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Cómo curarse del capitalismo: Cooperativismo y democracia laboral

Richard D. Wolff

En este vídeo y el artículo corto que lo acompaña, el profesor Richard D. Wolff, experto en cooperativas y economista heterodoxo estadounidense explica los motivos por los que el crecimiento ha adquirido tal protagonismo en nuestros sistemas políticos. La desigualdad es consecuencia de la forma en la que están organizadas las empresas. Asumiendo que pasamos una parte significativa de nuestras vidas en el trabajo, ¿qué pasaría si extendiéramos nuestro afán democrático al entorno laboral? ¿en qué cambiaría la sociedad si todas las empresas fueran más democráticas? ¿cuáles serían las implicaciones sociales y políticas de un cambio como este?

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Prosperidad y democracia económica: La solución de las cooperativas de trabajadores

Las WSDE (Empresas autogestionadas por los trabajadores, por sus siglas en inglés) son una respuesta al fracaso del capitalismo a la hora de proporcionar prosperidad económica, y también al del socialismo en cuanto al establecimiento de una democracia económica.

Entre los factores que impiden la formación, en los EEUU, de una nueva izquierda organizada y políticamente eficaz, se encuentra la profunda frustración de los activistas interesados en hacer que eso suceda. El declive desde los años 70 (y particularmente desde 2008) de la habilidad del capitalismo de “cumplir con su cometido” hacia la mayor parte de la ciudadanía ha llevado a muchas personas a cuestionar, criticar y desafiar el sistema capitalista. El destacado sondeo llevado a cabo por el Pew Research Center en diciembre de 2011 evidenció que un alto porcentaje de americanos se mostraba favorable al socialismo. Muchos más estarían de acuerdo hoy día. No obstante, los activistas de izquierdas se ven cada vez más frustrados por la falta de una alternativa sistémica viable que pueda atraer a aquellos que están desencantados con el capitalismo.

Las izquierdas se ven doblemente frustradas porque las alternativas socialistas tradicionales ni logran inspirar al público ni consiguen mobilizarlos a ellos. Las implosiones del socialismo soviético y los socialismos de Europa del Este, en conjunción con grandes cambios en China y más allá, han alimentado esa frustración. La han avivado también, aunque de un modo diferente, la aceptación del neoliberalismo por parte de los partidos socialistas de Europa Occidental, desde los años 70, y sus políticas de austeridad, desde 2007-2008. El colapso del partido socialista griego, y de igual manera, la disminución importante en el apoyo electoral del partido socialista alemán y otros partidos socialistas, son un claro reflejo de las frustraciones que existen entre los socialismos tradicionales por los que éstos abogan.

Los programas socialistas tradicionales, basados en un gran nivel de intervención gubernamental en la economía (por medio de diversas regulaciones de mercado y empresa, de propiedad y gestión estatal de las empresas, planificación centralizada, etc.) ya no consiguen suscitar mucho apoyo. Cuando en ocasiones parecen conseguirlo (como fue el caso de las últimas elecciones presidenciales y legislativas francesas, por ejemplo), el socialismo tradicional demuestra ser meramente retórico y simbólico, por no haber definido ni perseguido una verdadera alternativa a un capitalismo profundamente impopular. El apoyo del gobierno francés se esfumó rápidamente.

Ante los enfoques socialistas tradicionales, el público responde, cada vez más, con una indiferencia escéptica que podría traducirse como “ya hemos pasado por eso”. Muchos se han formado la opinión de que los socialismos tradicionales, cuando han conseguido instaurarse, demostraron tener demasiadas deficiencias, fueron demasiado insostenibles, o ambas cosas. El creciente interés público que desde la crisis de 2008 se ha despertado hacia las alternativas al capitalismo ha chocado de frente con la pérdida paulatina de confianza en el socialismo tradicional.

La frustración de la izquierda, teniendo en cuenta que el atractivo del socialismo tradicional se ha agotado, surgió ante la falta de una alternativa atrayente y generalmente aceptada al capitalismo. La izquierda no podía proporcionar lo que anhelaban las masas, mientras éstas intensificaban sus críticas hacia el capitalismo en general, su caída a largo plazo y su crisis a corto plazo.

En este punto entra en escena el concepto de las cooperativas de producción o cooperativas de trabajo asociado, o aún mejor, el término poco adecuado pero más específico: empresas auto-dirigidas por los trabajadores (WSDE). Esta idea, que tiene siglos de antigüedad, ha sido reavivada, rediseñada y aplicada para que vaya mas allá del socialismo tradicional. El resultado es una nueva visión de un capitalismo alternativo que podría ayudar a movilizar a una nueva izquierda.

Al establecer la democracia en el seno de las empresas, las WSDE hacen que el gobierno asuma sus responsabilidades ante el pueblo, como trabajadores. La democracia política no es más que una formalidad cuando la dependencia directa de los gobiernos hacia las personas, como votantes, no va acompañada de una dependencia hacia las personas como trabajadores”

Las WSDE reemplazan las empresas capitalistas jerárquicas (organizadas de arriba hacia abajo y dirigidas por sus accionistas principales y las juntas directivas que éstas escogen) por empresas democráticas dirigidas por todos sus trabajadores. Éstas últimas toman colectiva y democráticamente todas las decisiones sobre qué, cómo y dónde se produce. Y lo que es más importante, deciden cómo usar los ingresos netos de la empresa.

La dependencia de los gobiernos (a nivel municipal, regional y nacional) del pago de impuestos por parte de las empresas se convierte, por lo tanto, en una dependencia hacia las personas, como trabajadores. Ya no se usarán los impuestos ni ninguna otra distribución de ingresos netos para moldear las políticas gubernamentales en beneficio de intereses no comunes (capitalistas dentro de las empresas) y en contra de los trabajadores o los ciudadanos.

La importancia de tales transformaciones, a pequeña escala, hacia el modelo WSDE, no puede sobrevalorarse. Por el hecho de situar poderes económicos claves en manos del estado (la regulación o propiedad de las empresas, la imposición de una planificación por encima o en lugar de los mercados), el socialismo tradicional normalmente acumulaba demasiado poder, o exclusivamente en el estado o bien entre el estado y las principales empresas capitalistas que éste “regulaba”. Demasiado poco poder compensatorio, real e institucionalizado residía dentro de las empresas, en manos de los trabajadores. Como resultado, no existían en la vida económica la transparencia, la responsabilidad, ni el tener que rendir cuentas, y por lo tanto, tampoco existía la democracia económica. Cosa que a su vez minaba la democracia en el ámbito político.

Las WSDE podrían solucionar ese problema. En las economías donde predominan las WSDE, los recursos financieros del estado (los impuestos cobrados a las empresas y/ o los préstamos recibidos de las mismas) están compuestos por las contribuciones de los ingresos netos hechos por los trabajadores de estas empresas. Del mismo modo, el uso de los ingresos netos de cualquier empresa para la financiación de partidos o personalidades políticas, esfuerzos de lobbying o centros de estudios, sería un reflejo de las decisiones democráticas de sus trabajadores. Siempre ha sido una característica estructural fundamental del capitalismo – la dictadura del capital dentro de las empresas – la que ha generado los incentivos y proporcionado los recursos para que los capitalistas pudieran doblegar el gobierno para ponerlo al servicio del capital y en contra de los trabajadores. Una economía basada en WSDE, en cambio, aboliría esa dictadura, y en consecuencia, sus efectos políticos.

Al establecer la democracia en el seno de las empresas, las WSDE hacen que el gobierno asuma sus responsabilidades ante el pueblo, como trabajadores. La democracia política no es más que una formalidad cuando la dependencia directa de los gobiernos hacia las personas, como votantes, no va acompañada de una dependencia hacia las personas como trabajadores (en gran proporción, las mismas personas). La democracia política verdadera requiere la intregración de una alianza con la democracia económica, tal y como se contempla en las economías donde predominan las WSDE. El énfasis excesivo del socialismo tradicional en sus diferencias a nivel general con respecto al capitalismo (la sustitución de la regulación/propiedad estatal por la propiedad privada y la planificación estatal por los intercambios comerciales) sería corregido de forma radical por las transformaciones, a pequeño nivel, en la organización empresarial, que pasaría de una organización capitalista a un modelo de WSDE.

Las empresas democratizadas, por supuesto, tendrían que compartir poderes, a todos los niveles (municipal, regional y nacional), con unas estructuras políticas democráticas vinculadas al lugar donde desarrollan su actividad dichas empresas. Las consecuencias politicas de las decisiones empresariales, igual que las consecuencias empresariales de las decisiones políticas, requerirían que la toma de decisiones en ambas áreas sociales (la empresa y la comunidad residente) fuera mutuamente respetuosa e interdependiente. La democracia basada en las empresas co-gestionaría, junto con la democracia basada en la comunidad residente, el espectro completo de las decisiones sociales, incluyendo las funciones y políticas de cualquier sistema político.

En este contexto, la transformación de las empresas capitalistas en WSDE cambiaría radicalmente los lugares de trabajo, las comunidades residenciales, y por consiguiente, la vida de prácticamente todo el mundo. Podría realizar el cambio sistémico que se proponían las socialismos tradicionales, pero que nunca lograron: una alternativa viable y atractiva que sea preferible al capitalismo. Ello ofrece a la izquierdas un medio para superar sus frustraciones y un epicentro alrededor del cual reagruparse y existir mientras construyen nuevos movimientos y organizaciones.


Guerrilla Translation/Relacionado:Hacia un procomún materialMichel Bauwens Dmytri Kleiner John RestakisRevolución integral Enric DuránStrip Capitalism works¡El capitalismo me funciona! Verdadero/FalsoSteve Lambert

REACTOR

Un documental de Ian MacKenzie

Alcanzar la experiencia mística no es suficiente, porque conduce a la pasividad y, en mi opinión, va en contra de un compromiso verdadero, ético y profundo… hacia la vida. Creo que a los bosques les da igual que hayas alcanzado la iluminación o no. Mientras, a quienes sufren un sistema económico injusto les da igual que hayas despertado espiritualmente, o que estés entonando un mantra u otro. Lo verdaderamente importante es tomar ese “despertar” y ponerlo a hacer algo útil…”

El 11 de Marzo del 2011, un terremoto de magnitud 9.0 desencadena un gigantesco tsunami frente a las costas de Japón. La tragedia se salda con unas 15.878 muertes estimadas y daños por valor de billones de dólares, entre ellos la fusión parcial de tres reactores de la planta nuclear de Fukushima Daiichi.

En abril del 2012, Michael Stone, maestro budista, activista y yogi, peregrina hasta un Japón devastado por el tsunami y por la catástrofe de Fukushima. Michael habla con residentes de la zona, artistas, activistas e investigadores sobre la vida después de la catástrofe y reflexiona sobre las antiguas tradiciones Zen, sus ciudades y sus templos. ¿Cómo podemos encarnar el Juramento Bodhisattva en un momento así?

REACTOR es un mediometraje que explora cómo dejar atrás narrativas prescritas y los motivos para hacerlo, facilitando un despertar personal y social capaz de suscitar la interconexión y mostrarnos la importancia de nuestras acciones.

(Para activar la pista de subtítulos, pulsad el botón rectangular de la parte inferior derecha y elegir “Spanish” Recomendamos ver el filme en calidad 720hd, alta-definición)


Guerrilla Translation/Relacionado:Money & LifeKatie Teague Stormcloud MediaIntroducción a “Sacred Economics”Charles EisensteinStrip Capitalism works¡El capitalismo me funciona! Verdadero/FalsoSteve Lambert

El fin del ecocidio

deforestation

Tala de árboles en los últimos bosques vírgenes de Europa, situados en los Cárpatos Rumanos. La madera se utiliza para fabricar muebles o se convierte en virutas para quemar en chimeneas. Desde 1990 se han talado ilegalmente unas 366.000 hectáreas de bosques protegidos, casi la mitad del área metropolitana de Barcelona.

Hasta ahora, la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio tan solo ha obtenido alrededor de 100,000 firmas –una figura bastante inferior al mínimo necesario (1 millón) para qué la Comisión Europea la estudie formalmente. ¿Mirarán atrás las generaciones futuras de un planeta arruinado preguntándose por qué sólo un 0.02% de los europeos ejercieron su derecho democrático a detener el ecocidio? Nos merecemos algo mejor que eso.”

En este artículo, originalmente publicado en The Guardian, Charles Eisenstein analiza detenidamente las consecuencias económicas y legales de una ley anti-ecocidio. Es evidente que hay que proteger al planeta pero, si nuestros sistemas económicos y legales no son compatibles con una ley así, ¿no deberíamos plantearnos cambiarlos? Visitad este enlace para averiguar más sobre la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio.


En una reciente conferencia de prensa, la diseñadora Vivianne Westwood ha expresado su angustia y preocupación por el alarmante empeoramiento del estado del planeta. “La aceleración de la muerte y la destrucción es inimaginable,” dijo “y ocurre cada vez más rápido”.

Hablando en apoyo de la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio, sus palabras reflejan un sentimiento creciente de tener que hacer algo al respecto. Una opción sería consagrar la santidad de la biosfera por medio de una ley.

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Consecuencias de la fracturación hidráulica

Que el ecocidio –la destrucción de ecosistemas– ya sea un concepto establecido apunta a un enorme cambio en la relación entre la civilización industrial y el planeta. La capacidad de matar algo, en este caso la Tierra, presupone que ese algo está vivo. Hoy en día, empezamos a ver al planeta y a todos sus subsistemas como seres que merecen la vida, y no sólo como un catálogo de recursos o un vertedero. Al darnos cuenta de que somos parte de un planeta vivo e interdependiente, conceptos como los de “derechos de la naturaleza” o la “ley del ecocidio” acabarán siendo de sentido común.

Desgraciadamente, vivimos en un sistema económico y legal que contradice esa percepción. Las corporaciones, con plena impunidad legal y a cambio de grandes beneficios, arrasan con sus buldóceres, cortan, taladran, extraen hidráulicamente, minan a cielo abierto e incendian el planeta, provocando el ecocidio una y otra vez. Existe la tentación de atribuir estos horrores a la avaricia corporativa, pero ¿qué vamos a esperar de un sistema legal y económico que justifica y apremia tales actividades? Además, dentro de esta sociedad industrial, todos somos cómplices. Por eso necesitamos una ley contra el ecocidio: sería un símbolo concreto del consenso creciente sobre la necesidad de detenerlo.

En términos morales, el asunto está muy claro pero ¿qué pasa con los términos económicos? ¿Cuál es el sentido práctico de prohibir el ecocidio? ¿Podemos permitírnoslo? La objeción económica implica que: “Claro, deberíamos dejar de asesinar al planeta, pero no es el momento. Tenemos que esperar a que mejore la economía para poder permitírnoslo.” ¿Qué quiere decir esto exactamente? ¿Que deberíamos acelerar nuestra extracción continua del capital natural hasta agotarlo para que, en un futuro imaginario, tengamos suficiente dinero para restaurarlo? ¿De verdad hay quien cree que sólo deberíamos conservar un planeta viviente siempre y cuando no suponga un impedimento al estatus quo?

La dura verdad del asunto —y una verdad que no será del gusto de muchos ecologistas— es que una ley en contra del ecocidio dañaría a la economía tal y como la conocemos. Una economía que depende de mayores niveles de consumo y un volumen creciente de bienes y servicios para que la demanda esté a la altura de las mejoras en productividad y lograr el pleno empleo. Hoy en día, esto supone arrebatar más minerales, madera, peces, petróleo, gas y demás recursos de la Tierra, con la pérdida inevitable de hábitats, especies y, en última instancia, la salud y viabilidad de toda la biosfera.

Charles-Eisenstein

Charles Eisenstein

Cambiarlo no es un asunto trivial. ¿Qué ocurre con esos estimados 500,000 puestos de trabajo que se crearán gracias a la extracción del alquitrán de las arenas bituminosas en Alberta, Canadá, por mucho que esta última suponga una catástrofe ecológica? Tenemos que cambiar nuestro sistema económico para que el empleo no siga dependiendo de la conversión de la naturaleza en productos. Tendremos que remunerar a la gente por desempeñar tareas que no generarán los bienes y servicios que conocemos hoy en día; tareas como replantar bosques, en vez de talarlos indiscriminadamente, o restaurar las marismas, en vez de construir sobre ellas. Todas las facetas de la vida moderna contribuyen al ecocidio; por tanto es de esperar que todas las facetas de la vida cambiarán en la era post-ecocida.

Sería más acertado decir que una ley contra el ecocidio transformaría la economía, en vez de dañarla. Forma parte de la transición a una economía con menos productos desechables y más objetos elaborados con cariño, más bicicletas y menos coches, más huertos y menos supermercados, más tiempo libre y menos producción, más reciclaje y menos vertederos, más compartir y menos propiedad.

¿Qué pasa con el argumento que afirma que Europa, si criminalizara el ecocidio, tendría una desventaja competitiva con los países que lo permitieran? Cierto es que la liquidación rápida del capital natural suele producir grandes beneficios a corto plazo.

¿Cómo va a competir la madera de cosecha sostenible de un lugar con la madera barata proveniente de la talas indiscriminadas de otro? No puede –a menos que la ley contra el ecocidio se incluya en los acuerdos de comercio internacional y las políticas de aranceles. Por desgracia, los acuerdos de comercio internacional que se negocian hoy en día, como el Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP) y el Acuerdo Transatlántico de Comercio e Inversión (TPIP) amenazan con hacer justo lo contrario: las corporaciones podrían invalidar las leyes contra el ecocidio alegando que son un obstáculo al comercio.

Hay que darle la vuelta a este proceso. Una ley europea anti-ecocidio establecería las bases legales y morales de un consenso global para acabar con el ecocidio y preservar el planeta para generaciones futuras. Incluso si no se impusiera de inmediato, la iniciativa supondría una poderosa llamada de atención. Es inevitable que, tarde o temprano, se apruebe una ley de estas características y aquellas empresas con más visión de futuro, las que son capaces de anticipar los cambios que conlleve, se beneficiarán a la larga, aunque suponga transiciones muy duras a corto plazo.

Hasta ahora, la Iniciativa Ciudadana Europea contra el ecocidio tan solo ha obtenido alrededor de 100,000 firmas –una figura bastante inferior al mínimo necesario (1 millón) para qué la Comisión Europea la estudie formalmente. ¿Mirarán atrás las generaciones futuras de un planeta arruinado preguntándose por qué sólo un 0.02% de los europeos ejercieron su derecho democrático a detener el ecocidio? Nos merecemos algo mejor que eso.

Traducido por Stacco Troncoso, editado por Miki Decrece – Guerrilla Translation


El activismo profesional como impedimento a la liberación

Descolonización de las mentalidades y estrategias del movimiento ecologista establecido por Henia Belalia

Es desconcertante encontrar tan pocos rostros entre las figuras prominentes del movimiento medioambiental que realmente reflejen las realidades y la experiencia de quienes sufren la peor parte del colapso climático. Hay estudios que muestran que más del 90% de los desastres naturales acontecidos desde 1990 han ocurrido en países pobres y que globalmente las comunidades de color sufren los impactos de la contaminación del agua, la tierra y el aire de manera desproporcionada. Las cifras, asimismo, revelan que los hogares con bajos ingresos sufren las peores consecuencias de estos desastres debido a factores como la falta de infraestructura o la inestabilidad económica.

Aun así, las personas que toman las decisiones estratégicas siguen sentadas en salas de reunión climatizadas, esperando que sus conversaciones allanen el terreno para un cambio profundo y sistemático. En estas reuniones, la presencia de los más afectados por las adversidades socioeconómicas y la degradación medioambiental brilla por su ausencia. Esta desconexión produce un abismo inquietante. Quienes nos sentimos frustrados ante esta situación llevamos una década recurriendo a un análisis y a unos parámetros de acción más profundos, como son los de la Justicia Climática. La definición de Justicia Climática es una tarea continua. Honrarla e integrarla es una lucha de por vida.

Enfrentarnos a la raíz de las causas (léase, radical) de la crisis climática, supone admitir que la degradación medioambiental agrava las injusticias económicas, raciales y sociales ya existentes –una interconexión crítica para la definición de nuestro análisis y nuestras acciones. Para lograrlo de verdad, quienes defendemos la tierra y la justicia tenemos que denunciar los sistemas de opresión que componen esta estructura capitalista, y basar nuestra estrategia en las comunidades que más han sufrido el impacto de la colonización, el militarismo y la pobreza.

Esto supone construir movimientos que agrupen una variedad de conflictos, yendo más allá de las divisiones de raza, clase y género; a la par que se potencian las voces de los históricamente marginados: poblaciones indígenas, comunidades de color, la comunidad LGBT y los que están por debajo del umbral de la pobreza. Lograrlo requerirá una descolonización radical tanto de mentalidades como de instituciones profesionales.

En este país, para muchos, la resistencia no es una opción, y mucho menos una moda; sino la única manera de sobrevivir.

Caminar por las calles del norte de Filadelfia es descorazonador. Las calles devastadas de una ciudad olvidada, su carisma y sus gentes relegadas a nada por la negligencia por las élites corporativas y gubernamentales del Estado: solares vacíos, docenas de colegios cerrados, largas y desesperanzadoras listas de espera para acceder a una educación pública. Mientras, a través del abismo invisible y ajeno a todo, las luces siguen rutilando y se descorchan botellas de champán.

En el vecindario de Far Rockaway, en Queens, Nueva York, me topo con heridas aún sangrantes que yacen abiertas al viento; los recuerdos del huracán Sandy desperdigados sobre los escombros que cubren las aceras; los negocios cerrados y el asfalto desigual; el hospital de la zona está a punto de cerrar; la encarcelación masiva de nuestros hermanos, padres y amantes de color crea círculos viciosos de deuda, droga y violencia callejera, que conducen en línea recta desde un hogar empobrecido la celda gris de una prisión.

Los centros de detención no dan abasto, colmados de jóvenes aterrados y despojados de sus familias, muchos esperando a que les deporten a países que no han pisado desde la infancia. Pisoteamos la tierra de naciones indígenas y culturas que llevan sobreviviendo 500 años de genocidio étnico y cultural a través de internamientos, esterilizaciones involuntarias de sus mujeres y tratados rotos.

Son los rostros marginados de la resistencia. Los guerreros cuyas experiencias vitales y el mero hecho de su supervivencia no sólo deberían impulsar la trayectoria de nuestros movimientos, sino inevitablemente determinar el éxito de nuestra lucha por la liberación colectiva.

En cambio, dentro de la corriente cultural existente, la organización comunitaria se ha convertido en un modelo profesional, mientras que la lucha contra la opresión se pone de moda o, peor aún, se vuelve rentable. Hay quien empieza a expresarse en un lenguaje políticamente correcto, aprendido de puntillas en un curso, mientas que gran parte de la lucha en contra de la opresión no va más allá de lo superficial; vaciada de cualquier análisis verdadero de la confluencia entre raza, clase y género. Como resultado, las grandes organizaciones no gubernamentales contratan a unas pocas personas de color, encomendadas con una labor simbólica desempeñada bajo la expectativa silenciosa de que hablarán en nombre de otros hermanos y hermanas de su misma raza. Mientras tanto, las puertas del movimiento medioambiental y climático y las oportunidades que conllevan permanecen fuera del alcance de quien proviene dé hogares de bajos ingresos o carece de estudios universitarios.

Esto fue un despertar muy abrupto para alguien que se había dejado seducir por una carrera en el activismo social y su falsa promesa de liberación. Como mujer emigrante y de color, y a menudo etiquetada como “de los árabes buenos”, tendría que crear mi propio espacio antes de convertirme en una voz relevante dentro el movimiento, como ya hicieron muchas otras antes que yo. Esto también exigía el tomar responsabilidad por una serie de privilegios, tales como mi educación universitaria y el acceso a unos recursos que están fuera del alcance de, prácticamente, toda mi familia.

La especialización profesional del activismo ha creado un “Complejo Industrial sin Ánimo de Lucro” (CISADL) que, más que promocionar, hace peligrar los movimientos liberadores. En Power Shift 2011, una conferencia climática que reunió a miles de jóvenes, había una división física literal entre los talleres de los universitarios (casi todos blancos y de clase media) y las comunidades de a pie de calle (casi todos jóvenes de color y de hogares pobres). Dado que les asignaron talleres y programas distintos, sólo coincidieron durante las ponencias.

Este año, en la misma conferencia, se prometieron los fondos para la comida y el transporte a varias delegaciones de jóvenes marginados (Las juventudes Lakota de la reserva de Pine Ridge y los Dream Defenders de Florida). Los fondos o no llegaron, o sólo se entregaron parcialmente. Estas prácticas son contraproducentes para el cambio social, dado que perpetúan la misma opresión sistemática contra la que estamos luchando.

Mientras tanto, las ONGs compiten por sumar miembros y campañas victoriosas, apresurándose a obtener resultados cuantificables con los que demostrar ante sus contribuyentes que merecen recibir más dinero. En un período de nueve años, los grandes grupos ecológicos recibieron más de diez mil millones de dólares en fondos, con tan sólo un 15% de las becas (entre el 2007 y el 2009), destinadas a comunidades marginales. Esto es una discrepancia abominable, especialmente porque más dinero supone más gastos institucionales y de infraestructura, algo que a menudo conlleva compromisos y medias tintas. Esta infraestructura de financiación jerárquica ignora por completo la historia de la resistencia popular; que los cambios sociales a gran escala surgen de los movimientos de base y que el auténtico liderazgo nace de personas oprimidas con un interés personal en la lucha por la libertad.

Es difícil concebir un levantamiento popular surgido de la comodidad de una gente habituada a una nómina y a la estabilidad de una organización; estas voces no deberían dominar el discurso. A menudo contemplamos la imagen del activista profesional chillando a través de un megáfono y pidiendo un endurecimiento del conflicto para llevarlo a las calles. Se trata de una llamada que congrega adeptos, ahora que las economías se tambalean, los desastres naturales se multiplican y los países se ven desgarrados por las guerras.

¿Pero qué ocurre cuando una organización como MoveOn.org hace suyo el mensaje popular de Occupy para anunciar talleres de acción directa a lo largo y ancho del país; pero desaconseja que los monitores promuevan la desobediencia civil, debido a su política interna. O cuando el Natural Resources Defense Council (NRDC o Consejo para la defensa de los recursos naturales) y la World Wildlife Fund (WWF) trabajan codo con codo con la industria del combustible fósil (estos últimos satisfechos de comprar su silencio y, de paso, delimitar el campo de acción de la oposición).O cuando 350.org hace un llamamiento a intensificar la resistencia contra el oleoducto Keystone XL, y obtiene fondos gracias a las acciones de sus socios, pero que cuando estos activistas que lo han arriesgado todo se enfrentan con una posible acusación por delitos graves, les retira el apoyo debido a una falta de previsión organizativa y de infraestructura adecuada? Estos ejemplos ponen en evidencia la gravedad de la desconexión y la ineptitud para construir relaciones genuinas con los más afectados.

Con sus voces altisonantes y grandes presupuestos, el mensaje de los profesionales eclipsa la llamada de la acción de la calle. Puede que esta llamada no se amplifique a través de megáfonos o aparezca en las portadas de las páginas web, pero se escucha a través de vecindarios, centros de detención, prisiones, reservas indígenas, refugios para personas sin hogar y bloques de apartamentos destartalados.

La pregunta es, ¿cuál será la respuesta de la opinión pública cuando el grueso de las comunidades afectadas tome la calle? ¿Cuando las comunidades de color reclamemos nuestro poder y no cedamos más terreno? ¿Tendremos un movimiento preparado y dispuesto a demostrar solidaridad genuina y concienzuda?

Mientras que a todo el mundo se le llena la boca hablando de luchar contra la opresión y cómo superarla, no podemos olvidar que trabajar junto a víctimas de represión histórica no sirve para expiar culpas, alimentar los egos o promover una agenda personal.

Andrea Smith, en un artículo reciente, se refiere a esto como “…la creación de un ‘complejo de culpabilidad industrial’, creado en torno a la confesión profesional del privilegio de clase”. Esta práctica expiatoria perpetúa los desequilibrios del poder centrándose en las voces y en la experiencia de grupos históricamente privilegiados, elevándolos ahora al rol de confesores benévolos. Esta labor “anti opresora” de la que habla Smith no sirve para nada.

Desde Naomi Klein a Van Jones, desde los organizadores de las protestas contra la OMC en 1999 a las personas bloqueando el oleoducto Keystone XL en Texas, el mensaje es el mismo: el Complejo Industrial sin Ánimo de Lucro ha de profundizar en su análisis de clase, enfrentarse a la supremacía blanca dentro de sus propias instituciones, y relegar el síndrome de “redentor colonialista” al olvido. Los activistas profesionales tienen que cuestionar el privilegio institucionalizado y estructural de sus propias organizaciones en cuestiones tales como la difusión mediática, los recursos, su influencia y el espacio que ocupan.

¿Qué pueden hacer los activistas profesionales para descolonizar los movimientos establecidos? Poner sus recursos financieros en mano de las comunidades que más lo necesitan, en vez de alimentar las cuentas bancarias de organizaciones multimillonarias. Abrir espacios en el proceso de toma de decisiones para que los que luchan por la libertad a pie de calle, en vez invitarles a salir en la foto cuando ya se ha determinado la estrategia. Quitarse de en medio cuando hablan los que tienen una historia que contar, en vez de redactar estudios sobre su experiencia. Invertir tiempo en aprender y practicar alianzas verdaderas sin caer en esteticismos condescendientes.

Si queremos mantener la integridad, este proceso no puede inspirarse en un afán de reconocimiento personal o de organizaciones. Desafiar nuestros propios demonios es una lucha constante que puede durar toda una vida. Desde las junglas mexicanas, los Zapatistas nos recuerdan sabiamente que se trata de un proceso duradero: “…preguntando caminamos”.

A los que lucháis en primera línea, a los hermanos y hermanas de color arropados por nuestros ancestros, acarreando en el cuerpo los traumas históricos de un sistema diseñado para romper nuestros espíritus y exterminarnos, el mero hecho de que sigamos aquí, de que hayamos sobrevivido a través del tiempo, es prueba viviente de nuestra resiliencia. A los que se siguen preguntando cuándo llegará la hora del cambio radical, ha llegado ya. Nuestra realidad cotidiana no se volverá más aterradora algún día, en un futuro lejano. Se está librando una guerra en contra de nuestras comunidades y se está librando ahora.

En esta época de crisis climática y colapso económico, de los resquicios de la supremacía blanca y el patriarcado, la lucha tiene tanto que ver con la resistencia como con los programas de supervivencia comunitaria, tanto con desmantelar la industria de los combustibles fósiles, como con la descolonización de nuestras propias mentes. Ha llegado el momento de enfrentarnos al coste verdadero de estas acciones, cuáles serán las responsabilidades, y qué conlleva la solidaridad verdadera.

Si este movimiento verdaderamente quiere ganar y cambiar nuestro paradigma actual, tenemos que dejar de lado algunas comodidades y quitarnos de medio en el momento adecuado.


Guerrilla Translation/Relacionado:“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”Naomi KleinEl futuro ha de ser verde, rojo, negro y femenino/ Robert JensenCiencia P2P: El desafío del siglo es responder a Fukushima/ Layne Hartsell &Emanuel Pastreich

El futuro ha de ser verde, rojo, negro y femenino

grbf2Robert Jensen

La especie humana ha de reconocer que cualquier futuro que nos permita retener nuestra humanidad tendrá que prescindir del capitalismo, el patriarcado y la supremacía blanca —y basarse en una visión del mundo ecológica—.

(Estas líneas se prepararon para una conferencia privada sobre sostenibilidad en la que los ponentes criticaron la agricultura corporativa y la medicina industrializada. Todos coincidieron en la necesidad de acometer cambios fundamentales en nuestros sistemas económicos, sociales y políticos, pero sin llegar a un consenso sobre un análisis apropiado de estos sistemas y su interacción.)

El futuro de la especie humana si queremos que tenga futuro ha de ser radicalmente verde, rojo, negro y femenino.

Si nos tomamos esto en serio —es decir, el futuro de la humanidad; si realmente nos preocupa que la humanidad tenga un futuro o no— todo individuo que proclame su preocupación ha de estar dispuesto a someterse a un reto radical. La manera en la que pensamos, sentimos, actuamos… todo estará abierto a la crítica y nadie podrá escabullirse fácilmente, porque todos hemos fracasado. Individual y colectivamente, hemos fracasado en el intento de crear sociedades justas o una presencia humana sostenible en el planeta. Quizás haya sido un fracaso inevitable, puede que el ser humano y su gran cerebro sean un callejón evolutivo sin salida, pero el fracaso no deja de ser nuestro. Por tanto, enfrentémonos a él, individual y colectivamente.

Podemos empezar con un análisis honesto de la información pertinente sobre la salud de la atmósfera en el contexto de lo que sabemos sobre los sistemas económicos, políticos y sociales de la humanidad. Mi conclusión: no existen soluciones mágicas para resolver estos problemas fundamentales, el resultado de demasiadas personas consumiendo demasiado y produciendo demasiados desperdicios, bajo unas condiciones desmesuradas de desigualdad en cuanto a riqueza y poder.

Si hoy mismo, y en todos los lugares del planeta, todos se comprometieran a investigar y organizarse para disminuir el lastre que el proyecto humano impone sobre el ecosistema, quizás podríamos crear un plan con el que sostener una presencia humana en este planeta, acompañado de una reducción dramática en cuanto a consumo y una reducción gradual en población. Pero, si reflexionamos sobre nuestra historia como especie y la naturaleza de los sistemas que gobiernan nuestras vidas, la conclusión más sensata es que no se tomarán los pasos que necesitamos tomar, por lo menos dentro del marco temporal que nos queda para cometer cambios significativos.

Esto no es derrotismo. Esto no es cobardía. Esto no es autocomplacencia

Esto es la realidad y los planes sensatos tienen que estar basados en realidades.

Sin negar, evitar, evadir

Tengo una sugerencia para toda esa gente lógica y realista que gusta quejarse de una cultura contemporánea que niega, evita y evade problemas críticos; de los norteamericanos que corren un tupido velo sobre la ciencia cuando esa ciencia trae malas noticias; de tantísima gente que no se enfrentará a verdades dolorosas: exijámonos el mismo rigor que exigimos a los demás. No neguemos, evitemos o evadamos cualquier aspecto de la realidad.

Por decirlo de otra manera: recurrir al tópico de que “las cosas no pueden estar tan mal”, tan socorrido por el gran público a la hora de disimular duras realidades, es un callejón sin salida, pero también lo es el tópico de “tenemos que tener esperanza”, a menudo empleado para evitar las conclusiones lógicas de nuestro propio análisis.

La esperanza es para los vagos. Esta no es la hora de la esperanza. Dejemos la esperanza de lado para empezar la labor verdadera de comprender nuestro momento en la historia para que nuestras acciones estén basadas en la realidad.

Mi tesis: nuestra tarea hoy en día no es la de apresurarnos a salvaguardar el mundo que conocemos, sino la de centrarnos en cómo mantener nuestra humanidad según nos adentramos en una era totalmente distinta de la presencia humana en el planeta, una era que pondrá a prueba nuestra resolución y resistencia. Llamémoslo el colapso, o  el apocalipsis, o la Edad de Acuario, sea cual sea el nombre, no se asemejará a nada que conozcamos. No es solo la caída de un imperio, una plaga localizada o la pérdida de un ecosistema específico. El futuro estará definido por un declive continuo del capital ecológico del planeta, que irá mucho más allá de cualquier posibilidad de recuperación, y por un aumento en los niveles de toxicidad, acompañado del conflicto social resultante exacerbado por una rápida desestabilización climática que no podemos predecir con exactitud, pero que supondrá la destrucción del bienestar humano o, incluso quizás, de la propia humanidad.

La tesis, reafirmada: durante la mayor parte de mi vida, mis mayores me dijeron que el reto moral de mi generación era cómo alimentar a cinco, seis, siete —puede que algún día incluso a diez— mil millones de personas. Hoy en día, nuestro reto moral es cómo vivir en un planeta de cuatro, tres, dos mil millones de personas o incluso menos. ¿Cómo comprender y relacionarnos con nosotros mismos como seres humanos —como seres morales, el tipo de criaturas que siempre hemos dicho ser— en el contexto de una extinción humana a largo plazo y sin precedentes? ¿Qué significará ser humano cuando sabemos que, a lo largo de este mundo o quizás incluso en esta misma manzana, hay otros seres humanos —criaturas exactamente iguales a ti y a mí— muriendo en masa y no es por causas que estén más allá del control humano, sino por cosas que los humanos elegimos, y seguimos eligiendo hacer?

Si crees que esto es demasiado extremo, alarmista, histérico, te invito a concebir una historia distinta del futuro, una historia que no dependa de la magia, que no incluya alguna versión de “inventaremos paneles solares que nos darán una abundancia de energía limpia” o “hallaremos formas de cultivar cada vez más alimentos en cada vez menos tierra y a pesar del declive en la fertilidad de la misma” o, quizás, inventaremos una máquina de movimiento perpetuo”. Si me equivoco, explícame en qué me equivoco.

Pero, ante la inevitable contestación de que, aunque a día de hoy no podamos trazar una historia más esperanzadora, ¿no podemos confiar en que esa historia acabará surgiendo? ¿Acaso no es cierto que la necesidad aguza el ingenio? ¿Acaso no nos hemos enfrentado ya los humanos a grandes problemas para hallar soluciones con la razón, la creatividad la ciencia y la tecnología? ¿No es cierto que nuestros triunfos del pasado apuntan a que superaremos los problemas del presente y el futuro?

Es una respuesta comprensible, pero reminiscente del viejo chiste sobre aquel que se tira desde un edificio de 100 plantas y que, cuando ya lleva 90 plantas y le preguntan qué tal, dice: “Hasta ahora, genial”. La tecnología avanzada, basada en una abundancia de energía concentrada y barata, nos ha llevado por una época curiosa, pero no existe garantía de que esa tecnología avanzada vaya a resolver los problemas del futuro, especialmente cuando las fuentes de energía concentrada más accesibles no hacen sino menguar y las consecuencias mortales de quemar todo ese combustible ya son inevitables.

Historias con las que rechazar la realidad

Puede que la necesidad haya aguzado el ingenio y mucho, pero eso no supone que nuestro ingenio sea capaz de superar cualquier obstáculo. La narrativa del fundamentalismo tecnológico que alcanza la trascendencia mediante la invención continua no es más útil que la narrativa del fundamentalismo religioso que alcanza la trascendencia mediante la intervención divina. Las dos aproximaciones, por muy distintas que parezcan a nivel superficial, son populares por el mismo motivo: ambas nos permitan negar, evitar, evadir. Ambas son historias con las que rechazar la realidad.

Nuestras opciones para vivir en un futuro digno dependen parcialmente de nuestra habilidad de desarrollar tecnologías más sostenibles, basadas en lo mejor de nuestra ciencia, y nuestra habilidad de retomar la noción de una humanidad común que existe en el corazón de las tradiciones religiosas. La tecnología y la religión son importantes. Pero, en sus vertientes fundamentalistas, son impedimentos para un análisis honesto y para emprender acciones saludables.

Si estamos de acuerdo con todo lo expuesto hasta aquí, aún queda otra técnica de evasión recurrente: la afirmación que, tal y como señaló recientemente un investigador mediático, “los mensajes desastrosos desaniman a la gente”. Dado que la mayoría de las personas no disfrutan reflexionando sobre estos temas, es tentador razonar que no deberíamos discutir estas cuestiones de forma tan clara, no vaya a ser que algunas personas se desanimen por ello. No deberíamos rendirnos ante tal tentación.

En primer lugar, estas observaciones y conclusiones son un intento de enfrentarse a la realidad de buena fe. Desprestigiar estos temas alegando que los mensajes desastrosos no son del gusto de la mayoría es lo mismo que decir a las víctimas potenciales de un tornado que ignoren la previsión del tiempo, porque los mensajes desastrosos desaniman. Igual que no podemos prever con exactitud la trayectoria de un tornado, no podemos prever con exactitud la naturaleza y complejidad del colapso. Pero podemos tomar conciencia de que algo se aproxima y podemos prepararnos para ello de la mejor manera posible.

Segundo, evitemos la táctica fácil de desplazar nuestras debilidades intelectuales y morales hacia las mal llamadas “masas”, quienes supuestamente son incapaces de, o que directamente no quieren, enfrentarse a ello. Cuando alguien me dice: “Estoy de acuerdo con la inevitabilidad de un colapso sistemático, pero las masas no pueden soportar eso”, asumo que lo que realmente me están diciendo es: “Yo no puedo soportarlo”. Este intento de evasión es sinónimo de cobardía.

Una vez asumidos estos retos —una vez asumida la certeza de que la especie humana se enfrenta a una serie de problemas que probablemente no tengan remedio o, por lo menos, el tipo de remedios que nos permitan seguir viviendo de la misma manera—, dejaremos de estar lastrados por la resistencia de la cultura dominante. Nos esforzaremos por lograr cuanto podamos, en el lugar que vivimos, en el tiempo que nos queda. Y con esto llegamos al futuro: verde, rojo, negro y femenino.

Verde: el futuro humano, si queremos que haya un futuro, será verde; esto supone que la ecología jugará un papel determinante en toda discusión pertinente a los asuntos que afectan a la humanidad. Comenzaremos todas las conversaciones sobre todas las decisiones que podamos tomar sobre todas las facetas de la vida, reconociendo que somos una entre tantas especies dentro el entramado de ecosistemas complejos que componen la ecoesfera. Nos regiremos por las leyes de la física, la química y la biología, tal y como las entendemos a día de hoy, sabiendo que los ecosistemas de los que dependemos son mucho más complejos de lo que somos capaces de comprender. Como resultado de esta visión del mundo ecológica, actuaremos con verdadera humildad en cualquier intervención dentro de estos ecosistemas.

Rojo: el futuro humano, si queremos que haya un futuro, será rojo. Con esto quiero decir que tenemos que ser explícitamente anticapitalistas. Un sistema económico que potencia la avaricia humana y las estrategias a corto plazo, a la par que simula que no existen límites físicos para el consumo humano, es un culto a la muerte. Respaldar el capitalismo supone firmar un pacto suicida. No tenemos por qué invocar la existencia de un plan de reemplazo totalmente desarrollado que podamos coger de la estantería e implementar de inmediato; pero la ausencia de una alternativa detallada no justifica un sistema económico que no ha hecho más que intensificar el asalto de la humanidad sobre el mundo viviente que nos rodea. El capitalismo no es el sistema con el que crearemos un futuro sostenible.

Negro: el futuro humano, si queremos que haya futuro, será negro. Con esto quiero decir que hemos de rechazar la patología de supremacía blanca que, durante cinco siglos, ha moldeado el mundo en el que vivimos y sigue moldeando a quienes habitamos en él. Pero no confundamos esto con la superficialidad del “multiculturalismo”: no estoy sugiriendo que por celebrar la “diversidad” crearemos paz y armonía por arte de magia. Por contrario, hemos de reconocer que la distribución existente de riquezas es producto de un sistema de jerarquía racial patológicamente arraigado, concebido y perpetuado por la Europa blanca y sus sucedáneos (Estados Unidos, Australia, Sudáfrica).

Femenino: el futuro humano, si queremos que haya futuro, será femenino. Con esto quiero decir que hemos de rechazar la patología patriarcal que, durante varios miles de años, ha moldeado el mundo en el que vivimos y sigue moldeando a quienes habitamos en él. De nuevo, esto no ha de confundirse con las adaptaciones suavizadas y liberales de la “tercera ola” del feminismo asimiladas por la cultura dominante. Por contrario, hemos de adaptar un feminismo radical que rechace la jerarquía y la violencia de la que depende la dominancia masculina.

Mi reivindicación es la de enfrentarnos a todos estos sistemas de forma holística e integrada, que no podemos rechazar un sistema jerárquico sin rechazar todos los sistemas jerárquicos. Aferrarse a un sistema dependiente de un grupo que proclama su dominación sobre otro, menoscaba nuestra habilidad de construir un futuro digno. Hemos de desmantelar cualquier sistema basado en la lógica de la dominación.

Verde: nuestro afán por explotar el mundo viviente que nos rodea está basado en una suposición enraizada en creencias teológicas o laicas de que los humanos tenemos derecho a dominar, dada nuestra noción de que somos la especie suprema. Independientemente de que creamos que nuestros grandes cerebros provienen de Dios o del proceso evolutivo, no cabe duda de que, en términos cognitivos, somos los primeros entre todas las especies. Pero, pregúntate a ti mismo, ¿es “ser listo” lo único que valoramos dentro de la familia humana? ¿Acaso sólo nos clasificamos basándonos en nuestra habilidad cognitiva? Comprendemos que, dentro de nuestra especie, nadie tiene el derecho a dominar a otro basándose exclusivamente en el supuesto de ser más inteligente. Aun así, tratamos al mundo como si ese estatus de especie más inteligente es todo cuanto necesitamos para dominar sobre todo lo demás.

Rojo: si dejamos de lado las fantasías escritas sobre el capitalismo en los libros de economía y nos centramos en el mundo real, reconocemos que el capitalismo es un sistema de concentración de riqueza que permite a un número reducido de personas dominar no solo las decisiones económicas, sino también las políticas. Esta situación convierte nuestro supuesto compromiso con unos principios morales basados en la solidaridad, y unos principios políticos basados en la democracia, en objeto de burla. En el capitalismo, la dominación se justifica a sí misma: cuando permitimos acaparar riquezas a alguien, también le permitimos dominar a los demás sin mayor contemplación y por encima de cualquier otro valor.

Negro: por mucho que se hayan eliminado las peores prácticas legales y sociales que demarcaron y mantuvieron la supremacía blanca durante siglos, el mundo blanco jamás ha pagado su deuda con el mundo que no es blanco, prefiriendo agarrarse a su parte desproporcionada de las riquezas del planeta, extraídas a través de la violencia. Como resultado de este fracaso moral, la realidad material y el poder ideológico de la supremacía blanca sigue presente, modificado durante las décadas recientes para obsequiar ciertos privilegios a algunas de las poblaciones que otrora fueron perseguidas, siempre que la lógica dominadora del sistema no se ponga en entredicho. No nos hemos enfrentado a ello porque, para enfrentarnos honestamente, habríamos de emprender una redistribución masiva de la riqueza, tanto dentro de nuestras sociedades como a nivel global, junto a un cambio aún más dramático en la forma en la que las personas blancas se ven a sí mismas.

Femenino: no sorprende que aún no hayamos superado la jerarquía fundacional de la dominación masculina; admitir la existencia del patriarcado supone reconocer la propia dinámica de dominación y la subordinación del patriarcado. Esta dinámica, supuestamente rechazada por toda persona decente, permanece profundamente hilvanada dentro del tejido de nuestras vidas y en todas las esferas, incluyendo la sexualidad. Tomarse en serio la crítica feminista hace tambalear los cimientos de nuestras vidas cotidianas. De nuevo, la habilidad del sistema para permitir a un número limitado de mujeres dentro de los círculos de élite, siempre que acepten la lógica dominante, apenas hará mella en el patriarcado.

Este esbozo de políticas radicales no supone que cada persona tenga obligación de involucrarse en todos estos temas, eso sería imposible. Igualmente, este pequeño resumen de los sistemas de dominación/subordinación tampoco puede dar respuesta a todas las preguntas que surgen. Pero, para todo aquel que dice preocuparse por la justicia social y la sostenibilidad ecológica, quiero insistir en ciertas nociones básicas: nuestro análisis ha de tomar en cuenta todos estos aspectos de nuestras vidas; si tu análisis no lo hace, tu análisis está incompleto, y un análisis incompleto no puede ser la base de un cambio sustancial y significativo. ¿Por qué?.

Si la historia del futuro humano no es verde, entonces no habrá futuro. Si la historia no es roja, no puede ser verde. Si podemos reestructurar nuestra visión del mundo en torno a un nuevo concepto de ecología y economía, existe una oportunidad de que podamos rescatar algo. Pero no podremos continuar de la misma manera que antes; al reconfigurar nuestras expectativas, tenemos que abandonar esa noción tan arraigada sobre expansión continúa de nuestras riquezas.

Esto supone el comienzo de una narrativa en la que subsistimos con cantidades dramáticamente reducidas y en todos los sentidos. La narrativa verde y la narrativa roja describen un relato de limitaciones. Si aspiramos a mantener nuestra humanidad dentro de una época de contracción, esos límites han de ser aceptados por todos, el lastre compartido entre todos. Y esa narrativa solo funcionará si es negra y femenina. Sin un rechazo de la lógica dominadora de la explotación ecológica y el capitalismo, no tendremos futuro. Sin un rechazo de la lógica dominadora de la supremacía blanca y el patriarcado, no tendremos un futuro digno de vivir.

Cuando alguien dice: “Lo único que importa ahora mismo es la sostenibilidad ecológica” (reafirmando la primacía del verde), hemos de dejar bien claro que tal sostenibilidad es imposible dentro del capitalismo. Cuando alguien dice: “Lo único que importa es una economía de estado estacionario” (reafirmando la primacía del rojo), hemos de dejar bien claro que este estado estacionario es moralmente inaceptable dentro de la supremacía blanca y el patriarcado. Cuando alguien dice: “Tanto hablar de sostenibilidad no ayuda a las personas subordinadas que sufren hoy en día” (reafirmando la primacía del negro y lo femenino), hemos de dejar bien claro que cualquier logro de justicia social dentro de un sistema en declive rápido es una sentencia de muerte para las generaciones futuras.

Cada vez que alguien quiera reducir el alcance de nuestra investigación para aliviar un poco el día a día, hemos de dejar bien claro que el día a día no es el objetivo. La noción “del día a día” puede ser de gran utilidad para un individuo que esté recuperando una adicción, pero es un callejón sin salida para una especie al borde de cambios tan dramáticos como potencialmente irrevocables.

Cada vez que alguien quiera pensar a largo plazo pero reduciendo el alcance de nuestra investigación para facilitar el análisis de un problema específico, hemos de dejar bien claro que arreglar un problema específico no va servirnos de nada. La noción de “reparar los sistemas rotos, uno a uno” puede ser una estrategia política razonable a corto plazo en un mundo estable donde aún queda tiempo de acometer una trayectoria de cambio a largo plazo, pero es un callejón sin salida en el mundo inestable en el que vivimos.

Hablando claro: ninguna de estas observaciones pretende fomentar la parálisis o la pasividad. No argumento que no haya nada que hacer, nada que merezca la pena hacer, nada que no se pueda hacer para mejorar las cosas. Estoy diciendo que no se puede hacer nada para evitar un cambio dramático, un cambio de magnitud que solo puede ser descrito con la palabra “colapso”. Lo que podemos hacer solo merecerá la pena ser hecho si aceptamos esa realidad. En vez de preguntarnos cómo podemos salvar todo esto, deberíamos preguntarnos cómo podemos mantener nuestra humanidad en medio de estos cambios.

Una vez liberados de la obligación de conjurar soluciones mágicas, la vida se vuelve más sencilla, y es más fácil comprender nuestras opciones: aprender a vivir con menos; dejar de lado la retórica vacía sobre el “capitalismo con conciencia”; cruzar las fronteras de raza, etnia, clase y religión que normalmente mantienen apartadas a las personas; asegurar que tanto el espacio público como el privado esté libre de violencia masculina; reconocer que la construcción de redes locales e instituciones que potencien la resiliencia son parte fundamental de cualquier proyecto en el que decidamos formar parte.

Esto lo hemos hecho nosotros

Si todo esto parece más de lo que se puede soportar, es porque lo es. Da igual lo dañados que estemos como individuos, nadie ha hecho nada para merecer esto. No deberíamos por qué tener que soportarlo. Pero esto lo hemos hecho nosotros, los humanos, colectivamente. Y lo llevamos haciendo dese hace mucho tiempo, miles de años, desde que la invención de la agricultura amputó nuestra relación natural con el mundo viviente que nos rodea.

Las malas noticias: los efectos de nuestros fracasos se están acumulando y puede que esta vez no seamos capaces de escapar de la trampa, tal y como hemos hecho ya tantas veces en el pasado.

Las buenas noticias: no somos los primeros humanos que han mirado a la realidad honestamente para mantener la firmeza en el cometido de regresar a una relación apropiada.

La historia que tenemos que contar es una historia profética y tenemos una tradición profética en la que inspirarnos. Fijémonos en la lección de Jeremías en la Biblia hebrea, que no tuvo pudor al hablar de la profundidad de su tristeza: “Mi tristeza no tiene remedio, mi corazón desfallece en mí” (Jeremías 8:18). Tampoco tuvo miedo al hablar de lo severo del fracaso que incitó esa tristeza: “Quebrantado estoy por el quebrantamiento de la hija de mi pueblo; entenebrecido estoy, espanto me ha arrebatado” (Jeremías 8:21).

Además de la tradición profética, tenemos que estar dispuestos a invocar la tradición apocalíptica, reconociendo que hemos perdido el camino, que no hay manera de regresar a una relación justa con los sistemas en los que vivimos. La voz profética advierte a las personas de nuestros fallos dentro de estos sistemas, y la tradición apocalíptica puede ser entendida como una llamada para abandonar cualquier esperanza de retener estos sistemas. Las historias que nos hemos contado sobre cómo retener nuestra humanidad en esos sistemas han de ser reemplazadas por historias sobre cómo retener nuestra humanidad en la búsqueda de nuevos sistemas.

Tenemos que rechazar narrativas sobre milagros de última hora, ya sean de origen divino o tecnológico. No hay nada provechoso en el pensamiento mágico. Las nuevas historias requerirán imaginación, pero una imaginación asentada sobre los límites físicos de la ecoesfera. Cuando contamos historias que nos hacen creer que lo irreal puede ser real, esas historias son frutos del delirio, no de la imaginación. No nos ayudan a comprendernos a nosotros mismos ni a nuestra situación, prefiriendo tan solo favorecer la comodidad ilusoria que acarrea la falsa esperanza.

Finalmente, otra pequeña buena noticia: si tu corazón está enfermo y tu tristeza está más allá de una cura, estate agradecido. Sentir esta tristeza supone habernos enfrentado a una verdad sobre nuestro mundo caído. No estamos salvados, y puede que no seamos capaces de salvarnos a nosotros mismos, pero cuando nos enfrentamos a aquello que ni siquiera somos capaces de soportar, reafirmamos nuestra humanidad. Cuando nos enfrentamos a la realidad dolorosa de que no queda esperanza, es el momento en el que nos ganamos el derecho a la esperanza.


Guerrilla Translation/Relacionado:

Sé apocalíptico: Por qué lo radical se ha vuelto normal/ Robert JensenGuía práctico-utópica del inminente colapso/ David Graeber“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”Naomi Klein

Cuatro pasos hacia un mundo post-crecimiento

En esta entrevista con Louisa Clarence-Smith, del colectivo Extraenviromentalist, Donnie Maclurcan, cofundador del Post Growth Institute, comparte su visión de futuro: un sistema sostenible basado en dinámicas cooperativas y entidades sin ánimo de lucro. Prestad especial atención a su visión de cómo sería un mundo post-crecimiento y las cinco estrategias clave para alcanzarlo.

Donnie Maclurcan es cofundador del Post Growth Institute, un grupo internacional que investiga nuevas estrategias hacia una prosperidad global que no dependan del crecimiento económico.

Hemos hablado con él sobre su último proyecto colaborativo, un libro llamado How on Earth? donde se presentarán estrategias para que las empresas sin ánimo de lucro se conviertan en el principal modelo de negocio, a nivel local, nacional e internacional de aquí al 2050.

A nivel personal, ¿Cuando comenzó tu campaña para hallar una alternativa al crecimiento económico?

La campaña surgió de mi posdoctorado, donde se concluía que teníamos que innovar sin crecimiento económico. Alrededor del 2006, empecé a lanzar esta idea y, durante un diálogo con el que más adelante sería el ministro australiano del medio ambiente [Peter Garrett], le planteé una pregunta desde el público: “¿Pero cómo vamos a lograr esto en un mundo con recursos limitados?”. Él ignoró mi pregunta por completo y eso me afectó bastante, dado que había sido el cantante del grupo Midnight Oil y el presidente de una de las organizaciones medioambientales más importantes de Australia, la Australian Conservation Foundation. Ahora que me lo planteo, ese fue el momento en el que comenzó todo

¿Hay algún movimiento fuerte buscando alternativas al crecimiento en Sidney, Australia?

En Sidney no tanto, pero en Australia si, no cabe duda. Vistos los resultados de los impuestos sobre las emisiones de carbono y con las crisis medioambientales a las que nos enfrentamos, cada vez hay más personas cuestionando la validez de los parches tecnológicos y dándose cuenta de que la política gubernamental jamás va a ser suficiente. Australia se ha convertido en uno de los líderes mundiales en consumo colaborativo y la trayectoria general apunta hacia la emergencia de distintos modelos de negocio: innovaciones sociales y empresas sociales –el gobierno sigue a la zaga con esto, pero hay mucha gente moviéndose en esta dirección.

La comunidad se ha movilizado mucho en estos últimos 10 años en torno a asuntos como al aumento de incendios, las inundaciones o las sequías. A través de las plataformas virtuales, vemos a muchas personas planteándose cómo construir una economía basada en bienes y valores — y en la que se utilicen recursos locales. Todo esto ha permitido concebir una economía diferente que no depende del crecimiento.

¿Por qué decidisteis crear How on Earth?

La mayor motivación fue ver todo lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Hemos documentado casi 5.000 cosas con las que capitalizar un futuro post-crecimiento y, visto en conjunto, nos dimos cuenta de que es una fórmula que apenas se ha propagado.

Utilizamos una estrategia inductiva que nos motiva mucho a la hora de hacer algo distinto. Tras asistir a un sinfín de conferencias sobre la “Nueva Economía”, sólo veíamos variaciones sobre la misma estrategia, que viene a decir: “a tal problema, tal solución”. O “¿Cuál es el problema? Vamos a analizarlo y ver cómo podemos responder….”. Eso, normalmente, lleva a respuestas regulatorias o a replantearse la división entre Estados y Mercados. Esto supone volver a políticas antiguas de la Guerra Fría que nunca llevan a nada porque se ven viciadas por la teoría política de la diferencia y el conflicto entre modelos de aparato estatal grandes o pequeños.

La motivación ha sido nuestro entusiasmo ante algo capaz de trascender las divisiones de izquierda y derecha para plantear una alternativa que podría reducir el tamaño del gobierno a la vez que incrementa la prestación de servicios sociales. Esto está más allá de la contraposición entre un sector público grande o pequeño, o los modelos progresistas o conservadores que normalmente se proponen al presentar alternativas económicas para el futuro.

Describe tu visión de un mundo post-crecimiento.

Lo mejor de todo es que no tenemos por qué exponer una visión ni una fórmula. El siglo XXI está caracterizado por el co-diseño. No consiste en decir “esto debería ser así”, aunque creo que algunos aspectos principales serían:

Relocalización: donde las personas utilizan Internet y herramientas digitales para relocalizar la producción, el intercambio y el comercio. Así sabrás qué tienen tus vecinos y, en base a ello, incrementar la prestación de servicios sociales y reducir las distancias asociadas con esos servicios.

Un sistema monetario mucho más basado en la realidad y no en la especulación, y que tenga incentivos para mantenerse así, para crear transacción coherentes.

Redistribución del modelo de negocio: Como aludimos en el libro, creemos que los modelos de negocio serán distintos, y que cada empresa incorporará un proceso de redistribución de beneficios para incrementar la riqueza general, en vez de conducir a la desigualdad que provoca el sobreconsumo.

Una estrategia participativa: lo más importante es lo que acabo de decir sobre reducir desigualdades; pero reducirlas para redefinir “riqueza” como sinónimo de conexiones verdaderas, no del consumismo desbocado.

¿Cuáles crees que son las causas principales de la insostenibilidad de nuestros sistemas humanos?

En el sentido práctico, la insostenibilidad está provocada por el sobreconsumo de recursos naturales estratégicos; que esto a su vez se ve alentado tanto por la apatía y falta de motivación de la clase adinerada, como por la necesidad — dada la escasez de alternativas, tanto reales como percibidas—  de aquellos a los que no les van bien las cosas. Todo está exacerbado tanto por una envidia y una codicia provocada que busca la riqueza material como por las desigualdades sociales que fabrica el propio sistema. Mientras tanto, la desigualdad financiera y los intereses particulares sólo sirven para acelerar el proceso. Todos estos son aspectos claves dentro de un sistema basado en la acumulación centralizada del dinero, de la riqueza, de los bienes y del poder.

“El cambio climático puede ser la respuesta a la doctrina del shock”

https://guerrillatranslation.files.wordpress.com/2013/10/idnomocv.jpgJason Mark de Earth Island Journal entrevista a Naomi Klein

La autora canadiense Naomi Klein es bien conocida por sus agudas observaciones críticas, tanto que es fácil olvidar que, por encima de todo, es una periodista de primera categoría. Durante esta entrevista, Klein dejó entrever cuáles son sus prioridades, aunque también confesó estar preocupada por algunas de sus respuestas dado que podrían costarle la oportunidad de entrevistar al presidente de uno de los grupos ecologistas más prominentes (al leer la entrevista veréis por qué). A Klein le interesaba más perseguir el reportaje que protagonizarlo, anteponiendo su periodismo a sus opiniones personales.

Ese rigor caracteriza la carrera de Klein, quien prefiere mantenerse al margen de la cháchara mediática sobre temas de actualidad. Trabaja con constancia, esmero y discreción. Puede resultar sorprendente recordar que la enorme influencia internacional del trabajo de Klein se basa en una obra relativamente escueta; ha publicado tres libros, uno de ellos una antología de artículos de prensa.

“No logo: el poder de las marcas”, el primer libro de Klein, investigaba la manera en la que las marcas manipulan los deseos del público al tiempo que explotan a las personas que fabrican sus productos. El libro salió a la venta pocas semanas después de las protestas contra la Organización Mundial del Comercio en Seattle y se convirtió en bestseller internacional. Su siguiente obra importante, “La doctrina del shock”, argumenta que los impulsores del libre comercio a menudo se aprovechan de las crisis –ya sean naturales o fabricadas– para imponer políticas desreguladoras. En su último libro, aún sin titular, Klein centra su atención en el cambio climático. El libro saldrá a la venta en 2014 y será adaptado como documental a manos de Avi Lewis, el esposo y compañero creativo de Klein.

Los libros y artículos de Klein buscan articular una contra-narrativa al avance de la globalización corporativa y la austeridad impuesta por los gobiernos. Klein cree que el cambio climático puede suponer una nueva oportunidad para desarrollar esta contra-narrativa. “El libro que estoy escribiendo argumenta que nuestras respuestas ante el cambio climático podrán reconstruir la esfera pública, fortalecer nuestras comunidades, y crear trabajos dignos”.

Pero antes tiene que acabar su investigación. Hablando de la respuesta del activismo de base al caos climático, Klein me dijo: “Ahora mismo está pasando desapercibido, pero lo estoy siguiendo con mucha atención.”

—Jason Mark

A lo largo de tu trayectoria profesional has escrito sobre el poder de las marcas comerciales, los movimientos populistas de todo el mundo y el fundamentalismo del mercado libre. ¿Qué te ha llevado a hacer ahora un libro y una película sobre el cambio climático?

Bueno, mi último libro, La doctrina del shock, termina hablando del cambio climático. Concluye con una visión de un futuro distópico donde veremos una infraestructura débil chocando de frente con unas condiciones meteorológicas extremas, algo que ya hemos visto con el huracán Katrina. Pero, en vez de esforzarnos por reducir las emisiones para prevenir desastres futuros, vemos numerosos intentos de sacar provecho de esa crisis. Por aquel entonces ya creía que el cambio climático iba a suponer una barra libre sin precedentes para el capitalismo del desastre. Me pareció una progresión lógica pasar de escribir sobre el capitalismo del desastre en La doctrina del shock a escribir sobre el cambio climático. Mientras escribía La doctrina del shock, también estaba cubriendo la guerra de Irak y el negocio de la guerra, y empecé a darme cuenta de que esos mismos patrones se repiten después de desastres naturales como el tsunami asiático o el huracán Katrina. En ese libro hay capítulos que hablan sobre ambos acontecimientos. Más tarde, me di cuenta de que el cambio climático podría suponer una especie “shock del pueblo”, una respuesta a la doctrina del shock –que, en vez de otra coyuntura para que el capitalismo del desastre se alimente de la miseria de la gente, sea una oportunidad para que las fuerzas progresivas ahonden en la democracia y realmente mejoren la calidad de vida de todo el mundo. Después, al escribir un artículo sobre las reparaciones de guerra para la revista Harper’s, me topé con el concepto de la “deuda climática”. Me reuní con la embajadora boliviana ante organismos internacionales –se llama Angélica Navarro– y me dijo que el cambio climático podría brindarnos la oportunidad de implementar un Plan Marshall ecológico a nivel global, en el que el norte pagaría su “deuda climática” mediante un proyecto de desarrollo medioambiental a gran escala.

Tras el huracán Sandy, escribiste sobre el potencial del “shock del pueblo”. ¿Crees que ya está ocurriendo? ¿Estamos viendo una respuesta del activismo global ante las condiciones meteorológicas extremas que padecemos hoy en día?

Veo que el shock del pueblo ya está bastante extendido, con diversos colectivos actuando en muchos frentes distintos. Gente que, por ejemplo, ha estado luchando por la agricultura sostenible durante muchos, muchos años, y que ahora se da cuenta de que también es una solución para el problema del clima. Se están reformulando muchas cuestiones –y no de manera oportunista, sino para profundizar en nuestro entendimiento. Aquí en Canadá, la gente que más se está oponiendo a la extracción en arenas de alquitrán son las comunidades indígenas que viven río abajo de los yacimientos. Su oposición no se debe al cambio climático sino a que el alquitrán envenena sus cuerpos. Pero el hecho de que también esté destruyendo el planeta le añade otra capa de urgencia. Creo que sobreponer el cambio climático a otros problemas que sufrimos tiene un potencial enorme.

En cuanto al huracán Sandy, he observado algunas respuestas ciudadanas muy esperanzadoras, particularmente en las montañas de Rockaway, donde la gente estuvo muy organizada desde el principio, donde Occupy Sandy cosechó una cooperación muy fuerte y donde surgieron nuevas redes. La primera fase sólo consiste en la recuperación y, ante la llegada de un proceso de reconstrucción impulsado por empresas privadas, estas comunidades están organizadas para responder, atender las reuniones, enfrentarse con las inmobiliarias y hablar sobre una visión de la vivienda pública muchísima más adecuada que la que hemos visto hasta ahora. O sea que sí, es algo que ya está ocurriendo sin duda. Ahora pasa desapercibido, pero lo estoy siguiendo con mucha atención.

En un artículo que escribiste para The Nation en noviembre de 2011, señalaste que, en lo que al cambio climático se refiere, existe una doble negación: los conservadores niegan la evidencia científica, mientras que algunos sectores de la izquierda niegan las implicaciones políticas de esa evidencia. ¿Por qué crees que algunos ecologistas se resisten a enfrentarse a todo lo que el cambio climático supondrá para el mercado y la economía?

Creo que dentro del movimiento medioambiental de las grandes organizaciones ecologistas existe un profundo estado de negación. A decir verdad, creo que ha sido mucho más dañino que el negacionismo de la derecha debido a todo el terreno que hemos perdido. Porque nos ha llevado en una dirección que ha dado muy malos resultados. Basta con fijarnos en la trayectoria del protocolo de Kyoto, del mecanismo de desarrollo limpio de las Naciones Unidas o del tratado de emisiones de la Unión Europea. Ya hemos tenido casi una década para evaluar los resultados de estos planes y los datos son desastrosos. No sólo han aumentado las emisiones sino que además hemos visto innumerables casos de fraude, que sólo han servido para alimentar las críticas de la derecha. La derecha se ha opuesto a la fijación de límites máximos e intercambio de los derechos de emisión alegando que nos iban a llevar a la bancarrota, que era un regalo para las corporaciones y que, por cierto, no iba a funcionar. Y tenían razón en todos los sentidos. En lo de la bancarrota, no, pero tenían razón al decir que era un regalo enorme para las corporaciones y que ni siquiera nos iba a acercar a lo que, según los científicos, tendríamos que estar haciendo para bajar el nivel de emisiones. Así que me parece muy importante preguntarse por qué los grupos ecologistas han sido tan reticentes a seguir las indicaciones de la ciencia hasta sus conclusiones lógicas. Creo que científicos como Kevin Anderson, y su colega Alice Bows del Tyndall Centre, han sido los más valientes a la hora de enfrentarse en este sentido, porque no sólo se enfrentan a los grupos verdes, sino que también critican a sus colegas científicos por la manera en la que la ortodoxia de la economía neoliberal ha infiltrado el mundo de la ciencia. Es una lectura aterradora porque llevan más de una década diciendo que el nivel de reducción de emisiones que necesitamos en el mundo desarrollado es incompatible con el crecimiento económico.

Lo que sí sabemos es que el movimiento medioambiental obtuvo una serie de victorias espectaculares a finales de los 60 y en los 70, cuando se redactó todo el marco legal para responder a la contaminación y proteger a las especies animales. Fue una victoria tras otra y tras otra. Y esto se convirtió en lo que después se denominarían las leyes de “Imposición y control”, que decían: “No podéis hacer eso. Esa sustancia está prohibida o estrictamente regulada”. Era una estrategia de regulación por parte del gobierno. Pero se detuvo en seco con la llegada al poder de Reagan. Reagan, básicamente, le declaró la guerra al movimiento medioambiental, y de manera muy abierta. Ahí es cuando empezamos a oír algunas de las expresiones empleadas habitualmente por los negadores –equiparar la defensa del medio ambiente con el comunismo y ese tipo de cosas. Con la desaparición gradual de la Guerra Fría, la defensa del medio ambiente se convirtió en el siguiente blanco, el siguiente comunismo. En ese momento el movimiento tuvo la opción de responder de dos maneras posibles: podía luchar y defender sus valores para intentar resistir la apisonadora del neoliberalismo incipiente, o podía adaptarse a esa nueva realidad adecuándose al auge del gobierno corporativista. Eligió lo segundo, y de manera muy consciente, como queda patente en lo que decía por esa época Fred Kupp, el presidente de la Enviromental Defense Fund (Fundación de defensa medioambiental).

Había que aceptarlo o, al menos, tolerarlo.

Exacto. Ahora sabemos que todo gira en torno a convenios corporativos. Ya no es cuestión de “vamos a demandar a estos cabrones”, sino de “vamos a colaborar con estos cabrones a través de convenios corporativos”. Ya no existe un enemigo.

Es más, las grandes empresas se presentan como “la solución”, desempeñan el papel de participantes voluntarios y parte de la solución. Ese es el modelo que ha perdurado hasta nuestros días.

Incluso me remito a casos como la lucha contra NAFTA, el tratado norteamericano de libre comercio. Los grandes grupos medioambientales, con muy pocas excepciones, brindaron su apoyo a NAFTA, a pesar de la sublevación entre sus miembros, y vendieron el tratado al público de forma muy agresiva. Ese es el modelo que se ha globalizado a través de la Organización Mundial del Comercio y que, en muchos sentidos, ha sido responsable de la vertiginosa subida de los niveles de emisiones. Hemos globalizado un modelo económico basado en un hiper-consumismo totalmente insostenible que se está extendiendo con éxito por todo el mundo, y que nos está matando.

Los grupos medioambientales no fueron espectadores pasivos de este proceso. Fueron colaboradores, partícipes voluntarios. No estoy hablando de todos los grupos. No es el caso de Greenpeace, ni de Friends of the Earth ni, en términos generales, del Sierra Club. Tampoco estoy hablando de 350.org, porque aún no existía. Pero creo que se remonta a las raíces elitistas del movimiento y al hecho de que, cuando se crearon muchos de estos grupos conservacionistas, la conservación se entendía como una especie de deber burgués. Se fraguó cuando las élites se juntaban para hacer senderismo y después decidían que tenían que salvar la naturaleza. Pero las élites cambiaron. Llegados a ese momento, si el movimiento medioambiental iba tomar la decisión de luchar, tendría que haber renunciado a ese estatus de élite, pero no estaban dispuestos a hacerlo. Creo que es uno de los mayores motivos por los que los niveles de emisiones están donde están hoy en día.

En la cultura norteamericana, siempre hay un afán de obtener soluciones en las que todos salen ganando. Pero si realmente queremos ver una reducción del 80% en emisiones de dióxido de carbono, alguien va a salir perdiendo. Y entiendo que estás diciendo que a los líderes de los grupos medioambientales le resulta muy difícil mirar a los ojos a sus socios para decirles: “vais a salir perdiendo”.

Exacto. Es meterte con el poder. Su estrategia de “todos salimos ganando” ha fracasado. En esa idea se basaba el programa de fijación de límites e intercambio de los derechos de emisión. Y ha resultado ser una estrategia fallida y desastrosa. Los grupos verdes no son tan listos como se creen, les han timado a una escala espectacular. Muchos de sus socios tenían un pie en US CAP [Coalición de EE.UU. para la Acción Climática] y el otro en la Cámara de Comercio Estadounidense. Estaban haciendo sus apuestas y, cuando vieron que se podían salir con la suya sin necesidad de legislación alguna, se deshicieron por completo de US CAP.

La expresión “todos salimos ganando” es curiosa, porque hay muchos perdedores en esta estrategia. Se sacrifica a mucha gente bajo el lema “todos salimos ganando”. En Estados Unidos nos hemos limitado a la lucha por regular los derechos de emisiones y sé que todo el mundo está harto de esa lucha. Creo que sobran las pruebas de que no hemos aprendido las lecciones clave de ese fracaso.

¿Y cuáles crees que son esas lecciones clave?

Una de ellas es que estaban dispuestos a sacrificar a las comunidades que vivían en los perímetros de las zonas contaminadas, solo por conseguir ese “todos salimos ganando” con los grandes contaminadores que forman parte de esa coalición. Había comunidades en Richmond, California, por ejemplo, que pensarían: “Si luchamos contra el cambio climático, nuestros hijos padecerán menos de asma”. En esa situación no ganaron todos porque llegaron a un acuerdo que decía: “Vale, podéis seguir contaminando, pero vais a tener que comprar compensaciones de emisión en otra parte del planeta”. El beneficio local desaparece, se sacrifica.

A mí me encantaría que todos saliéramos ganando. El libro que estoy escribiendo argumenta que nuestras respuestas ante el cambio climático pueden reconstruir la esfera pública, fortalecer nuestras comunidades y crear empleo digno para todos. Podemos abordar la crisis financiera y la crisis ecológica al mismo tiempo. Lo creo de verdad. Pero considero que solo podremos salir ganando todos mediante coaliciones con las personas, no con las corporaciones. He observado una predisposición a sacrificar los principios básicos de la solidaridad, ya sea en esa comunidad a las afueras de Richmond, California, o en una comunidad indígena en Brasil a la que, como sabemos, obligan a abandonar su territorio porque su jungla se ha convertido en un sumidero de carbón o la han incluído en el programa de compensaciones. Ya no tienen acceso a la jungla que les permitía vivir de manera sostenible, porque está vigilada y porque un grupo conservacionista ha decidido intercambiarla por otra cosa. Estos son los sacrificios que se hacen. En este modelo hay muchos perdedores y ningún ganador, que yo vea.

Has hablado sobre el Mecanismo de Desarrollo Limpio como una especie de capitalismo del desastre. ¿No crees que la geoingeniería es la máxima expresión del capitalismo del desastre?

De lo que no me cabe duda es de que es la máxima expresión del afán de evitar todo el trabajo duro que supondría reducir las emisiones, y creo que ahí reside su atractivo. Creo que cuanto más imposible resulte negar la existencia del cambio climático, más estrategias como ésta veremos. Mucha gente querrá dar el salto directo a la geoingeniería. El atractivo de la geoingeniería es que no amenaza nuestra visión del mundo. Nos deja en una posición dominante. Nos dice que hay una escotilla de emergencia. Por eso veremos un aumento del tipo de discursos que nos han llevado hasta este punto, en los que nos auto-adulamos por el poder que tenemos.

Nuestra manera de responder ante el cambio climático implica la voluntad de sacrificar a grandes números de personas –ya estamos mostrando una brutalidad frente al cambio climático que me parece espeluznante. Creo que ni siquiera existe el lenguaje apropiado para describir la geoingeniería, porque sabemos perfectamente que esas decisiones permitirán la extinción de culturas y pueblos. Tenemos la capacidad de pararlo y elegimos no hacerlo. Por eso creo que la inmoralidad tan profunda y la violencia que hay detrás de esa decisión no se ve reflejada en el lenguaje que empleamos. Se puede ver en esos congresos sobre el clima, donde los delegados africanos utilizan palabras como “genocidio” y los delegados europeos y norteamericanos se muestran muy molestos, muy a la defensiva. Pero lo cierto es que la definición de genocidio de las Naciones Unidas es: el acto deliberado para hacer desaparecer o desplazar a las personas. Lo que están diciendo los delegados que representan el Norte es: “No lo hacemos porque queramos que desaparezcáis, lo hacemos porque, en el fondo, no nos importáis. Mientras podamos continuar con nuestro negocio, nos da igual si desaparecéis o no. Es un efecto secundario de los daños colaterales”. Pero a la gente que se enfrenta a esta desaparición le da igual si se hace con malicia o no porque todavía podríamos impedirlo. Y estamos eligiendo no impedirlo. Creo que una de las crisis que tenemos es una crisis lingüística. No estamos hablando de esto con el lenguaje de urgencia y mortalidad que merece el tema.

Dices que el discurso progresista es insuficiente. ¿Cuál sería un discurso alternativo para darle la vuelta a la situación?

Bueno creo que el discurso que nos ha llevado a esta situación –y este es, en parte, el motivo por el que vemos un negacionismo tan fuerte sobre el cambio climático en Norteamérica y Australia– tiene bastante que ver con la mentalidad de frontera. Está muy ligado a la idea de que siempre habrá más, de que vivimos en tierras que eran supuestamente inocentes, tierras “que descubrimos” y donde la naturaleza era abundante. Nadie podía imaginarse que se agotarían. Son mitos fundacionales.

Por eso me ha dado muchísima esperanza el surgimiento del movimiento Idle No More, porque me parece que los líderes indígenas están mostrando un espíritu de tremenda generosidad en su afán de educarnos en una narrativa distinta. Acabo de participar en una mesa redonda de Idle No More y yo era la única ponente no indígena. Todos los demás ponentes decían que querían adoptar un rol de liderazgo. Han tardado bastante en llegar a este punto. Estas comunidades han sido víctimas de muchísimos abusos y están muy enfadadas –con razón– con la gente que les robó las tierras. Es la primera vez que he visto esta apertura, una voluntad palpable de aportar algo, de liderar, de modelar otra forma de relacionarse con la tierra. Eso es lo que me está dando muchísima esperanza ahora mismo.

https://guerrillatranslation.files.wordpress.com/2013/10/idlenomo.jpgLa gente no ha entendido los efectos de Idle No More todavía. Mi marido está filmando un documental que acompañará al libro y, en estos momentos, está rodando en Montana. También hemos estado filmando mucho en la reserva norte de los Cheyenne, porque hay ahí un depósito enorme de carbón, y ya llevan muchos años debatiendo sobre si se extrae el carbón o no. Parecía que al final lo iban a extraer, lo cual va en contra de sus profecías, y les resultaba muy doloroso. Pero ahora hay una generación de jóvenes en la reserva que están empeñados en dejar el carbón en el suelo, y se están formando a sí mismos para subsistir con energía eólica y solar. Todos hablan del movimiento Idle No More. Creo que está pasando algo muy potente. En Canadá tiene una importancia tremenda, como la tiene en toda Norteamérica, debido a las enormes cantidades de energía sin explotar, energía hidrocarburífera que se encuentra en tierras indígenas. Lo mismo podemos decir del petróleo del ártico y, sin duda, de las arenas de alquitrán. Es aplicable a todos los sitios en los que se quieren construir oleoductos. Es aplicable a las explotaciones de gas natural. Es aplicable a los grandes depósitos de carbón en Estados Unidos. Creo que en Canadá nos tomamos los derechos indígenas con más seriedad que en Estados Unidos. Espero que eso cambie.

Es interesante porque, mientras que algunos de los grupos ecologistas establecidos están encandilados con ideas como los servicios de ecosistema o el capital natural, existe este contradiscurso que viene del Sur global y de las comunidades indígenas. Es como una especie de dialéctica.

Sí, es el contradiscurso, esas son las formas alternativas de ver el mundo que están emergiendo ahora mismo. Hay otra cosa que está pasando –no sé cómo llamarla. Es quizá un movimiento reformista, una rebelión de base. Algo está pasando en el movimiento medioambiental en Estados Unidos y Canadá y, sin lugar a dudas, en el Reino Unido. Tiene que ver con lo que yo llamo “la visión del mundo del astronauta” –es decir, observar La Tierra desde el espacio– que se ha impuesto entre los grandes grupos del movimiento medioambiental durante mucho tiempo. Creo que ha llegado la hora de dejar atrás la iconografía del planeta azul porque nos sitúa por encima de todo y nos lleva a ver la naturaleza de una manera muy abstracta, como un gran tablero de ajedrez donde vamos moviendo fichas. Nos ha hecho perder la conexión con la Tierra; la vemos como “el planeta” en vez de “la Tierra”.

Creo que esto se ha hecho especialmente patente con el fracking, o fractura hidráulica. Todos los directivos del Sierra Club, del NRDC y del EDF decidieron que esto sería un “combustible de transición”. “Hemos hecho los cálculos y vamos a dar nuestro apoyo a esta técnica”, dijeron. Entonces se enfrentaron al rechazo generalizado de sus miembros, sobre todo los del Sierra Club. Y eso les ha llevado a modificar ligeramente su postura. Ha sido porque las bases dijeron: “Un momento, ¿qué clase de ecologistas somos si no nos preocupamos por el agua o por la industrialización de los paisajes rurales? ¿En qué se ha convertido el ecologismo?”. Así pues, ha surgido una resistencia, a nivel local y de base, en los movimientos que se oponen al oleoducto Keystone XL y al oleoducto Northern Gateway, o en el enorme movimiento contra el fracking. Ellos son los que están ganando batallas, ¿no te parece?

Creo que los grandes grupos medioambientales se están volviendo totalmente irrelevantes. Algunos reciben muchísimo dinero de corporaciones, fundaciones y donantes ricos, pero todo su modelo está en crisis.

No quiero acabar con algo tan deprimente.

No estoy segura de que sea tan deprimente.

Puede que tengas razón.

He de aclarar que estoy expresando mi propia opinión, pero también veo grandes cambios. Creo que el Sierra Club ha experimentado un proceso de reforma. Ahora mismo están en la primera línea de estas luchas. Y creo que muchos de estos grupos están teniendo que escuchar a sus socios. Algunos rechazarán el cambio porque están demasiado atrincherados en su modelo de convenios con grandes empresas, aún tienen demasiados conflictos de interés. Ésos son los grupos que van a sufrir de verdad. Y no pasa nada, en mi opinión. Creo que en estos momentos hay mucha presión en Europa, donde unos 100 grupos de la sociedad civil están presionando a la Unión Europea para que, en vez de intentar arreglar su fallido sistema de compensaciones de carbono, lo abandonen por completo y empiecen a hablar de cómo deshacerse de las emisiones a nivel doméstico y dejar atrás esta estafa. Creo que ese es el momento en el que nos encontramos. No tenemos más tiempo que perder con todos estos juegos de trileros que no dan resultado.


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