¿qué clase de ecologistas somos si no nos preocupamos por el agua o por la industrialización de los paisajes rurales? ¿En qué se ha convertido el ecologismo?”. Así pues, ha surgido una resistencia, a nivel local y de base, en los movimientos que se oponen al oleoducto Keystone XL y al oleoducto Northern Gateway, o en el enorme movimiento contra el fracking. Ellos son los que están ganando batallas, ¿no te parece?

Creo que los grandes grupos medioambientales se están volviendo totalmente irrelevantes. Algunos reciben muchísimo dinero de corporaciones, fundaciones y donantes ricos, pero todo su modelo está en crisis.

No quiero acabar con algo tan deprimente.

No estoy segura de que sea tan deprimente.

Puede que tengas razón.

He de aclarar que estoy expresando mi propia opinión, pero también veo grandes cambios. Creo que el Sierra Club ha experimentado un proceso de reforma. Ahora mismo están en la primera línea de estas luchas. Y creo que muchos de estos grupos están teniendo que escuchar a sus socios. Algunos rechazarán el cambio porque están demasiado atrincherados en su modelo de convenios con grandes empresas, aún tienen demasiados conflictos de interés. Ésos son los grupos que van a sufrir de verdad. Y no pasa nada, en mi opinión. Creo que en estos momentos hay mucha presión en Europa, donde unos 100 grupos de la sociedad civil están presionando a la Unión Europea para que, en vez de intentar arreglar su fallido sistema de compensaciones de carbono, lo abandonen por completo y empiecen a hablar de cómo deshacerse de las emisiones a nivel doméstico y dejar atrás esta estafa. Creo que ese es el momento en el que nos encontramos. No tenemos más tiempo que perder con todos estos juegos de trileros que no dan resultado.


Guerrilla Translation/Relacionado:Sé apocalíptico: Por qué lo radical se ha vuelto normal/ Robert JensenVivir sin crecimiento económico/ Charles Eisenstein

Esta entrevista también ha aparecido en:

El fenómeno de los curros inútiles

https://guerrillatranslation.files.wordpress.com/2013/09/constructivist-job-illustration-e1379098388568.jpgDavid Graeber

En el año 1930, John Maynard Keynes pronosticó que, llegados a fin de siglo, la tecnología habría avanzado lo suficiente para que países como Gran Bretaña o Estados Unidos pudieran implementar una semana laboral de 15 horas. No faltan motivos para creer que tenía razón, dado que nuestra tecnología actual nos lo permitiría. Y sin embargo, no ha ocurrido. De hecho, la tecnología se ha encauzado, en todo caso, para inventar formas de que todos trabajemos más. Para lograrlo se han creado trabajos que, en efecto, no tienen ningún sentido. Enormes cantidades de personas, especialmente en Europa y Estados Unidos, se pasan la totalidad de su vida laboral realizando tareas que, en el fondo, consideran totalmente innecesarias. Es una situación que provoca una herida moral y espiritual muy profunda. Es una cicatriz que marca nuestra alma colectiva. Pero casi nadie habla de ello.

¿Por qué no se ha materializado nunca la utopía prometida por Keynes –una utopía que se seguía anhelando en los sesenta? La explicación más extendida hoy en día es que no supo predecir el aumento masivo del consumismo. Ante la disyuntiva de menos horas o más juguetes y placeres, hemos elegido colectivamente lo segundo. Nos presentan una fábula muy bonita pero, con sólo reflexionar un momento, veremos que no puede ser cierto. Indudablemente, hemos presenciado la creación de un sinfín de nuevos trabajos e industrias desde los años 20, pero muy pocas de ellas tienen que ver con la producción y distribución de sushi, de iPhones o de calzado deportivo de moda.

Entonces, ¿cuáles son exactamente estos nuevos trabajos? Un informe en el que se compara el desempleo de EE.UU. entre 1910 y el 2000 nos da una imagen muy clara (que, recalco, se ve prácticamente reflejada con exactitud en el Reino Unido). Durante el último siglo, ha disminuido drásticamente la cantidad de trabajadores empleados en el servicio doméstico, la industria y el sector  agrario. Simultáneamente, “los puestos profesionales, directivos, administrativos, en ventas y en el sector de servicios” se han triplicado, creciendo “de una cuarta parte a tres cuartas partes de la totalidad de la fuerza laboral”. Es decir, tal y como estaba previsto, muchos trabajos productivos se han automatizado (aunque se tome en cuenta la totalidad de trabajadores industriales del mundo, incluyendo la gran masa de trabajadores explotados de India y China, estos trabajadores ya no representan un porcentaje de la población mundial tan elevado como antaño).

Pero en vez de permitir una reducción masiva del horario laboral de modo que todo el mundo tenga tiempo libre para centrarse en sus propios proyectos, placeres, visiones e ideas, hemos presenciado una dilatación, no tanto del “sector de servicios” como del sector administrativo. Esto incluye la creación de nuevas industrias, como son los servicios financieros o el telemarketing, y la expansión de sectores como el derecho corporativo, la administración de la enseñanza y de la sanidad, los recursos humanos y las relaciones públicas. Estas cifras ni siquiera reflejan a toda las personas que se dedican a proveer apoyo administrativo, técnico o de seguridad para esas industrias, por no mencionar toda la gama de sectores secundarios (cuidadores de perros, repartidores de pizza nocturnos) que tan solo deben su existencia a que el resto de la población pase tantísimo tiempo trabajando en otros sectores.

Estos trabajos son lo que propongo denominar “curros inútiles”.

Es como si alguien estuviera inventando trabajos sin sentido solo para tenernos a todos ocupados. Y aquí precisamente es donde reside el misterio. Esto es exactamente lo que no debería ocurrir en el capitalismo. Es cierto que en los antiguos e ineficientes estados socialistas como la Unión Soviética, donde el empleo era considerado tanto un derecho como una obligación sagrada, el sistema creaba todos los empleos que hicieran falta (éste es el motivo por el que en las tiendas soviéticas “se necesitaban” tres tenderos para vender un solo filete). Pero claro, se supone que este tipo de problemas se arregla con la competitividad de los mercados. Según la teoría económica dominante, derrochar dinero en puestos de trabajo innecesarios es lo que menos interesa a una compañía con ánimo de lucro. Y aún así, no se sabe muy bien por qué, pero ocurre.

Aunque muchas empresas se dediquen a recortar sus plantillas despiadadamente, estos despidos, y el correspondiente aumento de responsabilidades para los que permanecen, invariablemente recaen sobre quienes se dedican a fabricar, transportar, reparar y mantener las cosas. Debido a una extraña metamorfosis que nadie es capaz de explicar, la cantidad de administrativos asalariados parece seguir en expansión. El resultado, y esto ocurría también con los trabajadores soviéticos, es que cada vez hay más empleados que teóricamente trabajan 40 o 50 horas semanales pero que, en la práctica, solo trabajan esas 15 horas que predijo Keynes porque pasan el resto de su jornada organizando o atendiendo talleres motivacionales, actualizando sus perfiles de Facebook o descargándose temporadas completas de series de televisión.

Evidentemente, la respuesta no es económica sino moral y política. La clase dirigente se ha dado cuenta de que una población productiva, feliz y con abundante tiempo libre representa un peligro mortal (recordemos lo que empezó a pasar la primera vez que hubo siquiera una aproximación a algo así, en los años sesenta). Por otra parte, la noción de que el trabajo es una virtud moral en sí mismo y que todo aquel que no esté dispuesto a someterse a una disciplina laboral intensa durante la mayor parte de su vida no merece nada, les resulta de lo más conveniente.

En cierta ocasión, al observar el aumento aparentemente ilimitado de las responsabilidades administrativas en las instituciones académicas británicas, me imaginé una posible visión del infierno. El infierno es un grupo de individuos que pasan la mayor parte de su tiempo desempeñando tareas que ni les gustan, ni se les dan especialmente bien. Imaginemos que se contrata a unos ebanistas altamente cualificados y que éstos, de repente, descubren que su trabajo consistirá en pasarse gran parte de la jornada friendo pescado. Es más, se trata de un trabajo innecesario –solo hay una cantidad muy limitada de pescados que freír. Aun así, todos se vuelven tan obsesivamente resentidos ante la sospecha de que algunos de sus compañeros pasan más tiempo tallando madera que cumpliendo con sus responsabilidades como freidores de pescado, que pronto nos encontramos con montañas de pescado mal cocinado desperdigado por todo el taller, y acaban dedicándose a eso exclusivamente.

Creo que es una descripción bastante acertada de la dinámica moral de nuestra propia economía.

Soy consciente de que argumentos como éste se toparán con objeciones inmediatas: “¿Quién eres tú para determinar qué trabajos son ‘necesarios’? ¿Qué es necesario, a todo esto? Eres profesor de antropología, explícame qué necesidad hay de eso.” (De hecho, muchos lectores de prensa-basura valorarían mi trabajo como la definición por excelencia de una inversión social desperdiciada.) Y, en cierto sentido, esto es indudablemente cierto. No hay forma objetiva de medir el valor social.

No me atrevería a decirle a una persona que está convencida de aportar algo importante a la humanidad que, en realidad, está equivocada. Pero, ¿qué pasa con quienes tienen la certeza de que sus trabajos no sirven de nada? Hace poco retomé el contacto con un amigo de la escuela que no veía desde que teníamos 12 años. Me quedé atónito al descubrir que, primero, se había hecho poeta y, más adelante, fue el vocalista de un grupo de rock indie. Incluso había escuchado algunos de sus temas en la radio sin tener ni idea de que el cantante era mi amigo de la infancia. No cabe duda de que era una persona innovadora y genial, y que su trabajo había mejorado y alegrado la vida de muchas personas alrededor del planeta. Pero, tras un par de discos fracasados, perdió su contrato discográfico y, con la presión añadida de numerosas deudas y una hija recién nacida, acabó, tal y como él lo describió, “eligiendo la opción que, por defecto, eligen muchas personas sin rumbo: matricularse en derecho”. Ahora es abogado mercantil para un prestigioso bufete neoyorquino. Mi amigo no titubeó en admitir que su trabajo carecía de valor alguno, que no contribuía nada al mundo y que, según su criterio, ni siquiera tendría que existir.

Llegados aquí, podemos plantearnos una serie de preguntas. La primera sería: ¿qué dice esto de nuestra sociedad, que parece generar una demanda extremadamente reducida de poetas y músicos talentosos, pero una demanda aparentemente infinita de especialistas en derecho empresarial? (Respuesta: si un 1% de la población controla el grueso de las rentas disponibles, el denominado “mercado” reflejará lo que ellos, y nadie más que ellos, perciben como útil o importante). Es más, esto demuestra que la gran mayoría de estos empleados son conscientes de ello en realidad. De hecho, creo que jamás he conocido a un abogado mercantil que no pensara que su trabajo era una sandez. Podríamos decir lo mismo de casi todos los sectores nuevos mencionados anteriormente. Existe toda una clase de profesionales asalariados que, al toparte con ellos en una fiesta y confesarles que te dedicas a algo que podría considerarse interesante (como, por ejemplo, la antropología) evitan hablar de su profesión a toda costa. Pero después de unas cuantas copas, te sueltan toda una diatriba sobre la inutilidad y estupidez de su trabajo.

Aquí contemplamos una profunda violencia psicológica. ¿Cómo vamos a plantearnos una discusión seria sobre la dignidad laboral cuando hay tanta gente que, en el fondo, cree que su trabajo ni siquiera debería existir? Inevitablemente, esto da lugar al resentimiento y a una rabia muy profunda. El peculiar ingenio de esta sociedad reside en el hecho de que nuestros dirigentes han hallado la manera –como en el ejemplo de los freidores de pescado– de que esa rabia se dirija precisamente en contra de quienes desempeñan tareas provechosas. Por ejemplo, parece que existe una regla general que dictamina que, cuanto más claramente beneficioso para los demás es un trabajo, peor se remunera. De nuevo, es muy difícil dar con una evaluación objetiva, pero una forma fácil de hacernos una idea sería preguntando: ¿qué pasaría si todos estos sectores laborales desaparecieran sin más? Se diga lo que se diga de las enfermeras, los basureros o los mecánicos, es evidente que si se esfumaran en una nube de humo, los resultados serían inmediatos y catastróficos. Un mundo sin profesores o trabajadores portuarios no tardaría en encontrarse en apuros, e incluso un mundo sin escritores de ciencia ficción o músicos de Ska sería, sin duda, un mundo peor. No está del todo claro cuánto sufriría la humanidad si todos los inversores de capital privado, grupos de presión parlamentaria, investigadores de relaciones públicas, actuarios, vendedores telefónicos, alguaciles o asesores legales se esfumaran de golpe. (Hay quien sospecha que todo mejoraría notablemente). No obstante, exceptuando algunos ejemplos bastante manidos, como el de los médicos, dicha “regla” se cumple con sorprendente frecuencia.

Aún más perversa es la noción generalizada de que así es como deben ser las cosas. Este es uno de los secretos del éxito del populismo de derecha. Podemos comprobarlo cuando la prensa sensacionalista suscita el recelo contra los trabajadores del metro londinense por paralizar el servicio durante una disputa contractual. El solo hecho de que los trabajadores de metro pueden paralizar todo Londres demuestra la necesidad de la labor que desempeñan, pero es precisamente esto lo que parece incordiar tanto a la gente. En Estados Unidos van aún más lejos; los Republicanos han tenido mucho éxito propagando el resentimiento hacia los profesores o los obreros del sector automovilístico al llamar la atención sobre sus salarios y prestaciones sociales supuestamente excesivos (y no hacia los administradores de las escuelas o los directivos de la industria automovilística, que son quienes causan los problemas, lo cual es significativo). Es como si les estuvieran diciendo “¡Pero si tenéis la suerte de enseñar a niños! ¡O de fabricar coches! ¡Hacéis trabajos de verdad! Y, por si fuera poco, ¡tenéis la desfachatez de reclamar pensiones y atención sanitaria equivalentes a las de la clase media!”.

Si alguien hubiera diseñado un régimen laboral con el fin exclusivo de mantener los privilegios del mundo de las finanzas, difícilmente podría haberlo hecho mejor. Los verdaderos trabajadores productivos sufren una explotación y una precariedad constantes. El resto se reparte entre el estrato aterrorizado y universalmente denigrado de los desempleados y esa otra capa más grande que básicamente recibe un salario a cambio de no hacer nada en puestos diseñados para que se identifiquen con la sensibilidad y la perspectiva de la clase dirigente (directivos, administradores, etc.) –y en particular, de sus avatares financieros– pero que, a la vez, fomentan el creciente resentimiento hacia cualquiera que desempeñe un trabajo de indiscutible valor social. Evidentemente, este sistema no es fruto de un plan intencionado sino que emergió como resultado de casi un siglo de ensayo y error. Pero es la única explicación posible de por qué, a pesar de nuestra capacidad tecnológica, no se ha implantado la jornada laboral de tres o cuatro horas.

El cínico y el constructor de barcas

Charles Eisenstein

Traducido por Javier Hurtado, editado por Joan Quesada Navidad – Guerrilla Translation! Imágenes de Carlos A. Martínez

Hace unos días estaba en Estocolmo, paseando por la orilla, cuando se acercó un jovenzuelo irlandés y me llamó por mi nombre. No es algo que me pase a menudo —parece que el muchacho forma parte del pequeño grupo de la humanidad que ha leído mi libro Sacred Economics [Economía Sagrada]—, así que me tomé esta coincidencia como señal de que debía detenerme y conversar con él.

Resultó que estaba en Suecia para participar en un programa de dos años de construcción de barcas, aprendiendo técnicas tradicionales para construir pequeñas barcas artesanalmente. Su historia me inspiró de varias formas. En primer lugar, ahí estaba una persona joven e inteligente, comprometida con un trabajo que no ofrece posibilidad alguna de estatus social o riqueza. En segundo lugar, no sólo estaba profundamente entregado a su propia destreza, sino también a la idea de acercar su práctica a otros jóvenes irlandeses a través de una organización que él mismo había cofundado: La Asociación para la Construcción de Barcas Tradicionales Nórdico-Irlandesas. En tercer lugar, cuando me presentó al resto del equipo y me enseñó las barcas que estaban creando, quedé fascinado por el meticuloso trabajo artesanal y la vitalidad de las barcas, que ejemplificaban el «nuevo materialismo» que forma parte de la resacralización del mundo material.

 Cuando me marché 15 minutos más tarde, me sentía realmente esperanzado y optimista sobre el estado de la humanidad.

 ¿Qué me había hecho sentir de manera tan positiva?

¿Qué tiene de bueno que renazca la construcción tradicional de barcas en un contexto de cambio climático, fracking, residuos nucleares, destrucción de los bosques, neoliberalismo, estados obsesionados por la seguridad, hambruna infantil, tráfico de seres humanos, talleres de explotación laboral, encarcelamiento juvenil y el resto de horrores que se extienden por nuestro planeta?

¿Por qué sentía ese optimismo? Aquí va una teoría: el sentimiento me nubló la razón. En un momento de descuido, me dejé engatusar por una pequeña flor que brotaba del vasto vertedero tóxico de nuestra sociedad. Un destello de belleza me distrajo de la fealdad para proporcionarme una gratificante excursión emocional fuera de la lógica irrefutable de la desesperanza. Como sucede con cualquier buena noticia, aquel encuentro me dio falsas esperanzas al sugerir que las cosas no están tan mal después de todo. Y eso, en teoría, es peligroso, porque solo si somos sobriamente conscientes del atroz aprieto en que nos encontramos, seremos capaces de responder apropiadamente, en lugar de fingir despreocupadamente que todo va bien.

Pensemos ahora en una teoría alternativa: el constructor de barcas me dio esperanzas porque forma parte de un cambio masivo de valores que se está produciendo bajo de la superficie de la normalidad. No es una excepción; es más bien una persona aventajada dentro de un extenso movimiento. Aunque su vocación no supone un desafío directo al poder establecido, la redirección de su energía vital ayuda a crear una especie de camino o patrón para que otros hagan lo mismo. Su ejemplo anima a otras formas de no-participación. Cuando uno de nosotros conoce a otra persona que también rechaza las normas y valores dominantes, se siente menos loco por hacerlo. Cualquier acto de rebelión o de no-participación, aún a muy pequeña escala, es por lo tanto un acto político. Construir barcas artesanalmente es un acto político. Eso no quiere decir que el sector bancario, Monsanto, el complejo militar-industrial, etc. vayan a cambiar sus formas de operar como por arte de magia, solo porque fuéramos cada vez más los que nos dedicáramos a construir barcas. Quiere decir que la construcción de barcas y otras formas de provocar cambios provienen del mismo sitio.

El constructor de barcas no eligió ese camino porque pensara que así cambiaría el mundo. Si condicionamos las decisiones al poder práctico que estas poseen para cambiar el mundo, a menudo nos quedamos paralizados, porque los cambios que habría que hacer hoy mismo son tan enormes que no tenemos ni idea de cómo llevarlos a la práctica efectivamente. Todo plan es inviable y toda esperanza es ingenua.

El cínico se cree que es una persona práctica, y que el idealista no lo es. En realidad es al revés. El cinismo es paralizante, mientras que la gente inocente intenta llevar a cabo lo que el cínico dice ser imposible, y a veces lo logra.

Paradójicamente, el mundo cambiará gracias a esos miles de millones de actos inútiles. Debemos obedecer una lógica distinta de aquella que nos hace preguntar: «En el gran orden de cosas, ¿causará esto alguna diferencia?» En el gran orden, por ejemplo, del cambio climático, ni siquiera las acciones que se llevan a cabo para reducir las emisiones de CO2 nos llevarán a ningún lugar. Si vas en bici y reduces la contaminación, ¿de qué sirve eso cuando miles de millones de personas que «no entienden lo que está pasando» continúan sin cambiar de hábitos? Así pues, hay quien dice que, en lugar de montar en bici uno mismo, lo único que merece la pena es intentar convencer a millones de personas para que usen la bici, o presionar como lobby para cambiar las políticas gubernamentales. Sin embargo, por esta regla de tres, nadie empezaría a ir en bici. Necesitamos otra razón, una razón no-instrumental, para hacer cosas de esta manera. Lo que quiero decir es que necesitamos una razón que no dependa del resultado final previsto según la forma habitual de entender las relaciones causa-efecto.

Con esto no quiero decir que no debamos intentar cambiar mentes y sistemas. Es solo que con eso no basta, y tampoco está hecho para todo el mundo. Debemos ser conscientes también del poder de las pequeñas elecciones invisibles..

Mientras me alejaba del constructor de barcas, pensaba: «No puedo permitirme vivir en un mundo donde lo que esta persona hace no tiene ninguna importancia». En nuestra visión del mundo, casi todas nuestras pequeñas decisiones personales resultan intrascendentes. Pero, al tomarlas, no nos sentimos así . ¿Vamos a ignorar ese sentimiento de lo que es importante aquí y ahora, en favor de otros medios de tomar decisiones basados en un cálculo racional de los efectos finales?

Quizás esa mentalidad sea la raíz de nuestros problemas. Para empezar, es la mentalidad del dinero: en nombre de una cifra que representa un fin, desviamos tiempo y recursos de las cosas que nos importan de verdad. Los estudiantes lo hacen constantemente cuando eligen una carrera «práctica» en lugar de estudiar lo que realmente les importa (o dejar la escuela para dedicarse a lo que les apasiona). Es también por esa mentalidad por lo que procuramos volvernos insensibles y sacrificamos ese árbol, ese bosque, ese animal o ese ser humano que se interponen en la vía del progreso.

Cuando dejamos de hacerlo y nos fijamos en lo que tenemos ante nuestras narices, a veces nos parece irracional. ¿Cómo es eso conciliable con la importancia que atribuimos a nuestras pequeñas decisiones?

Optimism CynicLa aparente irracionalidad de esas pequeñas acciones llenas de belleza y de servicio a los demás proviene del hecho de hallarnos inmersos en una visión del mundo que define lo que es racional, práctico y lógico. Básicamente, esta da a entender que cada uno de nosotros es un yo separado en un universo externo y objetivo sometido a diversas fuerzas. Dada la relativa debilidad de nuestra propia fuerza, en ese universo externo, nada cuanto hagamos importa demasiado. Pero esa forma de ver el mundo está quedando obsoleta. Cuando, por el contrario, nos vemos a nosotros mismos como seres inseparablemente conectados con todo lo que es, cuando consideramos que nuestro yo y el mundo son espejos inseparables el uno del otro, entonces la sensación de que nuestros actos personales poseen un significado cósmico deja de ser irracional. Eso confiere cierta lógica a la creencia de que cuando algo cambia, todo cambia. Y eso confirma la idea de que el constructor de barcas está creando un camino, un patrón, para que otros también cambien.

 Aunque podría ofrecer muchos más ejemplos que sugieren que las acciones individuales inciden sobre el mundo de formas que suponen un desafío a la manera habitual de entender la causalidad, y aunque podría citar también algunos cambios de paradigmas científicos que parecen invalidar esa radical distinción entre el yo y los otros con que operamos, estos tampoco  ofrecen ninguna certeza ni existen pruebas al respecto. El cínico puede seguir argumentando que no tiene ninguna importancia ni va a servir de nada. Probablemente ya habrás tenido alguna discusión con cínicos así, con ese tipo de realistas que pretenden razonar la imposibilidad práctica de ciertas ideas. Quizás hayas discutido también con el propio cínico que llevas dentro, que te dice lo mismo sobre cualquier cambio que pretendas introducir en tu vida. Bien, todos esos cínicos tienen razón. Desde dentro de los límites de su explicación del mundo, es improbable que funcione. Tendría que ocurrir una especie de milagro, como por ejemplo; que la persona adecuada intervenga desinteresadamente para ayudar en el momento oportuno, o que alguien cambie de opinión y actúe en contra de su propio interés racional.

Si queremos que el planeta sea habitable dentro de 50 años, tendrán que pasar cosas así de forma masiva.

En ausencia de certezas o pruebas, ¿cómo podemos derrotar al cinismo (ya sea interior o exterior)? No podemos. Podemos, sin embargo, tratar la herida que genera. El cinismo protege la herida del idealismo frustrado y la esperanza traicionada. Cualquier cosa que vuelva a despertar esa ingenua creencia de que un mundo más bonito es posible genera, junto a un inspirador sentimiento de esperanza, grandes cantidades de miedo, pena y dolor. Tenemos miedo de sentirnos decepcionados de nuevo. Es más seguro no creer, más seguro desestimarlo como idealista, impráctico o imposible. De ese dolor proviene el escarnio que normalmente acompaña al escepticismo. Puede que ése sea el motivo por el que las teorías científicas heterodoxas, o los fenómenos que sugieren que hay orden, inteligencia y propósito en el universo más allá de nosotros mismos, atraen tantas críticas agresivas.

Vamos a hacer un pequeño experimento. Repite la frase “Eisenstein es un auténtico ingenuo” en tu cabeza varias veces, y déjate llevar por ese planteamiento crítico y sentencioso. ¿Cuál es la mezcla de sentimientos que le acompaña? Puede que sientas cierta gratificación. No hay quien te tome el pelo. Eres práctico, racional, inteligente. No te vas a dejar engatusar por emociones ingenuas para creer en algo. ¿Qué dolor cubren esos sentimientos y juicios? ¿Qué te duele?

Solo cuando nos enfrentemos y curemos esa herida que hay por debajo, podremos alzarnos en nuestra capacidad como agentes del cambio. Solo entonces seremos verdaderamente capaces de creer en aquello que queremos crear, y nos entregaremos por completo a la creación de ese mundo más bonito que nuestro corazón nos dice que es posible. El cinismo, la tristeza, la desesperación no son obstáculos a superar.


Esta traducción también ha aparecido en:

Sé apocalíptico: Por qué lo radical se ha vuelto normal

ApocaloveRobert Jensen

Traducido por Stacco Troncoso, editado por Arianne Sved – Guerrilla Translation! Imagen de Daniel Proulx

Artículo original

¿Sientes ansiedad vital en esta sociedad destrozada, en este planeta saturado? No es de extrañar. La vida, tal y como la concebíamos, está a punto de desaparecer. Mientras que la cultura dominante impulsa la negación disfuncional −tómate una pastilla, vete de compras, encuentra la felicidad− existe una estrategia más sensata: acepta la ansiedad, asume la angustia profunda, y ponte apocalíptico.

Nos hallamos ante una cascada de múltiples crisis ecológicas. Lidiamos con instituciones políticas y económicas incapaces de asumir, y mucho menos solucionar, estas amenazas a la familia humana y al mundo natural en su conjunto. Estamos intensificando un asalto sobre los ecosistemas de los que dependemos, mermando la capacidad del mundo natural para sustentar una presencia humana a gran escala en el futuro. Cuando el mundo se oscurece, fijarse en el lado bueno deja de ser virtud para convertirse en señal de irracionalidad.

En semejantes circunstancias, la ansiedad se vuelve racional y la angustia sana. Ya no son señales de debilidad sino de valentía. El dolor profundo por lo que estamos perdiendo −y lo que ya hemos perdido, y quizá jamás recuperemos− es apropiado. En vez de reprimir estas emociones, podemos confrontarlas, no como individuos aislados sino colectivamente, y no sólo por el bien de nuestra salud mental, sino para incrementar la  eficacia de nuestra organización a favor de la justicia social y la sostenibilidad ecológica que aún esté a nuestro alcance. Una vez procesadas estas reacciones, podemos volvernos apocalípticos y empezar el trabajo de verdad.

Puede sonar extraño, dado que normalmente se nos recomienda superar nuestros miedos y no ceder a la desesperación. Defender el apocalipticismo puede resultar aún más raro, debido a su asociación con reaccionarios religiosos que se preparan para “el fin de los tiempos” o con pesimistas laicos obsesionados con la supervivencia. Las personas con sensibilidad crítica, los que nos preocupamos por la justicia y la sostenibilidad, nos vemos como realistas y menos propensos a caer en fantasías teológicas o de ciencia ficción.

Muchos asocian la “apocalipsis” con los delirios de rapto derivados de ciertas interpretaciones del Libro de las Revelaciones cristiano (o el Apocalipsis de Juan), pero conviene recordar que el significado original de la palabra no es “fin del mundo”. El significado tanto de “revelación”, del latín, como de “apocalipsis”, del griego, alude al levantamiento del velo, la divulgación de lo oculto y la llegada de la claridad. En este contexto, hablar apocalípticamente puede ahondar en nuestra comprensión de las crisis y ayudarnos a ver a través de la maraña de ilusiones tejida por las personas e instituciones del poder.

Pero hay un final que tenemos que afrontar. Una vez que nos hayamos enfrentado honestamente a las crisis, podremos ocuparnos de aquéllo que está acabando, que no es el mundo entero sino los sistemas que estructuran nuestras vidas en la actualidad. La vida tal y como la conocemos está, indudablemente, llegando a su final.

Empecemos con las ilusiones: Algunas de las historias que nos hemos contado −afirmaciones provenientes de personas blancas, hombres, o ciudadanos estadounidenses que ven la dominación como algo natural y apropiado− son relativamente fáciles de desmentir (aunque aún son muchos los que se aferran a ellas). Otras aseveraciones delirantes, como la aserción de que el capitalismo es compatible con los principios morales básicos, una democracia sólida y la sostenibilidad ecológica, son más difíciles de desmontar (tal vez porque no parece haber alternativa).

Pero quizás la más difícil de desbancar sea la creencia central de la economía extractiva del mundo industrial: que somos capaces de sostener una presencia humana a gran escala indefinidamente manteniendo los niveles actuales de consumo del Primer Mundo. El cometido de aquéllos con sensibilidad social no es sólo resistirse a normas sociales opresivas y a la autoridad ilegítima, sino proclamar una simple verdad que casi nadie quiere admitir: la vida de alta energía/alta tecnología de las sociedades pudientes supone un callejón sin salida. No podemos predecir con precisión los efectos de la competición por recursos o de la degradación ecológica en las décadas venideras, pero tratar al planeta como una mera mina de la que extraemos y un vertedero al que tirar después los desechos es puro ecocidio.

No podemos saber con certeza cuándo va a acabar la fiesta, pero la fiesta se ha acabado.

¿Parece histriónico? ¿Excesivamente alarmista? Fijémonos en cualquier indicador decisivo sobre la salud de la ecosfera que habitamos −agotamiento de aguas subterráneas, pérdida de suelo fértil, contaminación química, incremento de la toxicidad en nuestros propios cuerpos, la cantidad y extensión de “zonas muertas” en los océanos, la aceleración en la extinción de las especies y la reducción de la biodiversidad− y planteémonos una sencilla pregunta: ¿Hacia dónde nos dirigimos?

Tampoco olvidemos que vivimos en un mundo basado en el petróleo que está agotando rápidamente todo el petróleo barato y fácilmente accesible, lo cual significa que nos enfrentamos a una reconfiguración a gran escala de las infraestructuras que soportan nuestra vida cotidiana. Mientras tanto, la desesperación por evitar tal reconfiguración nos ha llevado a una era de “energía extrema” y a la utilización de tecnologías cada vez más peligrosas y destructivas (fracturación hidráulica, extracción en aguas profundas, minería de extracción de cimas de montaña, extracción en arenas de alquitrán).

Ah, ¿se me ha pasado mencionar la indiscutible progresión del calentamiento global/cambio climático/perturbación climática?

Vivimos en una época en la que los científicos hablan de momentos críticos y de fronteras planetarias, sobre cómo la actividad humana está lastrando la Tierra más allá de su capacidad. Hace poco, 22 científicos de prestigio advirtieron que es probable que los humanos estemos forzando una transición crítica y a escala planetaria “con el riesgo de una rápida e irreversible transformación de la Tierra hasta llegar a un estado desconocido en la experiencia humana”, y eso significa que “los recursos biológicos que ahora damos por sentados pueden verse sujetos a transformaciones rápidas e imprevisibles en cuestión de unas pocas generaciones humanas”.

Tal conclusión se deriva de la ciencia y del sentido común, no de creencias sobrenaturales ni de teorías conspiratorias. Las implicaciones sociopolíticas son evidentes: no habrá solución a nuestros problemas mientras insistamos en salvaguardar el estilo de vida de alta energía/alta tecnología predominante en gran parte del mundo industrializado (y que anhelan muchos de los que, en estos momentos, se ven privados del mismo). Hay mucha gente dura de pelar que, aun estando dispuesta a cuestionar otros sistemas opresivos, se agarra férreamente a esta forma de vivir. El crítico Frederic Jameson ha escrito: “Es más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar el fin del capitalismo”, pero eso sólo es parte del problema. Para algunos es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del aire acondicionado.

Es cierto, vivimos en una especie de fin de los tiempos. No es el fin del mundo −el planeta seguirá existiendo con o sin nosotros− sino el fin de los sistemas humanos que estructuran nuestra política, economía y vida social. “Apocalipsis” no tiene porqué implicar fantasías de rescate celestial ni el culto a la supervivencia del más fuerte; ser apocalíptico significa ver las cosas claras y comprometernos a recuperar los valores fundamentales.

En primer lugar, debemos reiterar el valor de nuestro trabajo en pro de la justicia y la sostenibilidad, aun sin la garantía de poder cambiar la trayectoria desastrosa de la sociedad contemporánea. Asumimos proyectos, incluso sabiendo que pueden fracasar, porque es lo correcto y, al asumirlos, creamos nuevas oportunidades tanto para nosotros mismos como para el mundo. Al igual que, aun siendo conscientes de que todos moriremos algún día, seguimos levantándonos cada mañana, una evaluación honesta de la realidad planetaria no tiene porqué paralizarnos.

Así pues, abandonemos tópicos tan sobados como: “El pueblo americano hará lo correcto si conoce la verdad” o “Los movimientos sociales del pasado demuestran que nada es imposible”.

No hay ninguna evidencia de que ser conscientes de una injusticia incite automáticamente a la ciudadanía estadounidense, o a cualquier otra, a corregirla. Cuando las personas creen que la injusticia es un mal necesario para mantener su comodidad material, algunas aceptan esas condiciones sin rechistar.

Los movimientos sociales centrados en temas raciales, de género y de orientación sexual han conseguido cambiar leyes y prácticas opresivas y, en menor grado, alterar creencias arraigadas. Pero los movimientos que celebramos más a menudo, como la lucha por los derechos civiles tras la Segunda Guerra Mundial, operaban dentro de una cultura que daba por garantizada la continuidad de la expansión económica. Ahora vivimos en una era de contracción permanente −cada vez habrá menos de todo, no más. Presionar a un grupo dominante a renunciar a ciertos privilegios cuando hay expectativas de abundancia ilimitada para todos es un proyecto muy distinto a hacerlo cuando hay una intensa competencia por acumular recursos. Esto no presupone que seamos incapaces de avanzar en nuestro afán de justicia y sostenibilidad, pero tampoco debemos caer en el simplismo de creer en su inevitabilidad.

Otro tópico a desechar: La necesidad es la madre de la invención. Durante la edad industrial, y gracias a la explotación de nuevos suministros de energía concentrada, la humanidad ha generado una cantidad inaudita de innovación tecnológica, y en poco tiempo. Pero esto no es garantía de que exista una solución tecnológica para cada uno de nuestros problemas; vivimos en un sistema con límites físicos y toda la evidencia apunta a que estamos muy cerca de esos límites. El fundamentalismo tecnológico −dícese de esa creencia cuasi-religiosa que mantiene que la aplicación de la tecnología más avanzada siempre es apropiada, y que todo problema provocado por cualquier consecuencia no intencionada se puede remediar mediante más tecnología− es una promesa tan vacía como cualquier otro fundamentalismo.

Si todo esto nos resulta inaguantable, es porque lo es. Nos enfrentamos a nuevos retos, cada vez más expansivos. En ningún momento de la historia de la humanidad nos habíamos enfrentado a tantas catástrofes potenciales a nivel global; jamás nos habíamos visto amenazados por tantas crisis sociales y ecológicas simultáneamente; jamás habíamos tenido tal abundancia de información sobre las amenazas que hemos de asimilar.

Es fácil huir de nuestra incapacidad de enfrentarnos a ello proyectándola sobre los demás. Cuando alguien me dice: “Estoy de acuerdo con tu evaluación pero la gente no puede asimilarlo”, entiendo que lo que esa persona me está diciendo en realidad es: “Yo no puedo asimilarlo.” Pero asimilarlo es, a fin de cuentas, la única opción sensata.

Los políticos establecidos continuarán protegiendo los sistemas de poder existentes, los directivos de empresas seguirán maximizando ganancias sin importarles nada más y la mayoría de la gente continuará evadiendo estos temas. La tarea de aquéllos con sensibilidad crítica −aquéllos que defienden continuamente la justicia y la sostenibilidad, incluso cuando resulta difícil− es no echarse atrás por el simple hecho de que el mundo se ha vuelto más ominoso.

La adopción de este esquema apocalíptico no supone separarse de la sociedad convencional ni dejar de lado proyectos que busquen un mundo más justo dentro de los sistemas existentes. Soy profesor en una universidad que no comparte ni mis valores ni mi análisis pero, aun así, sigo enseñando allí. En mi comunidad, formo parte de un grupo que ayuda a la gente a crear cooperativas que operarán dentro de un sistema capitalista que, a mi modo de ver, es un callejón sin salida. Pertenezco a una parroquia que lucha por radicalizar el Cristianismo sin dejar de formar parte de una confesión religiosa cautelosa y, a menudo, cobarde.

Soy apocalíptico, pero no me interesa una retórica vacía extraída de movimientos revolucionarios de antaño. Sí, necesitamos una revolución, muchas revoluciones, pero la estrategia aún no está clara. Por tanto, mientras trabajamos pacientemente en proyectos reformistas, podemos seguir ofreciendo un análisis radical y experimentando con nuevas formas de trabajar juntos. Podemos contribuir a reforzar las redes e instituciones que pueden servir de base para los cambios radicales que necesitamos sin dejar de implicarnos en la educación y el activismo a nivel local para obtener objetivos modestos e inmediatos. En estos espacios podemos articular, y vivir, a día de hoy los valores de solidaridad e igualdad que siempre serán esenciales.

Adoptar una visión apocalíptica no es abandonar la esperanza sino reafirmar la vida. Como dijo James Baldwin hace varias décadas, debemos recordar “que la vida es el único punto de referencia y que la vida es peligrosa y que, sin la alegre aceptación de tal peligro, nunca habrá seguridad para nadie, jamás y en ningún lugar”. Evitar la dura realidad de nuestro momento histórico no nos garantiza seguridad alguna, tan sólo sirve para erosionar el potencial de las luchas por la justicia y la sostenibilidad.

Tal y como dijo Baldwin de manera tan aguda en ese mismo ensayo de 1962: “No todo a lo que nos enfrentamos puede cambiarse, pero no podemos cambiar nada hasta que nos enfrentemos a ello”.

Es hora de ponernos apocalípticos, o quitarnos de en medio.


N. del T. Muchas de las ideas expuestas en este artículo están extraidas del libro de Jensen: We Are All Apocalyptic Now: On the Responsibilities of Teaching, Preaching, Reporting, Writing, and Speaking Out.

Agradecimientos espaciales a Nano Sancho, Joan Quesada Navidad y Miki Decrece por sus sugerencias en la traducción del artículo.


Guerrilla Translation/Relacionado:El futuro ha de ser verde, rojo, negro femenino/ Robert Jensen“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”Naomi KleinVivir sin crecimiento económico/ Charles Eisenstein

El desempleo es la cura de todos los males

FactoryPaul B. Hartzog

La primera vez que me topé con la idea de “desempleo” como un objetivo deseable fue en 1979, en la obra de Robert Anton Wilson y, en particular,  en su “Trilogía del gato de Schrodinger”.

Si la memoria no me falla, Bob mencionó la idea de otorgar un salario público a cualquiera capaz de inventar un dispositivo que hiciera su trabajo obsoleto. A primera vista, ésta parece ser una más de la larga lista de promesas incumplidas de la época de “los sueños de la automatización”, pero la idea de pagar a la gente por crear nuevas eficiencias en infraestructura se hizo hueco en mi cabeza. Así, surgió la idea de que los cambios tecnológicos producirían un desempleo estructural masivo e insostenible. Tenía 11 años de edad.

La Lógica del Ocio

En 1932, Bertrand Russell escribió “En elogio a la ociosidad”donde declara:

“La técnica moderna ha hecho posible que el ocio, dentro de ciertos límites, no sea la prerrogativa de clases privilegiadas poco numerosas, sino un derecho equitativamente repartido en toda la comunidad. (…) el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de el trabajo.”

La lógica de la “producción” sigue los siguientes parámetros:

Si el mundo requiere cierta cantidad de “algo”, hay dos opciones:

        1. Cierto número de personas trabaja TODO el tiempo para producir la cantidad deseada, o
        2. Un número aún más grande de personas trabaja PARTE del tiempo para producir la cantidad deseada.

Ah, pero la lógica del “consumo” es algo distinto, y viene a decir:

        1. Necesitamos emplear a la gente constantemente.
        2. Dicho empleo produce un excedente.
        3. La gente necesita ser convencida de comprar el excedente a través de la publicidad y marketing.
        4. El excedente debe ser rápidamente convertido en desechos, para que la gente vuelva a comprar.
        5. Esto se logra negando las necesidades básicas de todos, así hay que trabajar para consumir.

La primera historia, es una receta para una civilización que invierte parte de su tiempo cumpliendo sus obligaciones con la sociedad y el resto de su tiempo en la búsqueda de placer y de otros intereses y proyectos. La segunda historia, es una receta para una civilización  llena de basura, contaminación y esclavitud colectiva.

La difusión de las tecnologías de información y la computerización masiva crea desempleo. Daniel Yankelovitch señala:

“En la economía globalizada de hoy, los empleadores pueden crecer y ser rentables al reestructurar sus operaciones para ser menos dependientes de un gran número de trabajadores a jornada completa, con beneficios completos y reclutados localmente. Pueden reducir su propia fuerza laboral sistemáticamente, empleando la fuerza laboral de otras naciones y organizando su trabajo de tal manera que gran parte del mismo sea producto de una fuerza laboral contingente. Se trata de una fuerza de laboral a la cual no hay que pagar beneficios, y a la que no hay obligación de conceder unos mínimos de seguridad laboral… [De esta forma han…] obtenido crecimiento económico empleando tan sólo una fracción del número total de personas en búsqueda de empleo. El resultado bien puede ser un desempleo elevado, como estamos viendo en Europa, o la sustitución de puestos de trabajo con salarios altos y abundantes beneficios por puestos de baja remuneración y escasos beneficios, como estamos viendo en los EE.UU.” (“A Critique of the ‘Information Society’ Concept”  Daniel Yankelovitch, de “Changing Maps: Governing in a World of Rapid Change, Steven A. Rosell, 1995)

Los indicadores de desempleo en los países atrincherados [desarrollados] han aumentado de manera constante desde 1950. Adicionalmente, la disminución de la tasa de natalidad experimentada en estos países generará un número creciente de ancianos, junto a una mermada presencia de generaciones más jóvenes dentro del mercado laboral. Incluso si las tasas de natalidad se elevaran de nuevo, esos niños no serían aptos para trabajar hasta que terminen su juventud, forzando aún más al sistema. Es imposible configurar el número total de personas que no trabajan utilizando métodos económicos tradicionales.

La Crisis de Ingresos

Al final, todo se reduce a esto: Si definimos a los “empleadores” como grandes estructuras jerárquicas sustentadas sobre la extracción de los excedentes generados por la labor de sus empleados -a quienes tan sólo retribuyen parte de los mismos y en forma de salario…- pues sí, los empleadores perciben que hay una “crisis de empleo.” Sin embargo, para las personas, un trabajo simplemente sirve de medio para obtener ingresos y, en consecuencia, la crisis no es una “crisis de empleo”, sino una “crisis de ingresos”.

Este es un punto crucial, así que lo voy a expresar de otra manera.

Una Economía del Empleo fuerza a la gente a pensar que su “crisis de ingresos” es una “crisis de empleo.” Una Economía del Desempleo no tiene tal necesidad.

Una Economía del Desempleo, parte de la premisa de que las personas rinden mejor en aquellas actividades que disfrutan intrínsecamente y por las que trabajan de forma voluntaria. Este principio de auto-selección es un ingrediente clave de las actuales economías donde se programa en código abierto, e incluso fue utilizado cuando Google permitió a sus empleados gestionar parte de su jornada laboral. La auto selección no es voluntaria; es trabajo recompensado. De lo contrario te seguirían explotando y obteniendo los beneficios de tu trabajo, sólo que de forma gratuita.

Además, llamarla una “Crisis de Empleo” implica que la solución es crear más empleo, pero llamarla una “Crisis de Ingresos” implica que la solución es crear más ingresos. Esto se puede hacer en una variedad de formas y muchas de ellas no tienen nada que ver con conseguir un trabajo.

Por ejemplo, en 1980, como parte del nacimiento del Cyberpunk, ZBS Media retransmitió un radio-drama, producido por Thomas M. Lopez y escrito por Meatball Fulton, llamado “Ruby, the Galactic Gumshoe” (Ruby, la detective galáctica). El programa incluía una conversación con un extraterrestre llamado “Monet” proveniente de una sociedad que ya había, supuestamente, resuelto estas cuestiones. Monet le dice a Ruby:

“El desempleo no es una enfermedad que necesita ser curada creando más empleo. El desempleo es la cura. Así que ideemos un sistema mejor.”

La Cultura ‘Maker’  equivale a Libertad

A medida que avanzamos, el número de personas que fabrica objetos propios y se auto-organiza en comunidades de “makers” es alentador. Sin embargo, estas actividades son parasitarias en una economía heredada que aún requiere que la gente trabaje a fin de satisfacer sus necesidades básicas y las de sus familias. En este sistema algunos se hacen ricos mientras que la gran mayoría permanece en la pobreza. La alternativa sería que todos tuvieramos  “suficiente”.

La economía P2P emergente, funciona más como la “ayuda mutua” de Kropotkin (gracias, Howard Rheingold), que el ideal de “ayúdate a ti mismo y deja que otros se ayuden a sí mismos”, surgido cuando los ciudadanos se enfrentan entre sí en una lucha por recursos y puestos de trabajo. Estos objetivos están, en realidad, subyugados a una escasez inducida para desmotivar cualquier cooperación popular con la que construir infraestructuras compartidas.

Merece la pena señalar que, en 1951, la teórica política Hannah Arendt observó que impedir a las masas poseer o poner en funcionamiento algo que resulte en producción de un “común” (algo que sólo existe horizontalmente entre individuos y grupos) es una receta para la tiranía, la opresión y, en última instancia, el fascismo. Arendt lo describió como “Los orígenes del totalitarismo”.

Por otra parte, Kropotkin había presagiado este mismo punto en su “Ayuda mutua”, observando:

“Las instituciones en las que los hombres antes encarnaban sus necesidades de apoyo mutuo, no pueden ser toleradas en un Estado bien organizado, el Estado por sí solo podría representar los lazos entre sus súbditos”.

Refiriéndose a la cuna de la democracia occidental, Arendt lo expresó mejor que nadie:

“La Polis no era Atenas, sino los Atenienses”. (La Condición Humana, 1950)

(Por ello, si vas a trabajar como empleado, siempre he mantenido que lo mejor es trabajar allá donde puedas sentir que estás ayudando a otros; por ejemplo, en una organización sin ánimo de lucro o en una universidad).

Sin ser Empleado – Mejor Sin Jefes

Light at end of tunnel

www.notanemployee.net/

De nuevo, creemos necesario recalcar la diferencia entre el empleo (es decir, el trabajo al que estamos obligados por las necesidades de supervivencia) frente a la carrera o la pasión de un individuo. En su ensayo “The Abolition of Work” (La abolición del trabajo), Bob Black define el trabajo como “La producción impuesta por medios económicos o políticos, ya sea mediante la zanahoria o el palo” (Black, 1985). En una economía en la que la información precisa es esencial, aquellas decisiones económicas basadas en la necesidad de tener un trabajo para sobrevivir, no son ni fructíferas ni deseables. La economía de la información necesita recombinación materialización e innovación, pero también necesita ofrecer un estilo de vida capaz de liberar el potencial creativo colectivo de sus miembros y permitirles cumplir con sus funciones en dicha economía. Aquí es donde entra el desempleo. La causalidad general que subyace a esta propuesta es la siguiente:

      • La informatización crea desempleo

      • El desempleo crea tiempo libre

      • El tiempo libre genera innovación

El problema del desempleo no es su incremento, sino la insostenibilidad de un sistema donde el empleo es “bueno” y el desempleo es “malo”. El fin del empleo no supone el fin de la productividad. Los seres humanos son, por naturaleza, creativos, innovadores y dados a perseguir sus metas vigorosamente. Esta es la razón por la que el primer nivel de una economía panárquica consiste en satisfacer necesidades: para brindar a individuos y grupos una base con la que tomar decisiones informadas y comunicar esas decisiones en el sistema de una manera cibernética.

La Solución Sencilla

La solución a todo esto es realmente sencilla:

Pagar a las personas para crear una infraestructura compartida.

Una infraestructura compartida co-desarrollada, co-propiedad, co-mantenida, y no sujeta a apropiación por parte de cualquiera. Es decir, su existencia como infraestructura compartida cuenta con el apoyo de aquellos mecanismos jurídicos y políticos que aseguren sus libertades básicas y de forma permanente. Es bueno para la gente, los gobiernos y las empresas porque reduce costes y distribuye las responsabilidades de mantenimiento.  Cualquier persona que contribuya a la construcción de semejante infraestructura debería ser apropiadamente recompensada por su esfuerzo, que no quepa duda de ello.

Nota del autor

Normalmente no escribo artículos tan largos pero, a modo de explicación por el título “provocador”, me gustaría aclarar unas cosas:

      1. Me sentí inspirado a escribir este artículo tras la lectura de un artículo de Douglas Rushkoff en la CNN titulado “Are jobs obsolete?” (“¿Se han quedado obsoletos los empleos?”, publicado el 7 de Septiembre, 2011)

      2. Parte del texto está basado en un texto que escribí en el 2003 llamado “The Unemployement Economy” (La economía del desempleo).

Esta traducción apareció originalmente en desempleotecnológico.com